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La prometida de mi hermano

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Annotation

Jenny, desencantada del amor, se aventura en una cita inusual, desencadenando un torbellino emocional. Un beso accidental desafía su realidad, transportándola a un mundo de pasión y deseo oscuros. En medio de este laberinto de anhelos prohibidos, surge Carlos, un hombre decidido que persigue lo que desea, aunque el corazón de Jenny parezca estar fuera de su alcance.

Chapter 1

(Jenny)

Después de un día agotador en la universidad, regresé a casa para encontrar a mi amiga doblada de risa en mi habitación. Al entrar, la vi de pie frente al espejo, vestida como policía, al parecer.

 

— ¿Qué haces vestida así? ¿Te has adelantado a Halloween? —pregunté.

 

—Es mi disfraz para la fiesta de esta noche. Dijiste que iríamos —respondió entre risas. ¿No es genial? Deberías ver el tuyo.

 

— ¿De qué estás hablando? No mencionaste ningún disfraz. ¿Lo omitiste a propósito?

 

—¡No! simplemente lo olvidé.

 

—Mientes —cruzé los brazos.

 

—Si te lo hubiera mencionado, ni siquiera habrías considerado ir. Eres tan aburrida y anticuada.

 

—No soy aburrida. Solo que...

 

—Tienes miedo de probar cosas nuevas. Una fiesta de disfraces es lo mejor que nos puede pasar en esta época del año. Nos saca de la rutina. Además, el disfraz que te han enviado es más decente y sexy —dijo mientras se acercaba a una caja sobre la cama para que lo viera por mí misma.

 

Dejé un suspiro escapar y me acerqué a ella, apartando los papeles y tomando una túnica semi transparente entre sus manos.

 

—Oh no, ¿qué se supone que es esto? —pregunté sorprendida.

 

—El disfraz de Cleopatra.

 

Amelia apenas podía hablar por las carcajadas incontrolables.

 

— ¿Crees que voy a usar esto? Dile a tu amigo Carlos que se vaya a paseo y que no somos unas exhibicionistas —dejé caer el vestido en la caja—. Si quieres ir, eres libre de hacerlo, pero yo no voy a mostrar el trasero —cerré la tapa de la caja y salí de la habitación.

 

Las risas de Amelia cesaron y me siguió hasta la cocina. Estaba furiosa.

 

—No pensé que te molestaría tanto usar un disfraz —dijo mi amiga—. Yo lo tomé con humor —se tambaleó un poco con esas botas negras de tacón alto.

 

—Por lo menos a ti no se te ve el trasero —comenté sirviéndome un vaso de agua.

 

—Si quieres usar el mío, no hay problema. Te quedaría mucho mejor, no sabes lo que sufrí para entrar en esta blusa ajustada, ¡con este cuerpazo! —Se golpeó el abdomen—. ¿Qué dices? ¿Intercambiamos? Siempre he deseado ser Cleopatra por una noche y tener los ojos de todos los hombres puestos en este cuerpecito caribeño.

 

—Suena tentador, pero ni tú ni yo usaremos esto. Si queremos ir a la fiesta, iremos a nuestra manera. Si le gusta, genial. Si no, que se meta su invitación por donde no le llega el sol —respondí molesta.

 

—Vaya genio que tienes. ¿Tuviste un mal día en la universidad? —preguntó Amelia.

 

—El peor. El maldito profesor de álgebra me está volviendo loca.

 

—Nadie dijo que sería fácil estudiar Ingeniería de Sistemas e Informática.

 

—Ni me lo recuerdes.

 

— ¿Entonces siempre te quedarás con mi disfraz? —preguntó Amelia.

 

—Iremos a alquilar uno. Conozco una tienda cerca. Aún no es temporada, pero supongo que la señora podría hacer una excepción.

 

—Como quieras.

La decepción en el rostro de mi amiga no me desanima. No pienso mostrar mi cuerpo a un extraño en la primera cita.

 

—Ve a quitarte eso, salimos en diez minutos —le advierto mientras camino hacia el baño.

 

Por supuesto, no pensaba en las posibles consecuencias de esa osada idea. Salimos inmediatamente hacia la tienda y, un par de horas después, encontramos algo adecuado: una pirata y una gitana.

 

—No es por nada, pero estos no son nada elegantes. Si quieres que todos te miren, lo vas a conseguir —susurra Amelia.

 

—A mí me gustan y, considerando el elevado precio de alquiler, diría que están a la par con los disfraces "finos" de la fiesta —respondo.

 

—Lo que quiero decir es que son poco sexis, demasiado cubiertos. Es como si llevara un cartel que dijera "soy virgen".

 

—Estás exagerando. Solo tienes que decir que quieres el disfraz de pirata —le digo mientras se lo entrego.

 

—Gracias, preciosa —sonríe Amelia.

 

Regresamos a casa a tiempo para arreglarnos y estar listas para matar, como dice Amelia muy animada.

 

—Lo que sí usaremos de la caja será el antifaz; está muy hermoso y al parecer todos usarán uno igual —le comunico.

 

Unos minutos después, tomamos un taxi en la esquina del edificio para ir a esa tan ansiada fiesta.

 

—No entiendo por qué los disfraces, no estamos en carnavales ni en Halloween.

 

—Caprichos de niño rico —responde Amelia—. Y con esto no digo que Carlos lo sea. Fue idea de su hermano menor organizar una fiesta como esta —sonríe—. Tiene la ilusión de encontrar en todas esas chicas misteriosas la media naranja que complemente la vida de Carlos. Sin embargo, lo que no sabe es que aquí ya está su futura esposa.

 

—Amelia, el amor no funciona así. Los dos deberían saberlo. No estoy interesada en un noviazgo, mucho menos en un matrimonio —la miro seria y luego suelto una carcajada.

 

—Cuando lo conozcas, te derretirás de amor. Carlos es tan dulce, amable, sincero, sencillo, carismático y, sobre todo, todo un padre de familia responsable.

 

—Si tanto te gusta, ¿por qué no lo conquistas tú?

 

—Es mi amigo y siempre lo he visto con ojos de hermana. No sé, se me hace raro pensarlo de otro modo, pero estoy segura de que tú lo conquistarás enseguida.

 

—No te hagas muchas ilusiones. Desde hace mucho que no quiero arriesgarme a caer en un abismo de dolor.

 

—Deja de ser tan negativa. Apenas has vivido tu primera decepción amorosa.

 

—Y ya no quiero más. Ambiciono terminar mi carrera, trabajar y luego volver a mi pueblito en el norte para ayudar a mi familia.

 

—Como si a tu familia le importara lo que hagas —murmura.

 

—¿Dijiste algo?

 

—Nada.

 

—Eso pensé.

No es que me disguste que me recuerden lo desastrosa que es mi vida, solo que quisiera alcanzar mis sueños y demostrar que no sigo siendo la gran perdedora de la familia.

 

Casi una hora después, llegamos a una discoteca muy bulliciosa.

 

—¡Por Dios santo! Dime que no es aquí —expresé bajando del auto.

 

—Es la dirección —dice admirada Amelia con esa sonrisa de niña en su rostro—. Es el lugar más exclusivo de la ciudad.

 

Al entrar, mi corazón se descontrola. Hace muchísimo tiempo que no piso un sitio como este; las luces enloquecedoras, globos multicolores, máquinas de humo y bailarinas semi desnudas moviéndose en los tubos.

 

—Vaya fiestecita. Si el hermanito hace una celebración como esta, no quiero imaginar lo que pasa por la cabeza de mi Marco Antonio —murmuro.

 

—¿A quién? —pregunta Amelia sorprendida.

 

—A Carlos, lo digo por lo del disfraz de Cleopatra. Ya sabes. Supongo que él usará ese disfraz.

 

—Claro. Más, ahora estás convertida en una encantadora gitana. No es por nada, pero parece que al hermanito se le pasó la mano con esta fiesta.

 

—Debe ser toda una joyita.

 

—Solo relájate y disfruta de la pachanga. Yo tengo una cita con ese bombón de ahí —señala a un sexy policía.

 

—Y ¿dónde encontraré a Carlos?

 

—Deja que la noche haga su magia. ¿Por qué el apuro? —responde sonriendo.

 

—No tengo apuro, es que no me siento cómoda.

 

—Está bien. Carlos siempre viste muy elegante, con saco y corbata. Es algo serio y los disfraces como que le aburren. No hay pierde, no habrá otro que vista igual.

 

—Y sin embargo, se empeñó en que yo usara uno. Es un pervertido.

 

—No lo culpes a él, ya te dije que todo lo planeó su hermano.

 

—Siempre hay excusas. Iré a buscarlo —menciono fastidiada.

 

—Ya está hecho, ahora relájate, diviértete, todo está muy padre —comienza a menearse—. Yo haré lo mismo —se aleja.

 

—¡Amelia! ¿En serio vas a dejarme sola?

 

Chapter 2

Jenny

Mi amiga levanta solamente la mano y se pierde entre los asistentes. Me siento mareada por las luces, la sofocación va en aumento y mi corazón se acelera más por el temor de una cita a ciegas en un lugar como ese.

 

“¿Cómo es que me dejé convencer? Debo buscar el baño y mojarme la cabeza. Pero ¿dónde puede estar?”

 

Respirando intranquila, me abro paso entre los asistentes hasta que puedo localizar el famoso cartelito. Camino en esa dirección sintiendo una inquietud incontrolable en mi corazón.

 

“¡Carajo! ¿Por qué no habré frecuentado antes estos sitios? Me siento como un bicho raro. Es un ambiente normal y común, por así decirlo. No hay de qué temer.”

 

Dejo salir una sonrisa nerviosa y, como si nada pasara, avanzo entre las parejas que bailan y se besan por todos lados, haciéndome sentir más incómoda. Qué alivio siento al llegar al pequeño corredor de los servicios higiénicos. Me arreglo un poco l

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