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DESTINADA A TARK

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DESTINADA A TARK Saga Guerreros Dargox — Libro 5 Emily fue secuestrada en una pequeña isla de España por los temidos extraterrestres. Durante años, los brutales Lars y Uldin la despojaron de mucho más que sus ojos: destruyeron su voluntad y la convirtieron en una sombra que solo sabía obedecer para sobrevivir. Su mundo es oscuridad, miedo y una regla grabada a fuego en su mente: sé sumisa, sé silenciosa, sé invisible. Hasta que los guerreros Dargox irrumpen en su prisión. Rescatada junto a otra humana, Emily debería sentirse libre, pero el terror no desaparece con las cadenas. ¿Y si sus nuevos salvadores son simplemente otros amos? Entonces aparece Tark, un imponente guerrero Dargox cuya inesperada ternura desconcierta a Emily tanto como su presencia la intimida. Él parece decidido a protegerla, pero ¿cómo puede confiar en alguien cuando el mundo le ha enseñado que la bondad siempre esconde un precio? Mientras un vínculo inesperado comienza a unirlos, Emily tendrá que enfrentarse a sus heridas más profundas y descubrir si todavía es capaz de confiar, sentir y desear algo más que sobrevivir. Porque incluso en la oscuridad, el destino puede encontrarla.

PRÓLOGO: Parte 1

{MESES ANTES DE LA BATALLA FINAL}

PRÓLOGOParte 1

La última noche en que Emily conoció la libertad, tenía los pies hundidos en la arena tibia de una playa española y el sonido de las olas acariciándole los oídos.

No sabía que, antes del amanecer, desearía regresar a aquella noche, aunque tuviera que entregar todo lo que le quedaba por volver a sentir la brisa del mar.

Había salido a caminar porque no soportaba permanecer un minuto más en la casa que sus padres habían alquilado en Playa del Duque, Costa Adeje, para celebrar su graduación de la secundaria. Habían viajado desde Argentina hasta España para disfrutar de aquellas vacaciones, un sueño que llevaba años deseando cumplir. Debería haber sido una de las noches más felices de su vida.

Pero Julieta Sosa había llegado dos horas antes.

Su madre biológica.

La mujer que la había llevado en el vientre y que, *p*n*s la vio nacer, la entregó a otra persona como si se tratara de un objeto del que deseaba deshacerse.

Emily todavía recordaba el día en que descubrió la verdad. Tenía cinco años menos cuando escuchó a sus padres discutir. Su padre le exigía a Lucía que le contara la verdad y ella, incapaz de soportar la incertidumbre, había irrumpido en aquella habitación.

Entonces, su mundo se partió en dos.

Lucía no era su madre biológica. Era su tía. Julieta, la mujer a la que Emily siempre había llamado tía, era quien la había traído al mundo. Siendo demasiado joven y sintiéndose incapaz de criarla, había pensado incluso en abortar. Lucía la convenció de que tuviera a la niña y, cuando Emily nació, Julieta se la entregó.

Sin mirar atrás.

Lo que más le dolía no era que Julieta no la hubiera querido. Era que aquella mujer tuviera otros tres hijos a los que adoraba, mientras que a ella *p*n*s podía mirarla sin que una culpa incómoda se interpusiera entre ambas.

Por suerte, Emily nunca había carecido de amor. Lucía era su madre en todo lo que importaba. Su padre la adoraba y sus dos hermanos mayores eran capaces de enfrentarse al mundo entero si alguien se atrevía a lastimarla.

Los amaba con toda su alma.

Y no necesitaba nada de Julieta.

Ni una explicación tardía. Ni una disculpa. Mucho menos una familia fingida.

Respiró profundamente y se obligó a apartar aquellos pensamientos. Desde la terraza de la casa llegaban las risas de sus hermanos y la voz de Lucía, que seguramente estaría contándoles alguna anécdota vergonzosa de su infancia. Emily sonrió al imaginarlos. A pesar de todo, tenía una familia maravillosa.

Aquella noche le pertenecía a ella.

Quería recordar la arena bajo sus pies, el rumor del océano y el cielo cubierto de estrellas. Quería conservar aquella sensación de que el mundo era enorme y estaba lleno de posibilidades.

Entonces vio la luz.

Al principio creyó que era un reflejo sobre el agua. Un destello diminuto, blanco y demasiado brillante, flotaba a pocos metros de la orilla. Emily frunció el ceño.

¿Una luciérnaga?

No tenía sentido. Además, aquella luz no era verdosa ni titilaba como las que había visto alguna vez. Era blanca, fría, casi artificial.

Se quedó observándola.

El destello avanzó hacia ella.

Emily retrocedió un paso, aunque la curiosidad pudo más que la prudencia. La luz se detuvo a centímetros de su rostro. No había alas, cuerpo ni nada que explicara cómo podía mantenerse suspendida en el aire.

—¿Qué demonios eres?

La luz no respondió.

En cambio, descendió por su cuerpo.

Emily sintió un escalofrío cuando aquel punto luminoso recorrió el vestido rojo que llevaba puesto. Se deslizó por sus piernas, pasó entre ellas y volvió a elevarse hacia su torso con movimientos extraños y precisos, como si estuviera examinándola.

—¡Eh! ¡Aléjate!

Le lanzó un manotazo.

No consiguió tocar nada.

El destello se apartó y regresó de inmediato, revoloteando alrededor de su cabeza.

Emily soltó una risa nerviosa.

—Muy gracioso. Ya puedes largarte.

Entonces la luz emitió un sonido.

Un chillido metálico, entrecortado, tan agudo que le atravesó los oídos. No se parecía al sonido de ningún animal que conociera. Tampoco parecía una voz humana. Era una sucesión de sonidos mecánicos que se aceleraron hasta convertirse en un zumbido insoportable.

Emily se llevó las manos a las orejas.

El calor llegó de golpe.

Le recorrió la piel desde los pies hasta la cabeza, sofocante y antinatural. Intentó moverse, pero sus músculos dejaron de responder. Abrió la boca para gritar.

La luz se expandió.

—¡MAMÁ!

Desde la terraza llegó un grito.

—¡EMILY! —oyó que la llamaba Lucía.

Emily alcanzó a distinguir su silueta corriendo hacia la playa, pero ya era demasiado tarde. El destello blanco la envolvió por completo. Sintió que algo tiraba de ella, como si una fuerza invisible estuviera arrancándola del mundo.

La última imagen que conservó fue la de su madre corriendo hacia ella.

Después, todo desapareció.

El dolor de cabeza fue lo primero que sintió al despertar.

Lo segundo fue el frío.

Emily abrió los ojos con dificultad. Tenía la boca seca, las extremidades entumecidas y una punzada insoportable en la espalda. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Intentó incorporarse, pero las rodillas le golpearon el pecho.

¿Qué demonios…?

Estaba sentada, con las piernas dobladas y encajada en un espacio tan estrecho que *p*n*s podía mover los brazos.

Extendió las manos.

Sus dedos encontraron barrotes.

Metal.

Frío, áspero, húmedo.

Emily dejó de respirar.

Volvió a palparlos, esta vez con desesperación. Los barrotes se alzaban a ambos lados de su cuerpo y se unían sobre su cabeza. Intentó estirar las piernas, pero no había espacio suficiente. Tampoco podía ponerse de rodillas sin golpearse contra las paredes de aquella estructura.

Una jaula.

Estaba dentro de una jodida jaula.

Una diminuta luz roja parpadeaba a lo lejos, *p*n*s suficiente para distinguir el suelo metálico y las sombras que se extendían más allá de los barrotes. El aire olía a humedad, óxido y algo rancio que le revolvió el estómago.

Entonces se dio cuenta de que estaba desnuda.

El horror le recorrió el cuerpo con una violencia que la dejó paralizada.

Se abrazó las piernas, tratando de cubrirse, como si alguien pudiera verla a través de la oscuridad. La superficie helada se le pegaba a la piel. No tenía ropa, teléfono ni zapatos. No había nada familiar a su alrededor.

—No… No, no, no…

Debía de estar soñando.

PRÓLOGO: Parte 2

PRÓLOGO

Parte 2

Aquello tenía que ser una pesadilla.

Se golpeó la mejilla. El dolor fue inmediato.

—Despierta, Emily.

Se pellizcó el brazo hasta hacerse daño.

Nada cambió.

El pánico empezó a cerrarle la garganta. Golpeó los barrotes con ambas manos, buscando una abertura, una cerradura, cualquier cosa que pudiera utilizar para escapar. La jaula no cedió.

—¡AYUDA!

Su propia voz la sobresaltó.

—¡POR FAVOR, QUE ALGUIEN ME AYUDE!

El eco se perdió en la oscuridad.

Emily comenzó a golpear los barrotes con fuerza.

—¡SÁQUENME DE AQUÍ! ¡POR FAVOR!

Las lágrimas le nublaron la vista.

Pensó en sus padres. En cómo Lucía había corrido hacia ella. En sus hermanos, que probablemente estarían buscándola por toda la playa. Se imaginó a su padre llamando a la policía, a su madre llorando, a todos preguntándose dónde había desaparecido.

¿La habrían visto desaparecer?

¿Sabrían que estaba viva?</

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