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Liebesromane

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Klappentext

Se casó y murió como Ángela. Traicionada por su esposo, humillada por su propia familia, un accidente le desfiguró el rostro y le regaló lo que más deseaba: desaparecer. De rodillas, le suplicó al Dr. Montenegro que le diera un nuevo rostro a cambio de ayudarlo en su venganza. Y él aceptó. Dos años después, ha vuelto. Ya no es Ángela. Ahora es Alcatraz Valverde, casada con la peor pesadilla de su esposo. Su venganza acaba de empezar. ¿Logrará destruir a los tres que la rompieron sin enamorarse de nuevo en el intento?

CAPÍTULO 1

No se podía quejar. Podía seguir siendo frágil, podía seguir siendo insensata a veces, podía seguir siendo vista como dueña de nada, y aun así sabía que no había nada más hermoso en el mundo que ser la mujer del hombre cuyo nombre unió al suyo solo en sueños. Y hoy que estaban juntos, hoy que a él no le importaba su pasado, todavía creía que esto era un sueño.

El salón estaba lleno y todos la miraban.

Ángela Ríos sostenía una copa de vino blanco entre los dedos, haciendo fuerza para que no se le notara el temblor. Le habían recogido el cabello y le pusieron unos apliques nacarados que parecían gotas de luz. El vestido, ajustado y con escote en V, le marcaba la silueta delgada. Se veía impecable y, aun así, no se sentía cómoda en ningún momento.

No conseguía sonreír. Tenía la sensación de que cada charla a su alrededor hablaba de ella. De la fiesta, de si el vestido le quedaba, de su forma de actuar.

Era la noche de su boda y sí, estaba feliz, pero la felicidad no le quitaba esa costumbre vieja de sentirse insuficiente.

A su lado, Sebastián Leal era todo lo contrario. Sonreía con una seguridad que casi nunca mostraba. Se veía tranquilo, a gusto siendo el centro de todo.

Se acercó a su esposa y le susurró al oído:

—¿Todo bien, bella?

Ángela forzó una sonrisa corta. Sus uñas, recién arregladas, apretaban la copa. —Nunca estuve mejor —respondió.

Sebastián le tomó la mano y levantó la voz para que todos lo escucharan.

—¿Me regalan un segundo? ¡Todos, por favor, un momento! —El ruido bajó—. Quiero brindar porque hoy, frente a todos ustedes, puedo decir que soy el hombre más afortunado del mundo. Porque me casé con la mujer más buena, más dulce y más hermosa que conozco—. Ángela sintió cómo se le calentaba la cara. No era falta de amor, era pánico a la exposición. En la empresa y en su familia siempre fue la que pasaba sin ser vista—. ¡Salud por eso! —dijo Sebastián y brindó con ella.

Todo el salón aplaudió. Ángela bebió, intentando sostener la sonrisa mientras los demás celebraban a los recién casados.

En otra mesa, el festejo no se celebraba. Se criticaba.

—No lo entiendo. No entiendo cómo se casó con ella. Es tan poca cosa. Yo creía que Sebastián era más listo —escupió Regina, la pelirroja, con las manos apretadas.

—Regina, no aquí. No quiero un escándalo —la detuvo su madre, Victoria, al verla tan alterada.

—Es que me parece insípida, tonta, sin nada.

—Se casó con ella para verse mejor ante todos. Nada más —aseguró Victoria.

—¿Entonces por qué papá la adoptó? ¿Para qué?

—Porque tu padre vive haciendo caridad. Ya lo conoces.

Regina se terminó la copa de un trago, sin dejar de mirar a los novios que seguían recibiendo felicitaciones.

Ángela Rios, la adoptada, la que siempre fue considerada el patito feo de la casa, se había casado con Sebastián Leal, el heredero del grupo modista más grande del país.

Regina la miró con una sonrisa maliciosa. Ángela se veía nerviosa, frágil. Una presa fácil.

—Ya veremos cuánto tiempo te queda el apellido de Leal, hermanita. Uno nunca sabe quién se puede cruzar en el camino de tu esposo —susurró Regina con una sucia sonrisa.

A menos de diez metros de la carpa, apoyado en un muro y escondido entre las sombras, había un hombre vestido de negro con gorra. No estaba invitado. ¿Su nombre? Elían.

Elían llevaba rato mirando. Miraba al desgraciado de su hermanastro casarse, sonreír, recibir aplausos, como si no le debiera nada a nadie. Le hervía la sangre. Solo quería acercarse y borrarle esa sonrisa de la cara.

Tomó aire, dio un paso al frente para entrar a la fiesta, pero una mano lo detuvo por el brazo. Estaba decidido a todo. Quizá era el dolor que lo cegaba, quizá era el odio.

—No lo hagas, Elían —dijo un hombre mayor detrás de él.

Elían se giró con los ojos llenos de rabia y lágrimas y dijo:

—Si no lo hago ahora, no voy a tener otra oportunidad en la vida.

—No de esta manera.

—¡Es por mi madre!

—Justo por ella vine a buscarte. Tu madre se está muriendo.

Elían se quedó helado. ¿Había escuchado bien?

—Tu madre te necesita. Le queda poco tiempo, hijo. No estés aquí.

Las lágrimas finalmente le cayeron. Si su madre moría sin juntarlo con Sebastián, sin contarle la verdad, jamás se lo iba a perdonar.

Desde el muro, vio por última vez la postal completa: Sebastián abrazando a Ángela, el hombre exitoso, el heredero del poder que le habían robado a Elían.

Y lo notó. En el dedo de Ángela, el anillo: grande, ostentoso, con el sello de los Leal. El anillo que le quitaron y que solo podía llevar el heredero legítimo. Ahí estaba la prueba de una traición que estaba llevando a la muerte a una mujer inocente.

Se limpió la cara. No sabía cómo, pero iba a recuperar lo que le pertenecía.

Este solo era el principio.

CAPÍTULO 2

DOS AÑOS DESPUÉS

—¡Más rápido, más rápido, que nos come el tiempo! —apuraba Romina.

Romina no pasaba de los cuarenta y cinco, pero esa tarde parecía de sesenta. Estaba al borde de un ataque. Era el día más importante del calendario para la empresa: la pasarela de otoño invierno.

Todo tenía que salir perfecto. Un cierre mal puesto, un tacón flojo, un minuto de retraso y el evento se venía abajo.

—Romina, respira. Va a salir bien —dijo Ángela con calma y una sonrisa pequeña.

A su alrededor había un caos controlado. Percheros llenos de ropa, chicas en bata, maquillistas con brochas, peinadores con secadoras. Cualquiera se hubiera puesto histérico. La única que parecía tranquila era ella, la sensible Ángela.

Y claro, para los demás era fácil decirlo. Era la esposa del presidente de la empresa.

Si le preguntabas a cualquiera en la calle cómo se imaginaba a la señora de Leal, te describía a una mujer inalcanzable. Alta, rub

Heroes

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