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EL COLECCIONISTA DE ATRIBUTOS

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Annotation

Gonzalo Jiménez, un joven desempleado y sin futuro, se sumerge en una vida de crimen después de que su amada Linda lo abandone por un hombre mayor y adinerado. Su sed de venganza lo lleva a seducir y robar a mujeres, compitiendo en ferocidad con Hernán Cortés, un ex militar que guarda partes de sus víctimas como trofeos debido a sus traumas de guerra. Un día, una misteriosa organización secreta los recluta para sus planes de conquista del poder del país. Gonzalo y Hernán aceptan la oferta, pero pronto se dan cuenta de que están involucrados en algo mucho más peligroso de lo que pensaban. Cuando Gonzalo se reencuentra con Linda, ahora convertida en una psicópata al igual que él, se ve obligado a enfrentarse a sus demonios internos y descubrir si realmente la ama o solo desea venganza. Mientras tanto, un famoso detective llamado Das, le sigue sus pasos y está cerca de atraparlos, pero una inesperada revelación cambia todo: Linda es su hermana y está embarazada de su principal objetivo, Gonzalo, el coleccionista de atributos.

Chapter 1; EL MONSTRUO

EL MONSTRUO

Desnuda, jadeando de placer, fundida en el éxtasis, no pudo percibir la extraña mirada de su amante, quien le estaba acariciando su esbelto cuerpo; se detenía por momentos en sus redondos y macizos senos, los cuales se agitaban rítmicamente al compás de sus gemidos.

Ella se encontraba cerca del punto máximo de placer, estaba cegada por su último clímax; quedó atónita cuando su amante le cogió su adorado seno derecho, que según ella era más grande y redondo que el otro. Con la mano derecha, lo sujetó con mucha fuerza y, al mismo tiempo que eyaculaba en ella, tomó un cuchillo poderoso de debajo del asiento con la mano izquierda y le arrancó su tética. En un segundo, el rostro de la mujer cambió de parecer, que estaba deleitando un postre a una mezcla de tragedia y asombro; los gemidos se hicieron gritos, su corazón latía muy rápido. Él también gritaba, pero porque experimentaba un potente orgasmo que culminó arrancándole el otro seno y callando sus gritos de un golpe con la cacha del arma.

—Gonzalo —así se decía—, mira, qué lindos trofeos me llevaré a mi casa, qué hermosos, cuando los vi supe que eran para mí, sí, sí, sí, sí, sí.

Diciendo esto, analizaba sus premios, los estaba palpando y descubrió que estaban rellenos de un extraño material. —¡Me robaron! —dijo—. ¡Maldición, perra estafadora!, z*rr* mentirosa, me hiciste creer en ti, jugaste con mis sentimientos; lo tuyo era pura mentira.

Lo que decía cada vez iba acompañado de una puñalada o un fuerte golpe a la mujer moribunda, rebosante de odio; la levantó y la estrelló contra el cristal trasero de su coche. Un primo sesenta y ocho, muy bien conservado, abrió la puerta sacando a su hermosa víctima jalándola del cabello, cuyos gritos ya parecían mudos porque en aquel desolado lugar ni siquiera había eco. Además de estos gritos y súplicas, solo se oía el término "perra" y el eco del cuerpo al recibir una fuerte cantidad de patadas, hasta que decidió levantarla lo más alto posible para después arrojarla al suelo. Finalmente, la miro a los ojos, la levanto abrazándola, le dio un beso estallando en llanto, suplicándole que lo perdonara y que rezara por él. La joven, en una última súplica, con lo que le quedaba de aliento, susurró: —No me mates. Gonzalo la abrazó con fuerza, cogiéndole el cabello, diciéndole: —Tú sabes lo que tiene que ocurrir, alégrate, hoy conocerás el infierno donde te acomodarás muy bien, ¿maldita z*rr*!? Y su mano se empezó a mover como una máquina de coser, con el cuchillo en lugar de aguja, y por supuesto que no la cosía, sino todo lo contrario. Cuando ya la hizo pedazos, la aventó por un precipicio.

En la autopista conducía furioso, al punto que casi no puede ver una pareja de extraños que estaban en medio de la empinada carretera. Era un joven de 20 años como máximo, con pelo negro, piel clara y un bigote sencillo; nada que atrajera su atención. Gonzalo no se habría detenido para ayudarles si no hubiera estado ese hombre que mostraba el pulgar al lado de una rubia deslumbrante, con un par de ojos azules encantadores. Su pelo dorado terminaba en una cintura estrecha que daba paso a una amplia cadera y un trasero firme y redondeado, lo que hizo que Gonzalo se detuviera abruptamente.

—¿Qué les pasó? —les pregunto.

—Es que estábamos acampando y nos perdimos del grupo, ¿será que usted nos puede llevar? —manifestó el muchacho.

—Pues súbanse —contestó Gonzalo.

El joven, mientras se subía, se presentó; se llamaba Nacer y la joven resultaba ser su hermana, Jenny. Él vestía una cachucha roja, chaqueta y pantalón azul de muy buena marca junto a unos tenis de tela, que, igual que todo su atuendo, eran del extranjero. En cambio, ella tenía un ajustado y corto vestido negro, algo muy anormal para un campamento, pero que causó que Gonzalo dejara de pensar en esto cuando ese espectacular trasero se agrandó cuando la dama se agachó para entrar al vehíc*l*.

Todo iba muy normal; Gonzalo trató de ser gracioso para encontrar oportunidad con ella, y seguía como hipnotizado las indicaciones que lo llevaron a un terreno solitario donde Nacer sacó un revólver de su pretina para colocárselo en la cabeza de Gonzalo y acompañando la maniobra con una serie de insultos y amenazas de que si no colaborara, lo matarían.

—Esperen, por favor, sufro de convulsiones —expuso Gonzalo—. Tengo que tomar una droga que está en la guantera.

Comenzó a llorar con desespero, se sacudió y lanzó babaza, hundiendo al fondo el acelerador a fondo. Nacer, muy asustado, sacó las pastillas de la guantera y se las metió en la boca a Gonzalo, quien se las tragó de inmediato, respiró profundo, frenó el carro contestando. —Estoy bien, bien estoy.

Nacer, aunque atónito, todavía no dejaba de apuntarle, esta vez pegándole el cañón en la sien. Gonzalo abrió la boca un poco, movió la lengua de derecha a izquierda y, con un movimiento rápido y ágil, tomó el brazo de su atacante para desviar el arma. Efectivamente, se disparó por los nervios o reflejos de Nacer, rompiendo el vidrio panorámico.

El ladrón continuó peleando hasta que vio cómo un cuchillo grande separaba la mitad de su brazo; los gritos del ladrón hacían reír a la víctima, quien ahora se convertía en victimario.

—Por favor, no nos mate —solicitó Nacer—, solo íbamos a robarlo.

Pero los ruegos fueron en vano, ya que ese puñal, a pesar de parecer tener vida propia, no tenía oído ni una pizca.

Jenny, asustada, corrió por el bosque, se cayó varias veces, sus tacones se hundieron en el lodo y le tocó dejarlos. Miraba hacia atrás, porque escuchaba pasos que se le acercaban, pero no podía ver bien, puesto que sus lágrimas le empañaban la vista. Caminó durante horas que le parecieron siglos; sus gritos de pedir ayuda se convirtieron en graznidos. Tuvo suerte, pues encontró una cabaña con las luces prendidas. Hasta que una mujer de edad avanzada le abrió, golpeó la puerta vieja. Ella entró de una, casi empujando a la dueña; se encontraba en una cabaña de una sola pieza donde era el dormitorio, la sala, la cocina y tal vez el baño a la vez.

—Pasa a cenar —la anciana la convidó. Al observar la mesa, en particular el plato fuerte, Jenny sintió un estremecimiento en su cuerpo y dejó de gritar y llorar. La cabeza de Nacer, con una manzana en la boca, estaba en un plato decorado con vegetales. Un anciano situado en el asiento principal llevaba sobre su cabeza una gran roca. Detrás de la anciana estaba Gonzalo, quien la movía como una marioneta, con una mano en su garganta que le movía la boca a manera de títere de media.

Jenny se tumbó de rodillas cerrando los ojos y se puso a rezar deseando que solo fuera una pesadilla. Gonzalo le acarició el cabello, le sacó las lágrimas con ambas manos para luego darle un dulce beso en una mejilla. La acostó en el piso de manera que le quedó la espalda hacia arriba, le rasgó el vestido y lentamente con un cuchillo le quitó las nalgas mientras ella luchaba en vano.

Gonzalo se llevó su trofeo y en celebración le prendió fuego a esa cabaña a manera de las quemas que celebraban en su pueblo cuando llegaba el año nuevo, para luego irse a su linda y tranquila casa.

Chapter 2; LA CARNADA PERFECTA

LA CARNADA PERFECTA

Hoy el cura organizó una cacería para darle fin a la desaparición de personas. —Es una bestia. —No, es un güito. —No, es una ánima vengativa. —Son OVNIS, decía la gente del pueblo.

El cura, en pleno sermón, convocó a los hombres más valientes a salir al exterminio de la criatura; por supuesto, todos se ofrecieron, puesto que nadie es mejor que nadie, aunque el capitán de policía realizó filtros, rechazando a los gordos y a los cobardes que él conocía. Constituyendo un equipo en el que se destacaban dos hombres: el primero, conocido como "el cortico", debido a su apellido, Cortés; además de ser bajo de estatura, pero no enano; delgado, aunque no desnutrido; y con un bigote tenue que delineaba su rostro y que, gracias a sus extensos años de servicio militar, era un elemento muy valioso. El otro era don Gildardo Simplón, cuya figura tenía muchas historias. No tenía una parte sin una cicatriz; en su mano derecha tenía solo tres dedos a causa de un macheta

Heroes

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