
Quédate Conmigo
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Annotation
Lena Montenegro, recién graduada en Derecho, decide lanzarse a una experiencia retadora: realizar su especialización como asesora jurídica de una ONG en plena selva, donde el conflicto y la tensión son el pan de cada día. Lo que no espera es encontrarse con el mayor Maximiliano Rivas, un militar de élite curtido por años de misiones y silencios, que en ella ve un rayo de vida en medio del caos. Maximiliano Rivas, miembro de las fuerzas especiales, ha entregado su cuerpo y alma al servicio de su país. Durante un breve descanso en la selva, su camino se cruza con el de Lena, y por primera vez en mucho tiempo, recuerda lo que significa vivir más allá del deber. ¿Podrán enfrentar juntos la dureza del mundo sin perderse el uno al otro?
Parte 1
Lena
—Serás una gran abogada, no dudes de ti misma —dice mi hermano con una sonrisa orgullosa, mientras me envuelve en un abrazo fuerte, de esos que parecen querer sostenerte cuando sientes que podrías tambalear. Su tono es firme, seguro, como si con sus palabras pudiera borrar de un solo golpe todas mis dudas. Lo miro y asiento, intentando absorber esa confianza que él tiene en mí, aunque dentro de mí todo siga siendo un torbellino de incertidumbre.
Hoy tengo mi cartón. Un simple cartón.
Las voces y los murmullos en el auditorio se vuelven un eco lejano mientras mi mente se sumerge en los recuerdos. Pienso en cada noche en vela, en los días de agotamiento extremo, en los momentos en los que sentí que no podía más. En séptimo semestre, la pasión que alguna vez tuve por esta carrera se evaporó, y con ella, mi vocación. ¿Dónde se perdió? No tengo idea. Solo sé que seguí adelante porque no supe qué más hacer.
—¿Ya elegiste tu especialización? —pregunta mi papá sin despegar la vista de su celular. Su empresa lo consume, y ahora mi hermana mayor también.
—No, sigue en proceso —respondo con una sonrisa casi mecánica. *p*n*s me dedica una leve mirada antes de volver a la pantalla. Mi respuesta no parece sorprenderlo, como si ya hubiera asumido que soy la hija que aún no encuentra su rumbo. El peso de la comparación con mi hermana me asfixia, pero me lo trago en silencio.
Esa pregunta trae a mi memoria otra conversación, una que sigue pesando en mi mente.
Fue hace un mes, con mi mentor. Mi profesor favorito. A pesar de que su materia era más de relleno que de especialización, lo admiraba. Era un gran abogado.
—¿De verdad no sabes qué elegir? —preguntó mientras organizaba sus papeles. Su escritorio estaba lleno de documentos con anotaciones meticulosas, como si cada palabra escrita allí tuviera un propósito claro, a diferencia de mi propia vida en ese momento.
Había hecho mi pasantía en un bufete de abogados y me di cuenta de algo que me inquietó: trabajar ahí era como estar en casa... pero en la peor manera posible. Cada quien en su mundo, inmersos en sus asuntos, ignorando a las personas que necesitaban ayuda.
—No. Lo más normal es irse por civil o penal, pero... ¿Alguno vale la pena en este país? —suspiré, observando cómo acomodaba su escritorio—. Mi papá es un genio de las finanzas, por eso mi hermana estudió derecho enfocado en ese mundo, para quedarse con la empresa familiar. Mi hermano, en cambio, prefirió rodearse de criminales. No tiene horario, vive estresado. Corre en las montañas para no volverse loco con su trabajo.
—El ritmo de tu familia es muy movido.
—Eso es poco... ¿Qué sentido tiene ganar tanto si ni siquiera puedes disfrutarlo? —solté con un suspiro profundo.
Él rió suavemente. Era un hombre canoso, de gestos pausados, siempre con esa expresión tranquila que lo hacía ver como si supiera algo que los demás ignoraban. A diferencia de lo que muchos creían, jamás se había involucrado con una estudiante, ni siquiera cuando una de mis compañeras intentó sobornarlo ofreciéndose para subir una nota. Ella terminó con un reporte disciplinario y sin poder volver a estudiar.
—Tienes mucha razón. Por eso decidí ser docente.
—Eso es aún más tonto —solté sin pensar—. No me gustaría explicarle a gente como yo... lentica.
—No eres lenta —respondió con paciencia—. Solo que tu memoria no es buena para ciertas cosas.
—Es lo mismo, solo que dicho de forma más dulce.
El primer estudiante de primer semestre entró al aula y supe que era mi señal para irme. Me levanté con un suspiro y sonreí con sinceridad.
—Gracias, profesor. Por todo.
—Gracias a ti —dijo él—. Serás una gran abogada, solo debes descubrir qué tipo de abogada quieres ser.
El recuerdo se disuelve en cuanto escucho mi nombre.
—Lena Montenegro.
Mi cuerpo se pone en movimiento casi de forma automática. Me levanto, sintiendo el peso de la toga sobre mis hombros. Ese pedazo de tela negra me hace sentir como un sacerdote a punto de dar un sermón, pero sin la certeza de creer en lo que predica.
El maquillaje está perfecto, el peinado impecable, los tacones me dan unos centímetros más, pero cada paso es una amenaza de caída. Respiro hondo. Avanzo.
Veo más cerca las letras doradas, el diploma que certifica que logré algo importante. Y, sin embargo, en mi cabeza solo hay una pregunta:
¿Qué clase de abogada seré en el futuro? ¿O acaso ejerceré alguna vez?
Me paro con el rector y ambos sonreímos a un montón de cámaras, mientras siento mi cuerpo temblar, luego con cada profesor indicado hago lo mismo, para luego bajar ese pequeño espectác*l* que no quería volver a sentir en mi vida.
Cuando llego a mi asiento, veo que quien está ahora tomándose las fotos es el mismo que siempre fue el mejor de las clases. Supongo que al final todos tendremos el mismo cartón, sin importar si pasas raspado todo.
La ceremonia termina y mi hermano no duda en volver a abrazarme, como si un padre estuviera viendo a su hija.
—Estoy orgulloso de ti, hermanita.
Sentí ganas de llorar, en momentos así extrañaba a mamá, a mi dulce madre que a pesar de ser una doctora siempre me dedicaba tiempo, pero ahora estaba en un turno infernal en el hospital por el poco personal.
—Gracias —Le sonrío, mi hermano no me suelta.
Podía sentir las miradas de las personas sobre nosotros, murmullos, mala mía por no llevarme con las personas de mi carrera, porque siempre fui la que menos entendía un tema, la que siempre debía hablar con el profesor para ayudarme a recuperar el examen que me había ido muy mal.
—¡Lena! —Veo a lo lejos a mi mamá y mi hermana mayor, corriendo hacia nosotras, ambas me abrazan emocionadas—. ¡Felicidades!
—Ya eres toda una profesional, mi niña —Mi mamá acaricia mi rostro, mientras mi hermana me sigue abrazando por el cuello, emocionada.
—Estás grande, pequeña, ya no eres nuestra niña —Dice mi hermana, con una sonrisa.
No éramos una familia perfecta, simplemente una familia que a veces se le cruzaban los cables.
—¡Amor! —Mi mamá llama a mi papá, se aleja con él y luego vuelve con él, solo que esta vez sin el celular.
—Papá, el trabajo es importante, pero no tanto como la familia —Regaña mi hermana, la veo con una sonrisa.
Ahora estábamos llamando más la atención, todos éramos en promedio personas altas, ahora con tacones mi hermana y yo nos veíamos casi de la misma estatura que mi papá y mi hermano.
No sabía qué me deparaba el destino, lo que sí sabía es que quería saber cuál era mi verdadera vocación.
Dos meses después de mi cartón, recibí una llamada de una ONG, luego de llenar unos formularios hace una semana porque estaba aburrida de no tener un trabajo decente, me llamaban para irme como asesora de víctimas de conflictos.
Me darían pasajes, hospedaje y seguridad, ¿qué perdería?
Parte 2
Maximiliano
—Mayor Rivas.
Levanto la vista y veo a uno de los soldados saludándome con firmeza. Respondo de la misma manera antes de subir al avión militar que me llevará a mi nuevo destino. El aire dentro de la nave es denso, cargado del peso de todo lo que hemos dejado atrás.
Me aferro con fuerza a una de las correas del asiento mientras el rugido de los motores ahoga cualquier pensamiento. Pero no lo suficiente. Los recuerdos siguen ahí.
Mi primera misión con bajas. Mi primera misión como líder.
Es un peso que no estaba preparado para cargar.
La primera vez que pierdes a alguien a tu cargo, algo dentro de ti cambia. Se rompe. Te das cuenta de que, sin importar cuánto te esfuerces, siempre hay una posibilidad de que alguien no regrese. Y entonces, la culpa se instala en tu pecho como un puño invisible que no deja de apretar.
Si hubiera elegido otro camino, ¿sería yo el que estaría muerto en lugar de él?
Aprieto los ojos y respiro hon











