
Marcada por el Alpha
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Annotation
Astrid Hale lleva una vida tranquila como humana, sin saber que su destino está ligado a un mundo oculto. Todo cambia la noche en que es atacada en el bosque y rescatada por Kael Darnell, un hombre de mirada intensa y un aura peligrosa. Lo que Astrid no sabe es que Kael es un Alfa… y que ella es su pareja destinada. Pero hay un problema: los humanos y los lobos no deben mezclarse. Kael está dividido entre protegerla y alejarla, pero cuando el Cónclave, un grupo de lobos que vela por la pureza de la sangre licántropa, se entera de su existencia, el peligro se vuelve real. Astrid es declarada una amenaza y solo tiene dos opciones: huir o aceptar su destino como la compañera de un Alfa… y tal vez algo más. Entre traiciones, secretos del pasado y un amor que desafía todas las reglas, Astrid descubrirá que su conexión con los lobos es más profunda de lo que imagina.
Chapter 1
Capitulo 1: Sombras en el bosque
El aire, helado y espeso, parecía volverse más denso a medida que la figura del hombre se acercaba. Astrid, con el corazón desbocado, *p*n*s podía captar el sonido de sus propios pensamientos sobre el rugido sordo del viento. La luna, como una perla brillando entre las ramas de los árboles, iluminaba la escena con una luz plateada que hacía que las sombras parecieran danzar alrededor de ellos.
El hombre no se movió, su postura erguida, dominante, como si el bosque entero estuviera en silencio solo para escuchar su presencia. La niebla se deslizaba entre sus pies, envolviendo el suelo en un manto de blancura, pero sus ojos, esos ojos dorados, brillaban a través de la oscuridad con una intensidad que la cegaba. Cada respiración de él era como un rugido bajo su pecho, fuerte, palpable, como si el aire mismo se agitara a su alrededor.
Astrid, todavía tirada en el suelo, no podía apartar la vista de él. Sus ojos dorados no dejaban de brillar, como dos faros en la oscuridad, y una sensación extraña—un retorcido torbellino de miedo y fascinación—se apoderó de su estómago. El gruñido del lobo oscuro había desaparecido, pero el silencio que quedaba era pesado, denso, como si el mundo entero estuviera esperando algo. Algo que ella no entendía.
—¿Quién... quién eres? —logró preguntar, su voz temblorosa como si cada palabra le costara más que la anterior. Sus labios estaban fríos, y su respiración se entrecortaba, aún aferrándose a los restos de pánico.
El hombre no respondió de inmediato. En su lugar, su mirada se desvió hacia el lobo caído a un lado, observando cómo el animal se levantaba, sacudiéndose el polvo y los restos de la pelea. La criatura, aunque imponente, parecía haber perdido la voluntad de atacar al desconocido. Parecía que el lobo, ahora con una mirada llena de odio, comprendía que había encontrado algo mucho más peligroso que él.
Astrid no sabía si debía levantarse o quedarse donde estaba, pero el hombre la miraba como si esperara que tomara una decisión. Su presencia era asfixiante, imponente, y había algo sobre él—algo primitivo—que la hacía querer huir, pero a la vez, no podía moverse. La atracción era tan fuerte como el miedo, y se debatía entre correr hacia la seguridad del bosque o quedarse allí, inmóvil, esperando a saber qué haría él.
Finalmente, el hombre habló, y su voz resonó en el aire con un eco profundo que parecía retumbar en su pecho.
—No deberías estar aquí. —La forma en que pronunció esas palabras no era un reproche, sino una advertencia, una que parecía venir de siglos de conocimiento y experiencia.
Astrid sintió que sus piernas se doblaban, pero no de miedo. Era más bien una sensación de asombro, como si sus músculos no pudieran soportar todo lo que estaba sucediendo alrededor de ella. No sabía qué hacer ni qué decir. ¿Quién era ese hombre, y qué significaba su presencia en ese bosque oscuro? ¿Por qué estaba aquí para salvarla, si ni siquiera la conocía?
—¿Qué... qué está pasando? —logró preguntar, el miedo comenzando a disolverse lentamente, pero siendo reemplazado por una curiosidad abrumadora.
El hombre dio un paso hacia ella, y su sombra creció aún más grande, engullendo la luz de la luna y sumiéndola en una oscuridad aún más profunda. Astrid pudo oler la tierra húmeda, el musgo que crecía entre las raíces de los árboles, y algo más... algo salvaje, algo indomable que venía de él.
—El bosque no es un lugar para personas como tú —dijo, su voz baja, grave, como el sonido de un trueno lejano. Cada palabra parecía pesar como si el bosque entero la estuviera absorbiendo. Sus ojos dorados se entrecerraron, y su mirada pasó de ser penetrante a algo más cálido, algo casi... humano. Pero Astrid pudo notar que había algo en su postura que no encajaba. No era simplemente un hombre. Había algo más en él. Algo que la hacía sentirse más pequeña, más vulnerable, pero al mismo tiempo, como si hubiera una conexión inexplicable entre ellos.
—¿Qué... qué eres? —se atrevió a preguntar, su voz entrecortada por la confusión.
El hombre, por un instante, pareció vacilar. Sus ojos dorados se suavizaron, pero su cuerpo seguía tenso, como una cuerda a punto de romperse. Finalmente, respiró hondo y sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, como si lo que estaba a punto de decirle fuera una verdad demasiado grande para asimilar en ese momento.
—Soy Kael. —La forma en que dijo su nombre era tan sencilla, pero cargada de una historia no contada, una historia que Astrid no podía ni imaginar. —Y tú no deberías estar aquí. No eres parte de este mundo.
Astrid tragó saliva. El aire, ahora más frío que nunca, le calaba hasta los huesos, pero no podía apartar la mirada de él. Un sentimiento inexplicable la envolvía, algo entre la necesidad de comprender lo que estaba sucediendo y la desesperación por escapar de lo desconocido.
Antes de que pudiera decir algo más, Kael dio un paso hacia ella, y sin previo aviso, la levantó con una mano firme pero cuidadosa, como si fuera algo frágil. Astrid se sintió atrapada en su presencia, el calor de su cuerpo era tan intenso que le hizo olvidar el frío de la noche.
—Tienes que irte de aquí —dijo, más suave ahora, pero con una firmeza que no dejaba lugar a dudas. Y aunque las palabras eran claras, había algo en su mirada que la hacía sentir que su destino estaba irremediablemente entrelazado con el suyo.
Astrid, sin embargo, no podía dejar de mirarlo, de preguntarse quién era realmente este hombre... y por qué sentía que su vida ya no sería la misma después de ese encuentro.
El aire, helado y espeso, parecía volverse más denso a medida que la figura del hombre se acercaba. Astrid, con el corazón desbocado, *p*n*s podía captar el sonido de sus propios pensamientos sobre el rugido sordo del viento. La luna, como una perla brillante entre las ramas de los árboles, iluminaba la escena con una luz plateada que hacía que las sombras parecieran danzar alrededor de ellos. Pero algo no estaba bien. Este momento… ¿no era familiar? Había algo en el aire que le resultaba extrañamente cercano, como si ya lo hubiera vivido antes. El pánico y la incredulidad se entrelazaban en su pecho, y por un momento, Astrid se preguntó si todo aquello no era solo una pesadilla más.
"Esto no es real", se repitió una y otra vez en su mente, un mantra desesperado. Pero no podía apartar la vista del hombre, sus ojos dorados brillando a través de la oscuridad con una intensidad que la cegaba. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero la sensación de familiaridad no se iba, como si hubiera soñado con este momento innumerables veces antes.
"Es otro sueño", se dijo a sí misma, como si eso pudiera hacer que todo desapareciera. Pero el viento frío y cortante que azotaba su rostro, la humedad en el aire, el ruido de sus respiraciones entrecortadas… todo se sentía demasiado real.
El hombre no se movió, pero su mirada nunca se apartó de ella. Los segundos parecían estirarse, eternos, y algo dentro de Astrid se rompió. Este encuentro no era real, no podía serlo. No podía ser. En sus sueños, siempre se quedaba atrapada, siempre estaba sola, siempre era incapaz de moverse. Pero aquí, en el bosque, ella estaba viva, y ese hombre, esa presencia, era demasiado grande, demasiado poderosa.
El pensamiento de escapar la invadió con una claridad feroz. Tengo que irme de aquí, pensó. Antes de que él pudiera decir otra palabra, Astrid dio un paso hacia atrás, y luego, otro. Su cuerpo estaba tenso, las piernas temblando, pero la adrenalina empezó a inundarla. No le importaba qué tan loco fuera todo esto, tenía que huir. Tenía que alejarse.
Y sin pensarlo, comenzó a correr, sus pies golpeando el suelo con furia mientras el miedo la impulsaba hacia adelante. Es otro sueño, otro sueño, solo un sueño, se repitió, intentando convencerse de que todo esto desaparecería si lograba escapar.
Pero sus pies tropezaron con una raíz oculta en el suelo, y antes de que pudiera siquiera gritar, el suelo desapareció bajo ella. Con un grito ahogado, Astrid cayó por un desnivel, rodando cuesta abajo entre las hojas y la tierra húmeda, el sonido de su cuerpo chocando contra las rocas y ramas *p*n*s audible por el rugido de su propio corazón. El aire le cortaba la piel, y sus brazos y piernas se rasgaban contra las piedras, pero no podía detenerse, no podía pensar. Solo quería alejarse de él, de ese hombre con los ojos dorados que parecía sacado de un sueño, uno del que ella no podía despertar.
Finalmente, su cuerpo se detuvo con un fuerte golpe, el dolor punzante de sus costillas y muñeca dándole un recordatorio cruel de la realidad. Temblorosa, intentó incorporarse, pero antes de que pudiera siquiera intentar levantarse, una sombra enorme se cernió sobre ella, bloqueando la luz de la luna.
Kael.
Su corazón se aceleró aún más. No puede ser… Pensó, el miedo regresando con fuerza. Se obligó a levantar la vista, y ahí estaba él, su figura erguida y dominante, su mirada fija en ella con una intensidad abrasadora. Astrid intentó retroceder, pero sus fuerzas la abandonaron y todo a su alrededor comenzó a girar.
—Te dije que no debías estar aquí —la voz de Kael resonó con una calma fría, casi predestinada, mientras su sombra la envolvía, tapando toda la luz de la luna.
Astrid intentó hablar, pero solo pudo emitir un susurro. Su cuerpo no respondía, y su cabeza comenzó a sentirse como si estuviera llena de nubes. El miedo, la fatiga, todo el terror acumulado en su pecho, explotó en un solo grito de desesperación, pero fue en vano. Su cuerpo colapsó, y la oscuridad la envolvió.
Antes de que todo se desvaneciera, su visión se nubló por completo, pero una última imagen se grabó en su mente. Kael, inclinándose hacia ella, con su rostro tan cerca que podía sentir su calor. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra mientras se acercaba a ella, y sus palabras, aunque no fueron entendidas completamente, resonaron en su mente con la misma intensidad con la que sus ojos la atravesaban.
"Es demasiado tarde para huir
Chapter 2
Capítulo 2: El Llamado de la Conexión
El viento seguía rugiendo a través de los árboles, pero ya no era el único sonido que Astrid podía escuchar. La respiración de Kael, profunda y estable, vibraba en el aire. Su cuerpo, cálido y sólido, la rodeaba con una seguridad que parecía contradecir la oscuridad y la violencia del mundo exterior. Astrid estaba en sus brazos, aun bajo el hechizo del miedo y la confusión, pero algo dentro de ella, en lo más profundo de su ser, ya empezaba a despertar.
Las ramas crujian bajo sus pies mientras Kael la llevaba a través del bosque. No era una caminata común. Su presencia a su lado era tan intensa que Astrid sentía como si sus pasos fueran guiados por una fuerza desconocida, como si el bosque mismo estuviera apartándose para permitirles el paso. A su alrededor, los árboles parecían susurrar, sus hojas temblaban al ritmo del viento, pero todo aquello era secundario frente a la figura de Kael.
Al llegar a la cabaña, Astrid *p*n*s po











