
La niñera y el Alfa
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Anmerkung
En un mundo donde humanos y metamorfos coexisten bajo reglas silenciosas y peligros constantes, Gabriela aprendió de la peor manera que sobrevivir no siempre significa vivir. Sola, sin familia y sin protección, acepta lo que podría ser su única salida: trabajar como niñera para un misterioso niño… que no es exactamente humano. Lo que parecía ser solo un empleo se transforma en algo mucho más arriesgado cuando descubre que el niño es hijo de un Alfa, un lobo poderoso, temido… y completamente inestable. Ethan Black Wolf no es cruel solo por reputación. Marcado por la pérdida de su Luna y consumido por la culpa, se ha convertido en un depredador frío, viviendo entre negocios sombríos e instintos cada vez más difíciles de controlar. Pero cuando su hijo comienza a enfermar sin explicación, se ve forzado a permitir la presencia de una humana en su territorio. Gabriela. Lo que ninguno de los dos esperaba era la forma en que sus mundos comenzarían a entrelazarse, no solo por el peligro, sino por una atracción intensa, primitiva e imposible de ignorar. Entre marcas prohibidas, deseos que queman bajo la piel y un vínculo que desafía todas las reglas, Gabriela se encuentra atrapada en un juego donde huir puede ser imposible… y resistirse, aún más. Porque cuando un Alfa decide reclamar lo que cree que es suyo… No existe escapatoria.
Chapter 1
Gabi
A veces me descubro pensando demasiado.
Pensando en la vida, en todo lo que me ha arrebatado y en los traumas que sigo cargando como si formaran parte de mí. Como si estuvieran cosidos a mi piel.
No desaparecen.
Nunca desaparecen.
Sé perfectamente que aferrarme al pasado no me ayudará a avanzar. No me convertirá en una persona mejor ni me llevará al lugar donde siempre quise estar. Sin embargo, mi mente insiste en regresar allí una y otra vez, arrastrándome hacia recuerdos que deberían haber perdido su poder hace mucho tiempo.
Y lo peor de todo es que no sucede solamente cuando estoy despierta.
Sucede cuando duermo.
Sobre todo cuando duermo.
Aquel día me persigue incluso en sueños.
No importa cuánto tiempo pase. No importa cuántas veces intente seguir adelante. Mi cuerpo siempre encuentra la manera de devolverme a aquel momento.
Todavía puedo oler la sangre seca impregnada en mis brazos. Ese aroma metálico y denso que parece quedarse atrapado en mis pulmones.
A veces el recuerdo es tan vívido que siento que basta con bajar la mirada para volver a verlo.
Y la mordida...
A veces todavía arde.
Arde como si nunca hubiera sanado realmente.
Como si aquella herida siguiera abierta.
Siempre es el mismo sueño.
Siempre la misma sensación.
Siempre el mismo dolor.
Y nada cambia.
Nunca cambia.
Lo recuerdo con una claridad aterradora.
Mi familia y yo viajábamos por carretera. Ya había pasado la medianoche, esa hora silenciosa en la que el mundo parece vacío y vulnerable.
Nunca viajábamos de noche.
Mi padre no veía bien cuando oscurecía y mi madre era una copiloto desastrosa. Era una regla tácita en nuestra familia: los viajes largos se hacían de día.
Pero aquella noche todo salió mal.
Habíamos salido tarde de casa de mis abuelos y, desde el principio, tuve una sensación extraña.
Una sensación difícil de explicar.
Como si algo estuviera fuera de lugar.
Como si no debiéramos estar allí.
Mi padre conducía concentrado, aunque el cansancio comenzaba a reflejarse en su rostro. Mi madre hablaba sin parar para mantenerlo despierto. Y yo...
Yo viajaba en el asiento trasero, participando en la conversación, riendo de tonterías y disfrutando de un momento completamente normal.
Éramos una familia normal.
Y quizá eso fue lo más cruel de todo.
Todos llevábamos el cinturón puesto.
Todo estaba bajo control.
Hasta que dejó de estarlo.
Algo cruzó delante del coche.
Fue tan rápido que *p*n*s pude distinguirlo.
Una sombra.
Un borrón.
Nada más.
Mi padre frenó de golpe.
El chirrido de los neumáticos resonó dentro del vehíc*l*.
Mi madre gritó su nombre.
Desesperada.
Asustada.
Pidiéndole que detuviera el coche.
Y él lo intentó.
Sé que lo intentó.
Pero no fue suficiente.
Impactamos contra algo inmensamente sólido.
Algo imposible de esquivar.
El golpe fue brutal.
El mundo entero comenzó a girar.
Nuestro coche dio vueltas y vueltas mientras el metal se retorcía a nuestro alrededor. Los cristales explotaban. Los gritos llenaban el aire.
Y luego...
Silencio.
Un silencio insoportable.
Pesado.
Irreal.
Recuerdo abrir los ojos con el rostro cubierto de sangre.
Tenía la vista borrosa y un sabor metálico llenaba mi boca.
Mi pierna ardía.
Sentía un dolor tan intenso que parecía partirme en dos.
Pero eso no fue lo más extraño.
Lo más extraño fue descubrir que estaba fuera del coche.
Tirada boca abajo sobre el asfalto.
A varios metros de distancia.
No entendía cómo había llegado allí.
Llevaba el cinturón puesto.
No recordaba haber salido despedida.
No recordaba nada.
Intenté moverme.
No pude.
Todo mi cuerpo estaba paralizado.
Atrapado.
Inútil.
Y entonces lo vi.
El coche estaba ardiendo.
Las llamas lo consumían todo.
Mis padres seguían dentro.
Intenté levantarme.
Intenté arrastrarme.
Intenté gritar.
Pero mi cuerpo no respondía.
Era como si estuviera encerrada dentro de mí misma.
Obligada a mirar.
Mi corazón golpeaba contra mis costillas con tanta fuerza que pensé que iba a romperlas.
Durante unos segundos creí que estaba muerta.
Creí que aquello era el final.
Que mi alma permanecía junto a mi cuerpo únicamente para contemplar aquella escena antes de marcharse.
Pero estaba equivocada.
Porque todo siempre puede empeorar.
Escuché algo moviéndose en la oscuridad.
Algo enorme.
Pesado.
El sonido de una respiración profunda rompió el silencio.
Animal.
Salvaje.
Aterradora.
El miedo me atravesó de inmediato.
Sentí que aquella presencia se acercaba.
Cada vez más.
Hasta detenerse junto a mí.
Entonces apareció un nuevo dolor.
Uno aún peor.
Una quemazón feroz atravesó mi brazo.
Era como si me estuvieran marcando con hierro al rojo vivo.
No podía verlo desde aquella posición.
Pero cuando aquella criatura se movió y apareció frente a mí...
La vi.
Y jamás la olvidé.
Era un lobo.
Un lobo gigantesco.
Mucho más grande que cualquier animal que hubiera visto en mi vida.
Todo en él resultaba imposible.
Mi cuerpo no podía moverse, pero reaccionó igualmente.
El terror me consumió.
Un grito quedó atrapado en mi garganta.
Todos sabían que los shifters existían.
Formaban parte del mundo.
Vivían entre nosotros.
Algunos incluso eran celebridades.
Pero saberlo era una cosa.
Verlo con tus propios ojos era otra muy distinta.
Aquel lobo poseía un pelaje tan negro que parecía fundirse con la oscuridad.
Como si absorbiera toda la luz a su alrededor.
Las llamas eran lo único que iluminaba su figura.
Las mismas llamas que consumían el coche.
Las mismas llamas que consumían a mis padres.
Y reflejados en aquel fuego estaban sus ojos.
Ojos color ámbar.
Intensos.
Profundos.
Clavados en mí.
Como si pudieran ver más allá de mi cuerpo.
Más allá de mi alma.
Mi visión comenzó a oscurecerse.
Mis párpados se volvieron pesados.
Y lo último que vi antes de perder el conocimiento...
Fueron aquellos ojos.
Observándome.
Grabándose para siempre en mi memoria.
(...)
El día amaneció gris.
Como casi todos los días.
El cielo parecía reflejar exactamente cómo me sentía por dentro.
Pesado.
Vacío.
Sin esperanza.
Aun así, me obligué a salir.
Porque no tenía alternativa.
Si yo no luchaba por sobrevivir, nadie iba a hacerlo por mí.
Después del accidente me quedé completamente sola.
Sin familia.
Sin apoyo.
Sin rumbo.
Fui a vivir con mis abuelos maternos e intenté construir una nueva vida.
Pero tampoco duró.
Ellos fallecieron.
Y después llegó el orfanato.
Un lugar lleno de niños heridos por la vida.
Lleno de historias tristes y sueños rotos.
Crecí allí.
Entre paredes que nunca sentí como un hogar.
Pasé de una familia de acogida a otra.
Algunas lo intentaban.
Otras se rendían rápidamente.
Porque nadie quiere cargar con alguien roto.
Nadie quiere hacerse responsable de alguien problemático.
Y yo era exactamente eso.
Un problema.
Cuando llegué a mi última familia temporal ya estaba cerca de cumplir la mayoría de edad.
Y cuando finalmente la cumplí...
Todo terminó.
Sin despedidas.
Sin promesas.
Simplemente me encontré sola otra vez.
Conseguí un empleo.
Regresé a la casa que mis padres me habían dejado.
O, mejor dicho, a lo que quedaba de ella.
Durante un tiempo las cosas fueron relativamente bien.
Hasta que regresaron las pesadillas.
Y junto con ellas llegó el insomnio.
El miedo a dormir.
El miedo a cerrar los ojos.
Porque sabía exactamente lo que me esperaba.
El coche ardiendo.
La sangre.
Y aquellos ojos ámbar.
Siempre los mismos.
Siempre observándome.
A veces incluso siento que alguien me vigila durante el día.
Cuando camino por la calle.
Cuando estoy sola.
Como si algo jamás se hubiera alejado realmente de mí.
Tal vez sea paranoia.
Tal vez sea mi imaginación.
Tal vez.
— Maldita sea, qué dolor de cabeza... — refunfuñé después de entregar otro currículum.
El día había sido agotador.
Largo.
Frustrante.
Pasé horas caminando de un lugar a otro, intentando parecer segura de mí misma.
Intentando convencer a los demás de que era suficiente.
Aunque en el fondo sabía que no era verdad.
Después de entregar el último currículum decidí rendirme por ese día.
Regresé a casa arrastrando los pies.
Con el cansancio pesando sobre mis hombros.
A mitad del camino compré un periódico.
Era una costumbre anticuada.
Casi absurda en estos tiempos.
Pero me recordó a mi padre.
Él solía buscar trabajo de esa manera.
Revisando anuncio tras anuncio con paciencia y esperanza.
Quizá valía la pena intentarlo.
Cuando llegué a casa me dejé caer sobre el sofá.
Solté un largo suspiro.
Y comencé a leer.
Había pocas ofertas.
La mayoría exigía estudios, experiencia o habilidades que yo nunca había tenido la oportunidad de adquirir.
Hasta que una llamó mi atención.
Inmediatamente.
Me incorporé en el asiento.
— Vacante para niñera... eso es interesante.
Mi corazón se aceleró un poco.
Porque, después de todo, aquello sí era algo que sabía hacer.
Y bastante bien.
Tenía experiencia.
Mucha experiencia.
Tomé el teléfono y anoté cuidadosamente el número.
Como si pudiera desaparecer si apartaba la vista.
Durante unos segundos me quedé observándolo.
Dudando.
Pensando.
Y finalmente envié el mensaje.
— Vamos a ver en qué termina esto — murmuré.
Chapter 2
Gabriela
Conforme pasaban los días, las cosas solo empeoraban. Al principio intenté mantener la calma, pensando que solo era una mala racha, pero después de tantos intentos frustrados comencé a creer que había algo muy malo conmigo… o con mi currículum. Esa parecía ser la única explicación lógica para el hecho de que nadie me diera siquiera una oportunidad.
Llamé a innumerables números telefónicos, envié mensajes, pedí recomendaciones, entregué currículums en persona en diversos lugares, siempre intentando mantener una sonrisa en el rostro y algo de esperanza en el pecho. Pero nada llegaba. Ninguna respuesta positiva, ningún retorno, ninguna señal de que estaba cerca de conseguir algo.
El tiempo pasaba, y junto con él, el poco dinero que me quedaba.
La situación se volvió verdaderamente desesperadora cuando hice las cuentas y me di cuenta de que no podría mantenerme por mucho más tiempo. Fue entonces cuando un pensamiento pesado comenz











