
Peligro: Inteligencia Artificial
- Genre: Billionaire/CEO
- Author: Edgar Romero
- Chapters: 61
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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- ⭐ 7.5
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Annotation
¿Hasta dónde es capaz de llegar la Inteligencia Artificial? ¿Podrá crear a un verdadero ser humano perfecto, con chips que le brinden emociones y sentimientos, amar, enamorarse, manejar a otras personas, incluso propiciar la Tercera Guerra Mundial? Una peligrosa y demencial organización criminal se propone revivir a los mayores asesinos de la historia en su afán de controlar las mentes y llevar a cabo sus malévolos planes de dominar al mundo, a través de clonar a esos sátrapas que provocaron tanto dolor y tragedia, dotándolos de la Inteligencia Artificial que hoy vemos en todos loa ámbitos de la vida humana, sumando hazañas como pensar y valerse por sí mismo. La valiente capitana Cristina Robson se encargará de enfrentar a esa mafia que pretende adueñarse del planeta, provocar el caos y el pánico, revivir esas horas aciagas de la humanidad y tratar de dominar al mundo. Ella es integrante de la policía internacional, es hábil y astuta y deberá enfrentar toda suerte de peligros para conseguir acabar con esos tipos malévolos. Cristina, además, deberá afrontar la separación con su ex pareja Newman del que sigue perdidamente enamorada pero que debido a que ese sujeto es un gran mujeriego, debió apartarse aunque, ya está dicho, no puedo olvidarlo, sumiendo sus horas de alcoba en desolación, desaliento y dolor. Entonces aparecerá en la vida de Cristina, el agente Douglas Slade quien la ayuda a enfrentar esa organización criminal tan peligrosa y malvada, y de quien se enamorará paulatinamente. Una historia, entonces, que lo tiene todo: amor, romance, acción y el mundo en peligro.
Chapter 1
-Es allí-
Mufard estaba boquiabierto, desconcertado y tenía un nudo en la garganta. Permanecía desconcertado y atónito y sudaba copiosamente. Tenía la cara duchada, en realidad, y su corazón rebotaba como una pelota dentro del pecho. El continuo bum bum bum de su músculo vital lo aturdía más y más atronando en su cráneo como petardos de dinamita reventando sin cesar. Parpadeó varias veces incrédulo y se puso en cuclillas. Palpó la tierra rojiza y arenosa con sus manos. Llevaba muchos años tratando de localizar esa tumba y ahora lo tenía allí, literalmente, al alcance de sus dedos. Miró al tipo enjuto y barbón que permanecía indiferente, aupado delante de él, mirándolo divertido. -¿Estás seguro?-, balbuceó incrédulo y atónito a la vez.
Otro sujeto, Reinhard Streicht tampoco lo podía creer. Abanicaba sus ojos y permanecía igualmente con la boca abierta y sin reacción. El tipo enjuto ese que no dejaba de reír, asintió con la cabeza.
-Completamente-
Mufard se arrodilló y marcó un número en su móvil. -Lo he encontrado, lo he encontrado, "Calavera", lo he encontrado, era cierto, la tumba existe, la estoy viendo-, decía Mufard eufórico, vencido por la emoción, trastabillando con su alborozo.
-¿No estás bromeando?-, se entusiasmó el tal "Calavera", chillando frenético en la otra línea.
-No, no estoy bromeando, todo es cierto, lo que quedaban de las cenizas fueron trasladadas fuera de Berlín lo llevaron las mujeres del búnker para que no las reconozcan e impedir que caiga en manos del enemigo, por eso no encontraron nada, ningún resto, tan solo tierra quemada, lo que no se quemó fue traído aquí a esta tumba, en los lodazales-, decía Mufard alborozado mirando a Streicht. Él tampoco cabía en su emoción y daba brincos igual a un conejo.
Mufard y Reinhard empezaron a palear apresurado, utilizando barrotes y picas que habían llevado en una carretilla, hasta que, después de tanto trabajo, se fue descubriendo un gran tablón apolillado por el tiempo, astillado y recubierto por una lona también muy deteriorada . Luego Mufard fue alzando con cuidado, usando una pica, el telón que recubría la tumba improvisada. La tierra resbalaba, haciendo montículos, sumergiéndose como arenas movedizas y el olor era espantoso, a pesar del tiempo transcurrido, casi ochenta años. Debajo del tablón habían tan solo cenizas, escarcha, huesos molidos y más piedras y un persistente y terco terral arenoso y tupido. Reinhard sujetaba las palas para evitar que la tierra terca siga resbalando, persistente, cubriéndolo todo una y otra vez.
-Aventaron allí lo que quedaba de él, y después el tiempo acabó con todo, no hay nada más destructor que el tiempo-, dijo el tipo barbón. Ahora él sudaba también por el gran esfuerzo que habían hecho desenterrando la tumba.
-¿Cómo lo sabe usted?-, desconfió Mufard.
-Mi abuela estaba con ellas, con las mujeres del bunker, ellas llevaron las cenizas y lo que quedaba del esqueleto, estaba muy achicharrado, irreconocible-, subrayó el tipo enjuto.
-Por eso no encontraron nada en Berlín, únicamente tierra quemada-, sonrió Reinhard. Su hipótesis era cierta. Él había tenido razón todo ese tiempo. El jerarca no había muerto bajo el suelo de Berlín.
-Es lo que me dijo mi abuela-, apuntó el barbón, riéndose del asombro de los otros dos sujetos sudorosos y afanosos.
-Muéstrame la tumba-, pidió Howard que estaba en la otra línea del móvil. Mufard hizo entonces un video donde se supone estaba el cadáver. -Es maravilloso-, dijo riéndose en forma estruendosa, a carcajadas, celebrando el hallazgo. Mufard y Streicht rompieron a dar hurras y vítores y el barbón lo único que hizo fue rascarse la cabeza sin entender por qué tanta euforia por tanto polvo inservible e irreconocible que ni siquiera podía reconstruirse o evidenciar que había pertenecido a alguien.
*****
Ross abrió su laptop. -Hola-, saludó orondo, riendo, mordiendo un labio, divertido y distendido a la vez.
-Hola-, escuchó una voz seria, fuerte, armoniosa, muy cordial, también.
-Bienvenido-, estaba Ross muy emocionado.
-Muchas gracias, se siente bien aquí, no pensé que podría hacerse cierto-, siguió diciendo la voz grácil, melódica, cauta, sin embargo, como si estuviera despertando de un largo sueño.
-Un hombre muy pobre le pide al mozo de un restaurante que le traiga un recorte de un bistec y el encargo lo consigue de una revista. El tipo se lo come haciéndole pedacitos y el mozo le extiende la cuenta. "Por la revista y ocupar una mesa", le subrayó. El tipo no se inmutó y de su billetera sacó tres recortes de dinero y le pagó. "Por el bistec que estuvo horrible" je je je-, intentó contar un mal chiste, muy bobo Ross.
-Como humorista te morirías de hambre ja ja ja-, dijo esa voz armoniosa y sutil y estalló en una risotada igual de melódica, contagiosa y agradable. Ross quedó aún más asombrado. -Ríes, ríes, puedes reír-, abanicó sus ojos.
-Sonrío, canto, recito poemas-, respondió la voz.
Ahora sí que Ross estaba emocionado. Estaba frenético, quería ponerse a brincar como un adolescente. Encendió su tablet y escribió apurado en su cuaderno de anotaciones: "la Inteligencia Artificial lo ha hecho posible, ha sido capaz de crear no solo un pensamiento concreto y específico, dotado de sabiduría, recuerdos y alternativas y opciones, sino que es capaz de sentir, de reír, de pensar, solamente me resta crearle los sentimientos, no sé aún cómo dotar a la Inteligencia Artificial de sentimientos, de la capacidad de emocionar", subrayó con el rostro duchado de sudor por la emoción que lo embargaba.
Ross llevaba muchos años trabajando en mejorar la Inteligencia Artificial. Él quería algo que fuera más allá de los programas informáticos o razonamientos lógicos. Lo que deseaba era dotar al programa de emociones, lograr que la Inteligencia Artificial tenga la capacidad de sentir. Cantar, reír o recitar poemas, tener dolor y llorar. Todo eso seguían siendo links, después de todo, dotados de chips. Ross anhelaba que ese poder cibernético pudiera asumir una reacción humana y no en un clcik o un comando o un chip, sino algo propio.
La mañana estaba fría. Era un invierno muy gélido y Ross sentía congelar sus huesos. Se abrigó bien y se sirvió un café humeante. A él siempre le gustaba acompañar al cafecito con un pan untado con mantequilla. Sacó la barra del refrigerador, tomó un cuchillo y cuando quiso abrir el pan, ¡hummm!, se dio un pequeño corte en un dedo con el filo del artíc*l* de cocina y apareció, de repente, una gota de sangre, brillante y muy roja.
-sangre-, balbuceó Ross, chupándose el dedo para evitar seguir drenando.
-Sangre-, siguió barullando mientras muchas imágenes se dibujaban en su cabeza, una tras otra, y luego se suscitó en su mente una vorágine de fórmulas científicas y de los componentes de esa plasma formada de agua, sales y proteínas que le chorreaba del dedo.
-Sangre-, continuó diciendo dibujando una larga sonrisa en su ahora rostro iluminado como un gran foco.
Ross fue corriendo dando trancos alborozado al otro ambiente para ver a Carter. Lo encontró atareado en mejorar los programas de Inteligencia Artificial. -Lo único que haces es llenar el disco duro de links-, le dijo divertido viéndolo programar más alcances a la estructura virtual de su programa cibernético.
-Es la idea de la Inteligencia Artificial.-, sonrió Carter.
-¿No te gas puesto a pensar qué la Inteligencia Artificial podría tener sentimientos?-, miró Ross con interés la pantalla donde trabajaba Carter.
-¿A que te refieres?-, se interesó su amigo, meciéndose la silla.
-Hablo de sentimientos-, sonrió Ross pasando la manga de su camisa por el sudor que le perlaba la frente.
-Eso es imposible. Los sentimientos no se encapsulan en un chip, eso está en el alma, el corazón, en el cerebelo-, le detalló Carter.
-No hablo de fórmulas científicas ni en razonamientos matemáticos ni en probetas o fórmulas, hablo de ADN-, siguió sonriendo Ross.
-¿Las células?-, descolgó la quijada Carter.
-¿No te das cuenta? El ADN construye las células, las proteínas, las moléculas, los genes, toda la información genética-, tenía el rostro iluminado Ross.
-¿ADN emocional?-, adivinó de inmediato Carter.
- Los rasgos que articulan la personalidad, pues je je je-, frotó sus manos Ross.
Carter quedó pensativo. -Los patrones de metilación del ADN-, dijo después de un rato.
-Sí, la capacidad de reír y llorar-, dijo Ross y entonces los dos científicos estallaron en estruendosas carcajadas, remeciendo todo el laboratorio, igual como si hubieran descubierto el eslabón perdido.
Chapter 2
-Cristina Robson, el jefe te llama-, me avisó Helena, la secretaria del general Toby Hughes, el jefe de la policía internacional en mi país, incluso me señaló la oficina del comandante con su lapicero. Hughes era un tipo es un pesado, malgeniado, tirano y déspota, me tiene marginada en la policía internacional y por eso jamás estoy en los casos importantes que investigamos. Él dice que no soy perspicaz y que por el contrario resulto tonta y despistada, una decepción para el cuerpo policial. Hughes en realidad me tiene tirria porque jamás le hice caso a sus galanteos. Él no me gusta para nada. Es obeso, medio calvo y tiene mal aliento y de ninguna manera haría el amor con ese sujeto. Lo odio en realidad.
Jalé mi falda, arreglé mis pelos, aseguré el nudo dela corbata y fui a su oficina con la boca ajada y mi naricita arrugada. A Helena le dio mucha risa. -A mal tiempo buena cara, mujer-, me dijo con sorna refiriéndose a mi malhumor.
Hughes miraba unas informaciones en su l











