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Marcada por el Alfa Exiliado.

  • Genre: Werewolf
  • Author: susveg
  • Chapters: 122
  • Status: Completed
  • Age Rating: 18+
  • 👁 252
  • 7.0
  • 💬 4

Annotation

Nadie se atreve a pronunciar su nombre en la noche. Kael Dravhen, el Alfa exiliado, ha dejado una estela de muerte y leyenda tras él. Su alma está rota y su bestia al borde de la locura. El último hilo que lo separa de la corrupción es encontrar algo que le devuelva el control... o perderse para siempre. Aria Sullivan solo quiere sobrevivir a una vida que nunca le dio tregua. Lleva una marca en la piel que la hace diferente, pero nunca imaginó que sería el motivo de su cacería. Un encuentro violento, un rescate marcado por la sangre, y el vínculo imposible: Kael reconoce a Aria como su mate... pero ella es la clave de un ritual que puede destruirlos a todos. Entre la obsesión salvaje del Alfa y el peligro constante de enemigos invisibles, Aria debe elegir entre entregarse al destino o convertirse en el arma que todos temen. Pero en este mundo, nada es seguro. Ni la salvación, ni el amor, ni la vida.

Capítulo 1 – Marca de Sangre

Nunca he sido de las que creen en leyendas, ni en monstruos que acechan en la oscuridad. Siempre pensé que sobrevivir era cuestión de rutina y precauciones, de mantener la cabeza baja y no llamar la atención. Pero esta noche, mientras camino sola bajo la lluvia, hay algo en el aire que me hace pensar en todas esas historias de miedo que escuché de niña. Algo me dice que debería haber corrido antes. 

La ciudad parece diferente cuando está vacía. El ruido de los autos desaparece, la gente se esconde y las luces parpadean como si estuvieran a punto de rendirse. Aprieto la chaqueta contra mi cuerpo y acelero el paso, contando mentalmente los metros que me separan de la puerta de mi apartamento. Una, dos, tres manzanas. Un último esfuerzo. 

El bolso me pesa más de lo habitual, y la marca en mi clavícula me arde bajo la tela como si alguien la hubiera encendido con un fósforo. No sé por qué, pero la siento viva, palpitando. Intento ignorarla, igual que he hecho siempre. Desde que tengo memoria, esa media luna blanca ha estado ahí, recordándome que soy distinta sin razón aparente. Hoy, sin embargo, la siento casi como una advertencia. 

Cruzo la calle, el agua me empapa los zapatos y siento el frío en los huesos. Miro por encima del hombro, sin quererlo, y el miedo me muerde el estómago. No veo a nadie, pero juro que percibo algo moviéndose en las sombras. Me obligo a seguir andando. No quiero parecer una paranoica, pero mi corazón late tan rápido que tengo que detenerme para respirar. Escucho un crujido detrás de mí y giro de golpe, clavando la mirada en el callejón junto al club donde trabajo. 

El farol parpadea. El viento mueve las bolsas de basura, pero hay algo más. Un sonido grave, casi como un gruñido, retumba en la noche. Me digo que es un animal, que seguramente hay gatos hurgando entre los restos de comida. Pero ese sonido... no es de ningún gato que haya escuchado antes. 

Agarro mis llaves con fuerza, los nudillos blancos. —Solo son nervios, Aria —murmuro, intentando convencerme. 

Doy un paso más y, de repente, la marca en mi clavícula arde como si alguien la hubiera mordido. Me llevo la mano al cuello, jadeo. La sensación es tan fuerte que casi me caigo. Es una punzada eléctrica, brutal, inexplicable. No entiendo nada, pero el miedo me hace correr. Las botas chapotean en los charcos y la mochila golpea mi espalda. 

Un ruido seco, demasiado cerca. Alguien, o algo, se mueve a mis espaldas. Siento una presencia, pesada, oscura, como una sombra que se materializa justo al lado de mi oído. Antes de que pueda gritar, una fuerza me empuja de espaldas contra la pared húmeda. El aire se escapa de mis pulmones. No veo nada, solo una silueta enorme, más grande que cualquier hombre, con ojos que relucen como brasas bajo la lluvia. 

Intento luchar, araño, golpeo, pateo, pero mis manos parecen insignificantes contra esa masa de músculo y furia. El miedo me llena la garganta, y sólo puedo pensar en sobrevivir un segundo más. Siento un aliento áspero, salvaje, y unas garras me sujetan los hombros. Hay sangre en mi boca, no sé si es mía o no. Me ahogo. 

De repente, algo cambia. Un rugido retumba en la noche, tan fuerte que vibra en el suelo y en mis huesos. La criatura encima de mí es apartada con una violencia sobrehumana. Caigo al suelo, golpeando la cabeza. Todo se vuelve confuso, la lluvia, el barro, el dolor. Me arrastro por el asfalto, intento alejarme, pero mis piernas no responden. 

Levanto la vista. Hay dos figuras peleando en medio de la calle, bestiales, salvajes. No sé si son hombres, animales o algo peor. El primero se mueve con una rapidez imposible, el otro gruñe y golpea con garras enormes. Veo destellos de colmillos, músculos tensos, sangre. Un espectáculo que no tiene sentido en el mundo real. Me digo que estoy soñando, que he perdido la cabeza. Me tapo los oídos y cierro los ojos. 

Pero la pelea no tarda mucho. Un aullido final, un chasquido seco, y el silencio lo cubre todo como una sábana. Entonces siento pasos acercándose, lentos, pesados. Mi instinto me dice que huya, pero el cuerpo no responde. 

Una figura se arrodilla a mi lado. Noto su calor, su peso, su respiración acelerada. Abro los ojos y lo veo. Un hombre, sí, pero no del todo. Alto, enorme, la ropa rasgada, la piel marcada por cicatrices. El pelo negro le cae sobre la frente, pegado por la lluvia. Sus ojos grises me buscan, me atraviesan. Hay algo salvaje en ellos, pero también una chispa de humanidad, de miedo quizá. O rabia. 

—¿Estás herida? —Su voz es ronca, más animal que humana. 

Intento hablar, pero la garganta me arde. Solo asiento, tragando saliva. Él me observa, la mandíbula tensa. Parece a punto de romper algo, o de romperse él mismo. 

Me aparta un mechón de pelo de la cara. Sus dedos tocan mi clavícula, justo sobre la marca. La siento arder de nuevo, mucho más fuerte. Es como si una corriente eléctrica me recorriera de pies a cabeza. No puedo evitar estremecerme. Él también lo siente; sus ojos se abren más, y por un segundo parece perdido. 

—No puede ser… —susurra, con una mezcla de sorpresa y terror. 

Quiero preguntar qué significa eso, pero las palabras no salen. Solo hay dolor y una confusión absoluta. Él se queda quieto, observándome como si viera un fantasma. Yo apenas respiro, el corazón al borde del colapso. 

El tiempo se detiene. Solo estamos él y yo, la lluvia, la noche, y ese silencio denso donde todo es posible y todo da miedo. 

—No tienes por qué temerme —dice al fin, y en su voz hay algo que no sé si me tranquiliza o me asusta más. 

Pero no puedo moverme. Ni pensar. La única certeza es que nada será igual después de esta noche. Que el monstruo al que todos temen acaba de mirarme a los ojos, y yo he sentido algo que va más allá del miedo. 

Me esfuerzo por incorporarme. Él me ofrece una mano, y al tomarla, la marca arde una vez más. No entiendo nada, pero hay una parte de mí que sabe, sin palabras, que estoy en el borde de algo enorme. De algo peligroso. 

—¿Quién eres? —consigo preguntar, aunque la voz me sale temblorosa. 

Él me mira largo rato antes de responder. —Alguien que nunca debiste encontrar —dice. Y en ese instante, el universo entero parece inclinarse sobre nosotros, como si la tormenta, la marca y esos ojos grises fueran solo el principio de una historia para la que no estoy preparada. 

La lluvia se intensifica. A lo lejos, las sirenas cortan la noche. Yo solo puedo mirar a ese hombre, a ese monstruo, y preguntarme si salí viva o si esto es el principio de un fin del que no hay regreso. 

 

Capítulo 2 – Ojos de Bestia

La sangre nunca se va del todo. Puede que la lluvia la arrastre por las alcantarillas, que el viento disperse el olor, pero en mi cabeza permanece. Me agacho junto al cuerpo de la criatura que acabo de matar y escucho mi propia respiración, agitada, casi animal. La ciudad, ese monstruo de concreto y secretos, ahora es solo ruido de fondo. Aquí, bajo la lluvia, todo es instinto y recuerdo.

La chica tiembla, acuclillada junto al bordillo, con los ojos demasiado abiertos y la ropa empapada. Sus nudillos están blancos por la tensión. La miro, intentando entender qué demonios se supone que debo hacer ahora. Protegerla fue un impulso. ¿Matar por ella? Eso no entra en mis planes, y sin embargo, lo hice sin pensar.

Cuando la bestia que la atacaba cayó, noté algo que no sentía hace años: la urgencia de vivir. No por mí. Por ella.

Me obligo a controlar el temblor en mis manos y limpio la sangre en mi pantalón. No puedo dejar que el lobo tome el control. No ahora. No aquí.

Heroes

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