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La Obsesión del Mafioso 2

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Annotation

Mercedes, una ambiciosa estudiante de derecho, consigue un puesto en un prestigioso bufete de abogados, sin saber que este oculta un oscuro secreto. Resulta que Bruno Raguzza el nuevo jefe del clan, un astuto y peligroso hombre, ordena a uno de sus subordinados que contrate a Mercedes con el objetivo de protegerla del temido mafioso Giuseppe Sorrentino, quien tiene como objetivo destruirla. Detrás de la aparente honestidad y profesionalismo del bufete, se encuentra escondido el clan mafioso de los Raguzza. A medida que Mercedes se adentra en el mundo del derecho, empieza a notar que algo no está bien. Pequeñas pistas la llevan a descubrir que el bufete no es lo que aparenta ser. Cumpliendo con las reglas del clan Raguzza, Bruno obsesionado con ella, lucha contra sus sentimientos y protege a Mercedes de su propia familia ambiciosa y traicionera. Conforme aumentan los peligros y las verdades se revelan, Mercedes se encuentra ante la difícil decisión de confiar en Bruno y determinar si su amor es sincero o solo parte de un plan más siniestro. ¿Podrá confiar en Bruno para protegerla? ¿Cómo iba amar al hombre que tenía el apellido de la familia que tanto odiaba? ¿Podrán escapar del destino impuesto por el clan Raguzza? Solo el tiempo y las decisiones que tomen ellos mismos podrán determinar el desenlace de esta apasionante historia llena de intriga, peligro y amor.

Capítulo 1

Bruno Raguzza había esperado pacientemente a Mercedes Gonzales en su automóvil durante un largo tiempo. Le incomodaba que Vichenzo, el jefe del clan Raguzza y su primo. lo hubiera obligado a realizar esa tarea, cuando tenía a tantos hombres a su disposición que podrían vigilar a la chica. No creía que Soraya estuviera en contacto con su prima, ya que habían pasado mucho tiempo desde que escapó de su casa en Chianti y a pesar de todos los recursos de su primo, no había encontrado a su esposa. Esto le hacía suponer que Soraya no era una rubia tonta y superficial como algunas modelos que él conocía.

El primer día de vigilancia, se sorprendió al ver a Mercedes llegar a su departamento vestida con el uniforme de trabajo de una tienda de deportes y una gorra de béisbol. Había esperado ver a una impresionante rubia como Soraya, pero en su lugar llegó una morena de baja estatura, incluso pensó que era una adolescente y un poco fea. Esto le provocó frustración, ya que, si iba a pasar todo el día siguiendo a una mujer, esperaba que fuera una belleza. Sin embargo, al segundo día, cambió de opinión al verla salir. Vestía una minifalda de mezclilla y una blusa azul escotada que se anudaba al cuello. Tenía una larga y lisa cabellera oscura atada en una coleta que le llegaba a la cintura. Bruno deslizó su mirada por su cuerpo y notó su generoso busto, sus piernas bien formadas y su pronunciado trasero, lo cual indicaba que no era tan adolescente como había pensado. Vichenzo le había dicho que tenía veintitrés años, aunque estaba demasiado lejos para apreciar su rostro.

Encendió el auto y comenzó a conducir despacio, asegurándose de no pasarla, y pasar desapercibido. La observó mientras ella pasaba la mayor parte del día sentada en una cafetería utilizando su minilaptop, luego mirando los escaparates, especialmente aquellos que exhibían vestidos de noche. Al atardecer, regresó a su departamento.

En el tercer día, llevaba puestos unos pantalones vaqueros ajustados hasta la rodilla, una blusa blanca escotada que *p*n*s llegaba al ombligo y unas sandalias blancas de plataforma. Llevaba el pelo suelto, unas gafas de sol y una libreta en la mano, además de un bolso de playa tejido de color blanco. Ese día fue a pie a la Plaza Cavalleggeri y entró en la Biblioteca Nacional, donde pasó toda la mañana. Bruno se preguntaba qué clase de mujer pasaría tanto tiempo en una biblioteca. Seguro que era una mujer aburrida. Él se la pasó bostezando y cabeceando todo el tiempo. Al final, la vio salir cerca del mediodía y tomar un taxi que la llevó a la estación de tren de Florencia Santa Maria Novella.

Bruno aparcó el coche fuera y comenzó a seguirla dentro de la estación. La vio comprar un billete y él hizo lo mismo antes de subir al tren, sentándose lejos de ella para poder vigilarla.,

Después de un corto viaje en tren de aproximadamente una hora y media, ella se bajó en Viareggio. Después, se dirigió hacia una playa de arena muy suave que tenía varias opciones de alquiler de sombrillas y tumbonas. La vio charlar en inglés con una rubia de estatura mediana, quizás era inglesa.

Bruno, enfadado, se quitó la elegante chaqueta, la corbata y se arremangó la camisa. A él, al igual que a Vichenzo, le gustaba vestir con marcas y preferiría lugares donde pudiera ir con traje. Luego, miró sus zapatos caros, que definitivamente no eran apropiados para la playa. Miró a Mercedes y esperó que no se alejara demasiado.

"¡Diantres! ¿Por qué hace tanto calor?... Detesto las playas por eso, lo mío es el mar, pero en un yate, rodeado de hermosas mujeres y con todas las comodidades" —pensó, irritado.

Bruno encontró unas mesas con sombrillas y sillas frente a lo que parecía ser una heladería y se sentó de inmediato. Un chico se acercó y le entregó el menú. No le pareció una mala idea y decidió pedir un helado de mantecado y chocolate, con ese calor sofocante necesitaba algo refrescante. Observó nuevamente a Mercedes. Parecía que la rubia le había dicho algo muy gracioso porque estalló en risas. El mesero le trajo su helado y se lo devoró rápidamente. Bruno hizo gestos al chico para pagar el helado.

—Son tres euros, señor—dijo sonriendo.

Bruno abrió su billetera y no tenía monedas. Solamente billetes de alta dominación. Le dio el más pequeño.

—Toma, cóbrate el helado y quédate con el cambio.

Al joven le impresionó mucho ver el billete de cien euros. Bruno notó su expresión y se preguntó por qué tanto alboroto. Él había vivido rodeado de lujos y poder toda su vida, algo que una persona común nunca podría imaginar. Se olvidaba de que había personas que podrían comprar una casa con lo que él gastaba en ropa y zapatos de diseñador cada día. No se consideraba tan snob como Vichenzo, pero disfrutaba de la buena vida que el dinero le proporcionaba. Aunque a veces eso implicaba tener que asesinar a un enemigo del clan Raguzza en un callejón sucio. Trataba de evitar esas situaciones en la medida de lo posible, pero nunca desobedecía las órdenes.

Observó a su alrededor. Había chicas guapas en bikini por todas partes. Jugaban en la orilla del mar, paseaban por la playa o se encontraban tumbadas sobre sus toallas. El ambiente era sofocante y lleno de energía al mismo tiempo. El sol era una bola de fuego del tamaño de una naranja que colgaba baja sobre los edificios de hoteles, apartamentos y residencias privadas que se alzaban detrás de la franja curva y cremosa de la playa. El aire olía a loción solar. La playa estaba abarrotada de turistas de todas las edades, colores, tamaños y formas, charlando y riendo mientras aprovechaban los últimos rayos de sol del día.

Después, vio a Mercedes y a su amiga dirigirse hacia la arena, extender una toalla y quitarse la ropa para jugar a pelota en la arena. Él se quedó sentado donde estaba, protegiéndose del sol, porque aún podía ver a Mercedes. Mientras estaba concentrado en su objetivo, su mirada se deslizaba de una mujer hermosa a otra, se detuvo en una rubia alta aquí, acarició a una castaña con curvas allá y admiró a una hermosa morena en bikini paseando a su perrito.

—¡Cuidado!

La pelota de playa lo golpeó en un costado de la cabeza. No le dolió, pero hizo que se sobresaltara. La amiga de Mercedes de edad universitaria que tenía el cabello largo, rubio y recogido en una cola y de figura delgada con un diminuto traje de baño rojo que *p*n*s cubría, cogió la pelota de rebote.

—¡Mi dispiace! (¡Lo siento!) —le exclamó ella en italiano con una sonrisa.

—No problem (No pasa nada) —respondió Bruno en inglés, mientras ella corría para reunirse con Mercedes.

Para entretenerse, él siguió con la mirada el bamboleante trasero de la muchacha rubia hasta que desapareció detrás de un tipo que arrastraba un kayak fuera del agua. La pelota describió un arco por encima de la cabeza del tipo y Mercedes la recogió. Bruno abrió mucho los ojos mientras la contemplaba saltar para c*g*r la pelota.

La rubia estaba bien, con su cabello claro y su piel dorada, pero Mercedes tenía algo especial. Su largo cabello sedoso y brillante oscuro, que se había recogido en una coleta se balanceó justo por encima de sus hombros cuando lanzó la pelota. Aún tenía puesto los lentes oscuros. Su bikini era verde. Su piel morena era como de color miel. Él sintió un cosquilleo en los dedos y deseó tocarla. Casi podía sentir su sedosidad y la firme calidez de la piel de ella debajo del tejido, una piel impecable y encantadora que debía de ser tan suave como el caramelo líquido.

Se quedó contemplándola. Sus sentidos parecieron agudizarse. Ahora percibía el olor almizcleño de la muchacha y otros detalles oscuros, como el lunar, en forma de triángulo, que tenía entre los senos y el pequeño tatuaje en forma de mariposa en su cadera izquierda. La oyó mascullar un furioso “¡m**rd*!” en español, cuando no alcanzó la pelota. Él se sonrió divertido.

Ahora estaba de espaldas a él y sus ojos se regodearon en el ángulo agudo de sus paletillas, en la larga curva de su espalda y en el contorno de su abultado trasero. Él no quiso exagerar, pero era su mejor atributo.

Mientras corría, los senos de Mercedes botaban como pelotas. En el último instante, cambió de dirección y se encaminó hacia el agua. La rubia la Siguió entre risas y la pelota volvió a volar por el aire.

—¡La tengo!

—¡Pásamela, Rose! —gritó Mercedes.

La rubia le lanzó la pelota. Mercedes dio un salto para cogerla y sus senos casi se salieron del diminuto bikini. Y él se quedó como hipnotizado.

—Disculpe, ¿Sabe dónde se encuentra Hotel La Pace? —le preguntó una mujer obesa que se detuvo delante de él.

Él tardó un minuto en procesar lo que la mujer le preguntaba. A continuación, negó en silencio con la cabeza y la mujer se alejó. La interrupción le resultó molesta, pero, en cierto modo, también útil. Recuperó el dominio de sí mismo, y suspiró hondo para aclarar su mente. Entonces se dio cuenta de que había permanecido inmóvil observando a la muchacha, lo cual constituía una forma de actuar muy poco inteligente. Al hacerlo podía haber atraído la atención de Mercedes.

¡Diantres! ¿Qué le pasaba? Ni siquiera era su tipo de mujer, a él le atraían delgadas y altas. No en vano se había dejado ver con algunas modelos y estrellas del espectác*l*.

Capítulo 2

—¡Ha caído al agua! —gritó la rubia.

 Las chicas se echaron a reír y se metieron en el mar mientras chapoteaban detrás de la pelota, la cual se alejó flotando sobre el agua. La idea de ver aquel bikini verde mojado era muy tentadora, pero había llegado la hora de marcharse, no creía que Mercedes se fuera a comunicar con Soraya. Había permanecido allí, mientras observaba a las muchachas, demasiado tiempo. Le costó mucho esfuerzo, desviar la mirada de Mercedes y empezó a caminar. Después de sortear a dos niños que jugaban con una pelota, de súbito sonó su móvil, era Livia Rinaldi, le colgó, no estaba de humor para los caprichos de la mujer que según su madre se debería casar. ¡Ni loco! Bruno Raguzza y la palabra matrimonio no podían estar en la misma oración.

Lo único que tenía claro era que algún día sería el capo del clan Raguzza, pero mientras tanto se iba a divertir, con su placer favorito, las mujeres.

Cuando estaba a unos treinta metros de distancia, se detuvo

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