
MI ULTIMO DESEO
- Tür: Billionaire/CEO
- Yazar: CINVAN
- Bölümler: 61
- Durum: Tamamlandı
- Yaş sınırı: 18+
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Açıklama
Le quedan seis meses de vida y toda una fortuna que a nadie parece importarle, salvo a Emma, su secretaria, la única que se quedó cuando las demás se fueron. Adrián Montenegro está dispuesto a gastar su último deseo en algo que nunca antes se permitió: ser feliz. Lo que no sabe es que esa decisión va a desatar la guerra de su propia familia y a destapar un secreto que lo cambia todo.
CAPÍTULO 1
Adrián
◆
—Seis meses. Quizá un poco más si responde al tratamiento, quizá menos.
El doctor Restrepo lo dice como quien lee el clima, hoy parcialmente nublado y mañana usted muerto.
Tengo los exámenes en la mano porque hay que mirar algo, y lo que hay es una mancha gris en la resonancia. Eso es. Toda una vida construyendo un imperio para terminar descubriendo que el dueño de mi vida es una mancha del tamaño de una uva.
—¿Cirugía? —pregunto.
—La ubicación es complicada. —Junta las manos sobre el escritorio—. Operar implicaría riesgos muy serios, daño motor, posiblemente permanente.
Posiblemente permanente. Me encanta cómo los médicos te dicen que vas a terminar en una silla de ruedas en perfecto idioma de folleto.
—Entonces prefiero los seis meses enteros —digo, y lo digo en serio, porque si me queda poco no pienso gastarlo aprendiendo a mover una silla.
—Señor Montenegro, no es una decisión que deba tomar hoy…
—¿Algo más?
Se queda callado, que es lo único inteligente que ha hecho en toda la cita, porque odio que me expliquen cosas que ya entendí.
Me levanto y la mano me tiembla un poco cuando agarro el saco. La miro, le ordeno que pare, y no para. Genial, ahora ni mi propia mano me hace caso.
Salgo del hospital y el sol está absurdo, brillante, de buen humor, como burlándose, y la gente camina por la calle hablando por teléfono, riéndose y quejándose del tráfico, todos repartiendo su tiempo como si nunca se les fuera a acabar.
Me subo al carro y Hernán me saluda por el retrovisor.
—¿A la oficina, señor?
No contesto, porque a dónde más, si no tengo a dónde más.
Saco el celular pensando que esto es lo que hace la gente normal, te diagnostican algo terrible, llamas a tu familia y lloran contigo y se abrazan, todo eso que sale en las películas.
Marco a Mateo.
Música, gritos, una mujer riéndose pegada al micrófono.
—¡Papá! —El muy hijueputa está borracho a las dos de la tarde—. ¿Qué pasó?
—Necesito hablar contigo, es importante.
—¡¿Qué?! ¡No te escucho!
—Que necesito hablar…
—Espérate, espérate. —Le grita a alguien que baje el volumen y nadie le baja nada—. Oye, Papa, ya que hablamos, necesito el jet para el fin de semana, me llevo a unos amigos a la villa y el piloto dice que tiene que pedirte autorización a ti, qué pereza, autorízalo y ya, ¿sí?
Mi hijo, la gran obra de mi vida.
—Mateo, esto es serio.
—Buenísimo, entonces el jet queda autorizado. —Se ríe—. Te llamo el lunes, ¡cuídate, Papá!
Y cuelga.
Me quedo con el teléfono pegado a la oreja escuchando el pito del silencio, mientras pienso que sí, que lo voy a intentar, eso de cuidarme.
Marco a Valeria y suena tres veces, cuatro, y cuando ya voy a colgar contesta hablando bajito, como si yo la estuviera molestando.
—¿Papá? Estoy en una galería, ¿Paso algo?
—Vale, tengo que contarte algo y prefiero que sea en persona.
—Ay, papá, acabo de aterrizar, estoy muerta. —Una pausa, tacones sobre mármol—. ¿Pasó algo con la empresa?
—No es la empresa.
—Entonces puede esperar, ¿no? Te llamo el domingo con calma, que aquí tengo a una gente esperándome y esto es importantísimo para mi galería.
—Valeria.
—¿Qué?
Abro la boca para decirle que tengo un tumor, que me quedan seis meses, que necesito que venga, que necesito que alguien venga, lo que sea.
—Nada —digo—. Diviértete.
—¡Eres un amor! Besos, papá.
Clic.
Bajo el teléfono y lo dejo en el asiento como si quemara, pensando en mis dos hijos, los que crié yo, o más bien la nana primero y el internado después y la tarjeta sin límite al final, aunque los apellidos sí los puse yo.
Cierro los ojos y aparece Lucía, lleva siete años muerta y todavía se asoma en los peores momentos, como si tuviera un radar para mi miseria. Trabajas demasiado, Adrián, me decía, un día te vas a dar cuenta de que la plata no te abraza de noche. Yo le contestaba que estaba loca, que lo hacía por ellos, por los niños, por el futuro, y para no admitir que simplemente me gusta ganar.
Cuando murió, pensé que era una señal para bajar el ritmo, pero yo seguí trabajando igual, porque ya no quedaba nadie en la casa para reclamarme que dejara de trabajar.
Abro los ojos antes de que la cosa se ponga peor.
Llegamos a la torre, mi torre, con el apellido Montenegro en letras enormes allá arriba para que toda la ciudad sepa de quién es: decenas de pisos, miles de empleados y una fortuna que ni yo termino de contar, y resulta que con todo eso no me alcanza para comprar una vida larga.
Me río solo, una risa fea y corta, y Hernán me mira por el espejo y hace como que no oyó nada, buen hombre, le voy a subir el sueldo, así en mi funeral dice palabras amables o al menos no escupa en mi tumba.
—Lo espero, señor —dice cuando me bajo.
—Vete a tu casa, no me esperes. Vete con tu familia. Le doy un fajo de billetes.
—Llévalos aun buen restaurante, los hijos crecen y ni cuenta nos damos.
Se queda confundido y yo también, porque no suelo hacer cosas así, pero me quedan seis meses, al menos eso me hizo sentir menos miserable.
Subo al piso ejecutivo, camino hasta que llego a mi escritorio, sin mirar a nadie, me siento, y por primera vez en tantos años descubro que no tengo absolutamente nada que hacer. Ningún correo me importa, ninguna reunión, ningún número, así que me quedo mirando la ciudad por el ventanal, todas esas luces, toda esa gente allá abajo con vida de sobra y las mía a punto de acabar.
Saco el teléfono otra vez sin saber a quién voy a llamar, igual ya no tengo a nadie.
Y entonces vibra.
Un mensaje de Mateo, lo abro con algo de esperanza, pensando que tal vez se le pasó la borrachera, tal vez se acordó de que su papá quería contarle algo importante, tal vez.
Leo.
«Papá se me olvidaba, también dile al capitán que cargue combustible para volar el sábado temprano. Y q dejen el yate listo en el muelle por si nos antojamos de ir a la isla. Eres el mejor.»
Lo leo dos veces.
El jet, el yate, la isla.
Eso es lo que mi hijo alcanzó a escuchar cuando le dije que tenía algo importante que contarle.
Dejo el teléfono boca abajo sobre el escritorio, muy despacio, porque si no lo hago despacio lo estrello contra el ventanal.
Tengo 45 años, bien vividos, creo, pero aquí solo en mi enorme oficina me enfrento a la cruda realidad, una que antes de esta tarde ni me molestaba, pero ahora me pesa y no sé si reír o llorar. Soy jodidamente rico, pero estoy completamente solo.
CAPÍTULO 2
Emma
◆
—No, no, no. —Cuelgo el teléfono fijo y agarro el celular sin soltar el otro—. Reagenda la de las once, mueve al señor Vargas a la una, y dile al de logística que si vuelve a mandar el informe sin las cifras yo misma se las hago tragar página por página.
—Sí, señorita Emma.
La pasante sale corriendo. Pobre. El primer mes en este piso es como aprender a nadar tirándote de un puente, lo sé porque hace tres años fui yo la que se tiró.
Son las nueve y catorce de la mañana y ya resolví dos crisis, contesté cuarenta correos y me tomé medio café frío, que a estas alturas es básicamente mi grupo sanguíneo.
Veintiocho años manejando mi vida como puedo, y resulta que lo único que hago bien es manejar la agenda de otro.
El señor Montenegro confía en mí más que en su propia sombra, y no es por linda. Su asistente personal lleva las cosas de afuera, los viajes, los almuerzos importantes, pero el piso, el piso lo manejo yo. Quién entra, qu











