
La Última Luz de San Lucero
- Genre: Paranormal
- Author: AlanDi
- Chapters: 7
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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Annotation
– La Última Luz de San Lucero Cuando Amaya Rivas llega al aislado pueblo costero de San Lucero, solo busca comenzar de nuevo. Pero en su habitación del antiguo colegio encuentra un diario de 1887 perteneciente a Alba Dupré, la hija del último farero antes de una tragedia que borró parte de la historia local. Al leerlo, Amaya despierta secretos que el mar había intentado callar: un faro que respira, un símbolo que marca la piel, y un joven misterioso, Dorian Valmont, que parece no pertenecer del todo a este tiempo.
Bienvenida a San Lucero
Diario de Alba Dupré21 de agosto de 1887
El faro respira como si tuviera pulmones. Padre dice que es el viento, pero yo sé que hay noches —esta, por ejemplo— en que la linterna central exhala un vaho que no es de lámpara, sino de garganta. Lo escucho entre los engranajes, en el latido del mar contra el muro.Esta tarde vino él con su chaqueta sin polvo y los ojos que no parpadean. No tocó la puerta; estaba de pie cuando corrí el telón de la ventana del estudio. Dijo que buscaba la luz. Dijo que, si la encendíamos esta noche, todos estaríamos a salvo.Padre escondió la llave del combustible. Yo escondí otra cosa: una hoja arrancada de su manual, la que explica el tratamiento de los cristales, una mezcla de sal pulverizada y no sé qué más. La guardé en mi bota izquierda.—No te asomes, Alba —susurró Padre—. Hay gente que mira demasiado hondo.Y, sin embargo, en cuanto oscureció, me asomé. Él seguía allí, quieto como un retrato. Cuando sonó la sirena del puerto, sonrió. No con los labios: con una impaciencia antigua en las comisuras.Las mujeres del barrio colgaron ristras de ajenjo en los dinteles. Yo froté sal en el marco de mi ventana. No por miedo. Por curiosidad. Porque cuando uno mira demasiado la noche, la noche a veces devuelve la mirada.Si mañana no escribo, que quien encuentre este cuaderno sepa que… no, mejor no lo digo. Todavía puedo elegir.
La tinta se corre. Hay sal adherida al borde de la página.
Capítulo 1 —
Bienvenida a San Lucero
Hay pueblos que te reciben con carteles de colores. San Lucero te recibe con la sombra del faro. Está ahí, arriba del acantilado, como un diente de ballena clavado en el cielo; no brilla, pero aun apagado organiza la noche.Cuando el micro se detuvo, el chofer me miró por el retrovisor.—Rivas, ¿no? Última parada.Agarré mi mochila rota y bajé. El aire olía a sal y a algo verde, amargo, que después supe reconocer: ajenjo. Alguien había colgado ramitos en la terminal, entre los avisos de empleo y las fotos de perros perdidos.
El colegio San Farallón quedaba a diez cuadras, subiendo por una calle de adoquines que parecían dientes desparejos. El edificio era un conjunto de ladrillos rojos con ventanas altas y persianas que encajaban como párpados cansados. Me esperaba Catalina, la preceptora de Historia —pelo recogido, manos manchadas de tiza— y un legajo con mi nombre.—Amaya Rivas —leyó—. Bienvenida. ¿Primera vez en la costa?—Primera vez en cualquier lugar con faro —dije.Sonrió sin mostrar los dientes, como si supiera que había cosas de las que no se habla el primer día.—Te tocó la habitación 3-C. Tercero, ala sur. Tenés compañera, pero llega mañana. Cualquier cosa, preguntale a Iker, el prefecto.
El ala sur olía a madera húmeda y a libros viejos. Las puertas tenían números esmaltados. En la 3-C, una ventana daba a los acantilados. Si me estiraba lo suficiente, alcanzaba a ver el faro, una línea oscura. Dejé la mochila y abrí el cajón de la mesa. Adentro, alguien había olvidado un cuaderno de tapas negras, elástico vencido.No estaba vacío. La primera página decía, con letra inclinada: “Diario de Alba Dupré”.
No soy de tocar cosas ajenas, pero mis manos no creen en la ética cuando huelen misterio. Pasé hojas. Fechas de 1887. Sal en los bordes, pegada a la fibra del papel, como si el diario hubiera aprendido a conservarse a sí mismo. En la esquina, un símbolo extraño: tres líneas cruzadas por una espiral, parecido a una rosa de los vientos herida.
—Curiosa —dijo una voz en la puerta.Me giré. Dorian. No llevaba uniforme; nadie de mi edad se viste así sin ironía: pantalón negro, camisa blanca, saco oscuro. Daba la impresión de pertenecer a una foto más que a un pasillo.—Buscaba… papel —improvisé, escondiendo el diario debajo del cuaderno de inscripciones.—Encontraste historia —respondió, sin moverse del umbral—. Y las historias, aquí, piden ser leídas… o dejadas en paz.
Se fue antes de que pudiera preguntarle cómo sabía de qué “historia” hablaba. Cerré la puerta. En el pasillo, alguien colgaba ristras de plantas en los marcos. Sal brillaba en los alfeizares, como azúcar derramada. En cada cuarto, una botellita ámbar con etiqueta manuscrita: “Para emergencias nocturnas”. La mía olía a mar y a algo metálico.—Ajenjo —explicó Iker, apareciendo detrás de mí—. Tradición del colegio. Para… los mosquitos.“Mosquitos”, pensé, mirando el faro apagado.
Esa noche, San Lucero respiró hondo. Te das cuenta porque las cortinas se mueven aun con la ventana cerrada, y porque las tablas del piso crujen como si caminara alguien invisible. Abrí el cuaderno de Alba. Empecé por el principio, pero el principio no se comportó. Las palabras se deslizaban como si supieran que llegaba tarde a algo.“Si mañana no escribo…”Bajé la vista al símbolo. Lo copié en mi cuaderno. No sé por qué. Tal vez porque algunas formas parecen llamarte por tu nombre.
Afuera, el faro delineó su sombra contra una nube. Por un segundo —uno solo— juraría que vi una luz dentro. Un latido pálido. ¿Reflejo? ¿Relámpago? Parpadeé y ya no estaba.
Bajé a la cocina en busca de agua. Las luces fluorescentes zumbaban. Catalina escribía en un cuaderno grande, un mapa de parentescos con flechas y apellidos repetidos: Dupré, Valmont, Montalbán, Valmont otra vez.—¿No podías dormir? —preguntó sin levantar la vista.—Las camas hacen ruido. Y el faro…—El faro está muerto —dijo, demasiado rápido—. Hace un siglo.—Lo vi latir.Ahora sí me miró. Anotó algo en una esquina.—Tu imaginación está en forma. Cuidala. A veces es lo único que se salva acá.
Volví a la 3-C. Dejé la botella de agua en la mesita. El diario de Alba estaba abierto donde lo había cerrado: “No por miedo. Por curiosidad.” Me reí sola; era una burla. Afuera, pasos suaves. Me asomé al pasillo. Dorian otra vez, inmóvil ante la puerta 3-B, como esperando una invitación que no llegaba.—¿Perdiste algo? —pregunté.—No suelo perder —dijo—. Solo espero.—¿Qué?—La palabra adecuada.Y se fue, sin que yo lo viera doblar en la esquina.
Dormí a ratos. Soñé con sal bajo la lengua y con una llave escondida en una bota izquierda. Cuando desperté, había sal en mis dedos. No recordaba haberla tocado. La ventana estaba empañada desde afuera, como si alguien hubiera respirado sobre el vidrio.
Clases. Historia con Catalina. Mapas del siglo XIX. Una foto en blanco y negro del faro con su linterna encendida, un halo imposible en medio de la bruma. En primera fila, Dorian no tomaba apuntes; miraba la foto como si lo retratara a él.—La última vez que el faro brilló —dijo Catalina— fue la noche de la Marejada Negra, agosto de 1887. Hubo desaparecidos. Hubo… exageraciones.—¿Exageraciones? —pregunté.—Leyendas. La costa las fabrica con el mismo oficio con que el mar fabrica espuma.
Después de clase, me acerqué a la foto. En el margen inferior, a mano: “Alba D.” y un trazo *p*n*s visible, una cicatriz en el papel, como si alguien hubiera intentado borrar un apellido y se hubiera arrepentido.—¿Puedo pedirte el archivo de 1887? —me animé—. Quiero hacer un trabajo opcional.Catalina sonrió. Esta vez sí mostró los dientes.—Me gusta tu ambición, Rivas. Pasá por la biblioteca a la tarde. Y no vayas al acantilado sola.
En la biblioteca, el aire estaba hecho de polvo y mareas antiguas. Busqué periódicos. La hemeroteca del pueblo era breve y caprichosa. Encontré recortes: Tres desaparecidos. Carta del farero. Protestas por el cierre. Y un nombre que se repetía, en anotaciones al margen, en tinta de otra época: Valmont.
Cuando iba a copiarlo, una sombra cubrió la mesa.—Algunos apellidos no conviene pronunciarlos aquí —dijo Dorian sin preámbulo—. Tienen memoria.—¿Y si justo esa memoria es lo que quiero? —repliqué.—Entonces preparate para que también te recuerden a vos.
Me devolvió una hoja doblada. Era el mismo símbolo del diario de Alba, trazado con precisión: tres líneas y una espiral herida.—¿Lo conocés? —pregunté.—Es viejo como el hambre. Lo encontrarás grabado en la baranda del faro, primera curva, lado del mar. No vayas de noche.—¿Por qué me ayudás?—No te ayudo. Te advierto. A veces sobreviven mejor los que no preguntan.
Al salir, Iker me detuvo en el pasillo.—Tenemos normas —dijo, señalando con la mirada los marcos espolvoreados de sal—. Mantené la tuya. Cerrar ventanas al caer el sol. No quitar plantas de los dinteles. No… invitar desconocidos a tu cuarto.—¿Desconocidos?—Acá todos somos conocidos —sonrió—… hasta que no.
Esa tarde subí hacia el acantilado. El viento sabía a vidrio molido. La escalera al faro estaba cerrada con una cadena oxidada y un cartel: PROHIBIDO EL PASO. Me quedé en la curva que daba al mar. Ahí estaba: el símbolo grabado, lastimando la madera. Pasé la yema: la espiral tenía hendiduras diminutas, como si hubiera sido mordida.
La noche cayó deprisa, como si alguien hubiese dado vuelta un mantel. Bajé. En el último tramo, una figura apoyada en el muro.—Te dije que no vinieras de noche —Dorian.—Anoche no me lo habías dicho —mentí.—Entonces te lo digo hoy.El faro respiró. Una luz pálida parpadeó adentro y se apagó. Su reflejo vivimos en los ojos de Dorian. Por un instante, no hubo reflejo. Como si los ojos no supieran qué hacer con la luz.
Nos quedamos inmóviles. Él a la sombra. Yo, con el símbolo todavía tibio en el dedo.—¿Qué fue eso? —susurré.—Ensayo general —dijo—. Alguien está intentando encenderla.—¿Quién?—Alguien que cree que la luz salva.—¿Y no?Dorian miró hacia el mar. La marea subía con una paciencia monstruosa.—La luz no decide a quién salva —dijo—. Solo revela.
De regreso al colegio, en la puerta de la 3-C, encontré un sobre bajo el felpudo. Dentro, una única línea escrita con pluma:“No por miedo. Por curiosidad.”La firma era un trazo inclinado, casi borrado: A. D.
Cerré la puerta con tres vueltas de llave. Puse sal en el umbral, como había visto a las otras. Respiré hondo. El faro, allá lejos, parecía un ojo a punto de abrirse.No era miedo. Era otra cosa. Lo mismo que hizo que Alba escribiera, supongo. Lo mismo que me hizo venir. La curiosidad. Y lo que la curiosidad pone en marcha, rara vez se detiene con una cerradura.
La habitación 3-C y el diario
Capítulo 2 — La habitación 3-C y el diario
La 3-C huele a madera tibia y a polvo que aprendió a quedarse quieto. El sol de la tarde cae oblicuo por la ventana, cortando la habitación en dos: media en ámbar, media en penumbra. Mis cosas ocupan *p*n*s una esquina —mochila, un par de remeras, un cuaderno con espiral—, lo suficiente para fingir un orden que todavía no existe. Sobre la mesa, el sobre que alguien deslizó anoche bajo la puerta. Lo abro otra vez, como si las palabras pudieran haber cambiado de lugar en la oscuridad.
No por miedo. Por curiosidad.Firma: A. D.
Toco las letras con la yema del dedo. La tinta es seca, pero deja un eco que no sé explicar. ¿Por qué siento el impulso de esconderlo en el sitio más ridíc*l*, como si fuese un secreto y no un papel? Lo guardo dentro del estuche de birome y me siento frente al diario de tapas negras. El elástico vencido cuelga como una vena.











