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Contratada Para Ser La Hija Del CEO

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Annotation

Sophie Sanders nunca imaginó que una cena benéfica cambiaría su destino. En una sola noche perdió la esperanza, la fe en el amor y casi a su hijo. Cuando el poderoso empresario Andrew McCarthy aparece frente a ella con una propuesta imposible, su mundo se detiene. Él le ofrece dinero, protección y el tratamiento médico que podría salvar la vida del pequeño Lucas, pero a cambio le exige algo impensable. Sophie deberá fingir ser su hija perdida y vivir bajo su mismo techo como parte de una mentira que podría destruirlos a todos. En la mansión McCarthy nada es lo que parece. Andrew oculta un pasado lleno de culpas, su esposa Veronica convierte cada sonrisa en amenaza y Daniel, el heredero perfecto, guarda un secreto que une su destino al de Sophie de una forma prohibida. Entre apariencias, secretos y deseos que nadie se atreve a confesar, Sophie descubrirá que la verdad puede ser más peligrosa que la mentira que aceptó representar.

Capítulo 1 - El Baile de las Máscaras

PARTE I - Enmascarando los Sentimientos

El sol se filtraba entre las copas de los árboles del exuberante jardín McCarthy, dibujando sombras delicadas sobre las mesas de lino blanco y los arreglos de rosas. Era una tarde de ensueño en los Hamptons, con camareros impecables en fila, violinistas al fondo y una multitud de millonarios desfilando por la alameda principal como si fuera una alfombra roja.

De pie en la entrada, Sophie sostenía la carpeta con la lista de invitados. Intentaba sonreír, pero su mente estaba en otro lugar. Solo pensaba en la cama blanca del hospital, en la respiración frágil de Lucas. Sus dedos temblaban imperceptiblemente sobre la carpeta, deseando alcanzar el celular en el bolso, solo para ver si Emily había enviado noticias sobre el niño. Una señal, una actualización, cualquier cosa que la arrancara de aquella burbuja dorada donde nada real parecía existir.

—¿Qué es esto? —La voz metálica de Veronica McCarthy cortó el aire como una hoja envuelta en seda.

Sophie alzó los ojos. La anfitriona del evento benéfico avanzaba hacia ella, impecable en un vestido blanco de corte minimalista. Se detuvo frente a la joven, evaluándola de arriba abajo, con una sonrisa afilada en el rostro.

—Queridos, observen —dijo, dirigiéndose al pequeño grupo de invitados que la acompañaba—. Esta es la cálida recepción de la familia McCarthy: ¡una joven tan viva… como una figura de cera!

Algunas risas discretas se esparcieron. Sophie intentó reaccionar, pero el nudo en el estómago se apretó.

—Sabes, querida, aquí en los Hamptons no basta con estar presente, hay que iluminar el ambiente, aunque claramente no pertenezcas a él —continuó Veronica—. Si no puedes disimular esa mirada de aburrimiento, deberías volver al lugar de donde salen chicas pálidas como tú… Aunque no tengas clase para estar aquí, al menos deberías tener profesionalismo.

A su alrededor, las miradas cómplices registraban la escena, algunas con pena, otras con deleite. Sophie permaneció inmóvil, el rostro ardiendo, mientras por dentro solo pensaba en Lucas y en cómo, frente a una mujer como Veronica McCarthy, cualquier dignidad parecía disolverse en el aire.

Andrew McCarthy observaba la escena a pocos metros de distancia, fingiendo conversar con un par de banqueros, cuando en realidad vigilaba discretamente a su esposa. Veronica, impecable en su papel de anfitriona, acababa de herir a la recepcionista con aquellas palabras frías, mientras mantenía en el rostro la sonrisa de Reina del Baile.

Sophie permanecía en silencio, los ojos bajos, y aquella pasividad frente a la humillación produjo en Andrew una incomodidad inédita. Su mano apretó el vaso de whisky con más fuerza de la necesaria, los nudillos blancos. No era solo empatía. Era como si, al ver a su esposa humillar a una desconocida de manera tan gratuita, por fin viera, bajo el sol de la tarde, a la mujer con la que había compartido los últimos veintidós años.

El celular vibró en el bolsillo del saco. Pidió disculpas a los invitados con los que hablaba y se alejó discretamente hasta la terraza del jardín que daba al mar. Observó la marea que iba y venía mientras la brisa salina rozaba su cabello.

Su corazón se aceleró al ver el remitente en la pantalla: Laboratorio Genético de Nueva York – Resultados confidenciales. Abrió el correo. La pantalla blanca se llenó de líneas clínicas, sin emoción:

Laboratorio Genético BioLife Nueva YorkPrueba de ADN – Paternidad

Solicitante: Andrew James McCarthyIndividuo analizado: Daniel Anthony McCarthyFecha de toma de muestra: 04/05/2024

Resultados:Ausencia de compatibilidad genética en todos los marcadores evaluados.

Índice de Paternidad (PI): 0,00Probabilidad de Paternidad: 0,00 %

Conclusión:Los resultados obtenidos excluyen la posibilidad biológica de que Andrew James McCarthy sea el padre genético de Daniel Anthony McCarthy.

Debajo, otro informe que Andrew temía confirmar desde hacía años:

Análisis de Espermograma – Clínica Urológica Mount SinaiPaciente: Andrew James McCarthyFecha: 04/05/2024

Conclusión:Resultados compatibles con esterilidad definitiva.

Andrew cerró los ojos. El mar allá abajo brillaba indiferente; las gaviotas cruzaban el cielo azul sin prisa. ¡Veronica lo sabía! ¡Veronica siempre lo supo!

Por un instante, la imagen de su esposa humillando a aquella recepcionista pareció fundirse con el informe en la pantalla. Era igual de cruel y todo en nombre de las apariencias. El matrimonio, el hijo, la familia perfecta… todo era una farsa.

Apoyó las manos sobre la baranda de mármol. Por dentro, algo comenzaba a derrumbarse.

PARTE II - Detrás de las Máscaras

Mientras tanto, los invitados aún circulaban por los jardines cuando Sophie fue llamada por una asistente de mirada apurada. Conducida hasta el ala lateral de la mansión, entró en un salón menor, ya vacío, donde Victor Montgomery, el organizador del evento, revisaba su reflejo en un espejo de marco dorado.

—Señorita Sanders, ¿verdad? —preguntó sin mirarla, con un tono mecánico, como quien repite un nombre de catálogo.

—Sí —respondió con firmeza, pese al frío en el estómago.

—La señora McCarthy no quedó satisfecha con su actitud. Dijo que parecía un tanto… apática. Y un evento como este requiere el máximo profesionalismo.

Sophie tragó saliva. Pensó en contarle sobre el hospital, sobre Lucas, sobre las horas de angustia intentando sonreír a desconocidos mientras su hijo luchaba por la vida al otro lado de la ciudad. Pero las palabras se deshicieron en su garganta. Ese trabajo de recepcionista eventual en los Hamptons pagaba bien; no podía perderlo.

Victor no esperó respuesta.

—Considérese despedida.

El despido la golpeó como un puñetazo en el estómago. Aun así, Sophie levantó el mentón, conservando lo que le quedaba de dignidad.

—¿Y el pago acordado?

Victor la miró con ojos fríos como acero pulido. Sacó un talonario del bolsillo del saco, escribió rápidamente usando una mesita de roble como apoyo y le tendió el cheque. Sophie comprobó el valor.

—Señorita Sanders —comentó él, con más autoridad que justificación en la voz—, imagino que leyó nuestro contrato de prestación de servicios. Más precisamente la cláusula 4.2, que establece que el pago íntegro solo se efectuará al completar el servicio.

—De acuerdo… ¿pero el transporte? ¿Cómo voy a volver a casa?

—Como ya le dije, el contrato especifica que los costos de transporte y alimentación corresponden únicamente al servicio completo. Usted firmó, usted aceptó. Lo lamento, no puedo hacer más. Con permiso.

Guardó el celular en el bolsillo y pasó junto a ella sin añadir palabra, dejando tras de sí solo el rastro de su colonia cara.

Sophie quedó inmóvil unos instantes, la carpeta aún en la mano como un accesorio inútil. No pueden hacerme esto, pensó. No es justo. Pero, ¿qué podía hacer contra la élite de Nueva York? Soltó un suspiro resignado y, cuando se dio cuenta, ya caminaba hacia la puerta, los tacones resonando sobre el piso encerado. En el jardín, las risas de los invitados sonaban como una lengua extranjera, distante y cruel.

Dejó la carpeta sobre una mesa y bajó por la alameda. No había coche esperándola, ni chofer. No tenía dinero para volver en Uber hasta Harlem.

Respiró hondo, se quitó los zapatos de tacón y empezó a caminar por la amplia carretera.

El camino era silencioso, flanqueado por jardines meticulosamente recortados. Sophie avanzaba por la acera estrecha, los zapatos en la mano, los pies castigados por el asfalto frío. Las mansiones iluminadas parecían burlarse de ella. En cada ventana, el retrato de un lujo que jamás alcanzaría.

Había aceptado participar en aquel espectác*l* de frivolidad por Lucas. Por su hijo enfermo soportaría cualquier cosa, sin vacilar. Pero regresar a casa con las manos vacías era lo que más la enfurecía.

El ruido de un motor acercándose hizo que su corazón se acelerara. Un coche negro, elegante, redujo la velocidad. La ventanilla descendió.

—¿No estarás pensando en volver caminando, y encima descalza, verdad? —preguntó una voz grave.

Sophie se detuvo, el cabello pegado al rostro por la brisa húmeda. Reconoció al conductor en el acto: era Andrew McCarthy, el cuarentón de barba impecable y ojos verdes intensos, quien le hablaba al volante.

Andrew la observaba con una expresión indefinible. No era lástima ni desprecio. Era algo entre la culpa y la curiosidad, como si viera en Sophie un reflejo de su propio desamparo recién descubierto. La imagen de su esposa humillando a aquella mujer aún ardía en su mente, mezclada con el informe que acababa de destruir su vida en segundos.

Por un instante, Sophie quiso negarse y seguir su camino, evitando más problemas. Pero le dolían las piernas, y en la mirada de él no había desprecio.

Andrew desbloqueó la puerta del pasajero.

—Sube.

Ella dudó un momento. Luego abrió la puerta con cautela y se sentó. El silencio llenó el coche cuando el motor volvió a rugir, llevándolos hacia la tarde que se desvanecía.

Capítulo 2 -  Detrás de las Máscaras

PARTE I - Una Sonrisa Enmascarada

En el jardín, el evento seguía en pleno esplendor. El sol poniente se reflejaba en las copas de champán y en las joyas de las invitadas. Veronica McCarthy subió al pequeño escenario de madera, rodeada por arreglos de lirios blancos y por el logotipo bordado de la fundación benéfica de la cual era propietaria.

Tomó el micrófono con elegancia. Su voz sonó firme, el tono perfectamente ensayado.

—Buenas tardes a todos —comenzó, sonriendo—. Es un honor recibirlos una vez más en nombre de la Fundación McCarthy, que sigue comprometida con la construcción de un futuro más justo…

Hizo una pausa, con el brillo seguro de quien domina al público, y añadió con un toque teatral:

—Y para compartir unas palabras conmigo, invito al hombre que ha sido mi compañero, mi inspiración y el alma de esta causa: mi esposo, Andrew McCarthy.

El público aplaudió, las cámaras se levantaron. Pero Andrew no apareci

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