
EL RECLAMO DEL ALFA DE SANGRE
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SINOPSIS En un mundo dividido por el odio ancestral, la paz se mantiene con un precio de sangre: una mujer humana cada año. Durante décadas, el Reino de los Hombres Lobo, los Elfos y los Orcos han reclamado "tributos" para asegurar su descendencia. Cuando la princesa Leyla se ofrece como sacrificio para salvar la corona de su padre, su destino era el bosque de cristal de los elfos. Sin embargo, un desvío por tierras prohibidas la entrega en las garras de Krul. Él es gigantesco, está cubierto de cicatrices y sus ojos dorados prometen una destrucción absoluta. Él no busca una esposa; busca un anclaje, una mujer que pueda soportar su oscuridad y darle herederos fuertes. Desde el momento en que clava sus colmillos en el cuello de Leyla, marcándola como suya, el destino de ambos queda sellado por un Lazo de Unión inquebrantable. Mientras los Elfos asedian las fronteras y la traición acecha desde su propio hogar, Leyla deberá decidir: ¿Luchar contra el monstruo que la secuestró o convertirse en la Luna que dome a la bestia?
Chapter 1
CAPÍTULO 1: EL VEREDICTO
LEYLA
El aire en la capital de Arandhia se siente pesado. Y no es solo por el frío invierno que comienza a morder las murallas de piedra, sino por el peso del odio que emana de la plaza central del reino.
Con cuidado de no ser vista, me oculto tras las pesadas cortinas de terciopelo del balcón real para observar la marea humana que ruge abajo. La multitud está agitada, portando varias antorchas encendidas que, al moverse, parecen un mar de fuego. El grito que proclaman es uno solo: rítmico, constante y aterrador.
—¡Justicia! ¡Queremos justicia real! ¡No es justo que simplemente se entregue la sangre de los pobres! ¡Que la princesa pague el tributo de este año! —gritaba la multitud al unísono. Por el estruendo, no podía saber a quién pertenecía exactamente cada voz, o si era algún conocido, alguien que me vio crecer.
Nadie llamaba esclavitud a aquello, pero yo sabía que lo era. Le habían puesto el nombre de “tratado” para no admitir que era un intercambio de cuerpos por silencio, de hijas por treguas que nunca eran eternas.
Aprieto los puños, clavando las uñas en las palmas de mis manos hasta sentir el dolor que me ancla de vuelta a la realidad. A mis dieciocho años, era la viva imagen de la elegancia: tengo el cabello azabache, que cae en suaves ondas perfectas sobre mis hombros. Mi piel canela contrasta con la seda blanca de mi vestido, y mis ojos verdes, estoy segura, reflejan la angustia que siento en este momento. Sabía que tarde o temprano esto podía suceder; para la mayoría de las mujeres, cumplir dieciocho años es una maldición de la cual no podrías escapar, aunque quisieras.
Algunas tenían la suerte de ser ignoradas por los emisarios de los otros reinos; otras desaparecían sin que nadie volviera a pronunciar su nombre. En Arandhia fingíamos que era un honor. Yo siempre supe que era una condena disfrazada de deber.
—No pueden seguir ocultándose, Majestad —la voz del canciller Ferrick resuena en la habitación, fría y desprovista de compasión—. El pueblo ha soportado cien años de entregas. Cien años viendo cómo sus hijas son llevadas a los bosques de los elfos, a las cuevas de los orcos o a las montañas de los lobos para no volver jamás.
No regresaban porque nadie las traía de vuelta. Porque, una vez cruzada la frontera, dejaban de pertenecer a este reino. Eran absorbidas por pactos que los hombres firmaban sin mirar los ojos de las mujeres que entregaban.
Ahora saben que la princesa ha cumplido la mayoría de edad. Si no la entrega, el pueblo buscará quemar el castillo con nosotros dentro.
Me giro con los ojos muy abiertos para mirar a mi padre. El rey Aldric parecía haber envejecido diez años en una sola noche. Está hundido en su trono con la corona de oro de lado y los ojos inyectados en sangre. A su lado, mi hermana menor Lyra, que *p*n*s tiene dieciséis años, tiembla como una hoja, sollozando silenciosamente. Sabía que mi padre había retrasado la idea de tenernos lo más que había podido, pero mi madre había insistido en tener sus propios hijos antes de que fuera demasiado mayor y, como consecuencia, aquí estamos nosotras y aquí está él, sufriendo.
—¡Son mis hijas! —grita el rey, aunque su voz carece de la fuerza de antaño—. Los elfos pidieron una humana fértil para intentar salvar su estirpe marchita. Cualquiera servirá. ¡No puedo enviar a Leyla a ese destino! Dicen que los elfos son bellos, pero son fríos como el hielo. Las mujeres que van allí se convierten en muñecas de porcelana, vaciadas de voluntad.
No porque la magia las volviera frágiles, sino porque ningún reino que compra personas puede ofrecerles un lugar donde seguir siendo humanas.
—Padre… —exclamo dando un paso adelante, indignada y molesta. Lo que acaba de decir sonaba tan egoísta y cruel de su parte... Sé que lo decía porque nos ama, pero aun así sonaba muy cruel viniendo de él. Normalmente, él no es así, o al menos no con nosotras. Pero mi padre me ignora.
—Se equivoca, Majestad. El rey de los elfos está exigiendo que esta vez se envíe sangre real.
—¡Maldición! ¡Enviaremos a la hija del duque de Vane! —sugiere mi padre Aldric, desesperadamente—. Diremos que es de sangre real por vía materna.
—El pueblo no es tonto, Majestad —lo interrumpe Ferrick con un suspiro de cansancio—. Todos aquí han visto crecer a la princesa Leyla. Saben quién es y cómo luce. Y los elfos... ellos huelen la mentira y detectan el miedo. Si les enviamos a una que no posee sangre real, su sangre real, y lo descubren, la "Paz Silenciosa" se terminará. Los elfos lanzarán sus flechas encantadas, los orcos marcharán desde las montañas de hierro hacia nosotros y, lo que es peor de todo, los hombres lobo romperán los tratos y entrarán en nuestro territorio para cazar. Seremos borrados del mapa en una semana. ¿Es eso lo que quiere Su Majestad?
Un estallido de vidrios rotos abajo me hace sobresaltarme. El ruido es seguido de los gritos de personas alborotadas. Me vuelvo a asomar con cuidado al balcón; han derribado una de las estatuas de la plaza. La revolución, de hecho, se encontraba ya en la puerta. Miro una vez más hacia adentro: allí está Lyra, mi pequeña hermana. Es la alegría, una niña que aún sueña con romances y jardines soleados. Si la monarquía llega a caer esta noche, Lyra será la primera en sufrir a manos de la gente enfurecida. O lo que sería peor aún: si yo no voy este año, dentro de dos será Lyra la que cumplirá los dieciocho y sentirá la misma presión que yo siento ahora mismo.
No estaba defendiendo el tratado. Estaba eligiendo el mal que conocía para evitar uno peor. Era una decisión injusta, pero el mundo en el que vivíamos no ofrecía opciones limpias para las mujeres de mi sangre.
Mi corazón da un vuelco. Respiro profundo mientras una extraña calma y una resolución gélida se apoderan de mí.
—Yo iré —dije con calma. Mi voz ni siquiera era alta, pero fue suficiente para cortar el caos que hay en la habitación como un cuchillo. El rey Aldric, mi padre, se queda petrificado con los ojos muy abiertos. Lyra deja de llorar para mirarme con horror.
—¿Qué has dicho? —susurra Aldric. Como si no me hubiera escuchado.
—Iré —repito, esta vez con más seguridad, mientras camino hacia el centro de la sala con la cabeza en alto. No me dejaría amedrentar ni convencer de lo contrario—. No permitiré que este reino sea destruido p*r n**str* cobardía. He sido criada y educada para servir a mi pueblo, y si se requiere que sea entregada al rey de los elfos, así será. Prefiero ser un sacrificio voluntario, salir con dignidad y con la cabeza en alto, que ser una prisionera arrastrada por el lodo como una vulgar cobarde.
No porque creyera en ese sistema podrido, sino porque entendía que mi negativa solo serviría para que otra mujer ocupara mi lugar, quizá mi propia hermana. Y eso no va a suceder.
Chapter 2
CAPÍTULO 2: EL CAMINO AL DESTINO
LEYLA
—¡No! ¡Leyla, no puedes hacerlo! —Lyra corre hacia mí y me abraza con fuerza—. ¡Dicen que los elfos usan a las humanas para experimentos! ¡Que nos despojan de nuestra humanidad para que sus hijos nazcan con magia!
La miro con todo el amor que siento hacia ella mientras le acaricio el cabello, intentando que mis propias manos no tiemblen. Ella, al igual que yo, había crecido escuchando todas esas historias; pero lo cierto era que ninguna humana que haya traspasado las puertas de este reino ha regresado para contar lo que allá afuera sucedía con ellas. Los rumores se convertían en verdades por falta de voces que los desmintieran. El mundo de las cinco razas era un lugar oscuro, construido más sobre el miedo que sobre certezas.
Los elfos eran seres de una belleza sobrenatural, pero que eso no te deje engañar: su arrogancia y su falta de empatía los hacía temibles. O al menos eso decían quienes jamás habían cruzado el











