
EL ALFA DE LA BRUJA
- Genre: Werewolf
- Author: Blanca Pinto
- Chapters: 54
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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- ⭐ 7.8
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Annotation
Una joven marcada por la Luna descubre un poder capaz de alterar el destino de dos mundos. Entre secretos familiares, profecías y la sombra de un Alfa Supremo que la reclama como suya, Dulce Thais deberá enfrentar la verdad de su origen y decidir si su luz será salvación… o condena.
Chapter 1 RUTINA DE DOLOR
La mansión de los De la Fuente se erguía como un monumento a la abundancia, con sus pasillos de mármol y salones interminables que parecían resonar con ecos de grandeza. Sin embargo, para Marcela, cada rincón reluciente era un recordatorio cruel de lo que nunca había llegado. Quince años de matrimonio y cinco intentos truncados habían convertido su corazón en un territorio marcado por cicatrices invisibles. La rutina del dolor se repetía como un ciclo implacable: la esperanza de un positivo, la vigilancia obsesiva y, al final, el vacío desgarrador de un vientre que se negaba a retener la vida.
—Amor, no te castigues más —susurró Alberto, rodeándola con sus brazos mientras la lluvia golpeaba el ventanal—. Mi mundo empieza y termina contigo. Si el destino nos niega hijos, aún nos queda lo más valioso: nosotros.
Marcela intentó sonreír, pero la fragilidad de su gesto revelaba la grieta que se abría dentro de ella.
—No es justo, Alberto —murmuró, apoyando la frente contra el cristal helado—. No quiero privarte de ver tu reflejo en los ojos de un niño. A veces siento que soy un árbol seco, condenado a permanecer en medio de un jardín que florece sin mí.
Alberto la estrechó con más fuerza, como si quisiera arrancarle el dolor con el calor de su abrazo. “Si pudiera cambiar su destino, entregaría cada centavo de mi fortuna”, pensó, con una ternura que dolía más que cualquier reproche.
—Por favor, cariño… —su voz se quebró *p*n*s—. Haya o no herederos, mi amor por ti no se marchita. Eres mi vida, no una fábrica de hijos.
Él la besó en la sien antes de retirarse al despacho, convencido de que sus palabras habían sembrado calma. Pero Marcela permaneció inmóvil, atrapada en una melancolía que la empujaba hacia pensamientos sombríos: liberarlo con su ausencia o, en el extremo más cruel, apagar su propia respiración para dejar de ser un peso.
Buscó refugio en el jardín, donde el ocaso teñía el cielo de tonos violetas y anaranjados. Se dejó llevar por una vieja canción de cuna, tarareada con voz quebrada, una melodía que era al mismo tiempo bálsamo y herida abierta.
—Señora, su limonada —interrumpió una voz delicada.
Era Elena, la más joven de las empleadas. Marcela asintió con un gesto distraído, señalando la mesa de hierro forjado. Sin embargo, la muchacha no se apartó de inmediato.
—Perdone mi atrevimiento, señora… pero el aire que la rodea se siente demasiado pesado —dijo Elena con timidez—. He notado su tristeza estos días.
Marcela exhaló con cansancio, dejando que la máscara de fortaleza se resquebrajara por un instante.
—¿Tan evidente soy, Elena? —murmuró con voz apagada—. Son demasiados inviernos cargando este vacío. La imposibilidad de darle un heredero a mi esposo me consume, como si me arrancara el alma poco a poco.
La joven dio un paso más, bajando la voz como si las paredes pudieran traicionar su secreto.
—En mi pueblo, lejos de hospitales y doctores de bata blanca, existe alguien distinto. Una mujer que guarda los secretos de la tierra. Mi tía fue llamada estéril durante años, y ahora cría a tres hijos robustos. Dicen que esa mujer, la Bruja Mayor, ha hecho brotar vida incluso en donde solo había piedra.
El corazón de Marcela se agitó con violencia. La lógica aprendida en su educación se enfrentaba a la urgencia de su desesperación, y por primera vez la duda se transformaba en esperanza.
—¿Es verdad lo que dices? —preguntó, aferrando las manos de Elena con una fuerza inesperada—. ¡No juegues con mi fe, muchacha!
—Jamás me atrevería, señora —respondió Elena con firmeza—. Es real. Si se aventura hasta lo más profundo del valle, ella la recibirá.
Marcela sintió que la determinación se encendía en su interior como una llama peligrosa.
—Dame la dirección —ordenó, con voz firme y cargada de un coraje que rozaba la temeridad—. Iré de inmediato. Pero escucha bien: Alberto no debe saber nada. Si pregunta, dile que necesitaba aire, que fui de compras a la ciudad… cualquier excusa servirá.
Elena inclinó la cabeza, solemne.
—No tema, señora. Su secreto quedará guardado conmigo.
Marcela se puso de pie, mirando hacia el horizonte donde las sombras del bosque parecían susurrarle su nombre. Por primera vez en años, la tristeza no la dominaba; en su lugar ardía un fuego visceral, el mismo que empuja a los desesperados a pactar con fuerzas prohibidas con tal de escuchar un llanto en la cuna.
—Si esto funciona, Elena, te juro que tu vida cambiará para siempre. Me has dado una razón para seguir mañana —dijo con una firmeza que parecía ajena a su fragilidad.
La huida fue planeada con la precisión de un estratega. Aprovechando la ausencia de Alberto, Marcela recorrió kilómetros de caminos polvorientos hasta que el brillo de la ciudad quedó sepultado por la espesura del bosque. El pueblo era *p*n*s un puñado de casas olvidadas, y en lo alto de una colina, envuelta en una niebla que se movía como si respirara, se alzaba la cabaña.
Antes de que su nudillo rozara la madera carcomida, la puerta se abrió sola, emitiendo un chirrido que le recorrió la espalda como un escalofrío.
—Llegaste… te estaba esperando —dijo una voz grave, profunda, como si emergiera de las entrañas de la tierra.
En el umbral apareció una mujer cuya presencia llenaba el espacio. A pesar de sus setenta años, sus ojos brillaban con una claridad antinatural bajo la cascada de su cabello blanco. Marcela retrocedió instintivamente, preguntándose si Elena la había anunciado, pero la mirada de la anciana le reveló que no necesitaba mensajeros para conocer lo que estaba por suceder.
—Yo venía porque… —balbuceó Marcela, mientras el aire dentro de la cabaña se impregnaba de hierbas frescas mezcladas con un aroma metálico, semejante al hierro de la sangre.
—Sé a qué vienes. Tu brebaje ya está preparado —respondió la bruja, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito.
—¿Brebaje? —repitió Marcela, desconcertada, sintiendo que cada palabra abría un abismo bajo sus pies.
—¿Quieres un hijo, o no? —preguntó la anciana, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, mientras la invitaba a entrar en un salón donde frascos de vidrio contenían líquidos de colores imposibles y manojos de plantas secas colgaban del techo como cuerpos suspendidos.
Marcela se dejó caer en una silla de madera, con el corazón latiendo como un tambor de guerra.
—Sí… es lo único que quiero en esta vida —admitió, consciente de que estaba cruzando un umbral del que quizá no habría regreso.
La bruja mayor extrajo una pequeña botellita de cristal oscuro de una caja tallada con runas que parecían palpitar bajo la luz tenue.
—Bébelo todo —ordenó con voz grave—. Pronto serás madre de una niña.
—¿Una niña? —repitió Marcela, tomando el frasco con manos temblorosas. Un rayo de sol filtrado por la ventana hizo que el líquido destellara con un matiz plateado, como si contuviera fragmentos de luna.
Sin vacilar, se empinó la botella. El sabor era una paradoja: dulce y amargo, ardiente y helado, una corriente de fuego frío que descendió por su garganta y se instaló en su vientre como una chispa divina. Dos lágrimas solitarias rodaron por sus mejillas. La desesperación era tan grande que habría aceptado veneno si la anciana se lo hubiera pedido. Y entonces, algo cambió. La opresión que había cargado durante quince años se disolvió, reemplazada por una paz absoluta, una ligereza que la hizo sentir como si flotara en un sueño.
Pero el rostro de la bruja se endureció, borrando cualquier rastro de compasión.
—Escucha bien lo que te diré, mujer de ciudad. Soy la Bruja Mayor y te he concedido lo que anhelabas, pero todo don exige un precio. Cuando la niña nazca, un Alfa Supremo vendrá a reclamarla. Y será mejor que no te interpongas.
Chapter 2 DESTINADA
Marcela sintió cómo el aire se volvía más denso, como si las paredes mismas se cerraran sobre ella.
—No comprendo… ¿A qué te refieres? —preguntó, con la voz quebrada, mientras un escalofrío le recorría la columna.
La anciana se inclinó hacia ella, y sus ojos brillaron con un fulgor animal.
—La sangre que corre por tu hija no será solo humana. Ella pertenece a la manada, y el Alfa Supremo no tolera resistencia. Si intentas desafiarlo, no solo perderás a la niña… perderás tu vida.
—Ella está destinada para él. Tú tendrás más hijos, serás bendecida por la diosa Luna con una familia numerosa, pero esa niña es diferente. El té que consumiste fue hecho de la Flor de Luna; tu hija poseerá un poder que solo en manos de una bestia resultará provechoso. Pero si se oponen, ambos morirán.
—No me asuste —suplicó Marcela, abrazándose a sí misma—. ¡Es mi hija! Mi esposo y yo la protegeremos con todo lo que tenemos. No permitiré











