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Linajes de Blue Lupine

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Annotation

Una loba dormida. Un Alfa implacable. Un linaje que cambiará el destino de su mundo. Después de perder a su familia en un trágico accidente, Camila solo anhela desaparecer. Durante años ha intentado escapar del dolor mudándose de ciudad en ciudad, sin rumbo ni raíz… hasta que llega a Velmore. Este pequeño pueblo costero, envuelto en niebla y misterio, parece un lugar ideal para empezar de nuevo. Allí la espera su tía Gloria, un restaurante encantador y una comunidad tranquila. Pero Velmore no es lo que parece. Bajo su calma se esconden secretos tan antiguos como la luna misma, y Camila pronto descubre que su llegada no fue una casualidad, sino el comienzo de algo mucho más grande. Las leyendas que escuchó de niña cobran vida, sus sueños se tornan visiones, y su sangre comienza a despertar una fuerza olvidada. En medio de esa confusión, aparece Trevor Black, un joven tan reservado como magnético, marcado por su propio pasado y un destino que lo une irremediablemente a ella. Entre ellos nace una conexión profunda, instintiva… peligrosa. Él es parte de un mundo oculto: el de los linajes lupinos, guardianes de antiguos pactos y poderes sobrenaturales. Y Camila, sin saberlo, es una pieza clave en la batalla que está por comenzar. ¿Podrá aceptar lo que realmente es? ¿O se perderá entre la verdad, la sangre y el deseo? Linajes de Blue Lupine es una saga de fantasía sobrenatural cargada de romance, legado ancestral y decisiones que podrían alterar el equilibrio entre mundos. Porque a veces, los nuevos comienzos son solo el principio… del fin.

Capítulo 1: CAMILA

Decidir mudarme lejos de casa no fue fácil. Desde que perdí a mi familia en un trágico accidente de tráfico, he pasado tres años entre psicólogos, medicación y mudanzas; haciendo todo lo posible por no pensar en lo vacía que se había vuelto mi vida sin ellos.

Mamá, papá y Cole, mi hermano menor, lo eran todo para mí, y perderlos me había destrozado.

Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había hecho las maletas y tomado rumbo a un estado elegido al azar. Estaba empeñada en empezar de cero, lejos de conocidos, lejos de los parques, museos y calles que guardaban sus recuerdos.

Cuando llegaba a un nuevo destino, siempre me ilusionaba pensando que ese sería, por fin, el lugar indicado para mí. Luego, la soledad me alcanzaba, la tristeza regresaba… y acababa de nuevo en Nueva York, enfrentándome a los mismos fantasmas, una y otra vez.

Esta vez, terminé decidiéndome por mudarme a Velmore, un pequeño pueblo costero en el sureste del país. Bosques, lagos y mar lo rodeaban, dándole el aspecto de un destino turístico perfecto y agradable independientemente de la época del año en la que nos encontráramos. Era uno de los destinos que mi terapeuta, la Dra. Bella Norris, me había recomendado con insistencia y al final, le hice caso. También ayudó mucho en mi decisión el hecho de que allí viviera la hermana mayor de mi padre, mi tía Gloria.

De camino a mi nuevo destino, busqué imágenes del pueblo en el internet, y con cada minuto que dedicaba a ello, me gustaba cada vez más lo que veía: calles tranquilas, negocios familiares, sonrisas genuinas. Incluso el alquiler era ridículamente barato en comparación con lo que podía costar una vivienda en “la gran manzana”.

Encontré la cuenta de Instagram del restaurante de mi tía: Lunae Caeruleae Domus.

— La casa azul de la Luna - dije en voz baja, intentando asimilar el significado del nombre en latín que mi tía le había puesto a su negocio.

Me concentré en las fotos que pude encontrar del interior, y me sorprendió lo hermoso que era el lugar.

Tía Gloria aparecía en varias fotos con una sonrisa idéntica a la de papá, lo que me sacudió más de lo esperado. No nos veíamos desde el funeral, y aunque ella era mayor que papá, aún se mantenía en forma, con su cabello negro azabache hasta la cintura y su aire elegante intactos.

Cuando la llamé para informarle de mi intención de mudarme en Velmore por un tiempo, tía Gloria me ofreció alojamiento en su casa, pero le decliné la oferta. A mis veintiséis años, no quería sentirme una carga, ni convivir con alguien que, aunque fuera familia, seguía siendo casi una extraña para mí. En cambio, acepté trabajar como camarera en su restaurante. Solo le puse una condición: nada de trato especial. Ella aceptó, no del todo convencida, pero lo hizo.

El viaje en tren desde Nueva York duró poco más de tres horas. Al llegar, me hospedé en el motel más cercano, a unos seiscientos metros del restaurante. Esa sería mi casa hasta que pudiera ahorrar lo suficiente para alquilar algún apartamento o casa pequeña. Me instalé rápido y, una hora después, estaba lista para salir.

Cuando llegué, el restaurante superó todas mis expectativas. Estaba lleno, con *p*n*s varias mesas vacías, y desde fuera ya se sentía cálido y acogedor. Pero al cruzar la puerta, algo en mí se detuvo.

Lunae Caeruleae Domus no era solo un restaurante; Era un mundo aparte.

Todo parecía tejido con hilos de luna. La luz azulada y plateada envolvía cada rincón con una suavidad mágica. El techo, abovedado y oscuro, simulaba un cielo estrellado; estaba salpicado de pequeños candelabros suspendidos a distintas alturas, como si alguien hubiese colgado estrellas con hilo invisible por todo el lugar. En el centro de todo, flotando como la reina del firmamento, un gran candelabro en forma de luna llena iluminaba suavemente una fuente que quedaba justo en el centro del restaurante.

Me acerqué, fascinada.

La fuente era de cristal claro, casi irreal. En su centro, emergía la figura de una mujer alta, serena, con los ojos cerrados y un brazo extendido hacia la luna del techo. Desde su palma brotaba un hilo de agua que caía en espiral, como un susurro líquido que afluía con afán hasta posarse a sus pies. Leí la placa que la adornaba:

Selene, Diosa de la Luna y Madre de lo Sobrenatural.

Un escalofrío me recorrió. No supe si fue por la temperatura… o por esas palabras, que parecían desatar algo en mi interior.

—Impresionante, ¿verdad? —dijo una voz a mi lado, sobresaltándome.

Era una camarera, que me observaba con sonrisa amable y una bandeja en mano.

—¿Quién es Selene? —le pregunté, volviendo la mirada hacia la hermosa estatua frente a nosotras.

—Una leyenda antigua. Para algunos, solo eso. Para otros… algo más.

Y con esas palabras tan crípticas, se alejó. No dio más explicaciones, y curiosamente, no sentí la necesidad de seguir preguntando.

Todo en ese lugar pedía respeto, como si guardara secretos que solo se revelarían a su tiempo.

Las mesas, dispuestas en círculos alrededor de la fuente, estaban cubiertas con manteles azul noche y arreglos florales en tonos celestes. Las sillas, cubiertas de terciopelo azul oscuro, parecían salidas de una novela de fantasía.

Y entonces… sentí algo extraño. Como si el lugar me conociera. Como si me hubiese estado esperando mi llegada.

Caminé entre las mesas, observando cómo los camareros se movían con gracia, vestidos a juego con el espacio, con uniformes de un azul profundo con detalles plateados que brillaban con discreción cada vez que les daba algún destello de luz.

Desde la cocina, escapaban aromas que me envolvieron como una caricia: ajo, pan recién horneado, carne al punto. Todo era perfecto.

Y entonces, algo se rompió dentro de mí.

Cerré los ojos, permitiendo que los recuerdos me azotaran por un momento. Vi a mamá riendo, a papá contando uno de sus chistes malos, y a Cole robando patatas fritas de mi plato. Cumpleaños, Navidades, vacaciones… toda una vida compartida. Tan lejana. Una vida de la que solo me quedaban sus recuerdos.

Sentí las lágrimas acumularse en mis ojos, y amenazando con salir brotando a chorros. Respiré hondo y me obligué a controlar mis emociones; no era el lugar ni el momento de derrumbarse.

Sacudí la cabeza, me recompuse y seguí avanzando, sabiendo ya con certeza que Lunae Caeruleae Domus no era solo un restaurante; Era un lugar con alma propia. Y algo me decía que iba a formar una parte fundamental de mi vida en adelante.

Al fondo, tras una elegante barra bañada por luces suaves y reflejos plateados, divisé a mi tía Gloria.

Capítulo 2: CAMILA

Gloria nunca tuvo hijos y, al igual que mi padre, destacaba de entre cualquier multitud con una elegancia natural que no requería esfuerzo alguno.

Para alguien que acababa de cumplir cincuenta y siete años, se veía absolutamente espectacular. Llevaba un vestido azul marino que se le ceñía al cuerpo a la perfección; sencillo, pero refinado, con detalles elaborados en los puños y el escote en forma de V. Su cabello negro, salpicado de algunas hebras canosas, estaba recogido en un moño alto no demasiado elaborado, pero que le daba un aire de elegancia casual. Sus tacones de aguja negros realzaban aún más su esbelta figura.

Su cuello largo y los rasgos finos de su rostro le daban una presencia imponente, casi mística, como si perteneciera a otro mundo… o a otro tiempo. Y, de alguna manera, en este restaurante tan singular, su imagen encajaba perfectamente.

Observándola moverse entre el personal, dando indicaciones con una sonrisa firme, pero amable, no pude evitar sonr

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