
Pensamientos de dudosa procedencia
- Genre: Billionaire/CEO
- Autor: G.midnight
- Kapitel: 12
- Status: Laufend
- Altersfreigabe: 18+
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Klappentext
Freya nunca supo lo que era querer algo para sí misma. Criada entre oraciones y silencio, obedeció cada regla, cada mandato, cada mirada de desaprobación. Hasta que su padre la echó a la calle con una verdad que lo destruyó todo: no era su hija. No era su familia. No era nadie. Sin pasado. Sin nombre. Sin reglas. Y entonces apareció Damien. No le preguntó si estaba bien. No le ofreció consuelo. Solo la miró como si pudiera ver exactamente lo que ella escondía debajo de toda esa obediencia acumulada... y decidió que quería ser el primero en desenterrarlo. Lo que empieza como una noche se convierte en una obsesión que ninguno de los dos sabe cómo detener. Pero Damien no está solo. Sebastián la conoce de una manera que la aterra. No con las manos. Con la mirada. Con el silencio exacto en el momento exacto. Como si hubiera estudiado cada parte de ella antes de que ella supiera que existía. Y luego está Kai. Kai no seduce. No convence. Solo empuja. Cada límite. Cada miedo. Cada certeza que Freya creía inamovible... hasta que nada queda en pie. Tres hombres. Un solo poder sobre ella. Y Freya descubriendo que quizás la chica que enterraron entre rezos y culpa era la más real de todas. ¿Cuánto tiempo puedes resistirte a lo que siempre quisiste ser?
Chapter 1
Quien me conoce en mi día a día me considera una persona tranquila, centrada y muy devota. Esa es la imagen que mi familia, ultra creyente, me ha enseñado a presentar al mundo desde que era muy pequeña.
Siempre educada, paciente e invisible.
Físicamente mis padres tienen el pelo negro, ojos oscuros y estatura media; en cambio yo soy alta para mi edad, mi cabello rubio cae liso sobre la parte baja de mi espalda y mis ojos presentan una heterocromía bastante notable: el derecho color verde musgo y el izquierdo azul cielo.
Según esta comunidad antigua a la que pertenecemos, mis ojos son un mal presagio. Por eso no crecí rodeada de amigos. Por eso, también, aprendí pronto a no hacer preguntas sobre por qué mi rostro no se parece en nada al de mis padres.
Tengo 19 años, muchas ganas de vivir y experimentar cosas nuevas. A pesar de las quejas y amenazas de mis padres, me he apuntado a una universidad, conseguí un trabajo en línea y he ahorrado lo suficiente para la estancia en el campus y el primer año de matrícula.
El calendario en mi pared marca que restan once días de mi tortura. El bolso que contiene mis ahorros y documentos me mira desde el fondo del armario, asomándose entre todos los vestidos que nunca me pondré.
Cuento los segundos para empezar de cero.
Un golpe interrumpió mis pensamientos, la voz de mi madre gritó con impaciencia mi nombre:
—¡Freya, baja ya!
Miro el reloj. Son las ocho y dos minutos. Ruedo los ojos y me levanto de la cama.
Bajo las escaleras hasta otra “encantadora” cena familiar, sin apetito.
El ambiente en el comedor es solemne, denso, como si nos costara estar en el mismo espacio. En la cabecera de la mesa está sentado mi padre, Pablo. Su postura rígida y su traje destacan en este ambiente. Mi madre, María, alisa su vestido y sus dedos rozan el collar de perlas, ese gesto que hace siempre que algo la inquieta.
Me dirige una mirada seria que anuncia problemas. Me fijo en la mesa y noto que hay dos platos más de los habituales.
—¿Esperamos a alguien? —pregunto.
Silencio. Ninguno de los dos contesta. Contengo la respiración; sé que es algo que no me va a gustar. Otro plan para mantenerme en esta jaula dorada.
El timbre de la puerta me sacude y mi padre se apresura a abrir. En todos mis años de vida nunca lo he visto abrir la puerta de casa; siempre lo consideró tarea de mi madre, algo por debajo de él. Eso me deja claro, antes de ver a nadie, que esta visita es sobre negocios, o sobre lo que él pueda obtener.
Escucho tres conjuntos de pasos. Aparece mi padre guiando el camino; detrás de él, un señor de su misma edad y luego un chico un poco mayor que yo, quizás en sus veinte. Mi madre se apresura a saludar, intercambian cortesías y se sientan alrededor de la mesa. Puedo sentir a todos observándome. No reacciono. Sirvo agua en mi copa y bebo despacio.
Levanto la vista. El mayor de los visitantes me extiende la mano y se presenta:
—Soy Antonio, y este es mi hijo Marco.
Asiento. No me da tiempo a responder cuando él continúa:
—Hemos escuchado mucho de ti, pero los elogios de Pablo se quedan pequeños comparados con tu belleza.
Aprieto el tenedor en mi mano.
—Lástima que no pueda decir lo mismo de ustedes; no los había oído nombrar. Por lo de la belleza, muchas gracias.
Pablo se aclara la garganta, atrayendo la atención de la mesa. Me habla sin miramientos, con el ceño fruncido:
—Freya, estos son Antonio, tu futuro suegro, y Marco, tu prometido.
Mi silla raspa el suelo al echarme hacia atrás. Me levanto de un salto y grito en su cara:
—Ni de broma.
Corro a mi habitación, cierro la puerta con seguro, saco la maleta de mano que había preparado para la universidad y empiezo a añadir cosas de mi tocador. La puerta cruje con los golpes de mi padre; sus gritos me recuerdan la grosería imperdonable que acabo de cometer: salir del comedor sin permiso.
No me detengo a contestar. Tomo el dinero escondido, mi libro favorito y los documentos, lo arrojo todo en el equipaje y lo deslizo por la ventana hasta que queda escondido entre los arbustos que rodean el árbol cercano.
Me siento en la cama y escucho la cerradura ceder bajo otra llave, desde fuera. La cara de mis padres es de decepción y furia, pero esta vez no voy a ceder.
—Te vas a casar en un mes y vas a olvidar la tontería de la universidad, o te quedas sin nada y en la calle. Al final volverás arrastrándote a pedir dinero.
—¡NO! —grito.
No vi venir el golpe. La mano de mi padre golpea tan fuerte mi labio que lo hace sangrar. El sonido llega antes que el dolor, un chasquido seco que se queda flotando en el silencio que sigue. Me llevo los dedos a la boca; los retiro manchados de rojo. Nadie se mueve. Ni siquiera mi madre.
Contengo las lágrimas y sonrío con ironía.
—¿Eso es todo, padre?
Creo que no pensó en lo que decía:
—No he pedido criar a una mocosa ingrata que no lleva mi sangre para que no me retribuya por tantos años manteniéndola.
Silencio.
Las palabras se quedan suspendidas en el aire, y por un segundo parece que ni él mismo esperaba decirlas en voz alta.
María lleva una mano a su boca, intentando contener un jadeo que ya delata demasiado. No es sorpresa lo que veo en su cara. Es culpa.
Esto confirma lo que siempre sospeché.
Me pongo en pie, tomo la mano de María y la aprieto en un consuelo silencioso que no sé si ella merece todavía. Se relaja un poco y empieza a balbucear incoherencias sobre cómo siempre quiso un hijo, sobre cómo hubo un momento en que yo era su princesa.
Padre corta el intento de explicación con dureza:
—O te casas en un mes, o te vas con lo puesto y no vuelves más.
La decisión ya estaba tomada, mucho antes de esta noche. Suelto a María, giro hacia la puerta y digo:
—Gracias por estos años.
Salgo de esa enorme casa con el móvil en el bolsillo y una sonrisa en los labios rotos. Me acerco a los arbustos, recojo el equipaje, lo cuelgo en el hombro y camino hacia la enorme puerta de hierro.
Hoy comienza mi nueva vida.
Chapter 2
Un paso delante de otro, todo un futuro brillante por delante. Necesito un nuevo plan, o mejor dicho, adelantar el que ya tenía. Saco el móvil y marco a mi casero. Me informa que puedo mudarme desde mañana. Le agradezco y cuelgo. Ahora, a descubrir cómo llegar a la ciudad.
Busco billetes de tren para el viaje. Cerca de trescientos kilómetros me separan de mi objetivo. Salir de un pueblo como Alderley Edge es extraño. Todas las personas que conocía habían nacido y crecido aquí, formando eventualmente una familia, generación tras generación.
Es un pueblo bonito, de casas de colores, jardines floreados y fachadas que presumen el poder adquisitivo de esta comunidad. La iglesia tiene un papel fundamental aquí; la asistencia los domingos es obligatoria, aunque la mayoría solo va para guardar las apariencias.
La estación de trenes está desierta. Veo carteles con los nombres de Cheshire y Manchester, pero yo voy más lejos: a Londres.
En la ventanilla de atención al











