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Emily y Daniel: un verano con mi ex

  • Genre: YA/Teen
  • Author: Lady Gi
  • Chapters: 52
  • Status: Completed
  • Age Rating: 18+
  • 👁 303
  • 6.1
  • 💬 3

Annotation

La madre de Daniel y el padre de Emily estaban saliendo a escondidas de sus hijos, hasta que decidieron formalizar en matrimonio. Lo que ellos no sabían, es que sus hijos ya se conocían, ya que habían compartido un noviazgo de casi tres años. Emily nunca pensó en la posibilidad de volver a ver al único chico que le rompió el corazón, ni mucho menos que este mismo se convertiría en su hermanastro dos años después de la ruptura, y para el colmo: ¡que también tendría que vivir bajo el mismo techo que él durante todo un verano! Ambos tratan de hacerse la vida imposible mutuamente, aunque a veces también logran soportarse... o hasta reconciliar aquella amistad que los dos habían dado por perdida ya hace tiempo. Pero, después de todo... ¿Qué tan difícil puede ser convivir con tu ex-novio?

Chapter 1

Empecé a jugar con la servilleta de tela a causa de los nervios. La doblé. La volví a doblar, y así hasta que terminó convirtiéndose en una suave bola blanca imposible de seguir doblándose.

De acuerdo. Mi padre estaba saliendo con alguien, y ella se encontraba justo enfrente de mí. No debería ser tan incómodo, ¿verdad?

Sin contar a mi madre, nunca había conocido a ninguna novia de mi papá. De hecho, nunca me había puesto a pensar en la posibilidad de que Peter pudiera llegar a tener una. Imaginarlo en una cita se me hacía simplemente extraño, así que yo estaba más que bien con que se mantuviera reservado al respecto. Pero la buena racha había terminado en ese justo momento, y agradecí internamente que al menos ya estaba lo suficientemente mayorcita para no verlo como una pesadilla total, pero aún así no dejaba de sentirse raro.

El ruido de los cubiertos que causaban las demás personas en aquel restaurante francés y sus voces mezclándose la una con la otra me estaban aturdiendo y tentándome a salir corriendo de allí a tomar aire. Teniendo en cuenta la situación en la que me encontraba, todo alrededor nuestro se tornaba muy agobiante.

—Y entonces... ¿Te has graduado, cierto? —preguntó ella dirigiéndose hacia mí y rompiendo el silencio que se había formado en nuestra mesa. Su nombre era Marie Adams, así me la había presentado mi padre. Tenía treinta y seis años según lo que había podido averiguar hasta entonces y una sonrisa encantadora como la que me estaba otorgando en ese mismo momento

—Eh... sí. La semana pasada —respondí. Estoy segura de que mi voz salió mucho más aguda de lo normal.

—¡Oh, eso es estupendo! —exclamó Marie. Parecía algo sobreactuado, pero no me sentí para nada ofendida ya que yo también solía hacerlo a veces cuando era socialmente necesario—. ¿Y tienes pensado ir a alguna universidad?

—Yo...

—A Emily la han aceptado en Princeton —contestó mi padre por mí, dándome una palmada en la espalda. Él se encontraba a mi lado. Sonreí ocultando mi incomodidad. Cada vez que el tema Princeton salía a la luz, se me revolvía el estómago de tal modo que temía tener que salir corriendo al baño a vomitar. Por algún motivo no me encontraba muy segura con respecto a ello, pero el hecho de ver a Peter tan entusiasmado con eso mismo no me dejaba más opción que seguirle la corriente.

Ir a la universidad. Encontrar trabajo. Vivir por mi cuenta... Crecer.

Todo eso me había torturado durante todo el transcurso del último año escolar. Y en ese momento, cuando ya me encontraba prácticamente al borde de tal odioso circuito, me seguía torturando con aún más intensidad.

Lo evitaba, me olvidaba de ello, lo manipulaba y hacía que en mi mente se viera lejano. Pero no. De algún modo ya no había vuelta atrás. En un mes cumpliría dieciocho años y en dos meses entraría por fin en la universidad. Era tan aterrador... Lo irónico era que, como todo el mundo, lo había anhelado durante toda mi vida, y entonces... solamente puedo decir con certeza que tenía el intenso deseo de volver a tener trece años o menos.

—Princeton... —repitió ella asombrada—. En verdad es una gran universidad —opinó.

—Gracias —expresé sonriéndole y asimilando que me había hecho un cumplido.

Bueno, al menos tendría que parecer agradable. Si ella siempre alentaba el inicio de una conversación, también yo tendría que hacer un esfuerzo. Tenía que parecer interesada... pero educada al mismo tiempo. Definitivamente quedarme callada no iba a servirme de mucha ayuda. Tragué saliva y me preparé para hablar—: ¿Tienes hijos? —pregunté. Temí que la pregunta haya sido demasiado impertinente. Los nervios volvieron a atacarme y mis manos atraparon de nuevo a la pobre servilleta.

—Oh... —murmuró Marie al oír mi pregunta. Bajó su mirada con sonrojo. Estaba más que claro que la había puesto en una circunstancia un tanto incómoda. Volvió a subir su mirada—. Sí, tengo un hijo —contestó con total amabilidad para mi sorpresa, y esa amabilidad me bastó para recuperar la calma.

—¿Qué edad tiene? —me interesé intentando demostrar simpatía. Me imaginé a un niño de ocho o diez años correteando por ahí y haciendo desastre. Le di un trago a la copa con mi bebida mientras esperaba su respuesta (el mozo todavía no llegaba con la comida).

—Tiene diecisiete... o dieciocho —hizo una pausa para pensar, al parecer—. Sí, dieciocho —afirmó, aunque podía jurar que aún se encontraba en duda. De alguna forma su respuesta me asombró, realmente lo máximo que me esperaba era que dijese doce años.

—¿Has sido madre adolescente, entonces? —pregunté luego de haber hecho una cuenta mental. No era que tuviera mucha diferencia de edad con mi padre, él tan sólo tenía cuarenta y un años, y hasta incluso parecía tener menos que eso. Cuando nací él tenía veintitrés y mi mamá veintidós. Digamos que ellos también eran bastante jóvenes, según mi criterio.

—Sí... Tenía, casualmente, dieciocho años —respondió sin quitar aquella sonrisa de su rostro, pero a pesar de eso no parecía estar del todo cómoda con mi interrogación. Comprendí que su «casualmente» se debía a que se daba la ocasión de que su supuesto hijo actualmente también tenía esa edad.

Y hablando de esa edad... Dieciocho años... yo ya estaba a punto de cumplirlos. Eso debió ser terrible. ¿Quedarte embarazada, ni bien haber acabado con la escuela? Aterrador. Tener hijos a una joven edad claramente no estaba en mis planes de vida —a los treinta seguiría saliendo de fiesta con mis amigos. Sí. Definitivamente—.

Sin embargo, no me animé a decir mucho más. Ella debía de tener su historia y yo no tenía el derecho de forzarla a que me la cuente. Aunque el hecho de que tuviera un hijo de mi edad sí me intrigaba demasiado... ¿Será lindo?, cuando esa pregunta se cruzó por mi cabeza no pude hacer más que reír por lo bajo. Estaba de más decir que Marie Adams era una mujer demasiado atractiva; su cabello era castaño oscuro —largo hasta un poco más de sus hombros—, sus ojos color marrón —casi miel— y su piel ligeramente bronceada. Quedaba en evidencia también que cuidaba mucho su figura (parecía como si se pasase horas y horas en el gimnasio o de lo contrario no se explicaba su excelente condición física, en serio, era envidiable). Había dado por hecho que si su hijo había sacado sus genes, tendría que ser un muchacho muy guapo. Aunque... algo en sus rasgos se me hacía demasiado familiar. Pero hay personas que se parecen y ya, así que dejé pasar esa sensación por alto—. Y... ¿él tiene planeado ir a la universidad? —pregunté. Tenía que seguir hablando de todos modos, era una cena y ni siquiera estábamos comiendo aún. Si hablaba, todo parecía menos cargante—. Digo, si dices que tiene dieciocho supongo que... —intenté aclarar, pero no fue necesario para ella.

—Siéndote sincera, no he hablado con él hace meses. No tengo la información para responder tu pregunta, Em —dijo amablemente y se re-acomodó en su silla. ¿Una madre que no sabe nada de su hijo durante meses? Recordé también que le había costado responder a la edad del susodicho. Ciertamente no podía comprender cómo...—. Mi hijo ha vivido en Londres durante los últimos dos años con su padre —explicó. Oh. Mis mejillas se pusieron rojas de la vergüenza por haber pensado lo peor en un principio. Entonces supe que tenía que darle un fin a mi interrogatorio lo antes posible o metería la pata como siempre solía hacer —y cuando digo siempre, es siempre y dudo de que haya alguna excepción—. La mirada que me clavó mi padre, alertando, también ayudó a que cerrara la boca.

El resto de la noche fue... milagrosamente normal.

Marie realmente había seguido demostrando su dulce y amistosa personalidad. En verdad me había caído bien..., y era una lástima que probablemente no la volvería a ver nunca más. Parecía muy macabra mi suposición, pero no podía dejar de formular pensamientos realistas: Peter se encontraba en la cuarta década. Y por más que mi padre realmente se mantenía en forma y para las mujeres —y sí, también para algunas de mis amigas babosas— se veía muy atractivo; no quitaba el hecho de que a esa edad las personas empiezan a sentirse que están viejas, y empiezan a tener citas a lo desesperado, sólo para intentar derribar aquel nuevo complejo. Definitivamente ya tenía que prepararme para ser presentada a centenares de mujeres a partir de entonces, y Marie sólo había sido la primera. Es muy probable que a todos los hijos con padres divorciados o viudos les toque verlos pasar por esa etapa en algún momento. Sería un poco fastidioso, pero podría soportarlo. Él al final se daría cuenta de que no necesita más que consentir a su bella y amada hija, y fin de la historia.

Suspiré cuando por fin entramos al departamento donde vivíamos. Un día agotador y extraño. Me dirigí a la cocina, que tenía conexión con la sala de estar y me serví un vaso de agua. Papá se sacó el blazer que llevaba puesto por arriba de su camisa celeste y lo colgó en el perchero para luego desatarse la corbata.

— Entonces… ¿Qué tal te cayó Marie? —me sonrió mientras me imitaba y se servía un vaso de agua para él.

Hice un gesto de «realmente me da igual» pero cuando sentí su mirada insistiendo, me encogí de hombros y respondí—: Me parece muy simpática.

—¡Eso es genial! —dijo con una tonada de voz sospechosa que me hizo fruncir el ceño—. Digo, yo... yo pensé que te molestaría. Pero no te ves molesta, y... eso es, eso es muy bueno.

«Me está ocultando algo» pensé inmediatamente y sin dejar lugar a duda. se veía demasiado nervioso y me estaba empezando a exasperar.

-—¿Qué? ¿Por mamá? —pregunté naturalmente, obviando. Ya hace muchos años que no se me quebraba la voz al pronunciar aquella palabra.

—Sí, supongo... —murmuró—. Tu madre y otras cosas —comentó luego en voz baja. ¿De qué otras cosas estaba hablando? Dudé, pero elegí actuar como si no hubiera escuchado lo último.

—Si es por eso... —volví a encogerme de hombros—. ¿Cada quién tiene que seguir con su vida, no es así? —dije, de alguna forma demostrándole que lo apoyaba a pesar de todo. Peter asintió con la cabeza, pero luego se inquietó y eso me preocupó—. Pa... ¿Qué es lo que te sucede?

Sus ojos azules se clavaron en mí y luego se sentó en una silla. Algo no andaba del todo bien—. Emily, tengo algo que decirte, pero tengo miedo a cómo te lo puedas llegar a tomar —empezó a decir. ¡Lo sabía! Sabía que él me estaba ocultando algo...—. Pero, sabes que te amo... y que todo lo que hice, hago o haré; fue, es, o será siempre porque pensé, pienso o pensaré que fue, es, o será lo mejor para ti —aclaró. No voy a mentir, no entendí casi nada de lo que me quiso decir, pues se escuchó como un extraño trabalenguas. Mi padre podía ser un experto en trabalenguas a veces. No obstante, al parecer se trataba de la típica escena que hacen todos los padres de: «Yo sólo quiero lo mejor para ti, cariño». Pero... ¿Por qué? ¿Acaso ahora se le había ocurrido inscribirse en una escuela militar o algo por el estilo? «No, Emily, ¡estúpida! Ya es tarde para que haga tal cosa, en un par de meses serás mayor de edad, ¿recuerdas?», me reprendió la vocecita más coherente que habitaba mi cabeza, pero aún así yo continué entrando en pánico. Podía jurar que había sido una chica buena... los últimos dos años, al menos.

—No estoy entendiendo muy bien a qué te quieres referir —Le informé. Luego recordé que tal vez podría seguir algo preocupado con ciertos hechos que sucedieron el último mes y estaba queriendo dar otra charla al respecto—. Mira, si es por el sobre de preservativo que has encontrado el otro día en el sillón; te vuelvo a asegurar que era de Joe. No era de James. De Joe y nadie más. Al idiota ese se le ha caído del bolsillo. Ay, Joe... —negué con la cabeza con exageración queriendo dar a entender que el chico en cuestión no tenía remedio y era un desastre—. Oh, y aquel cigarrillo con contenido verde también era de pertenencia de Joe. Joe sí. Emily no. Soy un excelente ejemplo a seguir, te lo aseguro... ¿Recuerdas lo grandiosas que fueron mis notas en el último semestre, verdad?

—No, no hablaba de eso —me interrumpió él con el ceño fruncido. Inmediatamente solté un suspiro de alivio. —. Y por amor a Dios, ¡deja de juntarte con ese chico! —aprovechó para recordarme una de sus peticiones más recurrentes. Hice un gesto de consideración, pero… ¿Cómo iba a dejar abandonado al loco de mi mejor amigo? Ese muchacho ya estaría muerto si no fuera por mí.

Mi papá me sacó de mis pensamientos prosiguiendo con el asunto original y poniéndose serio de nuevo—: No es sobre ti, en realidad… Es sobre mí

Alcé una ceja y puse una mano en mi cintura—. ¿Qué hay sobre ti?

—Yo... —resopló—. Marie es mi prometida, Emily —confesó.

Me pegó al igual que una dura patada en el c*l*.

¿Prometida? Él dijo... ¿prometida? Mi corazón comenzó a acelerarse... Tenía que relajarme. Hice un gran esfuerzo para relajarme. Logré relajarme. Estaba relajada, sí, estaba relajada. «Todo está en orden, todo es normal —pensé—. Sólo es una insignificante noticia. No tienes porqué morirte ahora. Eres muy joven para morir, Emily. Mantén la calma. No explotes o será peor. Respira hondo... inhala, exhala. Puedes procesar esto... no es nada. Sólo es que tu padre piensa casarse con una mujer a la que acabas de conocer y seguramente él no conoce hace más de un mes. No hay nada de malo en eso... Puede cambiar o no cambiar. Relájate o te pondrás innecesariamente violenta. Inhala, exhala, inhala, exhala... »—. Hija, ¿estás bie...? —Él posó una de sus manos en mi hombro, pero yo me limité a asentir con la cabeza con exageración.

—Sí. Todo está en orden, no te preocupes —empecé a decir no muy segura de mis propias palabras. Lo que estaba pasando es que aún no me lo creía—. Es que... ¡Guau!, realmente no me lo esperaba —admití. Él estaba a punto de decir algo, pero pude adelantarme—: Pero todo está perfecto... ¿Cuándo será la boda? ¿En un año?, ¿en dos?, ¿aún no hay fecha? —le di un amistoso codazo. Estaba sonriendo, estaba sonriendo demasiado, tanto que mis mejillas dolían. Quizá, demasiado mérito para una sonrisa más que actuada.

Bueno, simplemente era su prometida. Seguramente se lo había tomado demasiado en serio por el momento. Luego de unos meses se daría cuenta de que estaba muy equivocado y rompería el compromiso, porque... porque...

¡¡Él no podía casarse de nuevo!! No, no podía hacerlo. Él seguía amando a mamá. Simplemente se sentía solo y cuando las personas se sienten solas hacen cosas muy estúpidas. Todo esto no significaba nada. «Cambiará de opinión. Lo sé —me aseguré—. Se arrepentirá y todo volverá a la normalidad».

—En realidad... Me casaré con ella la próxima semana —declaró.

Relájate Emily, relájate y... ¡A la m**rd* con todo! ¡Eso no podía estar pasándome!

—¿Qué? —pregunté con incredulidad.

—Traté de decírtelo antes, pero...

—¿¡Qué!? —grité.

—Emily, te juro que...

—¡Tú no puedes! —le empecé a recriminar, empujándolo lejos de mí cuando quiso acercarse a consolarme—, ¡tú simplemente no puedes! ¿¡Te has vuelto loco!? —Lo acusé— ¡No puedes conocerla y casarte con ella así como si nada!, ¡no!, ¡no puedes!

—Tranquilízate, Emily, no me estás entendiendo... —intentó retenerme entre sus brazos, pero me zafé al instante de su agarre.

—¿Hace cuanto la conoces, eh? ¿Un mes? ¿Dos meses? ¿Tres, quizás? —Me osé a desafiarlo.

—La conozco hace cinco años y...

—Espera, espera, espera... —lo interrumpí. ¡No podía creerlo!—. ¿Cinco años, dices? ¿Y jamás me has dicho nada? —le reproché. Mi voz estaba empezando a sonar entrecortada Por momentos me daban ganas de llorar, pero no de tristeza, sino que de lo furiosa que me sentía.

—Emily, en verdad sentí el deseo de decírtelo antes. Pero la psicóloga infantil me recomendó que...

Oh no, no iba a aceptar estúpidos pretextos como ese...

—¡A los trece años ya no iba a la estúpida psicóloga infantil, papá!

Él asintió con la cabeza, reconociendo su error—. Escucha, cariño, pensé que mantenerte al margen de ello sería lo mejor para ti. Todavía no había pasado mucho tiempo de lo que pasó con Lauren y simplemente no quería...

—¡No la nombres! —le grité enojadísima—. No la nombres... —repetí—. Te odio —le declaré. No recordaba una sola vez en el pasado donde había llegado a pronunciar aquellas dos hirientes palabras hacia él.

—Emily, no digas eso, sabes que yo no...

— ¡Te odio! —me animé a gritarle, volviendo a decir aquellas palabras que me resultaban tan efectivas. Apreté la mandíbula. Ya ni siquiera podía soportar verle la cara, entonces me fui corriendo a mi habitación.

—¡Emily, espera! ¡Emily! ¡Vuelve aquí en este mismo instante! —intentó influenciar en mí, pero yo ya le había cerrado la puerta de mi cuarto prácticamente en la cara. "Vuelve aquí en este mismo instante" ¿Qué? ¿Acaso se olvidaba que ya no era una niña? (En realidad probablemente me estaba comportando como una, pero no iba a ser capaz de reconocerlo mientras mi mente siguiera nublada con tantas emociones negativas).

Después de haber calmado mi rabia, tumbada boca abajo en mi cama mientras escuchaba mi lista de canciones más deprimentes, decidí enviarle un mensaje a Lucy pidiéndole que se conecte para una videollamada, y cuando tuve su afirmación encendí mi computadora y abrí la aplicación correspondiente. En verdad necesitaba hablar con alguien, y Lucinda Steeb era la persona perfecta, mi mejor amiga desde octavo grado y una de las pocas personas con quien podía compartir mis pensamientos y sentimientos más profundos libremente.

Ella aceptó la llamada.

Un rostro apenas maquillado, con un largo cabello rubio prolijamente peinado y unos claros ojos celestes aparecieron en la pantalla de mi notebook.

—¡Hey, Em!, ¿cómo va todo? —me preguntó con una de las mejores actitudes de todas. Claro, porque ella no se había enterado que su padre se iba a casar en tan sólo una semana, con una mujer que literalmente le acababa de presentar. Y claro, porque su madre sí estaba viva para ahuyentar a las otras mujeres, porque además ambos seguían casados y muy felices, y claro, porque su padre era un buen padre y no un vil mentiroso como el mío

—¡Lo odio! —exclamé, dejando expuesto mi deplorable estado de ánimo.

—¿A quién? ¿A James? ¿Qué te hizo ese tarado? —empezó a acusar a mi novio sin escuchar nada de mi explicación aún. No, por supuesto que él no me había hecho nada. Ese chico simplemente se encargaba de ser una excelente persona las veinticuatro horas del día. No podía ver la posibilidad de tener algún tipo de problema con él.

Rodé mis ojos —. ¡No! ¡A mi padre!

Lucy frunció el ceño—. ¿Qué hay con tu padre?

Tragué saliva y la miré a los ojos como si en verdad la tuviera enfrente—. Me enteré de que tiene una novia secreta hace cinco años. Y se va a casar otra vez, la próxima semana.

***

Esa noche desaparecí de mi casa dando un portazo. No podía permanecer allí bajo ninguna circunstancia. Mi destino fue caminar hasta la casa de Lucy.

—¿Tienes helado? —fue lo que le pregunté cuando me abrió la puerta, con desgana, y lo único que me interesaba saber en aquel instante.

—Sí. El congelador está repleto de potes —me confirmó—. Diría sin exactitud, unos cuatro o cinco kilos en total —agregó. Estupendo.

—¿De frambuesa? —pregunté esperanzada.

—Sí, y chocolate también —me sonrió. Amaba aquellos dos sabores.

—No tienes idea de lo cuánto que te adoro... —dije y me adentré en la casa, ella me abrazó por la espalda.

—También tengo muchas ganas de que veamos Diario de una pasión esta noche—me informó canturreando.

Me crucé de brazos—. Esa película apesta.

—Pero todo apesta para ti, Em —me recordó.

—Oh, es cierto —acordé con ella, encogiéndome de hombros.

***

— ¿Le dijiste que lo odiabas? —me preguntó Lucy sorprendida cuando le conté. Yo asentí con la cabeza confirmando el hecho. Ambas nos encontrábamos semi-acostadas en su cama frente al televisor mirando la dramática y romántica película basada en el aún más dramático y romántico libro, mientras comíamos el helado de chocolate y frambuesa —yo como lo haría un rinoceronte y ella tal y como lo haría un pajarito—. Se quedó en silencio durante unos instantes luego de su última pregunta, pero finalmente optó por seguir con la conversación—: ¿No crees que fuiste un poco... exagerada con él?

¡Oh, genial! Que mi mejor amiga se pusiera del lado de mi mentiroso progenitor era la gota que rebalsaba el vaso.

—¿Exagerada? —reaccioné indignadísima— ¡Él me ocultó una relación amorosa con una mujer durante cinco malditos años! ¿Tienes idea de la desconfianza que genera eso en mí? Yo siempre le he contado todo y...

Su para nada disimulada risa me interrumpió de repente y me hizo molestarme más.

—¿Qué es lo qué te causa tanta gracia ahora?

Lucy suspiró aún risueña—. Es que lo dices como si te lo creyeras...

—¿Cómo si me creyera qué?

—Ya sabes, eso de que siempre le has contado todo a tu papá —Ella se mordió el labio para aguantar otro ataque de risa, detalle que junto a su respuesta me hizo sentir muy confundida.

—¡Pero sí es cierto! —me defendí con mi inquebrantable terquedad—. Yo siempre fui honesta con él.

—Sí, claro. ¿Sabes qué? Tú deberías ganar un premio Nobel a la sinceridad. Si hicieran un concurso llamado Miss Verdad, tú sin dudas lo ganarías. Eres como el vidrio, transparente, no ocultas nada —se burló utilizando la tan eficaz ironía. Sin embargo, yo aún no entendía porqué tanto revuelo con el asunto. Según lo que podía recordar, nunca le había mentido a Peter gravemente, excepto por...

La miré en alerta. Ella ya me estaba mirando. Su mirada acusadora y burlona confirmó mis sospechas, y a su vez me hizo recordar ciertas cosas que simplemente no quería recordar jamás...

—Eso no cuenta —me apresuré a decir, de repente me estaba muriendo de vergüenza e intranquilidad—. Tenía catorce años, era muy tonta, y eso no tenía tanta importancia porque...

Lucy no me permitió terminar con mi pretexto, qué más bien se trataba de un mosaico recién inventado con palabras al azar que podrían llegar a estar relacionadas con el tema en cuestión, pero que de todos modos tampoco me iban a servir mucho—. ¡Ya basta de tonterías, Emily! Tú le hiciste exactamente lo mismo a tu padre, y por razones mucho menos maduras. No tienes que ser tan injusta con él...

—Mis razones fueron muy maduras.

—Querer escapar de las simples incomodidades que presenta la vida de vez en cuando no es propio de alguien maduro, es propio de alguien cobarde.

—La madurez que se espera de una muy inocente preadolescente no es la misma que se espera de un hombre de cuarenta años —repuse, orgullosa al saber que mi intelectual frase era igual que un movimiento para jaque mate en el famoso juego de ajedrez. Mi rubia y —según ella— excesivamente reflexiva amiga se quedó en silencio el tiempo suficiente como para que yo ya pudiera dar por sentado mi victoria. Y por último, como señal de que ya no estaba dispuesta a agregar ninguna palabra más a la plática, centré mi atención nuevamente en mi helado de frambuesa, y con obvia ayuda de la cuchara no tardé ni dos segundos en llenar mi boca de ese manjar.

Pero claro, el simple hecho de llegar a pensar que Lucinda se rendiría tan fácilmente en uno de sus actos de hacerme entrar en razón no fue más que una miserable ilusión... Cuando ella abrió su boca para empezar a hablar, yo ya me había puesto de antemano mi vieja armadura de hierro y paciencia para escuchar su tan predecible sermón —¿y cómo no? ¡Ella era la reina de los sermones! Y lo peor del caso, es que casi siempre acertaba con todo, y ni la persona más cabezota (yo) podía hacerle la contra a sus argumentos, por más absurdos que a veces pudieran llegar a sonar—.

—Emily —comenzó con tonalidad maternal o más bien de maestra de jardín de infantes, y con eso yo ya no pude evitar poner mis ojos en blanco (sí, mi armadura invisible siempre me falla con eso de la paciencia)—. Sólo te pido que te pongas en su lugar... Tú eres así como... delicada, y...

—¿A qué te refieres con delicada?

Yo no era delicada.

—¿Me vas a interrumpir cada dos segundos? —se quejó.

—No si utilizas palabras claras y no haces énfasis en cualquier cosa como siempre.

—Cállate.

—Bueno.

—En fin —continuó—. Con delicada me refiero a que todo, absolutamente todo, te molesta, o te hace enojar, y tiendes a ser una maldita rencorosa, y...

¿"Maldita rencorosa" me dijo?

—¿Perdón?

Lucy se cubrió la boca con ambas manos—. Lo siento, creo que me inspiré demasiado.

—No soy una maldita rencorosa —me defendí muy enojada, hablándole por encima.

—¿Ves? Te pones susceptible con cualquier cosa.

—¡No es cierto!

Sí, sí era cierto.

—Sólo, sólo... ¡Sólo cállate y escucha, maldita sea! —me ordenó Lucy, pareciendo lo suficientemente fastidiada para considerar echarme de su casa en cualquier momento.

Rodé mis ojos una vez más y cedí a quedarme en silencio, colaborando con su deseo de ser oída.

—En fin —repitió, casi gritando—. A lo que quiero llegar con todo esto, es que cualquier persona que te conozca y te quiera, dudaría en decirte algo así de importante, por el hecho de que temería a tu reacción frente a eso, que probablemente como es de costumbre se trataría de una pésima reacción. Y es difícil. Eres difícil. Pero también eres querida. Y nadie quiere correr el riesgo de que lo elimines de su vida por ningún motivo, sin importar su grandeza, mucho menos tu padre. Sólo piénsalo.

Noté que le puso tanto empeño a su discurso que consideré pararme y aplaudir sólo para hacerla sentir bien y demostrarle que el gasto de saliva y haberse perdido su escena favorita de Diario de una pasión no fueron sacrificios en vano.

—Lo pensaré —me limité a decir, no obstante.

Ambas devolvimos nuestra atención al televisor, que nos mostraba otra discusión de Allie y Noah. De verdad los odiaba, verlos y escucharlos me hacía sentir enferma. Primero se odian, luego se aman, y se vuelven a odiar. ¿Por qué, Nicholas Sparks?, ¿por qué tuviste que crear a dos personajes tan insoportables? ¿Por qué a Lucy no le gustan las películas de terror o de acción? ¿Por qué soy tan miserable? ¿Por qué soy tan dramática? ¿Por qué puedo pensar en tantos por qué?

Milagrosamente, Lucy me rescató de mis pensamientos absurdos—. Emily.

—¿Qué?

—No te ofendas.

—¿Por qué?

—Realmente no puedo creer que Peter se vaya a casar...

Oh no.

—Por él amor de Dios, no empieces —advertí

Reiterando sobre mis amigas babosas que andaban detrás de mí padre; Lucy encabezaba esa lista, y con honores, era la presidenta de ese club.

—¡Es que estaba tan cerca de conseguirlo! —no pudo aguantar expresar su lamento—. El día del baile de graduación cuando salí de tu habitación ya cambiada y me vio, me dijo que me veía hermosa y me abrazó, y duró más de dos segundos, y fue hermoso...

—Él no dijo que te veías hermosa, dijo que te veías adorable, y tú fuiste quien lo abrazó —le recordé, arruinando sus ilusiones como siempre.

—Es lo mismo. Hubiésemos sido la pareja perfecta, estoy segura. A lo mejor en otra vida…

—Mejor cierra la boca. Te quiero como amiga, no como madrastra, y fin.

—Sería una madrastra genial, tú te lo pierdes —se mofó, con una sonrisa maliciosa— ¡Imagínate qué lindos hermanitos te hubiera dado!

Al escuchar tal atrocidad, no pude contener pintar mi cara de desagrado total. Y tampoco pude evitar el impulso de echarle un bocado de helado a mi amiga en la cara, usando la cuchara como impulsadora. Siendo franca, se lo merecía. Su primera reacción fue de quedar boquiabierta, como de no poder creer que había hecho eso. Su segunda reacción, fue darme un poco de mi propia medicina, imitando mi ataque. Y por desgracia tuve peor suerte que ella, ya que todo aterrizó en mi pelo.

Ambas nos miramos cinco segundos después y, naturalmente, empezamos a reírnos como verdaderas desquiciadas (ese tipo de risa que no es para nada estética o atractiva, sino que es un híbrido entre un sonido de cerdo y un sonido de oveja).

Cuando la risa cesó y terminé acostada con la cabeza en el regazo de mi amiga, me di cuenta de que ya no estaba enojada con mi padre. Tal vez realmente nunca lo estuve. Quizá sólo quería estar enojada con él, porque sí, porque quería seguir siendo una niña caprichosa y no una adulta a la cual las decisiones de su padre ya no le afectan o no la incluyen ni influyen tanto como antes, o al menos no tanto como las propias.

Madurar iba a ser una tarea difícil y un camino muy largo.

Chapter 2

Observé mi reflejo en el espejo rectangular que se encontraba adherido a la pared verde musgo de mi habitación. Era, prácticamente, el único objeto de mi habitación —o al menos de la que lo había sido por un largo tiempo— que no estaba metido en una caja, en un bolso o cubierto por una funda.

Luego de reconciliarme con mi padre, él me dio la noticia de que también habría una mudanza —sí, otra de sus excelentes y para nada impactantes noticias—. Él me explicó que Marie y él deseaban empezar su matrimonio en un lugar totalmente nuevo para ambas partes, y era absolutamente entendible y lógico, aunque no me contentó para nada.

Nuestro hogar había sido aquel pequeño departamento durante años, desde el accidente de mamá. Y jamás me quejé, de hecho: lo amaba con intensidad. De alguna forma ese sitio se había vuelto tan nuestro, tan familiar, tan cómodo y reconfortante que no podía hacer más que sentirme a gusto. Pero repentinamente estaba siendo forzada a despedirme de este de

Heroes

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