
Si me ves llorar por ti. (Serie Romance)
- Genre: Romance
- Author: Majo Astudillo
- Chapters: 101
- Status: Completed
- Age Rating: 18+
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- ⭐ 7.5
- 💬 1
Annotation
Santiago Vidal, un joven millonario, atractivo, noble, de buen corazón, hijo de unos empresarios ecuatorianos que emigraron hace años atrás a Estados Unidos, vive ligado a un fuerte código moral, en el cual no hay cabida a las mentiras ni engaños. Alba Rodríguez, una joven venezolana de escasos recursos económicos, quien estudia becada en la misma universidad, y que se verá inmersa en una gran mentira para acercarse a él. El amor nace entre ellos, ambos vivirán un tórrido romance. Santiago considera a Alba, la mujer por la cual ha esperado toda la vida, sin sospechar que ella no es quien dice ser. Cuando la verdad sale a la luz, será rechazada y repudiada por su novio, quien al sentirse engañado se aleja de ella viviendo una vida llena de derroche y libertinaje. Alba, sin familia, sin trabajo y sin el apoyo de nadie, tendrá que pasar muy duros momentos por sacar adelante al fruto de aquel amor, sin embargo años más tarde el destino pondrá frente a Santiago, a un pequeño idéntico a él, descubriendo el secreto que Alba, guardaba sigilosamente. ¿Serán capaces de sanar las heridas causadas? ¿Existirá el perdón entre ellos? OBRA REGISTRADA EN SAFE CREATIVE CODIGO: 1908201728671 ©PROHIBIDA SU REPRODUCCION TOTAL O PARCIAL. Registrada en el Instituto de Propiedad Intelectual de Ecuador. 2018. ©Derechos Reservados.
Introducción: ¿Qué será de ti?
Santiago Vidal observaba a través de los grandes ventanales de su imponente oficina cómo la lluvia caía con fuerza. Ese ruido ensordecedor lo atormentaba. Le recordaba aquella fatídica noche en la que todo terminó, cinco años atrás.
Resopló con un sentimiento de congoja anidado en su pecho. Con sus tristes ojos azules miraba el agua golpear el vidrio, de la misma forma en que los recuerdos martillaban su corazón.
Apoyó las manos sobre la cornisa y suspiró. Divisó cómo una bruma de neblina cubría los grandes rascacielos, tornando el cielo gris, tal cual su vida se transformó desde aquel instante. De nuevo, aquella sensación de soledad le cubrió el alma. Los remordimientos no lo dejaban en paz desde hacía ya mucho tiempo, en especial en las tardes lluviosas que tanto le recordaban a ella.
No comprendía por qué ese día los recuerdos taladraban su cabeza. Quizás se debía a que su boda estaba muy próxima. O tal vez la respuesta era tan simple como cruel: aún la amaba. A pesar del tiempo, de la distancia y de sus mentiras, su corazón era tan necio que se negaba a olvidarla.
Sus ojos se llenaron de lágrimas al rememorar aquella noche.
(***)
Años atrás
—P-por favor, escúchame —suplicó ella.
—No tengo nada que escucharte. No quiero volver a saber de ti —enfatizó, arrastrando las palabras con la furia que lo consumía—. No me importa lo que hagas o dejes de hacer con tu vida. Si alguna vez te amé, ahora te odio por falsa, mentirosa e interesada —espetó con la mirada llena de resentimiento y el semblante cubierto de decepción—. Todo fue por mi dinero, ¿verdad? —La zarandeó—. ¡Contesta! —vociferó.
La joven lloraba sin poder articular palabra. Él no deseaba escucharla, la trataba como a una cualquiera, como a una aprovechada.
—Todo lo hice por amor a ti… Por favor, déjame explicarte. —Pero el joven no creyó en sus palabras. La rechazó. Lleno de ira y sin medir su fuerza, la empujó. Ella cayó al suelo de rodillas ante él—. Perdóname, por favor, déjame explicarte —rogó sin poder contener el llanto.
—¡Levántate! —ordenó enfurecido. No podía contener su enojo. Se había enamorado de ella, había confiado en sus palabras; era la mujer de su vida, con quien pensaba casarse y formar una familia. Ahora se sentía decepcionado, herido, burlado y humillado.
Ambos lloraban al mismo tiempo, mientras la incesante lluvia caía sobre sus cuerpos.
—Por favor… —susurró la joven, *p*n*s audible.
Él la tomó con fuerza de los brazos y la levantó del piso.
—No vuelvas a llamarme “mi amor” —vociferó tensando la mandíbula—. Esa palabra te queda grande. No me busques, no me hables, desaparece de mi vida. Haz de cuenta que estoy muerto para ti.
(Actualidad)
El timbre de su iPhone lo sacó de sus cavilaciones. Respiró profundo al ver que era su futura esposa, Eliana, quien lo llamaba.
—Amor, no olvides que hoy en la tarde tienes cita con el diseñador —expresó la chica—. Espero que no faltes, deben hacer la última prueba de tu traje.
—Ahí estaré —respondió, quedándose pensativo.
—Pero qué cariñoso estás hoy —replicó Eliana.
—Estoy un poco atareado, tengo junta directiva en diez minutos.
—Lo comprendo, cariño. Solo recuerda que después de esa reunión te estaremos esperando.
—No lo olvidaré. —Concluyó la llamada y resopló. Tomó asiento en su mullido sillón de cuero, sacó de un cajón un estuche de terciopelo y lo abrió. Observó el anillo que iba a entregarle. Su corazón tembló al recordarla.
Tres golpes secos lo regresaron al presente. Secó con la mano un par de lágrimas que rodaban por sus mejillas.
—Adelante.
Los labios de Santiago perfilaron una amplia sonrisa. Se puso de pie y caminó hacia el hombre que acababa de ingresar.
—Alteza real —bromeó, disimulando su tristeza, y lo estrechó en un abrazo.
Joaquín correspondió al gesto.
—Deja las bromas, Santy —carcajeó divertido.
—¿Qué haces aquí en Nueva York?
Joaquín suspiró profundo al recordar el motivo de su viaje.
—Volví por un asunto importante —enfatizó, clavando sus ojos azules en los de Santiago.
La mirada de Santiago se cubrió de tristeza; inclinó el rostro.
—Suerte con eso —expresó con sinceridad.
El semblante de Joaquín se endureció al notar el desencaje de su amigo.
—Me llegó la invitación a tu boda —mencionó, aclarándose la garganta—. ¿Estás seguro de lo que vas a hacer?
Santiago se puso de pie y caminó hacia la ventana. Su mirada se perdió en el horizonte.
—Eliana ha estado conmigo en mis peores momentos —dijo pensativo—. Es una buena mujer.
—Pero no la amas —afirmó Joaquín con seguridad—. Sigues enamorado de Alba. Te conozco, no puedes mentirme.
—No he vuelto a saber nada de ella. Recuerda que la busqué sin descanso y sufrí demasiado. Tú fuiste testigo —respondió con dolor, respirando agitado.
Joaquín se acercó a su amigo y colocó una mano en su hombro.
—No pretendas llenar el vacío que dejó Alba cometiendo el error de casarte con Eliana. No serán felices ninguno de los dos. Ese matrimonio está condenado al fracaso.
El rostro de Santiago se llenó de confusión. Bajó la mirada y resopló.
—No puedo suspender la boda a estas alturas.
—Si puedes, hermano. Háblale con la verdad a tu novia. Si dices que es una buena mujer, no merece que la engañes de esa manera. Tú no eres así.
Santiago regresó a su sillón y se recargó en el espaldar, dubitativo.
—Tampoco puedo esperar que un día Alba aparezca por esa puerta. —Señaló con la mano—. Ella se olvidó de mí.
—“…Olvídala, mejor olvídala…” —entonó Joaquín, casi como un consejo.
—¿Piensas que no lo intenté? ¿No recuerdas por qué nos hundimos en el alcohol? —preguntó, tirando de su cabello—. Traté de borrarla de la memoria, sacarla de mi alma. Pero no se puede. Suena absurdo, pero así es. —Resopló.
—Yo más que nadie te comprendo —dijo Joaquín—. ¿Crees que fue fácil para mí? Pensé que jamás saldría del centro de rehabilitación, y, al igual que tú, mis pensamientos estaban dedicados a una sola mujer: María Paz Vidal.
—La diferencia entre tú y yo es que mi hermana te esperó. Ella no te olvidó…
La mirada de Joaquín se llenó de esperanza. Si había regresado a Nueva York, era con un solo propósito: convertir a María Paz en su esposa y llevarla a Colombia.
—Tu situación es complicada, hermano —habló Joaquín—. Pero no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Más bien vine a invitarte a un café. —Sonrió.
—Gracias —respondió Santiago, mirando su Rolex—. En diez minutos tengo junta de directorio.
—Entonces no te quito más tiempo. Piensa en lo que hablamos. Hazme caso, hombre —sugirió, poniéndose de pie para despedirse.
Una vez que Joaquín abandonó la oficina, Santiago abrió su computador. Sus dedos recorrieron una carpeta en la que guardaba recuerdos de Alba.
—Debí darte la oportunidad de explicarme —se reprochó en voz baja, mientras acariciaba con la yema de los dedos la imagen de la chica, recordando aquellas noches en las que se amaban y se hacían uno—. ¿Qué será de ti? ¿Dónde estarás? ¿Me recordarás? —susurró casi sollozando, embargado por una profunda tristeza.
Introducción: Marcas del ayer.
Años atrás
Los dedos de los músicos rasgaron las cuerdas de las guitarras entonando las notas de «Sabor a mí» en la versión de Luis Miguel. El sonido de los violines estremeció el corazón de Alba. Santiago la envolvió con sus brazos. En la proa del yate, sus cuerpos danzaban con lentitud al ritmo de la melodía. La brisa les acariciaba el rostro y agitaba su cabello castaño.
La letra de aquella canción estremecía sus almas. Al finalizar, Santiago tomó el delicado rostro de su novia y lo acercó al suyo; sus labios se apoderaron con urgencia de los de ella.
Alba se deshizo ante aquel mimo. Esa mágica noche se convertía en la mejor de toda su corta existencia. A sus veinte años jamás pensó vivir algo así. Santiago no había escatimado en detalles: exquisita cena, buen vino, música en vivo y el yate recorriendo la bahía neoyorquina.
Cuando él dejó de besarla, ella se reflejó en su clara mirada. Un escalofrío recorrió su colum











