
Entre Tinieblas
- Genre: Werewolf
- Author: Chriss Valladares
- Chapters: 56
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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Annotation
Cristel creció bajo la guía de su abuela paterna, Amaranta, una mujer sabia y fuerte que le enseñó a amar y respetar el bosque, alejándola del estilo de vida tradicional del pueblo. Cristel era rebelde, independiente y desafiaba las normas sociales que dictaban su destino como mujer. Todo cambió cuando Amaranta falleció repentinamente. Al ser rechazada por el sacerdote para ser enterrada en el cementerio del pueblo debido a rumores de brujería, Cristel volcó su rabia en una cruzada silenciosa contra las figuras autoritarias del pueblo. Sin embargo, la llegada de un nuevo sacerdote, el enigmático padre William, alteró el equilibrio de Legenden. Su presencia parecía despertar antiguos secretos y una nueva ola de desapariciones comenzó a acechar al pueblo. Cristel pronto se dio cuenta de que las sombras del bosque no eran su único enemigo: había fuerzas dentro del pueblo, visibles e invisibles, decididas a silenciarla.
Prólogo.
En lo profundo de los bosques al norte de la creciente ciudad de Ipswich, cuatro familias fundadoras llegaron en busca de un nuevo hogar, lejos de la incertidumbre que amenazaba sus vidas. El claro en el que se establecieron les ofreció todo lo necesario para prosperar y, con el tiempo, más familias sin rumbo se unieron a ellos. La modernidad no tardó en alcanzarlos: el tren llegó a sus tierras, pero la comunidad conservó la serenidad que tanto anhelaban.
Lo que comenzó con diez casas, pronto se convirtió en cincuenta. Generaciones nacieron y crecieron en el pueblo de Legenden, nombre elegido por sus primeros pobladores. De todas las familias que echaron raíces allí, una destacó sobre las demás: los Haggard. Dos generaciones habían vivido en Legenden cuando Ezequiel Haggard contrajo matrimonio con Dina Osiel, única hija de una de las familias fundadoras. Todos esperaban con ansias el nacimiento de la nueva generación que continuaría con las tradiciones arraigadas en aquel rincón del mundo.
Su primera hija, Jimena, llegó en una calurosa noche de verano, colmando de felicidad a sus padres. Tres años después, Dina volvió a quedar embarazada y dio a luz a Rose en una noche de primavera bajo una luna llena resplandeciente. Sin embargo, aquel nacimiento coincidió con la primera desaparición de una joven de quince años, un evento que marcaría el inicio de una serie de misterios aterradores.
Ataques de lobos y embestidas de pumas a los rebaños eran sucesos comunes en Legenden, pero un patrón inquietante comenzó a emerger: cada noche del diecinueve, una persona desaparecía sin dejar rastro. No importaba dónde estuviera ni cuán protegida se encontrará; simplemente se esfumaba. Un mes después, el cuerpo de la víctima era hallado junto a las vías del tren, con una expresión de horror grabada en su rostro disecado. Los hombres del pueblo intentaron proteger a sus familias, pero sin importar las vigilancias o los esfuerzos, las desapariciones continuaban.
Ezequiel, temeroso por la seguridad de sus hijas, preparó un cuarto hermético en el ático de su casa de tres plantas. Suplicó a su madre, Amaranta, que se mudara con ellos, pero la mujer, firme en su independencia, se negó. Durante cinco años, el pueblo vivió sumido en el miedo. En ese tiempo, Dina quedó encinta una vez más. Sus hijas, Jimena y Rose, ya mayores, la ayudaban con las tareas del hogar, mientras la noticia de un nuevo bebé llenaba a la familia de alegría. Sin embargo, la felicidad pronto se tornó en pavor cuando Dina entró en labor de parto la noche del diecinueve de noviembre, la fecha exacta en la que otra persona debía desaparecer.
El terror se apoderó de Ezequiel. Entre los gritos de su esposa y el penetrante aroma a sangre, temía que su recién nacida fuera la próxima víctima. Y, sin embargo, Cristel llegó al mundo con vida. Su nacimiento fue un milagro: la luna teñida de rojo iluminaba el bosque, y su llanto, fuerte y claro, rompió la tensión en la casa, Dina, al borde del colapso, sobrevivió a un parto difícil, mientras los habitantes del hogar escuchaban atentos el llanto de la pequeña, esa misma noche, sin embargo, las desapariciones cesaron para siempre. Nadie atribuyó el fin de la tragedia a Cristel; simplemente asumieron que la bestia había encontrado un nuevo territorio donde cazar.
Con el tiempo, aquellos oscuros eventos se convirtieron en meras leyendas con las que las abuelas advertían a sus nietas para que no se aventuraran solas en el bosque, todas repetían la misma advertencia, salvo Amaranta. La abuela paterna de Cristel no infundía miedo en su nieta, sino respeto por los secretos que el bosque guardaba, desde pequeña, Cristel aprendió a comprender la naturaleza y a diferenciar entre lo que podía ser un peligro y lo que, con el conocimiento adecuado, podía convertirse en una bendición.
Mientras sus hermanas adoptaban la vida tradicional de una dama de sociedad, Cristel encontraba su refugio en el bosque, sintiéndose más libre entre los árboles que entre las paredes de una casa de té. Prefería la sensación del viento en su rostro mientras cabalgaba a los vestidos de encaje que adornaban los escaparates, a pesar de las críticas de su familia materna, que la llamaban "pequeña salvaje", ella se mantenía firme en su esencia, guiada siempre por Amaranta.
Los años transcurrieron y las hermanas Haggard siguieron caminos distintos. Jimena se convirtió en una mujer obediente, devota y dispuesta a ayudar a quien lo necesitara, lo que le permitió contraer matrimonio con Lucius Morgan, el último hijo de otra familia fundadora. Rose, aunque también educada y piadosa, temía el compromiso y rechazó más de una propuesta de matrimonio. Cristel, en cambio, era considerada un caso perdido: inteligente, con un carácter indomable y una voluntad de hierro que desafiaba las normas establecidas.
El día que Amaranta falleció, Cristel sintió que su mundo se desmoronaba. La encontró en su mecedora, fría e inmóvil, y corrió en busca de ayuda, sin embargo, su dolor se vio agravado cuando el sacerdote del pueblo se negó a permitirle un entierro en el cementerio local, los rumores de las ancianas, que durante años habían susurrado que Amaranta era una bruja, pesaron más que el amor y el respeto de aquellos que la conocieron.
Ezequiel, sin otra opción, enterró a su madre en el bosque que tanto había amado, Cristel lo acompañó, sintiéndose consumida por la ira y la impotencia. A partir de ese momento, su odio hacia el sacerdote y las chismosas del pueblo se convirtió en un motor implacable, comenzó con pequeñas travesuras, pero con el tiempo sus acciones se volvieron más audaces, llegó al punto de quemar ropa, libros y objetos del clérigo, pero, lo más frustrante para él, es que jamás tuvo pruebas para incriminarla directamente y por más que la acusaba con Ezequiel, el hombre no creía en sus palabras, aunque en el fondo sabía que su hija era capaz de hacer todo eso y más.
Y así, Cristel Haggard se convirtió en la única alma en Legenden que no temía desafiar las sombras que se cernían sobre el pueblo, ni a aquellos que intentaban domesticarla, porque ella no era solo una joven rebelde, sino la última descendiente de un linaje marcado por el misterio, la tragedia y un secreto que el bosque aún no estaba listo para revelar.
La llegada anunciada. 1
El pueblo despertó con la ausencia, no hubo despedidas ni cartas, solo la certeza de que, en algún momento de la madrugada, el padre Gabriel tomó sus pertenencias y se marchó sin hacer ruido, la puerta de la parroquia quedó entornada, la vela del altar consumida hasta la base y el aire dentro de la iglesia tenía un aroma denso a incienso viejo. Nadie vio cuándo se fue, nadie escuchó los pasos que lo alejaron del pueblo, pero en la mañana, cuando doña Ramona llegó a la iglesia para limpiar como todos los días, encontró el confesionario vacío, la sotana colgada tras la sacristía y un silencio extraño que parecía ocupar cada rincón.
El padre Gabriel no estaba, al principio, la gente se resistió a creerlo, tal vez había ido a visitar a algún enfermo, pensaron, quizás se encontraba en la casa de la familia López, donde siempre lo llamaban para bendecir los campos, pero las horas pasaron y la iglesia siguió vacía. Para el atardecer, los murmullos ya recorrían la plaza, para la noche











