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EL HOMBRE LOBO

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Annotation

Diana Maynard, una talentosa restauradora de libros antiguos con un don psíquico que le atormenta, acepta un trabajo único: salvar la colección de textos raros de la aislada hacienda "Kendreki", en los Andes patagónicos. Lo que ella cree que es una oportunidad profesional es, en realidad, una trampa perfectamente tejida. Kendreki no es solo el nombre de la hacienda; es el nombre del hombre que la gobierna. Un Alfa de licántropo con más de cuatro siglos a sus espaldas, cuya leyenda de poder y ferocidad es temida por todas las manadas del continente. Una guerra ancestral se avecina, y una antigua profecía exige que un Alfa sin Destinada encontrará su fuerza definitiva al unirse a una humana con el "Rastro de Plata", una firma de energía psíquica tan rara como letal. Desde el instante en que Diana cruza los límites de su territorio, la bestia dentro de Kendreki ruge en reconocimiento. Ella es suya. Pero Kendreki no es un hombre de palabras dulces; es un guerrero ancestral, acostumbrado a tomar lo que desea. Su posesión será total, física y espiritual. Su seducción será un asedio implacable, hecho de miradas que queman, órdenes que no admiten réplica y una lujuria que desatará el lado más salvaje de ambos. Diana se verá inmersa en un torbellino de pasión primitiva, de secretos enterrados en pergaminos y en sangre, y de un deseo que desafía toda lógica. Tendrá que elegir entre aferrarse a su humanidad y resistirse al magnetismo animal del hombre que la reclama, o sucumbir a la llamada de la luna y convertirse en la reina a lado del Hombre Alfa. Pero en este juego de sombras, poder y fuego, el precio de la eternidad podría ser el alma misma que Kendreki ansía poseer.

Chapter 1

El helicóptero que había despegado de Comodoro Rivadavia no parecía tanto un vehíc*l* aéreo como una lata de sardinas propulsada por un demonio metálico con resaca. Diana Maynard apretaba los ojos con fuerza, los dedos clavados en el borde del asiento de cuero, convencida de que su destino no era restaurar incunables, sino estrellarse contra la faz impía de algún pico andino no cartografiado.

—¡No se preocupe, señorita! ¡Estos vientos son un paseo de primavera! —gritó el piloto, un tipo con bigote y una sonrisa despreocupada que a Diana le pareció propia de un psicópata.

—¡Me preocupa mucho! —quería gritar de vuelta, pero solo logró una mueca que probablemente pareció un espasmo intestinal.

Su "oportunidad profesional única", como la había vendido la opaca agencia de colocación londinense, se sentía cada vez más como el inicio de una muy, muy mala novela gótica. "Hacienda Kendreki", decía el contrato. "Patagonia profunda, Argentina. Catalogación y restauración de emergencia de colección privada de textos de los siglos XVI-XVIII, afectada por humedad irregular. Duración estimada: tres meses. Alojamiento y manutención incluidos. Aislamiento significativo."

"Aislamiento significativo" era, descubría ahora, un eufemismo para "en el c*l* del mundo, donde solo gritan los cóndores y los vientos del infierno". Y la "humedad irregular", según una vaga consulta por correo electrónico con el mayordomo, señor Soren, podía significar desde una gotera hasta una inundación bíblica.

El aparato descendió bruscamente, sorteando un risco por lo que a Diana le parecieron centímetros, y se posó con un temblor violento en una plataforma de hormigón iluminada por focos cegadores. Antes de que su corazón encontrara de nuevo su ritmo normal, la puerta se deslizó abierto y el viento patagónico, un ente vivo y hostil, se abalanzó sobre ella, arrancándole un jadeo y despeinándole el moño perfecto que había intentado mantener como amuleto de profesionalidad.

—Señorita Maynard —dijo una voz serena, ahogando el ruerto de las palas que iban disminuyendo—. Bienvenida a Kendreki.

Un hombre alto, de cabello plateado peinado hacia atrás y una postura que habría hecho llorar de envidia a un instructor de la Marina Real, la esperaba al pie de la escalerilla. Vestía un traje impecable de lana oscura, absurdamente formal para el lugar y la hora. Debió ser Soren.

—Señor Soren —logró articular Diana, agarrando su maletín de herramientas de restauración como si fuera un escudo—. El viaje fue… pintoresco.

Una ceja del hombre se levantó levemente, el único indicio de que había procesado su comentario. —El señor Kendreki aprecia la eficiencia. El helicóptero es el medio más rápido. Permítame.

Tomó su única maleta grande (había viajado ligera, convencida de que no habría lugar para elegantes vestidos) y con un gesto la guió hacia un sendero iluminado por antorchas. Sí, antorchas. Diana parpadeó. No eran faroles eléctricos, sino teas de fuego real clavadas en el suelo, que chisporroteaban y lanzaban sombras danzantes sobre los muros de piedra rugosa de la hacienda que ahora se alzaba ante ellos.

La construcción era monumental. No una casa, sino una fortaleza de otro siglo, con torreones, ventanas estrechas y muros que parecían haber brotado de la misma montaña. La "puerta principal" era un arco de roble macizo con herrajes que parecían diseñados para resistir un asedio. El aire olía a leña quemada, tierra húmeda y algo más, una fragancia agria y dulce a la vez que no supo identificar.

—Las dependencias del señor Kendreki y las áreas comunes ocupan el ala norte y este —explicó Soren mientras cruzaban un patio interior desierto, donde una fuente de piedra murmuraba en la oscuridad—. Usted estará alojada en la Torre Oeste. Tiene la mejor vista a los glaciares y, lo que es más importante para su trabajo, está conectada directamente con la biblioteca a través de un puente privado. El señor Kendreki valora la… concentración de sus invitados especializados.

Diana asintió, tratando de absorberlo. Todo era abrumadoramente lujoso y a la vez austero, como un monasterio benedictino con calefacción por suelo radiante (lo notó al pisar el suelo de piedra del vestíbulo principal, que estaba sorprendentemente tibio).

—¿Y el señor Kendreki? —preguntó, intentando sonar casual—. Espero poder agradecerle personalmente la oportunidad y discutir los parámetros del trabajo.

Soren se detuvo frente a una escalera de caracol de piedra que se enroscaba hacia lo alto de una torre. Su mirada, por primera vez, se posó directamente en ella. Era una mirada calculadora, antigua.

—El señor Kendreki está ocupado con asuntos de la propiedad. Le recibirá cuando lo considere oportuno. Mientras tanto, sus instrucciones son que descanse, se familiarice con su estudio en la biblioteca a partir de mañana a las ocho de la mañana, y… —hizo una pausa casi imperceptible— que disfrute de la hospitalidad de Kendreki. Cene en su habitación esta noche. Mañana se le unirá al desayuno en el comedor principal.

No era una sugerencia. Era una orden disfrazada de cortesía. A Diana se le revolvió el estómago, pero no de hambre. Era una mezcla de jet-lag, vértigo y esa punzada familiar en sus sienes, el leve dolor de cabeza que siempre la acechaba cuando su "don" —o su maldición, según el día— percibía algo fuera de lo común. Aquí, el dolor era un zumbido constante, como un cable de alta tensión enterrado bajo la piedra.

—Claro. Gracias —murmuró.

Subieron la escalera en silencio. La puerta de la Torre Oeste era de madera tallada, pesada. Soren la abrió y Diana contuvo una exclamación.

La habitación era enorme, circular, con un techo abovedado. Una cama con dosel de terciopelo color vino ocupaba el centro, pero lo que robaba el aliento eran las altísimas ventanas de arco que daban, como había prometido Soren, a una vista espectacular: bajo el lienzo plateado de la luna, las moles negras de las montañas y, en la distancia, el resplandor fantasmagórico de los glaciares. Había una chimenea donde crepitaba un fuego real, estanterías con algunos libros, un escritorio antiguo y una puerta que, supuso, llevaría al baño.

—El baño está allí. La cena llegará en una hora. El teléfono interior marca el 9 para la cocina o el 7 para mí directamente —dijo Soren, colocando su maleta sobre un soporte—. Se le recomienda no vagar por la hacienda después del anochecer. Los pasillos son… confusos, y hay zonas en restauración. Podría ser peligroso.

De nuevo, la advertencia sutil. Quédate en tu jaula bonita, parecía decir.

—No tengo intención de vagar —respondió Diana, con más firmeza de la que sentía—. Estoy aquí para trabajar.

—Eso es lo que se espera —asintió Soren. Y sin más, salió, cerrando la puerta con un suave pero definitivo clic.

Diana se quedó sola, el silencio de la torre envolviéndola, solo roto por el chisporroteo del fuego. Respiró hondo. El aroma de la habitación era a leña limpia, cera de abejas y ese extraño perfume de la propiedad, más intenso aquí. Azahar y… ¿ozono? Como el aire después de una tormenta eléctrica.

Se acercó a la ventana y apoyó la frente contra el frío cristal. El paisaje era de una belleza brutal, aplastante. Se sentía diminuta. Insignificante. Y completamente atrapada.

—Vale, Maynard —se dijo a sí misma, usando el tono práctico que había perfeccionado para ahuyentar fantasmas y ataques de pánico psíquico—. Te pagan una fortuna. Tienes tres meses de trabajo fascinante por delante. Y una habitación con vistas que haría llorar a un poeta romántico. Lo del señor Kendreki es… excéntrico. Nada más. Los ricos siempre son raros.

Pero mientras se repetía esas palabras, el zumbido en sus sienes aumentó. Y, por un instante, mientras sus ojos escudriñaban la oscuridad más allá del círculo de luz de la hacienda, tuvo la certeza absoluta, visceral, de que algo la observaba desde la negrura. Algo inmóvil. Algo con ojos que reflejaban la luz de la luna de una manera que no era humana.

Parpadeó, y la sensación desapareció. Solo estaban las montañas, impasibles.

—Cansancio —murmuró, alejándose de la ventana. Era solo cansancio.

La cena llegó puntual, en una bandeja cubierta con una campana de plata. Era una comida exquisita y sencilla: sopa de calabaza ahumada, un cordero tan tierno que se deshacía, y un postre de frutos del bosque con helado de vainilla. Comió con apetito, sorprendida. Al menos el chef no era excéntrico.

Después de comer, exploró la habitación. El baño era una maravilla de mármol negro y latón, con una bañera con patas enorme. Había productos de baño carísimos y toallas más suaves que cualquier cosa que hubiera poseído. Todo era perfecto. Demasiado perfecto.

Sacó de su maletín el pequeño estuche de madera que contenía sus herramientas más preciadas: pinzas, escalpelos, papeles japoneses, un pincel de pelo de marta. El contacto con ellos la calmó. Esto era lo real. Su oficio. Lo que la mantenía anclada en un mundo que a menudo sentía demasiado lleno de… ecos.

Estaba guardándolo de nuevo cuando sus dedos rozaron algo en un bolsillo lateral del maletín. Un pequeño sobre de pergamino, cerrado con un sello de cera sin marcar. No lo recordaba haber puesto allí. Con el corazón acelerándose otra vez, lo abrió.

Dentro, había una sola hoja de papel antiguo, manuscrito con una letra pulcra y angulosa, en una tinta que olía extrañamente a cenizas y hierro:

"La Dama de la Plata no restaura páginas.

Lee lo escrito entre líneas.

La bestia en la torre no espera.

Solo caza.

Cuida tu luz, pequeña antorcha.

Él prefiere apagarla a verla brillar para otro."

Un escalofrío, totalmente ajeno al frío exterior, le recorrió la espina dorsal. No era una advertencia de humedad irregular. Era una amenaza. Y hablaba de una bestia. Y de una Dama de la Plata.

Miró instintivamente hacia la ventana. La sensación de ser observada regresó, diez veces más fuerte. Algo sabía que ella estaba aquí. Algo sabía qué era ella, incluso cuando ella misma no lo entendía del todo.

Con manos temblorosas, arrojó el papel al fuego. La llama lo devoró rápidamente, chisporroteando con un color verde efímero y perturbador.

—Tonterías —susurró, pero la voz le sonó hueca—. Alguien con mucho tiempo libre y un fetiche por el drama gótico. Probablemente el mismo que puso las antorchas.

Se obligó a prepararse para dormir. Se puso un camisón de seda (había empacado uno, por si acaso las sábanas ásperas) y se metió en la cama enorme. Las sábanas eran frescas y olían a lavanda. Apagó la lámpara de la mesilla, dejando solo la luz danzante del fuego.

Pero el sueño no llegaba. Cada crujido de la madera, cada susurro del viento contra los vitrales, la hacía sobresaltarse. Y el zumbido, ese m*ld*t* zumbido en sus sienes, ahora era un tambor constante. Era como si la propia casa respirara, y ella estuviera atrapada dentro de sus pulmones de piedra.

Justo cuando el cansancio empezaba a pesar más que el miedo, y sus párpados se cerraban, lo oyó.

No era el viento. Era un sonido bajo, profundo, que surgía de las mismas entrañas de la hacienda. O de la montaña bajo ella. Un rugido. Distante, ahogado por muros y distancias, pero inconfundible. No era un animal que conociera. No era un león, ni un oso. Era algo más primitivo, más colérico, más… consciente.

Y venía acompañado de una oleada de esa esencia, azahar y tormenta, tan intensa que Diana pudo saborearla en la parte posterior de la garganta. La oleada traía consigo una emoción pura, cruda, que se estrelló contra su psiquismo latente como una ola contra un acantilado: Hambre. Posesión. Anticipación.

Diana se incorporó de golpe en la cama, el corazón martilleándole el pecho, las manos agarradas a las sábanas. La habitación, antes acogedora, ahora se sentía como una celda transparente en medio de un territorio salvaje.

El rugido no se repitió. Pero la impresión quedó, grabada a fuego en sus nervios.

Al otro lado de la hacienda, en el estudio de la torre opuesta, Kendreki abría los ojos, que brillaban con un fuldor dorado en la penumbra. Había dejado escapar un fragmento de su control, solo un susurro de la bestia, solo el aroma más leve de su esencia destinada, dirigido como un haz de radar hacia la Torre Oeste.

Y había sentido la reacción de ella. El pánico. La clarividencia asustada. El destello de su Rastro de Plata, brillando como un faro en la noche de su psique.

Una sonrisa lenta, satisfecha, cruel y deseosa, se dibujó en su rostro.

La había asustado. Bien.

El miedo era un buen comienzo. Ablandaba. Hacía la carne más tierna. Y a la bestia dentro de él le encantaba la cacería.

Mañana, la vería. Mañana, el juego verdadero comenzaría. Y la comedia de errores de ella, su resistencia humana, su humor seco que tanto le había divertido espiar en sus informes, sólo serviría para hacer su rendición final más dulce.

La Dama de la Plata había llegado. Y el Hombre Alfa estaba listo para reclamar su premio.

Chapter 2

El despertar en la Torre Oeste no fue gentil. Un rayo de sol pálido, pero implacable, se coló por la ventana este y cayó directamente sobre los párpados de Diana. Con un gemido, se cubrió la cara con la almohada, pero la memoria de la noche —el rugido lejano, el papel quemado, la sensación de ser una mosca en una telaraña de piedra— la sacó de la modorra de un golpe.

Se sentó, mirando la habitación bañada por la luz diurna. Parecía menos ominosa, casi acogedora. El fuego se había reducido a brasas. Quizás todo había sido producto de la extenuación, del jet-lag extremo y de una imaginación alimentada por demasiadas novelas góticas en la adolescencia.

"La Dama de la Plata", había dicho el mensaje absurdo. Un título que sonaba a personaje de cómic de tercera. Se frotó las sienes, donde el zumbido persistía, pero ahora era un eco leve, un recordatorio molesto más que una alarma.

—Bueno, Dama de la Plata —se dijo, levantándose con determinación—. Ti

Heroes

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