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Bellas y peligrosas: las hijas de mi marido

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Annotation

Una mujer firma un contrato de matrimonio y cree haber encontrado el amor verdadero en un hombre guapo y seductor, empero su relación sentimental será todo lo contrario porque su flamante esposo resulta ser ni más ni menos que un mafioso ruin y miserable, con una vida llena de enigmas y encrucijadas, salpicada de constantes riesgos y peligros, muerte y terror. Sin embargo más grande será la sorpresa de ella al descubrir que el hombre del que se enamoró perdidamente, tiene tres hermosas hijas de otros tantos compromisos diferentes, cada una aún más misteriosa que la otra, implacables, implacables y severas en extremo. Ellas siguen los pasos de su padre y no solo son bellas sino peligrosas, inmersas en negocios complicados y turbios, igualmente plenos de riesgos y peligros, desafiando a la ley y enfrentando a enemigos miserables y ruines. La mujer no podrá renunciar a esa vida de peligros porque firmó ese contrato de nupcias con su marido, comprometiéndose a administrar esos negocios ilícitos que pondrán en riesgo no solo la ida de ella sino a toda su peculiar y nueva familia.

Chapter 1

-No, señorita, por favor, no sea cruel, yo no la traicioné, jamás me atrevería hacerle daño, a usted, ni a su padre ni a sus hermanas, yo le soy fiel a su familia, siempre he sido leal a su papá, por favor no me mate, se lo imploro de rodillas, yo la conozco a usted de pequeñita-

Los lamentos de aquel pobre hombre rebotaban en las paredes del cuartucho oscuro y tétrico y el eco hacían fantasmagóricos los ruegos del sujeto, igual a los alaridos de espectros queriendo levantar vuelo en el silencio. El tipo estaba allí, derrumbado como un trapo sucio, hecho una piltrafa, sumergido en el llanto, transformado en un despojo humano, arrodillado, metido en las sombras, con la cara duchada de lágrimas, solicitando piedad, tratando de escarbar los sentimientos de la joven mujer que no dejaba de mirarlo con indiferencia y crueldad a la vez, haciendo brillar sus divinos ojos y manteniendo los labios apretados, pincelando a una postal inmisericorde. Los otros sujetos que la acompañaban, también seguían allí imperturbables, como postes, escondidos igualmente en la oscuridad, silueteando sus figuras como fantasmas, haciendo más dramática aquella pintura de miedo y llanto que iba quebrando de a pocos la quietud del descampado.

-Le juro señorita que yo no fui el traidor, fue otro tipo el que avisó a la policía sobre la entrega de esa mercadería, yo jamás osaría a traicionarla porque la respeto, la admiro, usted es una mujer carismática, una buena jefa, debe creerme, respeto a su familia, a usted la venero y la idolatro, jamás le haría daño-, seguía implorando el tipo, entrampando sus clamores en esas paredes amarillentas, lúgubres y pálidas que le ponían marco a sus lamentos y lloriqueos y que hacían de la tarde aún más moribunda y apagada, como su propia voz que parecía irse extinguiendo paulatinamente igual a una vela cadavérica que se va derritiendo paulatinamente hasta no quedar más que un charco humeante, convertida en cera.

-Dame el nombre de ese traidor-, dijo al fin ella, sentada en la silla de madera, mirando fijamente al sujeto, con las piernas cruzadas, la minifalda jean recortada en sus deliciosos muslos, las botas impecables, marrones, de flecos, la blusa floreada, ajustada, sin mangas y sus pelos resbalando sensuales a sus hombros, como cascadas excitantes. Sus ojos sin embargo se mantenían inexpresivos, como dagas que no dejaban de hincar al sujeto afligido, ahuecando su pellejo, haciéndolo sentir cada vez aún más miserable, con las horas contadas, sin esperanzas de que le perdone la vida. Sus ruegos rodaban al abismo donde no había dónde asirse ni sujetarse, tan solo caer y caer en un pozo sin fondo.

-No lo sé, señorita, no lo sé, si lo supiera se lo diría, yo estoy tan sorprendido como usted de que la policía llegara tan de pronto, que nos sorprendiera repentinamente, que estropeara la entrega, todo estaba bien calculado, el plan se desarrollaba perfectamente cuando de pronto aparecieron los patrulleros y rodearon todo, disparando sus armas, yo no sé cómo pude escapar, me arrastré por los matorrales, me escondí entre los árboles, logré ocultarme en las sombras y pude escapar, fue un milagro, pero le juro que no sé quién fue el que la traicionó, todo ocurrió tan de prisa que no tuve tiempo de reaccionar, tan solo de esconderme y escapar-, continuaba diciendo el sujeto sin dejar de llorar, incluso a gritos.

-¿No te parece extraño que el único superviviente de la masacre fuiste tú? Se supone que se encontraban completamente rodeados-, preguntó la mujer, gélida, incrédula y altiva.

Eso era cierto. Todos los sujetos que estaban al pie de la mercancía fueron acribillados en la cruenta batalla que se desató en plena selva. Los agentes llegaron disparando sus armas, sorprendiendo a los hombres que intentaron repeler el fuego con sus armas, pero fue inútil porque los efectivos les doblaban el número y el chubasco de balas los desconcertó por completo. La lucha duró tan solo unos minutos.

-Me escondí, tuve suerte, me metí entre unos matorrales y logré escapar culebreándole en los lodazales, aprovechando las sombras, usted sabe cómo es de intrincada la selva, logré abrirme paso entre los matorrales y los árboles y escapé, debe creerme-, imploraba el tipo.

No era la primera vez, sin embargo, que ocurría eso en la organización. Ya eran varias las ocasiones que la policía había logrado desarticular sendas entregas y el mismo sujeto había logrado salir con vida, coincidentemente, evitando las balas, rompiendo el cerco, arrastrándose por la oscuridad, evadiendo a los agentes. -Eres experto escapando de situaciones complicadas-, sonrió ella, pero esa risa fue irónica, como una mofa del sufrimiento del tipejo.

-Pero es verdad, soy muy hábil, rápido, escurridizo, huelo el peligro-, intentó una vana y fatua defensa el tipo. Sabía que ella no estaba convencida de sus alegatos y tampoco le creía sobre su buena fortuna, es más sus excusas resultaban inverosímiles.

-Si me dices quién nos traiciona, te perdono-, subrayó la mujer, estirando una leve sonrisa en su boca.

-Adrián, es Adrián-, soltó prenda, finalmente el sujeto, vencido, extenuado, inerte, exhalando su angustia en sus desesperados soplidos.

La mujer quedó en silencio, apretando los labios. ¿Sería cierto eso? Adrián era uno de los amigos más cercanos de su padre, compartieron muchas fiestas juntos, también aventuras, desafíos, entregas y levantaron todo ese negocio casi de la nada, desafiando la ley, arriesgando sus vidas. Suspiró y luego se puso de pie, en forma solemne y ceremoniosa. Se acercó al tipo y le levantó el mentón para verle los ojos bañados en lágrimas. El tipo estaba pálido, desencajado, ojeroso, demacrado, temblaba y su corazón rebotaba frenético en el pecho. Ella estiró una larguísima sonrisa. -Te dije que no me gustan los delatores-, dijo y luego chasqueó los dedos.

-¡¡¡Noooo!!!-, gritó el tipo aterrado y pasmado. Fue lo último que hizo. Cinco balazos exactos le despedazaron la cabeza, haciéndola estallar igual a una calabaza.

La mujer se fue por una puerta estrecha, pensando en cómo decirle a su padre de que Adrián lo estaba traicionando en sus propias narices.

Chapter 2

Yo no debí firmar ese contrato de matrimonio con Lewis Reynolds, pero estaba demasiado enamorada de él y no tenía cabeza para nada, únicamente quería desbordar mi sensualidad a su lado, me encantaba que me hiciera suya y disfrutaba hasta la locura de las veces que me tomaba. Desde un primer momento me imantaron sus ojos muy masculinos y viriles y su sonrisa tan deífica, como un dios helénico. Sucumbí a su figura hercúlea, propia de un general romano de imponente carruaje, con su mirada altiva, el pecho inflado y la espalda enorme como la de un tractor. Fui juguete de su risa cautivante, de su mirada hipnótica y de sus besos y caricias. Jamás sentí sensación parecida junto aun hombre. Me encandilaba su pecho enorme, sus bíceps iguales a una cadena de colinas encrespadas y los vellos que adornaban sus brazos y piernas, enormes como troncos de árboles. Me excitaba demasiado y su vozarrón de ciclón enfurecido, me desarmaba por completo, dejándome siempre a su entera merced.

Hab

Heroes

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