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El Contrato del Alfa: Marcada por la Venganza

  • Genre: Werewolf
  • Author: Melodi
  • Chapters: 7
  • Status: Ongoing
  • Age Rating: 18+
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Annotation

Fuiste mi peor pesadilla, ahora eres mi única salvación. Scarlett es una loba Omega que ha vivido a la sombra del maltrato de su propia manada. Su vida cambia drásticamente cuando es rechazada públicamente por su mate, el futuro Alfa de su territorio, dejándola herida y humillada. Pero el destino tiene un plan retorcido. Para salvar a su hermana menor de una deuda mortal, Scarlett se ve obligada a firmar un contrato matrimonial de un año con Valerian Montenegro, un Alfa puro, multimillonario y temido líder de una de las facciones más despiadadas del submundo lobuno. Valerian es diez años mayor que ella, frío, calculador y el enemigo jurado de la manada que destruyó la vida de Scarlett. El trato es simple: ella le dará la legitimidad que necesita ante el Consejo de Alfas para reclamar un territorio en disputa, y él le dará la protección y el dinero que necesita. Sin embargo, en el mundo de los lobos, jugar con fuego siempre quema. Entre secretos oscuros, una química feroz e irresistible y el peligro acechando en cada rincón, Scarlett descubrirá que el Alfa que se suponía que debía usarla, podría ser el único capaz de liberarla... o destruirla por completo.

Capítulo 1. El dolor del lazo roto

 

Scarlett (yo)

La lluvia marcaba mis latidos: insistente, punzante, como si el cielo repitiera mi tormento.

Sentí el agua enredarse en mi pelo y mezclarse con la sangre que subía desde el pecho hasta la garganta. No podía creerlo; las palabras aún colgaban en el aire, más filosas que cualquier colmillo.

—No hay nada que decir —dijo él—. Hemos terminado.

Su voz no tembló. No hubo dudas ni arrepentimientos, solo la fría sentencia de alguien que ya había decidido. Me giré porque mi cuerpo exigía pruebas.

Era Valerian Montenegro: alto, impecable, el abrigo oscuro como una barrera contra la lluvia. Diez años más que yo, pero la edad no explicaba la calma cruel que llevaba en el rostro.

—¿Qué... por qué? —salió de mi boca como una plegaria rota.

Él miró a la manada que cuchicheaba en la plaza, luego volvió a mí.

—Porque no eres tu la pieza que necesito, Scarlett. Porque mi propósito no coincide con el tuyo.

El mundo se tambaleó. Lía estaba a un par de metros, pálida, la mandíbula tensa, la mano apretando la cadena que me reconocía como su referente.

Por un instante sentí que me derrumbaba por ella; otra parte quería arrancarle la garganta a Valerian.

—¿Así de fácil? —dije, con voz áspera—. ¿Por un desaliento, por miedo...?

No terminé. Valerian dio un paso sin tocarme; su distancia lo decía todo.

 

Valerian

No quería que aquello fuera un espectác*l*, pero las apariencias mandan. Si mostraba dudas, la manada entendería debilidad.

Debía ser contundente. La conocí hace poco, lo suficiente para saber que su fuego podía arruinar mis planes.

Tenía una belleza que mordía y cicatrices que la anclaban a esa manada que juré destruir. El Consejo observa cada gesto. No podía arriesgarme.

—Scarlett —dije con la voz que uso para marcar límites—. No te humillo por placer.

 Este vínculo nos compromete frente al Consejo y ante alianzas. Necesito a alguien de linaje puro, sin ataduras. No puedo permitir que mi posición se vea comprometida.

Lo dije con la naturalidad de quien corta una rama seca. Al verla temblar, algo en mi pecho se tensó. No lo mostré.

 

Scarlett (yo)

 

La plaza era un enjambre de miradas que cuchicheaban como cuchillos.

Sentí sabor metálico y mordí mis manos para no desmayar. ¿Cuándo me convertí en cosa desechable? Había sido leal, había soportado golpes y humillaciones. Ahora mi propio mate me devolvía la herida.

—Valerian —grité—. ¿Por qué me haces esto? ¿Qué ganas destruyéndome?

Un murmullo subió. Lía intentó acercarse; la frené con una mirada que decía quédate.

 

Valerian

Vi la rabia en sus ojos y la admiré un segundo: esa resistencia era peligrosa y contagiosa. No podía permitir que se difundiera. —No es destrucción, Scarlett. Es protección. Para mí y para lo que vengo a reclamar —dije—. Necesito sucesión limpia, sin vínculos que me perjudiquen.

Se acercó. La lluvia y su piel húmeda me golpearon. No debía tocarla. Sin embargo, sentí la tentación de rozar su rostro.

—Eso suena a excusa —dijo ella—. ¿Ni siquiera tienes la decencia de decir "no te amo"? ¿O es que no lo sientes?

Mi garganta se cerró. No fue un "no" lo que quise decir. Mis metas no tienen lugar para confesiones.

El Consejo ya mandó mensajeros preguntando por la solidez del vínculo. Si permitía fisuras, el territorio caería. No puedo perderlo.

 

Scarlett (yo)

Me fui como autómata; las piernas ardían y mi cuerpo pedía caer. Me refugié en la parte trasera de la manada, donde el barro se mezclaba con hojas. Sentada, temblando, el rumor se amortiguó por la lluvia. El pecho me dolía como si apretaran un fierro encendido.

Lía llegó y se arrodilló frente a mí.

—Scarlett... lo siento —murmuró.

La miré y supe que debía mantenerme firme por ella. El nombre de Valerian se mezclaba con las sospechas de la manada enemiga y las promesas que olían a peligro. No podía rendirme.

—No me siento humillada por vos —le dije—. Me humillo por todo lo que tengo que hacer por vos.

Ella negó con la cabeza, la voz diminuta.

—No quiero que firmes, Scar. No quiero que te vendas.

Reí, amarga, confundida con un sollozo.

—¿Qué otra opción me das, Lía? ¿Que vivamos en la calle, que la deuda nos aplaste hasta desaparecer?

 

Valerian

La observé desde la distancia. Me obligué a no acercarme. La rabia y la culpa se retorcían dentro de mí como serpientes. Había soportado demasiado; sus marcas no eran solo recuerdos.

Los hombres de mi facción se movieron, colocándose. El tiempo y el territorio son capital; las reglas no esperan por nadie ni por lágrimas de una Omega.

Aun así, verla con la mano de Lía me punzó. No era compasión del todo: era perder una posibilidad que hubiese hecho menos mi soledad.

Me pregunté si mi anhelo de control valdría todas las renuncias.

 

Scarlett (yo)

La noche avanzó y la lluvia no cesó. Me negué a volver a la jaula y me encerré en el granero junto al borde del terreno.

El viento silbaba, la madera crujía. Encendí la vela y miré la marca que la manada me dejó años atrás: una brasita que no se apaga.

Pensé en el contrato que me forzarían a firmar: un año de matrimonio, legitimidad por protección y dinero. ¿Qué vida era esa? Venderme para que la deuda al menos no me arrolle más.

Oí pasos. Al abrirse la puerta casi me da un infarto.

 

—Scarlett.

La voz fue ceniza y miel. Él, empapado, entró y cerró la puerta apoyándose en ella, respirando con la calma de quien controla todo.

—¿Qué haces aquí? —pregunté sin pensar.

—No vine a humillarte más —dijo—. Vine a ofrecer algo distinto.

Quise tirarle la vela. —¿Proteger a mi hermana o tu reputación? —dije.

 

Valerian

Tenía el gesto duro, la fragilidad *p*n*s oculta. No podía contarle de pactos con enemigos ni tácticas para reclamar territorio. Tampoco podía dejarla a la intemperie.

—Puede ser ambas cosas —contesté—. Pero también puede convenirnos por otras razones. Yo gano legitimidad; vos, la posibilidad de reconstruirte sin esconderte. No es una sentencia eterna.

Ella me miró con peligro.

—¿Y si el trato te da poder para aplastar a la manada que me destruyó? —preguntó—. ¿Te ciega tanto como para usarme?

Pensé en la venganza, en nombres que marcarían mi decisión. El odio puede ser brújula efectiva.

—No lo niego —murmuré—. Pero no te usaré sin consideraciones.

 

Scarlett (yo)

Hablar en ese espacio cerrado fue jugar con fuego. Sus palabras olían a verdad y manipulación.

Yo necesitaba el aliento que mantuviera viva a mi hermana; él necesitaba legitimidad. Lo vi en sus ojos: oscuridad que no se disolvía, culpa enterrada.

—¿Qué garantía tengo? —le pregunté—. ¿Que no voy a ser ficha en tu tablero para siempre?

Se acercó un paso; por primera vez, su voz mostró un latido privado.

—Un año —dijo—. Un año de contrato. Ni más ni menos. Firmas y, al terminar, decides seguir o no. Tienes mi palabra.

Las palabras flotaron, simples y peligrosas. Podía confiar en la palabra de quien me humilló antes. La alternativa era ver la cara de Lía cuando la deuda llegara y no había valor que prefiriera perder antes que verla morir.

—Entonces —dije, sin traicionar la decisión—. Firmo. Pero con una condición: si me traicionas, si me haces daño por conveniencia, te haré pagar hasta la última gota de sangre que me quede.

 

Valerian

Escuché su promesa y sentí algo que no era triunfo, era advertencia. La acepté con la frialdad que exige la guerra.

—Acepto —dije—. Firmamos mañana ante el Consejo. Tendremos testigos, sellos y condiciones claras. Un año. Ni venganza personal ni casamientos eternos sin tu consentimiento después del término.

Un trueno cortó el cielo. La lluvia golpeó la madera como si pudiera enterrar nuestras palabras. Nos miramos, sabiendo que lo que venía no sería un cuento de hadas.

Cuando me fui, la dejé temblando, con la vela consumida a la mitad y una decisión que nos unía por un año. No sabíamos si aquello nos salvaría o nos condenaría. El lazo se había vuelto una cuerda fina; el dolor en su pecho, bajo la tormenta, seguía ardiendo.

 

 

 

 

Capítulo 2. La traición familiar

 

Scarlett (yo)

 

Entré y el olor a grasa y pan recalentado me golpeó como un reproche.

—Llegaste tarde —dijo Doña Mireya sin mirarme, removiendo la olla.

El tío Ramiro me lanzó una mirada afilada, la costumbre en su cara.

—Siempre estás donde no debes —añadió—. ¿Y esa ropa? Pareces mendiga.

Lía rozó mi mano. Su contacto fue el único motivo para no devolverles la ofensa con rabia.

—No traigo buenas noticias —susurré.

Doña Mireya alzó la mirada, curiosa y fría.

—¿Y el desposorio? —preguntó como quien espera cobrar—. ¿Se perdió la oportunidad de ganar algo?

Mi corazón se aceleró. Todo en esa casa se contaba en monedas y favores. No dejaría que Lía pagara otra vez.

—Valerian lo canceló —dije.

Silencio. La olla dejó de hervir. El tío Ramiro escupió una risa corta.

—¿Te rechazó? —preguntó con sorna—. Mira, no vinimos a cuidar tu orgullo. Vinimos a cobrar. Si no saldamos, vendrán por Lía.

Sentí el es

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