
El Llamado de la Luna: Una segunda Oportunidad
- Genre: Werewolf
- Author: Celeste A. Godoy
- Chapters: 11
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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- ⭐ 5.0
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Annotation
Morí a los veintiséis años, traicionada por el lobo que la Diosa de la Luna marcó como mi compañero. Raiden Blackthorn nunca me amó: solo me usó por mi linaje, y cuando deje de servirle, me asesinó sin piedad. Pero la Luna me concedió una segunda vida. Desperté días antes de cumplir dieciocho, con el recuerdo de mi muerte ardiendo en la piel y un poder distinto latiendo en mi sangre. Antes de enfrentar mi destino, supe que debía desaparecer. Me refugié en la manada Silvercrest, el hogar de mi madre. Bajo la protección del imponente Alfa Zaidyn Wolfspear y de sus temidos hijos gemelos, Erix y Ezdan, allí encuentro refugio y disciplina. Entrené sin descanso, me volví fuerte y desperté a mis dos lobos, aceptando la criatura letal en la que estaba destinada a convertirme. En ese círculo armonioso entre venganza y atracción prohibida, los gemelos Wolfspear me rodeaban con una intensidad peligrosa, una conexión ardiente y un deseo prohibido capaz de consumirlo todo, y estaba dispuesta a vivir aquello que el destino me negó en mi primera vida. Cuando regresó a la manada Shadow Moon Pack, lo hice con una misión: descubrir qué ocultaban Raiden y su padre. Él no tardó en sentirse atraído por mí, más intenso y de una manera mas posesiva que nunca… y yo utilicé ese deseo a mi favor, dejando que creyera que tenía poder sobre mí, mientras cada paso me acercaba a destruirlo. Yo soy Lia Greyhowl y no volví para huir. Volví para cazar. Soy la loba que murió una vez injustamente y regresó con un poder que nadie puede ignorar. Esta es mi segunda vida… y pienso eliminar a quienes intenten quitármela.
Capítulo 1 ¿Que paso?
Lia
El aire de la habitación estaba tan frío que cada aliento parecía cortar mis pulmones desde adentro. Las luces blancas temblaban, parpadeaban, como si incluso ellas dudaran de presenciar lo que estaba por ocurrir. Mis muñecas estaban sujetas a la camilla con correas de cuero, pero aun sin ellas… no habría podido moverme. El acónito que corría por mis venas hacía que todo mi cuerpo fuera un peso muerto, tembloroso y miserable.
Y, aun así, mi voz tembló, quebrada, con una mezcla de terror y de esa última chispa ingenua que se niega a morir.
—¿Por qué…? —tragué saliva, el metal seco en mi lengua—. ¿Por qué me estás haciendo esto? Tu eres mi compañero, mi destinado.
Él se detuvo en seco. Mi pareja o eso creí durante todos estos años.
Se giró hacia mí con una lentitud casi teatral, con sus ojos oscuros, inexpresivos, como pozo sin fondo. Había amado esa mirada, que idiota de mí. Había confiado en ella. Me había dormido sintiendo la seguridad de sus brazos.
Y ahora esos mismos ojos me observaban como quien mira a un animal enfermo que debe sacrificarse.
—Porque nunca te quise, Lia —dijo con una tranquilidad que me rompió más que cualquier cuchilla—. Solo quería tu poder y lo obtuve. Todo lo demás fue… irrelevante y estúpido.
Mi corazón se quebró en un crujido tan fuerte que juraría haberlo escuchado en la habitación.
—¿Irrelevante…? —susurré, incapaz de respirar—. Yo… yo te amaba…
Él sonrió *p*n*s, con una curva cruel en sus labios.
—Y eso fue útil. Mientras duró.
Mi sangre se congeló. El médico, tembloroso, se acercó con una bandeja. Instrumentos de plata. Guantes manchados. Olor a desinfectante mezclado con su olor a traición.
—Abran su vientre —ordenó él, sin apartar la mirada de mí—. Con plata. No quiero que ella sobreviva, en cambio a el cachorro lo quiero vivo y sano.
—Por favor… no lo hagas… —jadeé, tirando inútilmente de las correas—. Mi bebé… no…
El médico dudó y vi en su mirada la tristeza.
—Alfa, la Luna está consciente. Quizás deberíamos…
—He dicho que la abran con plata ahora.
—Lo siento… Luna Lia.
—No, por favor.
La primera incisión quemó. No fue un dolor normal. Fue como si el metal ardiente perforara no solo mi piel, sino el alma misma. Grité… grité tan fuerte que mis oídos zumbaban, que mi garganta sangró, que mis ojos se nublaron.
—¡NO! ¡POR FAVOR! ¡NO! ¡DETENTE! —sollozaba desesperada.
Pero nadie me escuchó. Nadie quiso hacerlo.
El acónito impedía que mi poder me sanara, que mi cuerpo se defendiera, que mi bebé estuviera a salvo. Sentía cómo mi energía se apagaba, cómo cada corte me alejaba un poco más de él… de mi hijo.
—Por favor… —dije con voz desgarrada—. No se lo lleven… no le hagan daño… por favor…
Y entonces escuché una risa. Una risa conocida. Mi mirada, borrosa por lágrimas y sangre, se movió hacia la esquina de la habitación.
Allí estaban el… mi compañero. Mi alma destinada y Dina. Mi mejor amiga. Mi hermana de la vida. La mujer en la que más confié.
Se estaban besando. Era un beso profundo, apasionado, descarado. Como si mi sufrimiento fuera una melodía perfecta para su escena. Cuando Dina me vio, se separó de él lentamente, lamiéndose los labios como una serpiente satisfecha. Caminó hacia mí con pasos suaves, casi elegantes.
—Pobrecita Lia —dijo fingiendo lástima, mientras sus ojos brillaban de victoria venenosa—. Te lo dije.Se inclinó, sus labios cerca de mi oído.—Te dije que lo perderías todo.
La respiración se me cortó. Quise maldecir, quise gritarles, quise matarlos… pero *p*n*s podía mantener los ojos abiertos.
La plata seguía desgarrándome. El mundo se desvanecía a mí al rededor. Mi bebé… mi bebé…
Y, aun así, con lo último que me quedaba, murmuré una promesa.
—Si… pudiera volver… —tosí sangre—. Haría que pagaran… todos…
El pitido de la máquina se alargó… se alargó… hasta quedar en un sonido plano, final, distante.
Mi corazón dejó de luchar y la oscuridad me envolvió completamente.
Pero entonces, una luz invadió mi espacio. Y no era la luz cálida que prometen en los cuentos… sino una luz blanca, intensa, cegadora, como un rayo directo a los ojos.
Abrí los párpados bruscamente, jadeando, incorporándome en la cama como si hubiera despertado y salido de un abismo.
—¡AAAHHHH! —grité, llevándome las manos al vientre.
No había sangre, no había dolor, no había incisiones, no había plata. Miré alrededor frenéticamente.
Mi habitación. Mejor dicho, mi antigua habitación.
La alfombra, las paredes color lavanda que tanto me encantaban. Los libros desordenados. La ventana con las cortinas que yo misma había elegido cuando tenía dieciséis.
—No… no puede ser… —susurré—. ¿Qué… qué está pasando?
Las manos me temblaban y el corazón se me salía del pecho, mi respiración se me cortaba. Y entonces la puerta se abrió.
—Cariño… —dijo una voz que ya no existía en mi presente—. ¿Estás bien?
Mi padre, mi papá, está vivo y sano. Con esa sonrisa dulce que la vida le arrebató años después. Mis ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente.
—Papi… —gemí antes de poder detenerme.
Corrí hacia él y me lancé a sus brazos, aferrándome como si temiera que desapareciera si lo soltaba.
Él me abrazó fuerte, sorprendido, pero cálido como siempre.
—Shhh… tranquila, mi amor —susurró acariciando mi cabello—. Tuviste una pesadilla.
—Una muy fea —dije entre sollozos.
—¿Quieres contarme, cielo?
—No… no hace falta —mentí, temblando—. Ya pasó.
Respiré hondo y traté de pensar, de entender ¿Qué carajos paso?, quiero unir las piezas y entender.
—Papi… ¿qué día es hoy?
—¿Hoy? —frunció el ceño—. Martes, 13 de abril.
Mi estómago se hundió.
—¿Qué?, ¿De qué año? —mi voz casi no salió.
—Cariño, ¿segura que estás bien?
—Papi, por favor…
El suspiró y asintió.
—Es el Año 2025 cariño.
Me mareé y casi caí de c*l* al piso.
¿2025?
Tenía diecisiete… a unos días de mis dieciocho años, a solo días de conocer a Raiden como mi pareja, solo faltan días para que todo se vaya al diablo… estoy a nada de perder todo mi futuro, otra vez.
—Esto… esto no es real —susurré.
«Pues parece que sí», dijo Oli en mi mente, calmada, pero en alerta.
La voz de mi lobo, mi compañera, mi única incondicional. Yo sollozaba otra vez, pero esta vez… había esperanza en mis lágrimas.
—¿Estás segura de que estás bien, cielo? —preguntó mi padre preocupado.
—Sí… sí —respiré hondo—. Solo… quiero ir a la manada de mamá… hoy mismo quiero ir para allá. Necesito verla y pasar tiempo con ella.
Él dudó, pero asintió.
—Está bien. Hablaré con ella.
—Gracias, papi…
Lo abracé más fuerte que nunca.
Había vuelto y tenía otra oportunidad. otro camino, otra vida. Y esta vez… no iban a destruirme, no lo permitiré… y no iba a perdonar a nadie.
Cuando papá salió de la habitación cerrando la puerta con suavidad, como si temiera que el más mínimo ruido pudiera romperme otra vez, me quedé allí de pie, mirando el lugar que solía ser mi refugio cuando la vida todavía no había sido cruel. El silencio era tan profundo que podía escuchar el latido acelerado de mi propio corazón, casi como si tratara de demostrarme que seguía viva, que esto no era un sueño, que realmente estaba otra vez aquí.
Me senté lentamente en la cama, sintiendo la suavidad del colchón, ese que siempre se hundía un poco en el centro, y me llevé las manos al rostro mientras mis pensamientos chocaban unos con otros sin orden alguno.
—Oli… —susurré *p*n*s—. ¿Qué… qué está pasando?
Sentí a mi loba despertar por completo dentro de mí, su presencia era cálida, poderosa, un ancla en medio de la tormenta. Cuando habló, su voz resonó en mi mente con una calma que contrastaba profundamente con mi caos.
«Volvimos, Lia» dijo con firmeza. «Eso es lo que importa».
—Pero… ¿por qué? —apreté los puños, las uñas clavándose en mis palmas—. Morimos, Oli. Yo… yo sentí cómo dejábamos de existir. Sentí cómo todo se apagaba. ¿Cómo es posible que esté aquí de nuevo?
Hubo una pausa, una respiración mental profunda, como si ella también buscara palabras para algo que no alcanzaba a comprender del todo.
«No lo sé con exactitud» admitió, aunque su voz no tembló. «Pero sí sé que no es casualidad. Algo quedó inconcluso, un propósito que no cumplimos tal vez. Nos dieron otra oportunidad, Lía, y no pienso desperdiciarla».
Me mordí el labio, tragando el nudo en mi garganta.
—¿Propósito…? ¿Cuál? ¿Venganza? ¿Evitar que nos destruyan otra vez? ¿Cambiar algo? ¿Salvar al bebé que…?
La voz se me quebró antes de poder terminar, y Oli bajó el tono, suave, casi acariciándome desde adentro y ronroneando para mí.
«Todo eso y más», murmuró. «Tenemos que volvernos fuertes, más de lo que jamás fuimos. Esta vez no vamos a confiar a ciegas, esta vez no vamos a cerrar los ojos. Nos quebraron, nos traicionaron, y nos arrancaron lo que más amábamos, pero ahora tenemos conocimiento que ellos no tienen, y eso es poder, Lia, poder real y vamos a cambiar todas las cosas».
Respiré hondo, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda.
—¿Crees que podamos cambiarlo?
«Creo que podemos arrasarlo si queremos» respondió sin dudar, y no pude evitar sonreír un poco. «Pero poco a poco, necesitamos analizar cada detalle, cada recuerdo, cada paso que nos llevó a la muerte. Nada de impulsos esta vez».
Asentí lentamente, aunque estuviera sola.
—No estamos solas, ¿verdad?
«Nunca más».
Me quedé unos segundos más procesando, intentando asimilar la realidad que tenía enfrente, pero un grito desde abajo me arrancó de mi espiral interna.
—¡Liaaa, el desayuno está listo! —la voz de mi padre resonó con ese tono cariñoso que tanto extrañé.
Me limpié el rostro, respiré profundo y me paré de un salto, abriendo el ropero para ponerme algo rápido. Un jean ajustado, una remera sencilla y un buzo, nada fuera de lo normal, pero se sentía extraño vestirme con ropa que creí había dejado de existir hace casi una década.
Bajé las escaleras sintiendo una especie de nostalgia dolorosa, cada escalón traía un recuerdo diferente, una versión de mí misma que todavía no conocía la tragedia, que todavía no sabía lo que era morir.
Papá estaba sirviendo café cuando me vio, y su sonrisa me hizo arder los ojos otra vez.
—Aquí estás mi niña —dijo—, te preparé tus panqueques favoritos.
Me senté frente a él, tratando de ignorar el temblor en mis manos. Tomé un trozo, y lo probé, y casi lloro por la simpleza del sabor, de la tranquilidad que irradiaba estar allí sentada, con él, con mi papá vivo y cerca de mí.
—Papi… —comencé, pero él me interrumpió suavemente.
—Ya hablé con tu madre, está feliz por recibirte. Le dije que querías ir hoy mismo, así que te llevaré al aeropuerto a las once, tienes que preparar tus cosas, preciosa.
Lo miré con un cariño que me desbordaba.
—Gracias papi, te quiero mucho —dije con un hilo de voz.
—Yo también te quiero, mi amor —respondió acercando una mano para apretarla sobre la mía.
Desayunamos en paz, hablando de tonterías, de cómo dormí, de cómo él tenía un día libre, de los planes que podría hacer después. Nada parecido a los años de sufrimiento que me esperaban en la línea temporal que dejé atrás. Era como respirar aire limpio después de ahogarme demasiado tiempo.
La mañana pasó más rápido de lo que me hubiera gustado, pero la hora llegó y papá me ayudó a subir mis cosas en el Avión. Antes de abordar, lo miré, con ese dolor en el pecho que quemaba más de la cuenta.
Él era mi mayor pérdida. Mi mayor duelo. Mi mayor herida. Y ahora… lo tenía otra vez.
—Ven aquí mi cielo —dijo abriendo sus brazos.
Me lancé a ellos, abrazándolo con todas mis fuerzas, casi desesperada.
—Papi… —susurré—. En menos de lo que te imaginas voy a volver y te cuidaré como antes, te lo prometo.
Él sonrió, sin entender la profundidad de mis palabras, y besó mi cabeza como cuando era mucho más chica.
—Te amo, mi amor, cuídate, te voy a extrañar un montón.
—Yo también, papi —dije con la voz rota.
Nos separamos lentamente, aunque yo quería quedarme pegada a él, y abordé el avión rumbo a Silvercrest Pack, la manada de mi madre, y también el territorio del Alfa Zaidyn, mi padrastro.
Miré por la ventanilla mientras el avión despegaba y el mundo se hacía pequeño, y sentí una mezcla de miedo, determinación y una fuerza que nunca antes tuve.
Había vuelto, con los recuerdos, con el dolor, con mis cicatrices invisibles y con una misión. Y aunque el futuro fuera incierto, tenía claro algo: esta vez… yo controlaría el destino.Y esta vez… no iba a dejar que nadie me destrozara.
Capítulo 2 No soy la misma
Lia
El sonido metálico de la voz de la azafata atravesó mis oídos como un latigazo.
—Señores pasajeros, por favor abróchense los cinturones, estamos por aterrizar.
Me enderecé sobresaltada, el corazón dando un salto dentro de mi pecho como si hubiera estado cayendo en un abismo. ¿Me había dormido? Genial, estupendo, maravilloso, me quedé dormida en pleno vuelo después de renacer de entre los muertos, como si nada hubiera pasado, como si mi mente hubiera decidido regalarse un descanso que yo no pedí.
Miré a mi alrededor intentando orientarme y me llevé una mano a la frente mientras la realidad caía sobre mí otra vez, pesada como una losa.
Seguía aquí. Seguía viva. Seguía en el pasado.
—Genial —murmuré entre dientes—, sigo aquí, nada fue un sueño.
«¿Cómo que un sueño?» replicó Oli con ese tono de incredulidad que usaba cuando yo decía algo obvio. «Aún no lo entiendes, ¿verdad?»
Rodé











