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ENTRE FUEGO Y SOMBRAS

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Annotation

Charlotte Rivers, una cirujana exitosa, parece tener una vida perfecta hasta que descubre a su prometido engañándola el día de su fiesta de compromiso. Herida y traicionada, Charlotte se ve arrastrada de nuevo al oscuro mundo de su familia de moteros, donde reencuentra a sus hermanos y cruza caminos con Rowan Hostings, un hombre peligroso conocido como "El Diablo". Mientras su vida se desmorona, Charlotte debe decidir si se atreve a arriesgarlo todo por una nueva vida, aunque eso signifique enfrentarse a un deseo ardiente y un pasado que no la dejará escapar.

Chapter 1: EL INICIO

Llegué a casa después de un día eterno en el hospital. A pesar de mi corta edad, me las había arreglado para convertirme en una de las cirujanas de urgencias más reconocidas en la ciudad. Sí, la chica prodigio. Todo un logro, ¿no? A veces aún me pregunto cómo lo conseguí, considerando que no tenía un m*ld*t* apoyo más que el de mi propia voluntad. Y aquí estoy, frente a la gran casa que comparto con Daniel, mi prometido. Él, ell empresario exitoso con sus negocios de importación y exportación. La vida perfecta... o al menos eso parece desde fuera.

Jamás, ni en mis sueños más descabellados, habría imaginado que acabaría aquí. Pero claro, para llegar hasta este punto, tuve que cortar lazos con mi familia. O, mejor dicho, con lo que quedaba de ella. Mis dos hermanos, los únicos que me quedaban, estaban metidos hasta el cuello en asuntos turbios. No es de sorpresa, considerando que nuestros padres y abuelos también lo estuvieron antes que ellos. El club de moteros, ese m*ld*t* club que casi podría decirse que corre por nuestras venas. Pero después de que mis padres murieran cuando yo tenía *p*n*s seis años, decidí que no quería tener nada que ver con todo eso. No podía. Mis hermanos se volcaron en protegerme y en mantenerme alejada de sus líos. Pero en cuanto cumplí los 16 y tuve la oportunidad de largarme a la universidad más lejana que encontré, lo hice sin mirar atrás.

El dinero no fue un problema, gracias a una beca completa, y trabajar como camarera los fines de semana me permitía disfrutar de salidas con las chicas, ropa nueva y cenas en restaurantes. Vamos, lo mínimo para mantener la fachada de una universitaria normal. Con el tiempo, la relación con mis hermanos se fue enfriando. Ahora, *p*n*s nos enviamos postales en Navidad y nos felicitamos los cumpleaños. Eso es todo. Y aunque me cueste admitirlo, los echo de menos. Pero claro, es más fácil pensar que así es mejor. No más drama, no más peligro.

Dejé las llaves en el recibidor y me miré en el espejo. Mi larga melena rubia caía hasta la mitad de la espalda, impecable como siempre. Me retoqué los labios con ese rojo que a Daniel tanto le gusta y me aseguro de que las ojeras no se vean demasiado bajo mis ojos grisáceos. Perfecto. Después de un turno de más de 12 horas, todo lo que quiero es olvidarme de todo y tirarme en la cama con mi futuro marido. Porque, después de todo, ¿qué más se puede pedir de la vida perfecta?

—Hola, cariño —me saludó Daniel, mientras entraba en la cocina. Lo vi de espaldas, concentrado en cortar unas verduras con una precisión casi quirúrgica. Era espectacular. Él, la escena, todo. Un hombre que se preocupaba por mí, que me amaba, que tenía esos detalles que hacen que cualquier día parezca especial. Y atractivo... vaya si lo era. Era normal que me sintiera afortunada, ¿no? Después de todo, teníamos una vida lejos de cualquier peligro, de todo aquello de lo que había huido.

—Hola, amor —respondí, acercándome a él. No pude evitar la urgencia que se acumulaba en mí después de un día tan largo. Me acerqué a su lado y lo besé, un beso lleno de la necesidad que sentía, esa necesidad de algo tangible, algo real, algo que me recordara que todo esto era mío, que no era un sueño del que podría despertar en cualquier momento.

Daniel respondió a mi beso con la misma intensidad, dejando de lado el cuchillo y las verduras. Sus manos se deslizaron por mi cintura, acercándome más a él. Era un alivio sentirlo tan presente, tan real. Después de horas en el hospital, rodeada de caos, sangre y dolor, esto era justo lo que necesitaba: una pausa, un momento de paz en sus brazos.

—¿Día difícil? —preguntó, rozando mi mejilla con su pulgar.

—Como no tienes idea —respondí con un suspiro, dejándome caer un poco en sus brazos. Aunque sabía que él nunca entendería del todo lo que implicaba mi trabajo, apreciaba que lo intentara. Daniel me ofrecía un refugio, una vida que, aunque envidiable y casi perfecta, no dejaba de sentirse un poco irreal. Como si fuera un escenario montado para una película, donde yo jugaba el papel de la mujer feliz.

—Entonces, déjame encargarme de todo esta noche —dijo, sonriendo de esa manera que siempre lograba tranquilizarme. Volvió a sus verduras, pero esta vez con una sonrisa en los labios. El simple hecho de verlo así, tan dedicado a algo tan simple como preparar la cena, me hacía preguntarme cómo había llegado a este punto. Un hombre perfecto, una casa perfecta, una carrera perfecta... todo tan pulido que casi daba miedo.

Lo observé en silencio por un momento, dejándome invadir por esa sensación extraña de satisfacción y desconcierto. La verdad era que, aunque esta vida me había salvado de la oscuridad de mi pasado, a veces me preguntaba si todo era tan perfecto que en cualquier momento se rompería en mil pedazos. Pero me sacudí ese pensamiento; no era momento para dudas, no ahora. Ahora solo quería disfrutar de la compañía de mi prometido, de este pequeño paraíso que habíamos creado juntos, lejos de todo lo que alguna vez temí.

—Voy a cambiarme, me siento pegajosa después de tantas horas —dije, dándole un último beso rápido antes de dirigirme a nuestra habitación. Mientras subía las escaleras, sentí el peso de los recuerdos y la vida que había dejado atrás, pero los aparté de mi mente. Esta era mi vida ahora. Y tenía que asegurarme de que nada ni nadie la arruinara.

Después de cambiarme de ropa, me dirigí al baño para darme una ducha. El agua caliente siempre lograba calmarme, ayudándome a relajarme tras un día de estrés interminable. Me dejé llevar por la sensación del agua corriendo por mi piel, tratando de dejar atrás todo lo que había visto y hecho hoy.

Justo cuando comenzaba a sentirme un poco más ligera, la puerta del baño se abrió. Giré la cabeza y vi a Daniel entrar, una sonrisa traviesa en su rostro.

—¿Te importa si me uno? —preguntó, aunque su tono sugería que no esperaba un no por respuesta.

—Creo que podría hacerte un espacio —respondí con una sonrisa.

Daniel se deshizo de su ropa rápidamente y entró en la ducha conmigo. El espacio, que había parecido más que suficiente para mí sola, de repente se sentía mucho más íntimo con él allí. El agua caía sobre ambos, pero *p*n*s lo notaba; todo lo que podía sentir era la calidez de su cuerpo junto al mío.

Él deslizó sus manos por mi espalda, recorriéndola con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de su presencia. Sentí cómo toda la tensión de mi día se desvanecía mientras él me abrazaba, su cuerpo presionando suavemente el mío contra las baldosas.

—Te he echado de menos —murmuró, inclinándose para besarme en el cuello, haciéndome estremecer.

—Yo también —admití, cerrando los ojos y dejándome llevar por la sensación de sus labios contra mi piel.

El agua seguía corriendo, pero ahora era él quien me hacía sentir realmente viva. Este momento, juntos en la ducha, me recordó por qué había elegido esta vida, por qué me había alejado de todo lo demás. Aquí, con él, era donde sentía que pertenecía.

Daniel me giró lentamente, hasta que me quedé frente a él. Su mirada, llena de deseo y ternura, me atrapó por completo. Sin decir una palabra más, me besó, un beso que no dejaba lugar a dudas sobre lo que ambos necesitábamos en ese momento. Nos perdimos en el calor del agua, en la cercanía de nuestros cuerpos, dejando que todo lo demás se desvaneciera, aunque solo fuera por un rato.

La ducha, que había empezado como un simple escape de la realidad, se convirtió en algo mucho más profundo. Nos movimos al unísono, como si hubiéramos hecho esto mil veces antes, y de alguna manera, siempre se sintiera nuevo. Estar con Daniel era una forma de recordar lo lejos que había llegado, lo que había logrado, y todo lo que estaba dispuesta a proteger.

Después, nos quedamos en la ducha por unos minutos más, simplemente disfrutando de la cercanía, del silencio cómodo que se instaló entre nosotros. Finalmente, Daniel cerró el agua y me envolvió en una toalla, secándome con cuidado. A veces me parecía increíble que alguien pudiera ser tan perfecto, tan atento. Pero había aprendido a no cuestionarlo, a simplemente aceptar la felicidad que tenía frente a mí.

—Vamos a cenar —dijo él, con una sonrisa mientras me guiaba fuera del baño.

Y, por un momento, todo estuvo bien.

Chapter 2: FIESTA DE COMPROMISO

Daniel se había marchado un rato antes a la oficina, dejándome sola para organizarme antes de la fiesta. Yo, por mi parte, me había cogido la semana libre para poder concentrarme en la clínica gratuita y, por supuesto, en los preparativos de mi fiesta de compromiso. Hoy era el gran día. Suspiré mientras bajaba a la cocina para prepararme el desayuno. A pesar de todo, no podía evitar sentir una punzada de incomodidad cada vez que pensaba en los invitados... o más bien, en los que no estaban invitados.

No había invitado a mis hermanos. Ni siquiera sabían que me iba a casar. Cuando quise decírselo, ya era demasiado tarde, y tampoco es como si pudiera aparecerme de la nada y decirles: — Hey, hola, aquí tienen una invitación para mi fiesta de compromiso—  dos días antes. Mientras pensaba en eso, una tostada se me atragantó, atrapada en el nudo que se me había formado en la garganta. Daniel nunca preguntó por qué no había nadie de mi familia en la lista de invitados, y por eso le es

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