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El Lado Salvaje del Alfa

  • Genre: Werewolf
  • Author: Melodi
  • Chapters: 54
  • Status: Ongoing
  • Age Rating: 18+
  • 👁 12
  • 7.5
  • 💬 2

Annotation

Ana Luisa Castillo creyó haber encontrado su lugar en el mundo siendo la pareja del encantador y noble hermano menor del Alfa. Pero todo cambió el día que conoció a Claudio Mayorca, el imponente Alfa de la manada Salvaje: un hombre tan magnético como despiadado, cuyas decisiones forjaban alianzas… o destruían vidas. En su mundo, una regla lo cambiaba todo: si un Alfa rechazaba a su pareja destinada, perdía su liderazgo. Y Ana Luisa, sin quererlo, se convirtió en el centro de esa ley ancestral. Entre secretos, traiciones y un deseo imposible de reprimir, deberá decidir si rompe las cadenas del destino… o se rinde al llamado salvaje del Alfa.

Capítulo 1.- El Juramento Roto Bajo la Luna de Sangre

 

El aroma a pino y tierra húmeda, que por años había sido sinónimo de paz para Ana Luisa, ahora apestaba a trampa. El crepúsculo no pintaba el cielo; lo cubría con una capa de óxido y violeta sobre el Corazón de la Manada. Las hogueras crepitaban, pero Ana no veía luz; veía las sombras alargadas de robles ancestrales que parecían jueces silentes. Esta noche, las sombras la observaban.

—¿Lista, mi amor? Estás helada —susurró Andrés Mayorca. Su voz era el único bálsamo.

Ana apretó la mano de Andrés. Su calor era un ancla, pero la marea de su interior amenazaba con arrastrarla. Vestía la túnica blanca tradicional de la unión, y por primera vez en su vida, se sentía expuesta y sola, a pesar de tener a su prometido a centímetros.

—Más que lista, tesoro. Solo... la solemnidad —mintió, logrando una sonrisa temblorosa.

Andrés, con sus ojos color miel llenos de luz de hoguera y una devoción sencilla, le besó la frente.

—No tienes nada que temer. Aquí está tu hogar, y yo soy tu refugio.

Ella asintió. Andrés había sido su refugio. Él no le pedía que entendiera sus extraños sueños ni su linaje incierto. Él solo le ofrecía paz. Y esa paz, Ana la había aceptado con todo su corazón. Hasta hace cinco minutos.

El murmullo expectante de la manada, reunida en un círculo cerrado, cesó de golpe. El silencio fue violento, como un puñetazo en el plexo solar. El propio bosque contuvo la respiración.

Entonces, la sombra se materializó.

Claudio Mayorca. El Alfa.

No caminaba, avanzaba. Cada paso era una vibración de poder puro. Era más grande y brutalmente hermoso que su hermano, una fuerza tallada en granito con cabello oscuro y la mirada de un invierno eterno. Sus ojos, un gris tormentoso, no miraron a la multitud; la barrieron con una frialdad que Ana sintió hasta los huesos.

Se detuvo en el centro exacto del claro, creando un abismo. Su mirada pasó por encima de Andrés como si fuera un mueble y se clavó en Ana Luisa.

***

En ese instante, el mundo de Ana no se inclinó; se hizo añicos.

No fue una mirada, fue una **colisión a máxima velocidad**. Una descarga eléctrica la paralizó. El hilo que la conectaba con Andrés se rompió. Ahora, solo existía ese tirón invisible y ardiente que la ligaba al Alfa.

¡Mate!

La palabra gritó en su mente, la voz de su lobo interno, un sonido primigenio, salvaje y absolutamente aterrador.

En el rostro de Claudio, Ana vio una furia contenida, una sorpresa profunda, y luego, **un reconocimiento doloroso que hizo que sus pulmones colapsaran.** Él también lo había sentido. El lazo. El destino.

Las visiones que Ana había intentado ignorar durante toda su vida se desataron con la ferocidad de un huracán: Un lobo gigante de pelaje negro, ojos dorados. El aullido de una loba blanca bajo una luna de sangre. Una guerra. Una promesa.

Cerró los ojos, gimiendo. Esto no eran nervios. Esto era el despertar de su linaje**.

Andrés la agarró del brazo, aterrado. —¿Ana? ¿Qué pasa?

Claudio, con una brusquedad que hizo que los miembros de la manada retrocedieran, apartó la vista. Su mandíbula se tensó hasta el punto de la fractura.

—Estamos aquí reunidos —su voz fue un gruñido bajo y controlado, un trueno que resonó en el pecho de todos— para formalizar la unión entre mi hermano, Andrés Mayorca, y la omega Ana Luisa Castillo.

***

Andrés, con el rostro iluminado por la promesa de un futuro que creía suyo y completamente ajeno a la tormenta eléctrica y primitiva que acababa de pasar por la mente de Ana, dio un paso al frente en el centro del claro iluminado y se arrodilló sobre la tierra fría del Corazón de la Manada.

Yo, Andrés Mayorca, hermano del Alfa y lobo subordinado que solo desea la paz, te acepto, Ana Luisa Castillo, la única mujer que ha llenado el vacío de mi existencia solitaria. Te ofrezco mi protección incondicional contra cualquier amenaza, mi lealtad hasta el último aliento de mi vida y mi corazón para que sea tu eterno refugio.

Ana sintió la sinceridad y la tierna devoción que emanaban de sus palabras como una puñalada dolorosa de culpa que se clavaba justo en el centro de su alma traicionada.

Quería que el compromiso de paz y refugio contenido en sus votos fueran suficientes para acallar la voz del lobo ancestral que clamaba por el peligroso poder del Alfa.

Además también quería que ese amor amable y seguro que le ofrecía su prometido leal fuera más fuerte que el lazo primitivo y violento con Claudio que la quemaba por dentro con una necesidad salvaje e incontrolable.

Forzó las palabras a salir de su garganta, notando cómo la mentira se sentía espesa y amarga en su boca, luchando contra la verdad de su lobo:

Yo, Ana Luisa Castillo, la mujer que siempre ha buscado un sitio seguro, te acepto, Andrés Mayorca, y me comprometo ante toda tu manada. Acepto tu protección y el refugio que me brindas y tu lealtad inquebrantable a nuestro futuro. Contigo, he encontrado mi lugar temporal, lejos de la oscuridad que ahora me llama.

Andrés se levantó, radiante.

Según la costumbre, el Alfa debía dar su bendición final y marcar simbólicamente a la nueva pareja. Claudio dio los dos pasos que lo separaban de ellos. Su cercanía era opresiva, el olor a ozono y a poder indómito la asfixiaba.

Pero Claudio no se dirigió a Ana, manteniendo su distancia y evitando el peligro de contacto. Se dirigió a Andrés, su hermano menor y rival inconsciente, entregándole una daga ceremonial de obsidiana fría y filosa, símbolo del poder que él retenía.

—El ritual será modificado en este momento y ante toda la manada —dijo Claudio, sin apartar los ojos de Ana, como si estuviera leyendo sus secretos más oscuros. Ella sintió un pánico helado que le recorrió la espina dorsal, presintiendo la traición de la costumbre. —Tú harás la marca de aceptación, Andrés.

Andrés se tensó, su rostro bondadoso se oscureció y el júbilo apagado fue reemplazado por la sospecha. —Claudio, ¿por qué esta repentina alteración en algo tan sagrado? La tradición dicta que el Alfa es quien debe bendecir y aceptar con su propio símbolo...

 

 

 

 

 

Chapter 2.- La Marca de la Humillacion

 

—La tradición dicta que el Alfa bendice la unión. La Ley Mayor —lo corrigió Claudio, con una voz que implicaba que su hermano era un niño ignorante— dicta que la pareja de un Subordinado, cuya sangre es desconocida por la Manada, debe ser marcada por el mismo Subordinado. Es una medida de precaución ancestral. ¿O acaso has olvidado las viejas leyes, hermano?

La mentira era tan palpable que Ana sintió que le sangraban los oídos. Claudio estaba improvisando, reescribiendo la noche ante cien testigos. Y lo hacía con una autoridad que nadie, ni siquiera su hermano, se atrevía a cuestionar por mucho tiempo.

Andrés tomó la daga con una expresión de profunda desaprobación. Hizo un pequeño corte en la muñeca de Ana, un acto de amor que, bajo la mirada del Alfa, se sintió como una profanación.

***

Claudio esperó a que la sangre de Ana se secara sobre el delicado corte en su muñeca, una marca de posesión inmerecida. Luego, su voz resonó

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