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Corazón gélido.

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Annotation

Isabella aprendió que la vida no es como en los cuentos de hadas, que la vida no es color rosa. Sin embargo, nadie escapa de las «garras» del amor e Isabella no fue la excepción. Se enamoró y sufrió y cuando creyó que podría darle una segunda oportunidad al amor, volvió a sufrir. Un engaño. Un desamor. Un corazón roto. Un corazón que se volvió gélido. A veces los designios del destino son… caprichosos. Un accidente. Un sueño. Un chico. —*— Valentín se propuso ser alguien diferente cuando sufrió, en más de una ocasión, por amor. Decidió dejar de ser el chico gentil, amable, romántico y cursi. Se propuso ser como esos chicos celosos, egoístas y posesivos, con tal de no sufrir nuevamente por amor. Valentín creyó que podría lograrlo hasta que conoce a una chica que pondrá en tela de juicio sus decisiones. Valentín tendrá que luchar, tendrá que demostrar que sus sentimientos son sinceros y quizá consiga conquistar el corazón gélido de esa chica.

Prefacio.

Cuando era niña creía que nada era imposible. Era feliz pensando de esa manera; quizá porque solo era una niña y la inocencia formaba parte de uno mismo como un todo. ¿Una infancia feliz? Sí, hasta que cumplí 14 años. La adolescencia fue algo más que cambios físicos y hormonales porque trajo consigo algo más.  

Supe que algo andaba mal conmigo cuando mis amigas comenzaron a hablar sobre chicos; algo completamente típico a esa edad, pero yo… A mí no me interesaba hablar solo de chicos. Al principio pensé que era común; no todos los adolescentes son iguales y creí que tal vez con el tiempo lograría estar tan embobada hablando con mis amigas sobre muchachos, pero no fue así. 

Conforme pasaba el tiempo, me daba cuenta de que miraba a las chicas y chicos por igual. Qué ironía, ¿verdad? La primera vez que me di cuenta de ello fue cuando a mitad de año hubo un traslado de otro colegio, trayendo a mi instituto a dos alumnos nuevos... Una chica y un chico; ellos eran hermanos mellizos. Fue sencillamente hechizante porque no pude quitar la mirada de ellos y supe lo qué era ese tan conocido dicho «amor a primera vista». Darme cuenta de que no era normal me aterraba. Sin embargo, jamás hubo algo mal en mí. Lo terminé sabiendo muchos después. 

Les conté a mis amigas que quizás algo no andaba bien conmigo y les confesé que me gustaban los chicos y las chicas. Llegué a pensar que ellas me ayudarían y me darían consejos. Qué gran error. Todas ellas se alejaron de mí, tachándome de rarita, lesbiana, bicho raro, pecadora y un sinfín de palabras humillante hacia mi persona. Solo tenía 14 años y no entendía nada. Y con mi secreto revelado, todos en el instituto se burlaban de mí. Me maltrataron psicológicamente y físicamente. Hubo días que regresaba a casa con golpes y las buenas hijas de sus madres me golpeaban donde no se podía ver porque evitaban mi rostro, pero no el resto de mi cuerpo. Mi mundo mutó completamente y para ellas fui un saco de boxeo. 

Dos años de maltratos. Dos años de humillaciones. Dos años en constante agonía; no comía bien ni dormía bien. Mi aspecto físico sufrió las consecuencias porque perdí mucho peso y era lamentable. ¿Mis padres? Bueno, ellos nunca se enteraron del por qué de mi semblante serio, del por qué no dialogaba mucho o del por qué de mi encierro. Temía que ellos también me hicieran algo similar a lo que me hacían mis amigas. El miedo se convirtió en mi pan de cada día porque mi padre proyectaba mi futuro, alegando que cuando llegara a la mayoría de edad, conocería a un chico, me enamoraría, me casaría y le daría muchos nietos. Sí. El hombre que veía y admiraba como si fuera mi súper héroe, jamás me aceptaría si descubría que su única hija era bisexual. 

Cuando cumplí 16 años, mis padres decidieron buscar nuevas oportunidades, un nuevo estilo de vida, un cambio. Una mudanza, una nueva ciudad, un nuevo barrio, un nuevo instituto. Una nueva vida. Me había propuesto ocultar todo sobre mi orientación sexual. Constantemente me repetía que todo estaba bien, que no había nada de malo conmigo. El hecho de que me sintiera atraída por los chicos y chicas, no tenía absolutamente nada fuera de lo normal. Sin embargo, no todos pensaban, ni piensan, de la misma manera porque la misma sociedad se encarga de etiquetar a las personas por cualquier diferencia. 

Mis padres estaban felices y yo demostraba estarlo, por lo menos delante de ellos, pero cuando me encontraba en la soledad de mi habitación, todo cambiaba, todo se volvía denso, pesado, desgarrador. Muy en el fondo de mi ser sabía que era una decepción para ellos, pero yo ¿qué culpa tenía de haber nacido así? 

Un año después, mi vida volvió a cambiar porque conocía a alguien. 

Gina Maillot era mi compañera de curso. Una chica esbelta, de unos centímetros más alta que yo, un rostro níveo que era adornado por unos bonitos ojos marrón claro, cabello cobrizo con ondas que le llegaban hasta la cintura y piel canela… Ella era el sueño de todo muchacho, estoy segura de eso; simpática, humilde y con una sonrisa que derretía a cuantos chicos se le cruzaban por su lado, pero sus sonrisas y sus miradas iban siempre dirigidas a mí. Así que no lo creí cuando encontré una nota suya en mi casillero. En esa pequeña nota me decía que la esperara después de sus prácticas de natación porque tenía que hablar conmigo. Salté de la emoción y aquella ilusión que muchas veces ideé en mi mente, se estaba haciendo realidad. 

Entonces, volviendo al punto, la hora llegó y era un manojo de nervios. Las mariposas también habían hecho de las suyas dentro de mi estómago. 

«Me gustas. Me gustas muchos y quiero saber si aceptarías salir conmigo». Esas fueron las palabras de Gina, las mismas que me llevaron a cometer el peor pecado visto por la sociedad. Por supuesto, acepté sin titubear y con ello llegó mi primer beso. El primero que daba a una chica, el primero de muchos y lo mejor de todo, tenía como novia a la chica más hermosa de todo el instituto. 

Pasaban los meses y el amor crecía en demasía. Cada caricia, cada beso, cada susurro de palabras bonitas, todo lo teníamos que ocultar del resto del mundo. A veces era tan estresante no poder tomarnos las manos y caminar como cualquier pareja o no poder besarnos delante de los demás, todo por miedo. El m*ld*t* miedo al rechazo. Pese a ello, solo era de mi parte porque la familia de Gina sabía sobre ella. Ojalá y hubiera tenido la valentía suficiente como para confesar a mis padres sobre mi orientación sexual y decirles orgullosamente que tenía a la chica más hermosa de todo el instituto, del mundo, como novia, pero no. 

Faltaba poco para la graduación y con ello el baile de fin de curso. Una despedida definitiva de las aulas, de los profesores y compañeros. Tomaríamos rumbos diferentes, forjaríamos nuestro futuro con una carrera universitaria. Ese glorioso día había llegado. Con Gina cumplíamos tres meses de novias y por supuesto, al baile fuimos juntas, pero solo como amigas. 

Mis padres estaban orgullosos de mí y yo, bueno, en parte también porque, ¿qué otra cosa podía hacer? Quizá muchas o no lo sé. 

Después de haber disfrutado de la fiesta, haber bailado y beber algo de alcohol, nos despedimos de nuestros compañeros. Con un sencillo adiós, nos despedimos de todos y nos encaminamos rumbo a mi casa. 

La noche era magnífica, lo recuerdo perfectamente; la luna llena, la suave brisa, Gina a mi lado, sonriendo y rozando su mano con la mía. Esa noche nos prometimos entregarnos en cuerpo y alma (mis padres no estaban en casa). 

Llegamos a casa, la puerta se cerró y con Gina nos sumergimos en un mundo de besos lentos y apasionados, de caricias suaves que poco a poco nos desgarraban de nuestras ropas. Se suponía, juro que se suponía, que ese momento tendría que haber sido el mejor, el que te deja marcada, del cual nunca olvidas, pero no fue así. Íbamos subiendo las escaleras, rumbo a mi cuarto, en medio de besos, cuando la puerta se abrió, un grito de espanto se oyó, pasos acercándose, un fuerte golpe en mi mejilla derecha y lo último que vi fue como la persona que creí era mi súper héroe sacaba de un empujón a la que hasta ese instante era mi novia. Todo fue en cámara lenta, quise gritar, llorar, pedir a mi padre que por favor la dejara tranquila, pero mi cuerpo no reaccionaba. Había caído en un profundo trance. Mi mayor pesadilla se había hecho realidad. 

¿Por qué entrar en profundos detalles de lo que ocurrió después? Solo diré que mi vida perdió sentido, que mi mundo cayó, que el hogar que creía era mi refugio, mi calidez, en el cual me daban tanto amor como fuera posible, se desmoronó por completo. 

«Nunca vuelvas, pedazo de escoria. Maldita seas una y mil veces. Ya no tienes nada que te relacione con nosotros y nosotros no tenemos nada, no tenemos una hija… Nuestra hija acaba de morir». Esas palabras —dichas por la persona que creí era el mejor hombre del mundo— han quedado grabadas en mi memoria, como también el llanto de la que era, hasta ese entonces, mi heroína.

Un verdadero hogar.

Nunca supe qué fue de Gina y supongo que con todo lo que pasó, prefirió alejarse de mí y la entendí. Además, no tuve las ganas necesarias para saber de ella. 

Pasé los siguientes cuatros meses más duros, fríos y solitarios de mi vida y con ellos se sumaban nuevos sentimientos. Egoísmo, orgullo, vanidad, soledad… frialdad. Mi cumpleaños número 18 lo pasé en un parque, comiendo un pote de frutas que había sido parte de un pago, junto a unos cuantos billetes, después de haber limpiado los baños de un restaurante. Aun así, fui feliz. Era libre, pero aquella libertad no era como la hubiera deseado. 

Comencé a trabajar de camarera en una cafetería y fue cuando la conocí. Iba todas las tardes a tomar el té y casi siempre yo era la encargada de atender su mesa. Primero fueron saludos cordiales, como con todos los clientes; pasado las semanas fueron pequeñas charlas, diálogos, resumidos de mi vida porque constantemente su curiosidad se acrecentaba. Y conforme pasaba el tiempo, no

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