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UNA NOCHE CON MI ESPOSO

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Sinopse

Renata acaba de enterrar a su padre cuando descubre que también está a punto de perder todo lo que él construyó. Su madre le ofrece una única salida: casarse con un hombre al que *p*n*s conoce. Un matrimonio por conveniencia que salvará la empresa familiar y le devolverá el legado de su padre… pero a cambio de renunciar a su libertad. Desesperada por tener al menos una decisión que sea realmente suya, Renata acepta una propuesta tan peligrosa como inesperada: una noche anónima con un desconocido. Sin nombres. Sin rostros. Sin preguntas. Lo que no imagina es que aquella noche cambiará su vida para siempre. Porque al día siguiente, vestida de novia, descubrirá que su futuro esposo es Leonardo Montero, un hombre frío, arrogante y decidido a mantenerla lejos de su corazón. Leonardo tampoco quiere ese matrimonio. Su padre lo ha obligado a casarse para entregarle finalmente el legado de su madre, mientras él carga con años de resentimiento, secretos familiares y una herida que nunca ha conseguido cerrar. Así comienza una convivencia marcada por el orgullo, las provocaciones y una atracción que ninguno de los dos está dispuesto a admitir. Pero mientras Renata lucha por recuperar el imperio de su padre y Leonardo intenta descubrir qué se esconde detrás de las personas que los obligaron a casarse, una amenaza mucho más peligrosa empieza a acercarse. Una impostora aparece asegurando ser la mujer que Leonardo lleva semanas buscando. Y detrás de ella hay alguien dispuesto a destruir su matrimonio, quedarse con la empresa y utilizar los secretos de ambas familias para separarlos. Él busca a una mujer que no puede olvidar. Ella guarda un secreto que podría cambiarlo todo. Y ninguno de los dos sabe que la persona que está buscando ha estado a su lado desde el principio. ¿Podrán descubrir la verdad antes de perder aquello que jamás pensaron encontrar?

Capítulo 1

Renata

Enterré a mi padre a las once de la mañana y a la una ya estaba firmando mi propia condena sin conocerle la cara al verdugo.

Llevo dos días sin probar bocado y no es por debilidad; es que el aire de esta ciudad se me atora en la garganta desde que bajé del avión. Estoy sentada en la cocina de una casa que no piso desde hace diez años, frente a una taza de café que no quiero y mirando a mi madre como a una completa extraña.

Labios carmín impecables. Uñas perfectas. Ni un solo cabello fuera de su sitio. Y esa mirada gélida que me confirma que regresé al mismo infierno del que mi padre intentó apartarme.

—Firma abajo —dice Roberta.

Jala la silla de enfrente, se sienta y desliza una carpeta gruesa hacia mí.

—¿Qué es esto?

—Léelo si quieres perder el tiempo. Pero firma.

Abro la carpeta. El sello rojo del banco no deja espacio a la imaginación. La casa familiar, la empresa y el departamento donde viví hasta hace dos días: todo hipotecado. Un plazo de gracia de *p*n*s veintitrés días antes del remate judicial.

Y detrás, en una segunda carpeta más delgada, un contrato con mi nombre impreso junto al de un desconocido. Arriba, una sola frase en mayúsculas: ACUERDO PREMATRIMONIAL.

—No entiendo —digo, aunque por dentro las piezas ya encajan con una crueldad perfecta.

—Te casas para salvar el patrimonio de tu padre. La familia del novio asume la deuda completa. Es un trato excelente.

—¿Casarme con quién? —Giro la hoja buscando una fotografía, un rostro, algo—. No sé quién es este hombre. Enterramos a papá hace cuatro horas.

—Es un buen partido. Lo conocerás mañana en la cena. La boda civil se firma este sábado.

Suelto una risa seca, rota, mientras la miro acomodarse el collar de perlas con la misma calma con la que repasaría una lista de compras.

—No.

—No es una propuesta, Renata. —Su tono baja dos grados, recuperando esa frialdad con la que me dominaba a los ocho años.

—Tengo título universitario, tengo experiencia, consigo trabajo en lo que sea. Vendemos los autos, las obras de arte, las joyas...

—No alcanza ni para los intereses.

—¡Entonces que se lo lleven todo! —Me pongo de pie de golpe; la silla chilla contra el piso—. Que embarguen hasta la última cuchara. Acabo de perder a mi padre y lo único que se te ocurre es venderme como ganado. ¿Alguna vez me quisiste, mamá? ¿Un solo día de tu vida?

El ardor en los ojos me traiciona. Odio llorar frente a ella, que me observa con la misma indiferencia con la que miraría llover detrás de un cristal blindado.

—Firma. Si de verdad amabas a Ernesto, cuidarás su legado.

El pecho se me hiela. Usó el nombre de mi padre. Puso el amor que le tengo sobre la mesa como una ficha de cambio. Convirtió al único hombre que me protegió en la soga con la que me ata las manos.

—Ya no tengo ocho años, Roberta. No me vas a manipular.

Ella junta las hojas con dos golpes secos sobre la madera, imperturbable.

—Basta de melodrama. Es un matrimonio por conveniencia. Pagamos las deudas, tomas el control de la empresa y en un año firmas el divorcio. Nadie te está pidiendo que te enamores.

—Diez años lejos y sigues siendo la misma mujer que me subió a un avión sin despedirse.

Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano. Y ahí, de golpe, entiendo las llamadas de los domingos, los "todavía no regreses, mi amor" de mi padre. Me estaba protegiendo de ella. Aunque el precio fuera perderme. Y ya nunca podré darle las gracias.

—El sábado te casas —dice Roberta mientras se levanta—. Ponte algo que no sea negro para la cena de mañana. Y come. Pareces un cadáver.

Sale de la cocina. El eco de sus tacones se apaga en el pasillo y segundos después la escucho reír al teléfono con alguien. Esa risa cristalina y alegre que jamás usó conmigo.

Me quedo sola frente a la mesa, temblando de rabia y de una impotencia que me asfixia.

Saco el teléfono solo por hacer algo con las manos, por no romper la taza contra la pared. Deslizo la pantalla en automático, sin mirar realmente nada —noticias, publicaciones ajenas, vidas normales de gente que no está siendo subastada por su propia madre—, hasta que un anuncio entre dos publicaciones me frena el pulgar.

Fondo negro mate. Tipografía dorada, sobria, elegante:

Club privado para caballeros de élite. Discreción absoluta. Contratos bajo estricta confidencialidad.

Lote especial: Si conserva su virtud, determine su propio valor por una sola noche.

Parpadeo. Un escalofrío me recorre la nuca.

¿Venderse? ¿Subastarse?

Siento una punzada de rechazo casi instintivo en el estómago. Tengo veinticuatro años, pasé media vida en internados religiosos entre libros, exigencias y una soledad intocable. La sola idea me parece una aberración, una locura de la que cualquier mujer sensata huiría de inmediato.

Voy a deslizar el dedo para borrarlo de mi vista.

Pero me detengo.

Miro la carpeta con el acuerdo prematrimonial abierta sobre la mesa. Miro el nombre del desconocido al que me van a entregar en cuatro días.

«De este sábado en adelante, ya nada de ti te pertenece», parece susurrar el silencio de la cocina.

Vuelvo a mirar la pantalla. El corazón me da un vuelco violento, lleno de vértigo y contradicciones. Es un disparate. Es peligroso. Es algo que jamás imaginé siquiera considerar.

Y sin embargo, la idea ya cayó como una brasa en hierba seca.

No copio el número, pero tampoco cierro la pestaña. Bloqueo el teléfono con la respiración entrecortada, sintiendo el peso del aparato en la palma de la mano como si fuera una granada sin seguro.

El sábado me casan a la fuerza. Y por primera vez en toda la semana, una duda oscura, prohibida y desesperada me quema por dentro. L

LEONARDO.

Llevo dieciséis años sin firmar nada que venga de mi padre, y esta noche la sonrisa con la que me recibe me confirma que ya tiene la soga cortada a mi medida.

Me hace esperar de pie frente a su escritorio mientras revisa papeles que perfectamente podría firmar mañana. Su truco de siempre: hacerme mirar cómo se toma su tiempo para recordarme quién cree que manda.

M*ld*t* viejo, pienso, metiendo las manos en los bolsillos. Un día de estos se le va a caer la fachada de patriarca intocable.

—Te vas a casar —dice, sin levantar la vista.

—¿De qué demonios hablas?

—El sábado conoces a tu prometida y la boda es en nueve días.

Deja la pluma despacio. Junta las manos sobre el escritorio y por fin me mira, con esa calma de usurero que nunca pierde una negociación.

—Ya está todo arreglado.

—Arreglado por ti. Búscate a otro para tu circo, yo no voy a casarme con nadie.

—No te estoy pidiendo permiso, Leonardo. —Su tono no sube ni un decibel, y eso es lo que más me revuelve el estómago—. Si para el sábado no estás casado, revoco los fideicomisos. Todo el patrimonio de tu madre que tienes bajo tu gestión vuelve a mis manos y te congelo el acceso a las cuentas esta misma noche.

Se me tensa la mandíbula. Directo a la yugular.

El viejo sabe exactamente dónde golpear. La naviera y los activos que administro son lo único que quedó de la familia de mi madre; llevo años reconstruyéndolos con mis propias manos para que no dependan de él, pero legalmente él todavía tiene la llave del candado.

—Estás usando lo de mi madre para ponerme una correa.

Federico ni parpadea.

—Tu madre está muerta y sus bienes siguen bajo mi firma. Si firmas el acuerdo y cumples con el año de matrimonio, te cedo el traspaso definitivo y desaparezco de tu vida. Si no, te quedas en la calle y sin su legado. Decide.

Miro la carpeta que empuja hacia mí. No necesito abrirla para saber lo que significa: si no acepto su farsa, destruye en un segundo los años que pasé rescatando lo que era de ella.

Cree que me tiene acorralado, pienso mientras me trago la bilis. Cree que me compra, pero lo único que va a lograr es entregarme la última pieza para sacarlo de mi vida para siempre.

—¿Quién es la mujer? —La voz me sale áspera.

—La hija de una vieja amiga. Eran de buena familia hasta que el padre murió y las dejó en la quiebra absoluta. —Se encoge de hombros—. Le conviene tanto como a ti.

—No me interesa su vida.

—A ti nunca te interesa nadie. —Y ahí sonríe, tranquilo—. Por eso van a ser el matrimonio perfecto. Dos témpanos de hielo. Se van a entender de maravilla.

Dos témpanos. Qué considerado. Seguro es una niña mimada desesperada por no perder su estatus, ya me encargaré de mantenerla lo bastante lejos como para no tener que mirarle la cara.

—Pásame la pluma.

Federico me la extiende con un brillo de triunfo en los ojos que me dan ganas de borrárselo de un golpe. Abro la carpeta, paso directo al acuerdo prematrimonial y me encuentro con un nombre impreso sobre la línea en blanco: Renata.

Ninguna foto. Solo la edad, el domicilio y sus años de estudio afuera. Una desconocida que en nueve días tendrá mi apellido.

Firmo.

La pluma raspa el papel con un trazo seco. Cierro la carpeta y se la devuelvo de golpe contra el escritorio. Federico la recoge, la guarda en el cajón y gira la llave despacio, mirándome para que escuche el chasquido del cerrojo.

—Vas a agradecérmelo —dice.

Casi suelto una risa amarga. Me pongo de pie sin darle la mano.

—El sábado.

Salgo al pasillo antes de que responda. Me apoyo en la pared fría y por fin suelto el aire que contuve adentro. La cicatriz del abdomen me late con fuerza, como siempre que él nombra a mi madre.

Cierro los ojos un segundo en la penumbra. Y por primera vez pienso en la mujer del contrato, en la desconocida que acaba de firmar lo mismo al otro lado de la ciudad.

Pobre mujer. No tiene idea del hombre roto al que la acaban de atar.

Capítulo 3

Renata

La peluca roja la saqué del clóset de mamá y sé que me mataría de saberlo, pero solo de imaginar su cara si supiera para qué la uso me da risa. Es lo más divertido que le he sacado a esa mujer en diez años, y ni siquiera se va a enterar.

—Estamos a punto de llegar, señorita —dice el taxista, y eso me devuelve a la realidad.

Ah, sí. La realidad. Esa donde voy camino a un burdel de lujo a rematar mi virginidad como quien vende el carro antes de que llegue el banco a llevárselo. Sé que es una locura. También sé que es lo único mío que nadie firmó por mí esta semana, así que aquí estoy.

Bajo del taxi, me acomodo las gafas que me tapan media cara, y al enderezarme me veo en el vidrio del edificio. Enorme, elegante, de esos que te miran por encima del hombro, aunque sean solo ladrillos.

Y en el reflejo no estoy yo. Está mi madre a los veinte.

Qué considerada la genética, regalarme la cara de la última persona que no quiero ver ju

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