
EL ALFA CIEGO
- Gênero: Werewolf
- Autor: Blanca Pinto
- Capítulos: 11
- Status: Em andamento
- Classificação etária: 18+
- 👁 3
- ⭐ 5.0
- 💬 0
Anotação
Adeline es una mujer marcada por la tragedia. Tras presenciar el horror que destruyó a su familia, queda bajo la custodia de Valerius Dragomir, un Alfa que fue repudiado por su propio linaje al quedar ciego. Lejos de rendirse, él ha construido un imperio de riqueza y temor en la soledad de las Tierras Altas de Escocia, gobernando desde una oscuridad que lo ha vuelto amargado y letal. Para Adeline, Valerius es un monstruo dominante al que teme; ella solo anhela una vida sencilla, un hogar normal y la paz de una familia propia. Sin embargo, en medio de un violento ataque a la villa, un beso accidental entre ambos desata lo imposible: la maldición se rompe momentáneamente y Valerius recupera la visión. Ahora, él se niega a soltar a la mujer que es su única llave a la luz. Entre la pasión forzada por la necesidad y el odio de una joven que ve sus sueños de normalidad truncados, se desata una guerra de voluntades donde el deseo es tan oscuro como la noche que los rodea.
Chapter 1
**VALERIUS**
Mientras me daba una ducha. El agua hirviendo golpeaba mis hombros, pero no sentía el calor; solo la vibración del líquido estrellándose contra el mármol. En mi mundo, el vapor no es una nube blanca, es una densidad que altera el rebote del sonido. Estaba solo, como siempre, sumergido en la penumbra que mis padres decretaron para mí el día que mis ojos se volvieron grises y mi compromiso se deshizo en cenizas.
"Malditos", pensé, pasando una mano por mi rostro. Había construido un imperio sobre la base de su desprecio. Mi riqueza era un muro más alto que cualquier montaña de Escocia, y mi villa, un santuario de silencio absoluto.
De pronto, el ritmo del mundo cambió.
Mis oídos captaron un crujido metálico a trescientos metros. No era el viento. Era el peso de garras sobre el metal de la verja perimetral. Luego, el cambio en la presión del aire: cuerpos pesados moviéndose entre la maleza. Lobos. Pero no animales corrientes; el hedor a rancio y la cadencia de sus pasos los delataban como cambiaformas de bajo nivel. Carroñeros enviados por Marek.
—¡Señor! ¡Valerius! —el grito desgarró el silencio como una cuchilla.
Adeline.
Su voz venía del jardín delantero, cargada de un pánico que aceleró mi pulso. Ella no debería estar afuera. Cerré la llave del agua. El silencio que siguió fue aterrador. Podía oír los gruñidos bajos de los lobos rodeándola, el siseo de la hierba bajo sus patas y el latido desbocado de Adeline, que sonaba como un pájaro atrapado en una jaula de costillas.
Me vestí en segundos, moviéndome por la habitación con la memoria muscular de quien ha hecho de la ceguera un arte. Pantalones, botas, una camisa que ni siquiera me molesté en abrochar. La ira me envolvía como una capa física. Marek creía que por ser ciego mis dominios estaban abiertos para su basura. Estaba por descubrir que un Alfa no necesita ojos para arrancar una garganta.
Salí del dormitorio principal hacia el balcón del tercer piso que daba al patio central. El aire frío de la noche me golpeó la cara, trayendo consigo el olor a muerte inminente.
—¡Atrás! ¡No se acerquen! —la voz de Adeline temblaba, pero había una nota de terquedad que me descolocó.
Agudicé el oído. Estaba a unos diez metros de la entrada principal. Los lobos eran tres; los oía jadear, rodeándola, disfrutando de su terror. Pero lo que me dejó helado fue el sonido seco de madera golpeando el suelo.
"¿Una escoba?", me pregunté, incrédulo. "La idiota está intentando enfrentar a ejecutores Alfa con una escoba de madera".
Era una humana patética, una criatura que soñaba con delantales y cunas, enfrentándose a bestias que podían partirla en dos con un solo movimiento de mandíbula. Mi instinto de protección, ese que juré enterrar cuando me quedé solo, rugió con una fuerza salvaje. Ella era mía. Mi empleada, mi responsabilidad, la única que no me miraba con la lástima que tanto detestaba.
—Adeline, no te muevas —gruñí, aunque mi voz se perdió en el viento.
No usé las escaleras. No tenía tiempo para la elegancia de los lisiados. Me impulsé sobre el barandal de piedra del tercer piso. Por un instante, fui ingrávido en la oscuridad. El viento silbó en mis oídos mientras calculaba la caída por el peso del aire. Mis botas impactaron contra el suelo de grava con un estruendo sordo, absorbiendo el impacto con las rodillas dobladas justo delante de ella.
Me puse de pie lentamente, dándoles la espalda a los intrusos y encarando a Adeline. Podía oler su sudor frío y el aroma metálico del anillo que siempre llevaba. Estaba tan cerca que sentía su aliento errático contra mi pecho.
—¿Una escoba, Adeline? —pregunté; mi voz era un trueno bajo—. ¿Realmente creías que esto te salvaría?
—Eh... yo no quería que entraran —susurró ella, y el sonido de la madera vibrando en sus manos delataba su terror—. Tienen ojos amarillos, Valerius. Son monstruos.
—No —corregí, mientras me giraba hacia los gruñidos, extendiendo un brazo para mantenerla detrás de mi espalda—. El monstruo está frente a ti. Yo soy lo que debería darte miedo.
Los lobos retrocedieron un paso, sorprendidos por mi aparición. Podía oír sus garras escarbando la grava, dudando. Eran tres. El de la derecha era el más pesado; su respiración era sibilante, probablemente el líder de esta pequeña patrulla de ejecución.
—Marek no te enviará un ramo de flores por esto, Valerius —dijo uno de ellos, transformándose a medias, con la voz distorsionada por los caninos crecidos—. Solo eres un viejo Alfa que no puede ver el suelo que pisa. Entréganos a la chica y quizás te dejemos morir con dignidad.
Solté una carcajada seca que se convirtió en un rugido.
—Ven a buscarla, entonces —desafié, abriendo las manos, sintiendo cómo mis garras empezaban a rasgar mis propios guantes de piel.
Adeline se pegó a mi espalda; su mano libre buscó instintivamente mi antebrazo para sostenerse. "No me toques", estuve a punto de decir, pero el contacto de sus dedos pequeños y cálidos contra mi piel desnuda provocó algo que no esperaba.
Fue como si un rayo atravesara mi espina dorsal.
La oscuridad eterna en la que vivía se fracturó. Una chispa de luz blanca, violenta y dolorosa, estalló en mis pupilas. Por un segundo, el mundo dejó de ser sonido y se convirtió en imagen. Vi los arbustos de boj, vi la sangre en las fauces del lobo gris a mi izquierda, y vi a Adeline.
Tenía el rostro manchado de lágrimas, el cabello enmarañado por el viento y esos ojos grandes, llenos de una mezcla de horror y una extraña esperanza, fijos en mí. Su mano apretaba mi brazo con una fuerza desesperada, y el anillo de su abuela brilló bajo la luna con un resplandor antinatural.
—¿Valerius? —preguntó ella, notando que me había quedado rígido.
—No me sueltes —ordené, mi voz cargada de una urgencia salvaje.
La visión empezó a parpadear como una lámpara vieja, pero era suficiente. Por primera vez en dos años, podía ver a los bastardos que querían mi cabeza. El lobo central saltó, con las fauces abiertas apuntando a mi garganta.
Ya no era un ciego defendiéndose. Era un Alfa con ojos de fuego y un imperio que proteger. Lo atrapé en el aire por el cuello, disfrutando del sonido de sus vértebras crujiendo bajo mi fuerza, mientras Adeline gritaba detrás de mí, siendo el ancla que me mantenía unido a la luz.
El peso del lobo que sostenía se desvaneció cuando su cuerpo impactó contra el suelo de grava. Estaba muerto antes de dejar de temblar. Los otros dos ejecutores retrocedieron, las orejas gachas y las garras escarbando la tierra en un intento desesperado por recalcular su estrategia. No esperaban esto. No esperaban que el lobo ciego tuviera dientes tan afilados, ni que pudiera anticipar sus movimientos con la precisión de un halcón.
“Cincuenta y nueve minutos”, calculé en mi mente. El reloj de mi cordura había comenzado a correr en el instante exacto en que Adeline me tocó.
—¡Valerius, el de la izquierda se mueve! —el grito de la chica me llegó como un latigazo.
Su mano seguía clavada en mi antebrazo desnudo. Su piel ardía contra la mía, y ese calor era el combustible que mantenía mis ojos funcionales, devorando los colores de la noche escocesa que creí perdidos para siempre. El lobo gris intentó flanquearme, moviéndose con una agilidad que en otra época me habría costado descifrar. Ahora, bajo este manto de luz prestada, su velocidad me parecía ridícula.
Me lancé hacia delante, arrastrando a Adeline conmigo. Ella tropezó, soltando un quejido, pero no se soltó. No podía permitirse el lujo de caer.
Atrapé la pata trasera del mutante justo cuando intentaba saltar sobre el capó de mi coche deportivo. Lo estampé contra el metal con una fuerza que abolló la carrocería y fracturó sus costillas en un concierto de crujidos secos. El animal gimió, una masa de pelaje y sangre que rodó hasta el césped, derrotado.
—Monstruo... escuché un susurro detrás de mí.
Chapter 2
**VALERIUS**
Me giré lentamente. El tercer lobo, el único que quedaba en pie, había recuperado su forma humana. Era un joven de la manada de Marek, con el rostro pálido y las manos levantadas en señal de rendición. Miraba mis ojos, esos que su jefe le había asegurado que eran pozos muertos, y el terror en sus pupilas era absoluto.
—Dile a mi primo —dije, caminando hacia él con pasos medidos, sintiendo el agarre de Adeline temblar en mi brazo—, que la próxima vez que envíe cachorros a mi jardín, iré yo mismo a su territorio a arrancarle los dientes.
El chico no esperó a que terminara. Se dio la vuelta y corrió hacia el bosque, desapareciendo entre la niebla como un fantasma cobarde.
El silencio regresó a la villa, pero ya no era el silencio cómodo de antes. Era una calma pesada, rota por el sonido de la lluvia fina que empezaba a caer y la respiración rota de la mujer que tenía a mi lado. La solté con brusquedad, cortando











