
Amor Eterno: El principe y la guerrera
- Genre: Paranormal
- Author: D.O. Brito
- Chapters: 28
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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Annotation
En el reino licántropo de Lunograd, el príncipe heredero Mikail Roinev regresa a su tierra natal después de años de ausencia, acompañado de su prometida, la misteriosa Katia Sokolova. Lo que debería haber sido un regreso glorioso pronto se convierte en una encrucijada peligrosa cuando su destino se cruza con Alexis Valerika, una guerrera de élite cuya fuerza y determinación desafían cualquier expectativa. Desde el primer instante, un vínculo inquebrantable surge entre ellos, un lazo sagrado que ni el deber ni la tradición pueden ignorar. Pero en la sombra de Lunograd, fuerzas oscuras conspiran para derrocar a la familia real. La familia Aliakoff, en alianza con los influyentes humanos Sokolov, ha tejido una red de mentiras y traiciones que amenazan con destruir todo lo que Mikail y Alexis conocen. Cuando un ataque casi le cuesta la vida a Alexis, la verdad sale a la luz: Katia no es quien dice ser, y su amor por Mikail fue solo una artimaña para infiltrarse en el Palacio y debilitarlo desde dentro. Con la amenaza de la guerra en el horizonte, Mikail y Alexis deberán unir sus fuerzas no solo para proteger su reino, sino también para defender el amor que nació entre el fuego y la sangre. Juntos, enfrentarán batallas que pondrán a prueba su vínculo y descubrirán secretos ancestrales que podrían cambiar el destino de Lunograd para siempre. Traiciones, pasiones prohibidas y un destino inevitable se entrelazan en esta historia de poder, amor y guerra en un mundo donde solo los más fuertes sobreviven.
Capítulo 1
Alexis Valerika caminaba, levantando el polvo con sus botas de cuero agrietado.El sol del crepúsculo ardía rojizo entre los álamos, cuyas copas mecían un viento perezoso que dejaba caer hojas amarillas como llanto seco. Cada paso retumbaba en su cráneo: el golpeteo era la banda sonora de un regreso que no ansiaba.
Clavó su vista en un charco de lodo, evocando la alegría infantil de cuando corría por ese mismo camino. Sin embargo, al recorrerlo ahora solo hallaba miradas ansiosas y temerosas por doquier.
Una anciana asomó el rostro detrás de una cortina ajada; sus dedos, aferrados al marco de madera, temblaron. Un niño soltó el aro de hierro con el que jugaba y se quedó quieto, el rostro enjuto entre reverencia y espanto. Le observaban como a una criatura de leyenda: la Alexis que había partido de niña con las rodillas raspadas, y que ahora regresaba enfundada en uniformes y cicatrices.
El aire olía a pan recién horneado y a hojas humeantes. Sin embargo, su pulso seguía a mil; la formalidad de su ropa civil, demasiado impoluta, le oprimía como un corsé. Se ajustó la coleta; el temblor de sus dedos era la única prueba de que, pese al acero templado de su entrenamiento en el Palacio de Lunograd, aún le fallaba el pulso cuando sabía que todos la estaban midiendo.
La plaza central se alargaba ante ella: vetustos puestos de manualidades, un pozo medio derruido, puertas carcomidas. Saludos que apenas rozaban los labios, interrogantes clavadas como uñas delicadas:
“¿Cómo es el Palacio? ¿No te sientes sola?”
“¿Ya te han asignado pareja de batalla?”
“¿No te abruma tanto deber a tu edad?”
Cada interrogante calaba hondo. En la cultura Valerik, un guerrero sin “compañero” era tan frágil como un vaso sin agua. Sintió un nudo en la garganta: su reputación brillaba, pero su nombre se sentía incompleto.
El camino se hacía más estrecho a medida que se acercaba al corazón del pueblo. Allí, los muros de las casas mostraban las cicatrices de siglos de inviernos, y los jardines luchaban por sobrevivir entre las piedras y el viento.
Alexis levantó la cabeza y se preparó mentalmente para las interacciones inevitables. Saludó con un gesto breve al panadero, que le devolvió el saludo con una sonrisa que parecía pedir disculpas por no decir nada más. Al pasar junto al puesto de flores, la dueña —una mujer robusta de brazos magníficos y delantal manchado de polen— le ofreció un ramillete sin decir palabra, como si en ese silencio se pudiera meter todo lo que no se atrevía a preguntar.
Llegó a la vieja verja de hierro forjado que delimitaba la casa de los Valerik. Allí, el césped estaba descuidado y el rosal amarillo seguía empeñado en morir entre espinas y brotes nuevos. Al empujar la puerta, el chirrido metálico rompió el hechizo, y Alexis se sintió, por un momento fugaz, como si los años en el Palacio hubieran sido solo un sueño, y que nunca había dejado de ser la niña rebelde que volvía a casa con las rodillas llenas de raspones y los bolsillos llenos de secretos.
Al cruzar el umbral de la casa esa tarde, Alexis fue recibida por una llamarada de voces, brazos y manos que la rodearon en una coreografía perfectamente sincronizada. Su madre la envolvió en un abrazo apretado, cálido y tierno como pan recién sacado del horno, y sus hermanas gemelas —ya casi tan altas como ella— la abordaron con un bombardeo de preguntas, comentarios y risillas tímidas. Incluso su hermano, Aeron, tan reacio a las muestras de afecto, se quedó al fondo del vestíbulo observando con una mezcla de admiración y celos apenas disimulados, preguntando con la mirada dónde había estado su hermana y si alguna vez le tocaría a él marcharse al mundo y regresar con historias propias.
El ruido era un bálsamo y una herida al mismo tiempo: Alexis notó que cada carcajada, cada palabra de bienvenida, tenía un filo sutil, casi imperceptible, como si todos estuvieran midiendo sus frases para no rozar los temas prohibidos. Sin embargo, las reglas de la cortesía familiar parecían dictar que, al menos durante los primeros minutos del reencuentro, solo cabía espacio para la celebración y las bromas. Alguien arrastró una de las sillas del comedor para que Alexis se sentara; otra mano diligente le ofreció un vaso de agua de limón, y cuando apenas lo había probado, su madre ya le había servido un plato rebosante de estofado humeante, como si la sola presencia de Alexis agotara el oxígeno y requiriera reanimación constante.
Pero bajo la efusividad, Alexis percibía las pequeñas tensiones que danzaban en el aire alrededor de la mesa. Su padre, Aarón Valerik, mantenía sus gestos controlados y su voz baja, interviniendo solo lo necesario, como si temiera que un exceso de entusiasmo pudiera hacer añicos la fachada familiar que había esforzado en reconstruir durante su ausencia. Aunque lo veía a diario en el palacio, donde él servía como general del ejército, esa cercanía no mitigaba la distancia emocional entre ellos. Sus ojos seguían cada movimiento de Alexis con la atención fría de un cartógrafo revisando los límites de un territorio conocido pero alterado por tormentas pasadas.
Las hermanas se turnaban para preguntarle por la vida en la ciudad, por el Palacio y por criaturas legendarias que habrían escandalizado a cualquier otro adulto. Alexis respondía con medias verdades, eligiendo cuidadosamente los fragmentos de su experiencia que podían compartirse sin perturbar la paz de la mesa. Reía, exageraba detalles triviales, y dejaba que la conversación flotara sobre la superficie, tal como lo hacían todos los miembros de la familia: una coreografía de familiaridad y esquive.
La alegría fingida de la sobremesa se sostuvo durante unos minutos, hasta que la madre se excusó para preparar té y las gemelas se escurrieron con la excusa de terminar sus tareas. Alexis se quedó a solas con su padre, y el silencio que se instaló entre ambos era demasiado denso incluso para la casa de los Valerik, acostumbrada a guardar secretos tras cada puerta cerrada.
En ese momento, Alexis supo que algo preocupaba a su padre; la rigidez en sus hombros y el silencio eran evidencias de ello.
Pronto llegó la hora de la cena, y a ella se unieron la hermana mayor de Alexis, Anna, y sus dos hijo, Rebeka y Morris. El esposo de Anna, Marius, no estuvo presente esa noche, ya que, por trabajo, se encontraba de viaje fuera de Lunograd.
Los sobrinos de Alexis la adoraban. Cada vez que Alexis podía escabullirse del Palacio, iba a verlos y a pasar tardes de juegos, películas e historietas con ellos.
Después de una cena donde las charlas se mantuvieron superficiales y dispersas, un intento de normalidad para ocultar la ansiedad de todos, Aarón Valerik se retiró temprano a su estudio. Alexis trató de ignorar la silenciosa invitación, esa forma particular que tenía su padre de pedirle que lo siguiera: un intercambio de miradas, una leve inclinación de la cabeza, y la paciencia de quien está seguro de que, tarde o temprano, todos responderán a su llamado.
Cuando Alexis finalmente reunió el valor para acudir al encuentro con su padre, caminó por el pasillo con pasos cuidadosos y se detuvo frente a la puerta del estudio, que estaba entreabierta. La luz cálida se filtraba a través de la pequeña abertura, proyectando una franja dorada sobre el suelo pulido. La puerta, apenas sostenida por la brisa, oscilaba suavemente, como si lo invitara a entrar sin necesidad de golpear.
Detuvo la respiración antes de entrar, como si cada vez que cruzaba ese umbral se adentrara en la boca del lobo, o peor, en la del juez. Su padre la esperaba detrás de la mesa robusta, iluminado solo por el resplandor de la lámpara de escritorio. El resto de la estancia permanecía en penumbra, saturada del aroma a sándalo y a papel quemado. Había algo casi ritual en la disposición de las cosas sobre el escritorio: el tintero de hierro, la pluma de ganso, los expedientes apilados en orden de relevancia, cada elemento tan preciso y austero como la disciplina que regía a los Valerik.
—¿Te puedo interrumpir? —preguntó Alexis, parándose en el umbral de la estancia, con las manos trenzadas en la espalda.
Aarón tardó varios segundos en contestar. Movía la pluma sobre el papel sin escribir nada, como si pensara que podía hipnotizar a la tinta para que le diera respuestas. Cuando por fin levantó la vista, sus ojos claros, cansados, pero firmes, decían más que su voz.
—Adelante —dijo, y observó cómo su hija se acercaba despacio, con la misma cautela de quien se aproxima a una bestia herida.
Se miraron en silencio, un pulso larvado entre dos generaciones que nunca se sintieron verdaderamente de la misma especie. Alexis se acomodó en la silla frente al escritorio, la espalda recta y la expresión de piedra.
—Ha ocurrido algo —anunció su padre, sin preámbulos—. Algo que nos va a exigir un poco más de lo habitual.
Alexis no se molestó en fingir sorpresa. Sabía que el mensaje vendría cifrado en una mezcla de órdenes, advertencias y un afecto seco, como de agua destilada.
—¿Qué pasa, papá?
Él volvió a mirar los papeles, como si las palabras le resultaran desagradables al tacto.
—La llegada del príncipe Mikail se ha adelantado. —Hizo una breve pausa, observando la reacción de su hija—. No será dentro de tres semanas, sino en dos días. La comitiva se redujo, pero al mismo tiempo, la seguridad será doblemente estricta.
A Alexis la noticia le produjo un cosquilleo en la base de la nuca, reconociendo el pulso de la adrenalina antes que el miedo. No era la primera vez que le asignaban una recepción de alto nivel, pero cada misión dejaba su cicatriz, y esta no sería la excepción.
—¿Es necesario que notifique a mi equipo de inmediato? —preguntó, mientras su mente comenzaba a trazar mentalmente los pasos, los posibles puntos de falla, las rutas de escape.
—Ya se ha notificado a los oficiales a cargo. Mañana a primera hora se reúnen para el operativo. Lo que quiero es que seas tú quien lidere la escolta desde el aeropuerto hasta el Palacio. El príncipe viaja con su Beta y su prometida, pero es evidente que no todos los que se presentan como aliados lo son en realidad. —Aarón entrelazó los dedos, apoyando los codos sobre el escritorio—. Los informes señalan a que, esta vez, la amenaza es más interna que externa.
Alexis sintió una presión familiar en el pecho, mezclada con la urgencia de demostrar, una vez más, la confianza que depositaban en ella. Afuera, la noche se había espesado como alquitrán y, por un momento, deseó ser solo una sombra más en ese pueblo, invisible y segura.
—¿Se sospecha de alguien en particular? —inquirió, y la pregunta, aunque pertinente, sonó más dura de lo esperado.
Su padre negó con la cabeza. —Aún no, pero las señales son claras. Hay demasiados flancos abiertos. Y tú sabes lo que eso significa para la reputación de nuestra familia.
Sabía. Y también odiaba el peso de la palabra “reputación”: esa carga invisible que ni los años en el Palacio lograban diluir del todo. En el pueblo, el apellido Valerik era sinónimo de eficiencia y fiabilidad, y aunque ella hacía todo a su alcance por honrarlo, sospechaba que jamás lo lograría de la forma que su padre soñaba.
No obstante, asintió. No había espacio para dudas.
—Estaré lista —afirmó, seca, y se puso de pie. Pero antes de irse, la voz de Aarón la detuvo.
—Alexis.
Ella se giró, un pie ya fuera del estudio.
—No subestimes a la prometida —advirtió su padre—. Me han llegado rumores de que no es exactamente lo que aparenta.
Eso sí la sorprendió. Alexis recordó el dosier confidencial que había repasado semanas atrás, las imágenes cuidadosamente seleccionadas para transmitir serenidad y belleza, los párrafos banales sobre la educación y los gustos de la futura princesa. Poco, casi nada, sobre sus motivaciones reales, sus alianzas o sus enemigos. La ficha más delgada del expediente, la menos subrayada, era ahora la que exigía máxima atención.
—¿Algún dato útil? —preguntó, con la esperanza real de que su padre le diera algo más que especulaciones.
El hombre vaciló, como si discutir a espaldas de la realeza fuera no solo peligroso, sino sacrilegio. Al final, se limitó a un encogimiento de hombros.
—Solo rumores. Que es más fría de lo que parece. Que su familia tiene cuentas pendientes con la Corona. Y que, si algo saliera mal, hay quienes preferirían verla… ausente.
Alexis masculló un “entendido” y se marchó, cerrando la puerta con la suavidad de quien sabe que los secretos son más ruidosos que un portazo. En el corredor oscuro, contuvo la respiración y apoyó la frente unos segundos sobre la pared. La noticia la había atravesado como una lanza inesperada, removiendo fantasmas que creía haber enterrado tras años de disciplina y distancia emocional.
Subió a su cuarto y, sentada en la penumbra, abrió el cuaderno de combate donde solía registrar rutas, horarios y observaciones de sus misiones. Empezó a escribir casi sin mirar, dejando que los datos reemplazaran la marea de pensamientos ansiosos. Anotó el itinerario previsto, las posibles rutas de ataque y defensa, las debilidades del equipo asignado y hasta los horarios de cambio de guardia. Dibujó mapas mentales y esquemas apretados, tachando cada predicción pesimista con una precisión obsesiva.
Pero mientras el lápiz se deslizaba sobre el papel, su mente volvía una y otra vez a la advertencia de su padre: no subestimar a la prometida. ¿Qué significaba eso, realmente? ¿Era una amenaza latente, un elemento impredecible, o simplemente el eco de los prejuicios que todos arrastraban respecto a quienes venían de fuera?
Apenas había terminado de repasar el itinerario cuando una notificación vibró en su comunicador personal: reunión de equipo, 0700 horas, sala de operaciones. Alexis respondió al mensaje con un lacónico “recibido” y cerró el cuaderno, experimentando una ola de fatiga tan repentina que le pareció que el aire se había vuelto denso, irrespirable. Ya no tenía edad para soportar tantas noches en vela, pero tampoco podía permitirse el lujo de fallar.
Se descalzó y se tumbó en la cama, sin quitarse la ropa. Dejó que la oscuridad la envolviera, en busca de un sueño que sabía que no llegaría. Durante horas, imaginó escenarios, repasó las caras y los nombres de cada uno de los miembros de la escolta, y se preguntó, como tantas otras veces, si habría sido más fácil ser cualquiera menos Alexis Valerik.
Capítulo 2
Cuando la luz grisácea del amanecer filtró los contornos de su habitación, se vistió en silencio, recogió el pelo en una coleta tirante y bajó a la cocina. Sus padres ya estaban allí, desayunando sin demasiada prisa, y el olor a café fuerte era un recordatorio de las constantes que todavía resistían al paso de los años.
Alexis bebió el café de un trago, agradeciendo el ardor en la garganta, y salió de casa antes de que alguien pudiera desearle suerte.
Alexis se despidió de su familia como si fuera a una guerra y no a un trabajo de rutina. Incluso su madre, que había perfeccionado el arte de las despedidas sobrias y funcionales, se permitió un roce de mejilla apenas perceptible, antes de dejarla ir.
El viaje al Palacio fue ese tramo entre dos mundos: la carretera vieja, salpicada de charcos congelados y ramas desnudas, y el complejo ultramoderno de concreto donde la política y la sangre licántropa convivían en una tregua tensa. Condujo sin música y sin distracciones











