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Humana del alfa

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Annotation

Elizabeth siempre sufrió los maltratos de su hermano Manuel. Encuentra su libertad, cuando es vendida por su hermano a un Duque, en realidad un hombre lobo. Ella se enamora de otro hombre lobo que encuentra herido, pero pronto tendrá que decidir entre su deber y corazón. ¿Quién tendrá a su mate?

Chapter 1

—Manuel…

—¿Cómo… se te ocurre? ¡Me dirás ahora mismo donde estabas! En una hora viene tu prometido, maldita –exclamó aún furioso. Tomó una fusta de cuero, y caminó hacia mí.

—No la golpee –comentó la voz temblorosa de mi doncella. Se paró frente a mí, y sentí que mi cuerpo se desvanecería.

—¿Quieres ser golpeada? –quiso saber dando un paso hacia María. La observé negando, no había que enfrentarlo.

—Señor… perdón mi impertinencia. Si la golpea, quizás su prometido no la quiera –susurró y el asintió bajando el cuero.

—Tienes razón, ve y prepárala.

Aliviada, corrí hacia la habitación y al quedar encerrada con María la envolví en un abrazo.

—Gracias… —comenté y ella negó.

—¿Dónde estaba señorita? –quiso saber, mientras me quitaba con lentitud el vestido –le preparé un baño de agua caliente.

—G—gracias… si te digo, pensarás que enloquecí –comenté con una mueca triste. Quizás si lo estaba después de todo.

—Cuénteme, he escuchado muchas cosas a lo largo de este siglo –susurró y quitó las capas destrozadas de mi vestido –tiene sangre…

—No es mía –repuse y ella me observó asombrada –es decir.. ayudé a un hombre. Estaba herido y… era un hombre lobo. Sí. Eso.

—¿H—hombre lobo? –preguntó temblorosa y asentí.

—pero seguramente me lo imaginé. Estaba congelada, ayer… también estaba congelada y… debí imaginar que…

—Señorita. Existen… yo… los vi. Hace muchos años atrás… —murmuró y la observé con sorpresa.

—No estoy loca ¿enserio? –pregunté asombrada y después al percatarme de lo que hice, me quedé estática –Ay no…

—¿Qué pasó? –preguntó acercándose a mí, estábamos yendo al baño.

—Yo… m**rd*, me entregué –susurré cubriéndome el rostro. Pero no pude evitar sonreir al recordar sus labios sobre mi… vagina.

—¡Señorita! Se va a casar –espetó y yo asentí –ellos… se mezclan entre nosotros –explicó y levanté una ceja sin comprender. Ella suspiró, entendiendo mi rostro de: ¿qué? –algunos siguen en manadas, y otros… se mezclan entre nosotros. Hay Duques, Marqueses, Condes, incluso en la realeza. Nadie duda de ellos.

—¿De verdad? ¿cómo sabes? –pregunté curiosa, y cuando terminé de estar desnuda, me cubrpi hasta la nariz con agua –oh… agua caliente –comenté con alivio.

—Mi… —intentó decir pero se quebró a medio camino. Me sorprendí de ver a María llorando, la tomé de la mano –lo siento Miladi…

—No se preocupe. Creo que no me corresponde saber, lo siento –susurré y ella negó.

—Mi alma gemela, era un lobo –explicó y la observé con sorpresa –lo mataron… ellos… lo mataron..

—¿Ellos quienes? –quise saber sorprendida, abriendo los ojos con sorpresa sin comprender.

—Son varias manadas señorita. Solamente quieren poder ¿qué clase de hombre lobo estuvo con usted?

—No lo sé. Él… ¡sabía mucho de medicina! –exclamé recordando, señalando eso a ella. Hizo una mueca.

—Debe ser un Omega –comentó y no entendí ni pío a que se refería –son… una clase baja –explicó y yo asentí.

—Se veía… irreal –comenté recordando su cuerpo y su perfecto rostro –su cabello era blanco y me besó… —comenté con una sonrisa, acariciando mis labios.

—Me retiro señorita –comenta María y asiento. Me envuelvo en el agua, sonriendo al recordar el rostro de aquel hombre lobo. Era precioso y… nunca había sentido algo asi por nadie. Me reí, pero pronto ingresó María con una toalla. Me secó el cuerpo, y luego comenzó a maquillarme y acomodar mi cabello.

No debía ilusionarme con ese hombre, me casaré. Hice una mueca de tristeza, no quería hacerlo. No quería casarme con ese hombre, quería… m**rd* ¿qué quería? Un imposible. Como todo lo que yo añoraba en esta vida.

—No vives en un cuento Elizabeth –comenté reganándome a mí misma, bufé frustrada pero esos ojos no abandonaban mis pensamientos.

Pronto, ingreso Manuel desesperado.

—Ya llegó –comentó y se dio la vuelta sin prestarme atención.

—Está preciosa –susurró y yo asentí mirándome al espejo. Hice una mueca, sintiendo que me desmayaría en cualquier instante. Pronto avanzamos por el pasillo, lo hice sin demasiado entusiasmo, porque para ser sincera ¿Quién estaría ansiosa por estar con un desconocido? Yo… era diferente. Rebelde. Así me llamaba Manuel.

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Meses antes..

 

 

—¡Elizabeth! –gritó la voz de Manuel, emití una mueca y me escabullí entre los árboles. La nieve, se comió mis pies como fango. Me reí al sentir pequeñas chispas de nieve, chocando mi rostro.

Manuel, era mi hermanastro. En realidad me acogieron en su familia cuando tenía diez años, pero no éramos hermanos de sangre. Manuel me detestaba y en parte, le entendía. Cuando llegó el hambre a nuestra familia, yo era una boca mas que alimentar.

Me agradaba tararear canciones inventadas, mientras juntaba algunas ramas de pino. Me encantaban sus hojas, cuando de pronto escuché un sonido extraño. Me giré asustado, las ramas de cayeron sobre mis pies.

—Auch… —protesté y me incliné sobre mi vestido. Al levantar la vista, frente a mí observé a un lobo con el pelaje blanco. Su color se camuflaba con la nieve, *p*n*s lo había visto.

—¡Hola perrito! –exclamé con una sonrisa estirando la mano. El “perro”, pareció ofendido porque gruñó en cuanto dije esas palabras.

Me ladró y se dio la vuelta para ignorarme. Curiosa, lo seguí. Giró su hocico hacia mí, y gruñó nuevamente en mi dirección. Sin comprender me encogí de hombros, y después de escuchar nuevamente los gritos de Manuel regresé.

—¡Elizabeth! –seguía insistiendo e hice una mueca. En cuanto empujé la puerta del jardín, ingresé a la casa. El aroma a leña quemada, invadió el ambiente.

—Estoy acá –exclamé con una sonrisa, bailando de un lado al otro. Me agradaba el vestido pomposo, se expandía mientras danzaba. Pero mi alegría se terminó, al ser interceptada por Manuel.

Me sostuvo del cuello, mientras yo intentaba respirar, presionando sus manos con las mías.

—¿Dónde estabas? –preguntó y lo observé como si fuera lo obvio. No había demasiado aquí afuera, más que árboles y nieve.

—G—Manuel…

—En dos días, vendrá tu prometido Elizabeth. Deja de perderte en el m*ld*t* bosque –exclamó empujándome al suelo. Caí de rodillas, y presioné mi cuello con dificultad. Levanté la vista y mis ojos tenían lágrimas que no, no derramaría ante él.

—Sí… —comenté y el se marchó dejándome sola.

Estábamos solos. Pero él, me estaba utilizando como moneda de cambio, nada más. Mis ojos se llenaron de lágrimas de nuevo, y esta vez en el regocijo de mi habitación me permití llorar.

Mis sollozos alcanzaron tristemente toda la habitación, y me quedé dormida sobre la cama. Era mi triste destino, y no podía escapar de él.

A la mañana siguiente, una doncella estaba de pie frente a mí. Sostenía una bandeja con una taza de té y un trozo de pastel.

—Qué lindo… desayuno –comenté con una sonrisa y ella, observó mi cuello preocupada.

—Le traje unos urgentos, le harán bien. No deje que Lord la maltrate –susurró apenada y yo negué con una sonrisa triste.

—Es… mi destino –susurré y ella negó, mientras abría la puerta para dejarme sola. Cuando estaba por tomar la primera taza de té, escuché algo. Levanté mi torso, alisando mi vestido y observé por la vieja ventana, al mismo perro.

Chapter 2

Con una sonrisa, tomé un trozo de pastel y junto a una chalina de lana, salí despavorida por el jardín. No tenía muchas cosas nuevas en este encierro. Y aquel perro blanco, era lo mas novedoso para mí.

—¡Hola perrito! –exclamé con entusiasmo, sentándome frente a él y dejando un trozo de pastel frente a sus ojos. El mismo pareció bufar, observando con una mueca la comida. —¿No te gusta? –quise saber y me encogí de hombros.

Se giró ignorándome y decidí seguirlo. Caminamos pocos pasos, antes de llegar al bosque el cual quedaba pegado a la pequeña casa. Comencé a cantar una canción, y el perro protestó.

—Oye, no canto tan feo –susurré divertida y siguió avanzando. Cuando ya no se veía la casa, se detuvo —¿Qué pasa? –pregunté para acercarme y tocar por primera vez su pelaje en contra de mis finos dedos. Era suave, mucho más de lo que me imaginé. Pero mi contacto, pareció no gustarle porque me gruñía.

Recuerdo que mi madre siempre me decía, Eli la curiosidad es pel

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