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De abandonada a esposa de un dragón

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Annotation

Sara lo tenía todo: estatus, protección y tres compañeros que juraron amarla para siempre. Pero en un mundo donde las mujeres son escasas y el valor de una hembra se mide por lo que puede ofrecer, el amor no siempre es suficiente. Cuando una misteriosa mujer llega al pueblo, todo cambia. Uno a uno, los hombres que decían amarla la abandonan, dejándola sola, humillada y rota. Sin nada que la ate a su pasado, Sara toma una decisión impensable: ofrecerse voluntariamente para ser enviada a la temida Ciudad Imperial de los dragones. Un lugar del que ninguna mujer regresa. Allí descubre una verdad inesperada cuando un poderoso dragón que ha esperado años por alguien como ella, se da cuenta que su destino da un giro radical. De ser despreciada y olvidada, Sara pasa a convertirse en el centro de un amor intenso, exclusivo y verdadero. Pero lo que nadie esperaba es que su llegada marque el inicio de algo mucho mayor… un cambio que podría alterar el equilibrio de todo el mundo bestia. Porque a veces, perderlo todo… es el comienzo de algo extraordinario.

Capítulo 1

En un mundo de bestias, las hembras no eran solo raras… eran valiosas. Tan valiosas que se luchaba por ellas, se negociaba por ellas… y, si era necesario, se derramaba sangre por ellas.

La escasez las había convertido en el centro de todo, y nadie veía extraño que una sola mujer tuviera diez compañeros. Era lo normal, lo esperado, el destino.

En el pueblo de Pozo Almonte, Sara no era cualquier mujer. Era la hija del alcalde, la favorita, la intocable.

O al menos… eso creía.

Creció rodeada de esa realidad, escuchando que tener muchos maridos era un privilegio, una bendición que pocas podían rechazar… pero ella nunca lo sintió así. Nunca quiso amor compartido, ni miradas divididas, ni promesas repartidas entre demasiados.

Para ella, tres hombres eran suficientes, tres hombres que había elegido con el corazón, tres a los que amaba sin medida, tres que, creía, la amaban igual.

Sara pensó que lo tenía todo… hasta que lo perdió, porque el amor, incluso el que parece más fuerte, puede romperse. Y a veces, quienes prometen sostenerte para siempre… son los primeros en soltarte.

Sara:

Yo tenía tres maridos bestias que me adoraban con una devoción que parecía inquebrantable, hombres que cumplían cada uno de mis caprichos sin dudar. Crecí rodeada de todo aquello que otros ni siquiera se atrevían a desear. Nunca me faltó nada y, en mi ingenuidad, creí que jamás me faltaría. Creí que ese mundo me pertenecía por derecho… hasta que otra mujer me lo arrebató.

Llegó a la ciudad una forastera, una mujer bestia del clan conejo, una curandera joven y hermosa que había enviudado demasiado pronto. Venía con dos cachorros, y eso bastó para que todo cambiara. En un mundo donde las hembras eran escasas y la tasa de natalidad eran extremadamente bajas, ella ya había dado a luz dos veces. Eso la volvía valiosa… peligrosamente valiosa.

Pero no era solo eso. Era todo lo que yo no era.

Era autosuficiente, independiente de una forma que ninguna otra mujer en Pozo Almonte lo era. No necesitaba hombres para sobrevivir, no dependía de nadie para protegerla ni proveerle. Preparaba su propio alimento, hacía sus remedios, cultivaba sus hierbas y criaba a sus hijos. Algo impensado para las mujeres mimadas del pueblo… y eso volvió locos a los machos.

Comenzaron a acercarse con excusas, deseando ser útiles para ella… deseando ser elegidos como maridos.

Ella no los buscaba, pero todos iban hacia ella.

Yo, en cambio, lo tenía todo… pero empezaba a perderlo.

Al principio solo noté pequeños cambios.

El primero en cambiar fue Simón y una noche explotó cuando le pregunte amablemente si podía traerme nueces, algo que él había hecho muchas veces sin reproche, donde siempre me aseguro de que no había problema en ir al bosque cercano por ellas y donde me aseguro de que se las podía pedir cuando yo quisiera, pero ahora...

—Estoy aburrido, Sara. Aburrido de ti —dijo, mirándome como si fuera basura—. Eres caprichosa, egoísta… todo tiene que girar a tu alrededor.

Sentí el golpe, pero no fue suficiente para derrumbarme.

—Siempre pidiendo, exigiendo, y nunca es suficiente para ti —continuó, con la voz endurecida—. Y ni siquiera puedes darnos lo que realmente importa.

Mi pecho se apretó al pensar en mi incapacidad para darles hijos.

—Mírala a ella —añadió, sin necesidad de nombrarla—. Sola, y aun así más fuerte que tú. Más útil. Más… mujer haciéndose cargo incluso sola de dos crías.

Algo dentro de mí se quebró.

—Simón… —susurré, pero él ya estaba retrocediendo.

—Estoy cansado de esto. Me voy… y no trates de seguirme.

Y con eso se fue, sin mirar atrás.

Mis otros dos maridos bestias se enfurecieron con él y lo recriminaron. Le advirtieron que no había vuelta atrás y que no se le ocurriera volver.

Me aferré a mis dos maridos bestias con la esperanza ridícula de que al menos uno recordaría lo que alguna vez significamos… pero no duró mucho.

Ethan, mi segundo marido bestia, también terminó por abandonarme y al final, solo Drake permaneció a mi lado.

Lo miré como si fuera mi último rayo de luz en medio de la oscuridad. Mi corazón agonizaba, la tristeza me envolvía de forma sofocante y me resultaba imposible no compararme con ella.

—Drake… —mi voz se quebró sin que pudiera evitarlo—. ¿También soy basura para ti?

Él negó con la cabeza. Su mano se alzó y acarició mi cabello con suavidad, como si aún quedara algo del cariño de antes.

—Tranquila, eres una gatita encantadora, mi gatita —murmuró con un matiz de posesividad—. Son unos idiotas por no valorarte y se arrepentirán.

Quise creerle. Necesitaba hacerlo. Me aferré a esas palabras como si fueran lo único que me mantenía en pie, pero el destino aún tenía preparada una sorpresa cruel.

Vi a Drake en su forma de lobo. Se giraba dócil, completamente rendido ante la mujer conejo. Su mirada estaba fija, hambrienta de algo que ya no me pertenecía. La seguía con atención, pendiente de cada uno de sus movimientos, esperando… casi suplicando una sola caricia de su parte, ccmo si yo nunca hubiera existido, como si nunca hubiera sido suya, como si nunca me hubiera amado.

Algo dentro de mí se rompió en ese instante, y supe que ya no valía la pena luchar.

No hice un escándalo. No tenía fuerzas para pelear ni para suplicar. Ellos lo habían logrado… me habían destruido.

¿Me odiaban? No lo sabía.

Simplemente me di la vuelta… y corrí.

Corrí hacia la casa de mi padre sin detenerme, tropezando a ratos, sintiendo cómo mis pulmones ardían con cada respiración que desgarraba mi pecho. Corrí hasta llegar y entré sin siquiera golpear la puerta.

—Papá… —jadeé, manteniendome de pie con dificultad ya que mis rodillas estaban flácidas— ¡Quiero irme de este pueblo!

Él alzó la vista, sorprendido.

—¿Qué has dicho?

Tragué saliva, reuniendo el poco coraje que me quedaba y obligándome a sostener su mirada, mientras me tragaba el orgullo… lo poco que aún no había sido pisoteado.

—Mándame lejos. Me ofrezco como voluntaria para ser la pareja de un hombre bestia dragón de la Ciudad Imperial.

El silencio que siguió fue denso, casi asfixiante. Sus ojos se llenaron de preocupación, y un destello de incredulidad cruzó su rostro.

—Sara, ¿has perdido la cabeza? ¿La Ciudad Imperial? Ninguna mujer quiere participar en el sorteo anual… ¿y tú te estás ofreciendo?

Asentí, incapaz de hablar, mientras las lágrimas caían sin control.

La Ciudad Imperial, situada en la cúspide de la sociedad, no tenía hembras. Al ser dragones, su descendencia era exclusivamente masculina, por lo que necesitaban traer mujeres de otros clanes para perpetuar su linaje. Cada año reclamaban compañeras de los clanes terrestres.

Los dragones eran más fuertes, más salvajes, más peligrosos… y completamente posesivos. Formaban un vínculo con una sola pareja de por vida y jamás la compartían, a diferencia de los clanes de la tierra donde una hembra podía fácilmente tener diez maridos bestias.

Si una mujer se emparejaba con un dragón, no había escape. Y si le tocaba uno cruel… viviría bajo su dominio para siempre o hasta su muerte.

—Hija, sabes lo que eso implica.

—Prefiero eso… a quedarme aquí.

Me había aferrado a Drake creyendo que al menos él se quedaría. Pero ahora él también me había abandonado.

Mi padre cerró los ojos, suspiró y se pellizcó el entrecejo antes de hablar con voz cansada.

—Eres mi única hija… no puedo soportar perderte.

Se acercó y me miró con dolor.

—Pero tampoco puedo verte así, devastada y traicionada por quienes juraron protegerte toda la vida.

El silencio se extendió entre nosotros antes de que volviera a hablar.

—El sorteo es mañana. Piénsalo bien antes de tomar una decisión tan drástica… porque una vez que cruces el mar hacia los dragones, no hay retorno.

Capítulo 2

Cuando salí de la casa de mi padre, Drake estaba afuera, esperándome… o al menos eso creí.

En cuanto me vio, frunció el entrecejo.

—¿Sara?

Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano y pasé a su lado sin detenerme.

—Sara, ¿a dónde vas?

Avancé unos pasos, rezando en silencio para que me siguiera. Aunque fuera un gesto pequeño, me habría dado algo de esperanza, la ilusión de que aún le importaba un poco… pero lo único que obtuve fue silencio. Drake no dio ni un solo paso hacia mí. Para él, yo no valía ni siquiera ese esfuerzo.

Me giré para observarlo. Era un hermoso hombre bestia lobo, alto y fornido, con cada músculo perfectamente definido, como una escultura tallada por los dioses.

Clavé la mirada en sus ojos negros como la obsidiana.

Él apartó la vista, como si le quemara.

—¿Tú también me abandonarás? —pregunté con la voz quebrada—. ¿O cumplirás tu palabra de quedarte conmigo?

Alzó la mirada, con un leve gesto de molest

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