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La redención del príncipe

  • Genre: Romance
  • Author: Ladylia
  • Chapters: 59
  • Status: Completed
  • Age Rating: 18+
  • 👁 259
  • 7.5
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Annotation

Altai, el príncipe desterrado, se enfrenta a su pasado y lidera una liga de guerreros sedientos de venganza. Pero en su corazón, también anhela reunirse con Khojin, quien lo rescató de una muerte segura. Aunque pertenecen a tribus enemigas, su atracción es imposible de ignorar. A medida que los peligros y las conspiraciones amenazan su amor prohibido, el momento del reencuentro se convierte en un lejano sueño. En un mundo de traiciones y oscuros secretos, Altai ha forjado una nueva identidad en las sombras. Sin embargo, su sed de venganza sigue ardiendo, alimentada por el odio acumulado durante una década de exilio. ¿Podrá deshacerse la montaña de odio que los separa?

Chapter 1

Refugiados en las interminables praderas de color verde intenso, durante una fría noche, la esposa del Khubilai Ilk había dado a luz una niña tan radiante como la propia luz de la luna que brilló aquella noche. De ojos negros como el carbón, piel arrugada y manos fuertes, que no soltaban los gordos dedos de su padre.

—Khubilai Ilk, es una niña —avisó su esposa con una sonrisa

La partera avanzó y le enseñó la bebé al hombre que estaba sentado en una de las esquinas de la habitación. El Khubilai Ilk cargó a la bebé en sus brazos y sonrió complacido.

—Se llamará Khojin, ella será una luz para nuestra casa.

La niña creció entre los verdes pastos y los caballos salvajes de las praderas. Era vivaz, alegre y muy fuerte. Tanta era su fascinación por las artes marciales y el combate, que su padre nunca pudo negarse a enseñarle los secretos de las espadas y toda suerte de armas.

Muchos años después, Khojin Batun ya era una mujer. Y, aunque era muy hermosa a la vista, resaltaba mucho más por su fortaleza en el Bök, la lucha libre tradicional de Mongolia. Su destreza en la lucha era inigualable, que ni siquiera sus hermanas mayores podían vencerla.

Sin embargo, tras el asesinato del Khubilai Ilk a manos del khan Sekiz Oghuz, y la caída de la casa Batun, Khojin tomó un camino sin destino fijo mientras recorría las tierras de las estepas.

Habían pasado más de diez años desde que ella había abandonado el territorio Sekiz Oghuz, para regresar a su verdadera tierra, la tierra de su madre, la de los mongoles.

Khojin se había posado en la vida de sus abuelos, sus primas y sus tíos. Ella fue aceptada con gran agrado por parte de la familia Eljigin, la tribu de la que había emergido el Kagan regente. Ese hombre era su abuelo.

Durante aquellos años, Khojin se había esforzado en sobresalir en el combate y más tarde fue nombrada como general de la fortaleza Yuezhi, un conjunto de tribus que habían sido desplazadas de sus territorios por la ocupación de otros pueblos nómadas más poderosos.

Poco a poco, Khojin se había convertido en uno de los mejores consejeros del Kagan y en el soldado más eficiente de todo el ejército. Hacerlo no le había sido fácil, pues tenía como rival a la princesa Khutulun, una digna contendora, que en más de una ocasión le había puesto en aprietos.

La fuerza femenina de la tribu Eljigin no tenía igual. Era un linaje noble y poderoso en las artes del combate.

Corría un intenso año. El ejército enviado por el emperador chino se había apostado en las afueras de la fortaleza Yuezhi, la subdivisión de una gran alianza entre tribus. Sin embargo, para ese momento, el Kagan supremo elegido por el consejo del kurultai, el temible Kaidu, no estaba dispuesto a seguir siendo un vasallo de Yang Di, quien se había esforzado por desplazar a los mongoles de sus tierras originales. Aquello fue una ofensa para Kaidu, un hombre ceñido fielmente a las costumbres ancestrales de las tribus mongolas de las estepas.

—¡Kaidu, traidor, te has rebelado contra el emperador! —el comisionado del rey chino Yang Di gritó en todo amenazador.

La princesa Khutulun observó al hombre. Sus labios finos se curvaron en una mueca de desagrado y odio.

—¿Cómo te atreves a hablar de manera irrespetuosa a nuestro Khan? —gritó Khutulun en respuesta y realmente irritada.

“¡Traidor!” “Es un traidor” Los hombres del ejército chino empezaron a murmurar en una sola voz.

—Ríndete y te perdonaremos la vida y la de tu familia —el comisionado intentó negociar.

—La libertad de nuestro pueblo y sus costumbres ancestrales es algo que no estamos dispuestos a negociar. Regresa con el emperador y avísale que las tribus mongolas son totalmente independientes y que no responderán a sus órdenes. ¡Kaidu es nuestro Kagan! —Esa vez respondió Khojin, seguido de la ovación de sus hombres.

El comisionado chino sonrió con burla.

—Khojin es conocida por ser la estratega militar de su propio abuelo, es mejor que le persuadas para que se rinda —contraatacó

—¡Los verdaderos herederos nunca nos rendimos! —Kaidu por fin habló.

El silencio se apoderó del lugar por unos cuantos minutos. Sin embargo, entre la multitud del ejército proveniente de

Chang´an, un hombre se hizo paso entre los demás. Cuando llegó al frente, los demás oficiales le saludaron con respeto:

—Su señoría.

Khojin vislumbró al hombre en la lejanía, y de inmediato lo reconoció. Su corazón dio un vuelco estruendoso al saber que, un supuesto mercader perdido en la ruta de la seda los había estado traicionando.

Khojin había pensado que él era un rudimentario mercader, el prospecto a consorte de su prima, la princesa Khutulun, quien tras varios meses conviviendo entre los mongoles, el Kagan le había concedido una oportunidad para que se ganara la aprobación de la princesa. Todos se burlaban de él en silencio y lo veían como alguien débil que ni siquiera sabía empuñar la espada para defenderse del enemigo. Sin embargo, él era un hombre totalmente diferente, ¿había fingido todo?

—¡Los traidores pagan con sangre! —gritó el supuesto prometido y de un momento a otro, disparó una flecha hacia el ejército mongol.

La flecha silbó en el aire. Cortó la tensión entre ambos bandos. La punta afilada brilló con la tenue luz del sol, que *p*n*s se asomaba con reticencia.

El ejército de Kaidu ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar y solo les tocó conformarse con ver cómo la princesa Khutulun, uno de los comandantes sobresalientes, se desplomaba y caía de su caballo.

—¡Khutulun! —Khojin gritó cuando vio a la princesa caer del caballo.

Alrededor de la princesa caída, el ejército era un desorden. Sin embargo, Khojin logró llegar al lado de su prima, quien ya había quebrado la flecha que sobresalía de su cuerpo.

—¡Khutulun! ¿Estás bien? —su expresión era de preocupación. Las líneas convertían su rostro en un tumulto de zanjas que se marcaban alrededor de los ojos.

—Estoy bien, Khojin. No debes preocuparte por mí… Dirige el ejército, ellos te necesitan —tragó con dificultad—. Prométeme que traerás ante mí a ese traidor.

—Lo que haré ahora será mejor que matarlo. Debo salvarte.

—¡No! —chilló enfurecida— ¡Tráemelo! ¡Le arrancaré el pellejo, y lo asaré para mí!

—¡Eres una princesa, pero en el ejército yo soy tu superior!

Khojin trató de cargar a Khutulun entre los brazos, pero esta se negó en repetidas ocasiones. Khutulun fue arrastrada hasta la parte trasera del campamento sin tener en cuenta sus negativas. Khojin no la iba a escuchar.

Poco prestaba atención ella a lo que ocurría a su alrededor, todo le daba vueltas. Estaba débil.

[…]

La llanura se veía oscura. Las cabezas llameantes de las antorchas resplandecían débilmente en la lejanía, avisando de la presencia de un ejército allí.

Las montañas rodeaban toda la región, estaban en una especie de encrucijada, de la que no podían salir tan fácilmente. El ejército chino a las afueras, entre el valle que unía a las montañas, estaba a la espera del menor movimiento por parte de Yuezhi.

A lo lejos, una mujer estaba rodeada por médicos. Se trataba de la princesa Khutulun. A su lado, la comandante Khojin, la custodiaba de cerca, advirtiendo cualquier mejoría o recaída de la noble princesa.

No tenían ninguna manera para sacar a Khutulun. Ni siquiera les servía presionar a los chinos.

Khojin, se levantó del lado de la princesa y se acercó hacia el mapa de piel que estaba colgado en el centro del campamento militar. Tras ella, también caminó su asistente de armas.

—¿Qué vamos a hacer, señora? Estamos rodeados por todas partes. Necesitamos llevar a la princesa devuelta con la tribu.

—Sí, por eso vine aquí a ver el mapa. Para buscar alguna salida desde el lado interno de la montaña.

Mientras Khojin observaba el mapa, varios de sus soldados se acercaron a ella. Lucían afanados.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

—Comandante, un hombre ha entrado al campamento. Es forastero y dice que quiere hablar un negocio con usted. Él le enseñará el camino que debe seguir para sacar a la princesa Khutulun del interior de la montaña.

—¿No es una broma?

—No, comandante. Yo a ese hombre no le he visto entre las tropas… No sé cómo entró a la montaña.

Khojin asintió. Decidió que debía seguir a sus soldados y así conocer a aquella persona. Le intrigaba mucho conocer qué bueno tenía por ofrecer y si era cierto que podía iluminarles el camino.

—Vamos, quiero ver qué tiene para mí.

Khojin caminó por en medio del campamento mientras saludaba de vez en cuando a sus subordinados. Todos le respondían el saludo con efusividad.

Después de un corto recorrido, Khojin encontró al hombre. Era de baja estatura, un poco grueso y en su rostro tenía un bigote muy curioso, que a Khojin le hizo mucha gracia.

—¿Quién es usted? —preguntó al verlo.

El hombre le brindó los saludos de respeto.

—Comandante, mi identidad no importa. Tengo información que puede salvarle a la princesa Khutulun.

Khojin no se fiaba de aquel hombre. Nadie en su sano juicio quería ayudar a un ejército, ni mucho menos ponerse de un bando cuando se era forastero.

—Señor, ¿por qué debería confiar en usted? No puedo seguirlo a expensas de que sea una trampa y que yo como la princesa, seamos cautivas del emperador c h in o… ¿Se me podrá considerar una excelente guerrera?

El hombre sonrió ante la sagacidad de la mujer.

—Comandante, incluso los mejores generales pierden batallas… No debe creerse invencible.

—No me creo invencible, solo tengo precaución, pues son vidas las que tengo a cargo. Cada oficial, soldado o mariscal que haya en este lugar tiene un pasado, una familia, razones para volver con sus familias… No puedo exponerlos más de lo que ya están, ¿no cree?

El hombre asintió.

—Comandante, puede enviar a inspeccionar el camino que le estoy ofreciendo. Verá que lo que le digo no es mentira.

Khojin así lo hizo. Mandó a dos de sus hombres a través del mapa que el forastero les había enviado. Esperó en silencio el regreso y tras una larga espera, los hombres regresaron.

—Comandante, lo que dice este hombre es cierto. El camino que ha señalado está al otro lado de la montaña y dirige al camino real.

Khojin asintió. Todavía no se decidía a trasportar a Khutulun por el camino señalado.

—Me imagino que usted tiene un líder, señor forastero.

—Así es, comandante.

—¿Quién es? Al menos debe dejarme saber a quién le debo este favor.

El forastero sonrió levemente. Volvió a hacerle los saludos de respeto y empezó a retroceder. Sin embargo, antes de desaparecer por el pasadizo que él había señalado, el forastero decidió revelarle a ella el nombre de su jefe.

—Comandante, mi líder es Bore Tseren.

Chapter 2

Sentada sobre la muralla de la fortaleza Yuezhi, Khojin observó la lejanía y la altura de las nubes. Después de esos días, una tensa tranquilidad se había apoderado de la pequeña urbe. Khojin sospechaba que una tormenta se estaba gestando de manera escondida, un torbellino desconocido, que podía arrasar con su estabilidad.

Cuando Khojin regresó la mirada hacia el interior de la fortaleza, alcanzó a ver la yurta central, allí donde su prima Khutulun era atendida por los médicos y muchas doncellas le servían.

Khojin bajó de las murallas y caminó hacia la tienda, rodó la cortina pesada y entró. En el interior, Khutulun estaba acostada sobre su lecho. Estaba despierta, pero su mirada estaba perdida sobre la cubierta de la yurta.

Khojin podía adivinar los pensamientos de su prima.

—Khutulun, ¿te sientes mejor?

La princesa giró el rostro hacia ella y le sonrió levemente.

—Sí, pero estoy intranquila.

—Estás pensando en Arslan, en ese traidor ¿verda

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