
Mundo Paralelo: Amor prohibido entre dos mundos
- Genre: Paranormal
- Author: Angie Pichardo
- Chapters: 28
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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- ⭐ 7.5
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Annotation
¿Te ha sucedido alguna vez que sientes que perteneces a otro lugar? ¿Que tuviste un lazo sentimental con una persona a quien no recuerdas? Nora es jefa de edición en una empresa de periodismo. Ella no recuerda su pasado y sueña con un príncipe guerrero de otro mundo. Edward es el hijo menor de los dueños de dicha empresa, quien es nombrado CEO de la sucursal donde trabaja Nora. Ambos empiezan a tener eventos extraños desde que se encuentran, mas él solo está enfocado en descubrir qué lo une a esa extraña mujer, a quien solía dibujar antes de haberla conocido. Por otro lado, se desarrolla la historia de Leela; una guerrera y espía a quien el príncipe y líder de los guerreros, Jing, deposita toda su confianza. La tensión entre ellos es muy obvia, mas deben guardar las apariencias porque su amor es prohibido. Una batalla tras otra los llevará a descubrir su verdadera identidad; pero al mismo tiempo, tendrán una lucha interna debido a sus verdaderos sentimientos, puesto que en un reino clasista y cruel tendrán que escoger entre el amor y el deber. ¿Cuál mundo y vida será real? «Él: Yo te dibujo... Ella: Yo te sueño...»
Chapter 1
Aquel gran palacio se erguía majestuoso en la parte rural de Zafiro, cuyos límites estaban rodeado de un gran bosque y el campamento de guerreros no reales; estos eran los guerreros que no pertenecían a la realeza y, por lo tanto, estaban en un rango menor.
La chica de apariencia vulnerable estaba oculta detrás de un gran árbol, ubicado entre la entrada del campamento y el gran jardín que rodeaba los muros del palacio. Desde allí podía admirarlo, ya que el príncipe estaba recostado en uno de los tantos balcones del monumental edificio y, junto a él, tres guerreros conversaban entre risas.
El príncipe siempre captó su atención, pese a que él le era inalcanzable. Le gustaba como su cabello lacio y negro caía sobre su espalda, como si fuera una cascada de aguas oscuras. Esa cabellera tan hermosa era una herencia de su madre; sin embargo, los ojos de color miel que hacían contraste con las pobladas cejas, los sacó de su padre, el Rey Mikel Patrick.
En cuanto a la reina, ella era oriunda de la región Jeng, donde la mayoría de sus habitantes tenían los mismos rasgos físicos: Ojos pequeños, cabello lacio y oscuro, y estatura media.
A diferencia de ella, su esposo había nacido en Zafiro, heredando el reinado por ser el único hijo que tuvo del difunto Rey Daniel Patrick. El rey Mikel era considerado el más alto de Zafiro, lleno de músculos y poseedor de una cabellera castaña desordenada.
—¿Espiando al príncipe otra vez? —Una voz conocida se escuchó detrás de ella, a lo que la chica reaccionó con un respingo.
—¡Ulises, me asustaste! —se quejó.
Él entrecerró los ojos al no creer que la haya agarrado desapercibida. A veces le molestaba que fingiera ser una chica corriente delante de él, cuando era el único que conocía todos sus secretos.
Por unos segundos, Leela se quedó observando al chico con ternura. Ulises era todo lo contrario a los guerreros con los que solía tratar. Su cuerpo estaba definido, pero era un poco delgado, esbelto y de estatura media. Su amigo era unos años más joven que ella, pero con más prudencia y madurez.
A Leela le encantaba lo hermoso que era su cabello, cuyas hebras rizadas lucían un tono rojizo que le cubría todo el cuello y parte de la cara.
Aquel joven era apuesto, con unos ojos verdes brillantes y muy peculiares, que le daban una apariencia tierna y angelical. Él, como el aprendiz de su tío, quien era un farmacéutico y doctor distinguido en el palacio, se la pasaba entre las plantas recogiendo su brebaje para preparar medicina.
—Deberías dejar de hacer eso —le advirtió el chico—. Podrían acusarte de espía.
—¡Pero si soy una espía! —Rio. Ulises rodó los ojos.
—Eso no es oficial. Además, debes ser espía para los enemigos no para tu príncipe.
—¡Qué bien sonó eso! ¡Mi príncipe! —exclamó con voz coqueta mientras daba vueltas, como si estuviera bailando.
—Despierta, chica salvaje —se burló, tronando los dedos—. Pareciera que tienes doble personalidad. Si alguien descubriera que te derrites por el príncipe, serías la burla de todos.
—Nadie tiene por qué enterarse, a menos que un niño lindo abra su bocota. —Le desarregló el cabello, mas él le quitó la mano y resopló.
—Como digas… —masculló entre dientes—. Por cierto, necesito que me hagas un favor, chica ruda. —Se rascó la nariz—. ¿Podrías llevarle estás hojas a mi tío al palacio? Necesito hacer algo importante… —Su mirada se enfocó en el gran jardín que daba entrada al palacio, donde una mujer de piel mulata y cuerpo atractivo trabajaba.
—Ya veo, picarón. —Sonrió mientras arqueaba una ceja—. ¿Vas a acosar a la mulatona?
—Yo no soy como tú. Solo voy a conversar con ella acerca de un asunto que no te incumbe. —El rostro se le puso tan rojo, que Leela apretó los labios para no reírse.
—Ummm..., me imagino… —ironizó con una risita pícara—. ¿Por qué debería ayudarte?
—Me debes el favor —le reclamó—. Yo siempre te cubro.
—Está bien… —Rodó los ojos—. Pero ten cuidado, angelito pícaro; ella es una mujer de mundo y más grande que tú, ¿crees podrás con el reto?
—¡Vete ya! —ordenó, entregándole la canasta de mal gusto.
—Adiós, picarón. —Guiñó un ojo—. Espero y no te atragantes. —Salió corriendo entre risas.
Leela dejó su escondite y atravesó el jardín hasta quedar frente a unas largas escaleras, que la conducirían a la puerta del palacio.
Respiró profundo debido a los nervios que estar allí le provocaba, ya que sabía que el príncipe se encontraba por esos lares y, aunque era improbable que se encontrara con él porque estaba segura de que los guardias no la dejarían entrar al interior, se moría de la ansiedad.
Antes de que ella le presentara a los guardias la tarjeta de Ulises y a los brebajes a los brebajes que llevaba en la canasta, una mano se asió de su codo, captando su atención.
—Hola, preciosa —saludó un hombre de voz era ronca.
Leela, incomoda por la invasión a su brazo, lo miró de soslayo; entonces descubrió que se trataba de uno de los guerreros reales perteneciente al círculo de amigos del príncipe, aunque para nadie era un secreto que este no se llevaba muy bien con su líder.
Ella nunca había estado tan cerca de aquel hombre rebelde y de apariencia intimidante. Se dio el gusto de admirarlo un poco, ya que él era un chico atractivo, de cabellera rubia y cuerpo musculoso.
Su voz y apariencia hacían temblar a cualquiera, sumándose esa mirada prepotente y descarada, que la estaba recorriendo sin ningún disimulo en ese momento. Si no fuera por su descabellada personalidad, se podría decir que él sería el suspiro de muchas chicas.
—¿Qué quieres? —preguntó ella con el ceño fruncido.
—¡Qué insolente eres! —reclamó en tono de burla—. ¿No sabes cómo dirigirte a tus superiores?
—¿Y tú no sabes cómo tratar a los que están por debajo de tu rango? —contraatacó desafiante.
—Vaya, vaya… Te estás portando mal, muñeca. Tendré que castigarte... —Acercó su rostro de forma seductora—. Y créeme que te encantará mi castigo.
—Pero ¡quién te crees que eres, idiota! —gritó sin importarle las consecuencias.
No soportaba ese tipo de comentarios. Después de todo, ella era una guerrera con muchas habilidades que servía al Reino de Zafiro, por lo tanto, al igual que cualquier hombre merecía respeto.
—¡Cómo te atreves a hablarme así! —reprochó enojado—. ¿Qué no sabes quién soy?
—¡Claro que lo sé! —respondió desafiante, como si su voz temerosa no la inmutara—. Eres un guerrerito de pacotilla que se cree la gran cosa, pero que no eres más que un niño berrinchudo que desquitas tus frustraciones con personas más débiles que tú —soltó sin reparos.
—¡Basura insolente! —gritó él mientras le tiraba un golpe. Ella saltó evadiendo aquel puñetazo y se soltó de su agarre en el acto—. ¿Quieres jugar, muñeca? ¡Juguemos entonces! —dicho esto, arremetió contra ella, fallando todos sus ataques.
El rubio se secó el sudor de la frente y se mordió el labio inferior gracias a la frustración. Volvió a atacar, pero ella era muy ágil y se movía con una rapidez inhabitual, por lo que era imposible atraparla. Leela se movilizaba con gran destreza y sin soltar la canasta; ella daba varios saltos por las paredes y las escaleras, esquivando todos los intentos de su contrincante.
—¡Ya basta! —Una voz masculina los interrumpió. La tensión llenó al ambiente cuando el Príncipe Jing se acercó a ellos dos junto a tres guerreros más—. ¿Qué sucede aquí, Lars? —se dirigió al grandulón, quien se colocó frente a él con una reverencia fingida.
—Sucede que esta chica me faltó el respeto. No sabe cómo dirigirse a sus superiores ni mide su vocabulario. Solo le daba una lección —se excusó.
—¿Tú le dabas una lección o ella te daba una a ti? —se burló uno de los guerreros.
—¡Qué dices, imbécil! —La ira lo estaba consumiendo, ya que jamás se había sentido tan humillado—. Ella es nada. Yo la aplastaría con mis propias manos si quisiera.
—Sí, eso es muy obvio —contestó el chico con sarcasmo, provocando que Lars arremetiera contra él, más su ataque fue detenido por el príncipe.
—Contrólate —ordenó con un tono calmado mientras le sostenía el brazo robusto—. Ya has provocado demasiados problemas y no te convendría armar un escándalo hoy. Mi padre está de mal humor, así que no querrás ser su desquite —advirtió con una sonrisa maliciosa. Él se soltó de su agarre con violencia y se marchó de allí maldiciendo.
—A ver, chica ruda, explícame qué sucedió —se dirigió a Leela.
—Solo vine a traer esto al señor Harrison —respondió con la mirada baja y le mostró la canasta llena de hierbas, evitando que sus nervios tomen el control—. Él me tomó del brazo y empezó a acosarme. —El príncipe rio.
—Creo que Lars se metió con la chica equivocada —bromeó el príncipe con un tono ufano.
Sus amigos se unieron a las carcajadas, pues Lars era un chico poderoso, arrogante y muy temido, así que ser derrotado por una jovencita que no se veía muy fuerte, era todo un espectác*l* y un golpe bajo a su ego.
—Quien diría que una mujer tan tierna podría derrotar al gran Lars —comentó otro de los guerreros, con una sonrisa coqueta y sin quitarle los ojos de encima a la bella mujer.
—¿Derrotar dices? —El príncipe arqueó una ceja—. Ella solo lo esquivó, para su suerte. Ni te imaginas lo que esa chica tierna puede hacer en la batalla. —Todos lo miraron sorprendidos—. Ustedes no se enteran de nada porque se la pasan entre los guerreros reales; si miraran más allá de su círculo, se encontrarían con cosas maravillosas. —Posó la mirada sobre ella, acción que provocó que ésta se sonrojase.
—¿A qué te refieres? —preguntó uno de ellos—. ¿Dices que ella es más fuerte que Lars? ¡El gran Lars!
—Bruno —se dirigió al moreno, quien estaba asombrado de lo que escuchaba—, ella es más fuerte que todos ustedes juntos. —Sus amigos lo abuchearon—. ¿No han escuchado o visto a Búho en la batalla? —Todos asintieron.
—¿Qué tiene que ver Búho con esta chica? —preguntó Nico, el rubio del grupo.
—Vamos a mi estudio y les explico. —El Príncipe respondió sin quitar la mirada de Leela.
—Príncipe, guerreros; me retiro. —Ella hizo reverencia y se marchó, de inmediato, todos la siguieron con la mirada.
Leela usaba una buena fachada a la que el príncipe le sacaba provecho, ya que su apariencia era de una chica tierna y soñadora.
Ella no era muy alta ni con muchas curvas, pero tenía un encanto especial que llamaba la atención de los chicos. Por alguna razón, ella era una feromona andante, pues había algo en su esencia que despertaba los deseos más bajos en el s*x* masculino.
Sin embargo, a pesar de su apariencia dulce, su personalidad era todo lo contrario. Leela era una chica valiente, fuerte y desafiante; asimismo, la mayoría de veces era impulsiva y contestona.
—Hermosa mujer —comentó Nico—. Ahora soy yo quien la quiere entrenar, pero en otro tipo de peleas. —Los tres chicos rieron, ganándose la cara molesta del príncipe.
—No te enojes, Jing —se le dirigió Esteban—. No nos niegues que tú también te la encuentras atractiva.
—Dejen de decir tonterías —reprendió el príncipe—. He visto mejores —dijo entre dientes, creyendo que ella no había escuchado; no obstante, sus palabras atravesaron su corazón como daga afilada.
***
El Príncipe tomó asiento en la silla detrás del escritorio de su estudio y observó a sus tres fieles compañeros, quienes esperaban expectantes lo que él tenía que decirle referente a la chica.
—Nico, Bruno y Esteban; la mujer con quien Lars acaba de enfrentarse es Búho —dijo con tono despreocupado, mas todos estallaron de la risa.
—¡Esa sí que te ha quedado buena, Jing! —Esteban, el chico mestizo y de cabello marrón oscuro, dio palmadas sobre su hombro.
—Entonces no me creen... —expresó con mirada intrigante—. Solo les pido que no mencionen a nadie lo que acaban de escuchar. Se los digo porque comoquiera lo iban a saber, ya que son los guerreros principales del palacio. Por eso no hemos querido que Búho revele su identidad, porque es una espía. Si ustedes no lo creen, quiere decir que ella es una buena fachada; por su apariencia, digo.
Todos se quedaron en pleno mutismo, al percatarse de que él les hablaba en serio. Después de unos minutos de tensión, el chico de tez morena rompió el silencio:
—Entonces, esa chica es una espía.
Los ojos de Bruno brillaron con fascinación, puesto que él había admirado a Búho desde que descubrió su existencia, debido a la gran habilidad que poseía en la batalla.
—¡Quién diría que Búho sería una mujer tan atractiva! —exclamó Esteban con una sonrisa lujuriosa.
—Aún no es una espía oficial porque todavía está en proceso de prueba; yo mismo la estoy entrenando —aclaró con orgullo—. Como les dije antes, su identidad no puede ser descubierta, es por eso que ella se cubre por completo para la batalla y tiene pocas misiones.
El silencio llenó el lugar, puesto que ellos no salían de su asombro aún.
Chapter 2
Aquella mañana, Leela se levantó temprano para ir a su entrenamiento confidencial con el príncipe Jing. Era una práctica exclusiva y secreta entre ella y él, así que solo el maestro Lee estaba enterado; o más bien, solo él debía estarlo; sin embargo, Ulises también conocía acerca de estos encuentros y le había prometido a su amiga que mantendría esa información oculta.
Jing la entrenaba una vez a la semana en un dojo oculto en las alturas de una montaña. Para ella ese entrenamiento era todo un reto, debido a que pasaría dos horas a solas con su amor platónico, sumándole todos los roces que por obligación debían tener.
Como la mayoría de veces, Leela vestía un pantalón lycra de color negro y una blusa blanca, holgada y larga hasta la cadera; su cabello estaba recogido en un moño que dejaba salir algunos flecos, que caían con libertad sobre su rostro; asimismo, llevaba unos zapatos de tela cómodos, muy apropiados para la ocasión.
Ella entró con recelo al lugar y en











