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Pecado y Virtud

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Annotation

En los barrios bajos del Bronx, una hermosa joven pelirroja se esconde sigilosa entre las sombras. Huérfana y con un hermano inválido bajo su cuidado, Helena Morgan comienza su carrera delictiva robando constantemente, nunca imaginaria que aquel viejo y casi olvidado lugar, víctima de sus robos constantes, ocultaba tras de sí una terrible verdad a la que se vería obligada a hacer frente y sobrevivir cuando "El Brasileño" la invite a formar parte de su familia. Antoine Beaulieu, el único hijo de un temible líder de mafia, carga a cuestas con los crímenes de su familia, deseando secretamente una vida apacible a la melodía del piano, pero siendo el heredero de su legado, aquel sueño se encuentra demasiado lejano. Antoine y Helena se encontrarán en el camino, desatando una interminable lucha de poderes, en donde el amor verdadero será constantemente puesto a prueba y una terrible verdad aparecerá para hacerle frente. Sangre, violencia y la indiferencia de la sociedad, los llevarán por caminos que nunca quisieron recorrer, mientras intentan desesperadamente escapar de aquel mundo turbio y peligroso al que se vieron obligados a entrar para sobrevivir. El amor, la amistad y la hermandad que los acompañan, quizás sean la última esperanza que un pequeño petirrojo necesita para aferrarse a la luz entre la oscuridad del Pecado y la Virtud de su ser.

Chapter 1

El viento sopla deliciosamente esta noche, las penumbras inundan las calles y cada rincón, cada recoveco, está plagado de las frías tinieblas de la madrugada. El silencio me envuelve, aun cuando sé que más abajo debe haber un tumulto tremendo, no logro escuchar sus voces. Justo ahora me gustaría ver las siluetas que dibujan los autos con sus luces mientras recorren la oscuridad, pienso incluso en esos insectos que chocan intencionadamente contra la luz en los faroles, sin embargo, no hay nada más que miedo y dolor.

Esos dientes y su castañeo, a momentos cortan el silencio. Su indecisión se delata por los suspiros entrecortados mientas esa arma apunta hacia mí en el viejo tejado donde me encuentro. Siempre me gustaron los rascacielos, recuerdo observarlos fascinada cuando recorría las calles junto a mi madre; creía que, si subía hasta la cima de uno de ellos, sin duda alguna podría tocar las nubes, pero, ahora mismo hay tantas de ellas que bloquean el paso de la luz de la luna y, definitivamente, no puedo tocarlas. Tan solo estoy esperando el estruendo horrido de esa arma que le pondrá fin a mi joven vida. Le suplico a mi madre que me abrace fuerte una vez que llegue al cielo para estar junto a ella.

Entonces lo escucho, aquel sonido atronador que revienta mis tímpanos sin piedad, el arma, se ha disparado. Él se ha decidido al fin, aquella arma dio el último grito que escuchare rompiendo por completo el abrumador silencio de esta noche. La oscuridad, me envuelve.

En el tiempo presente.

El tumulto de las multitudes ruidosas inundaba cada espacio público. Hombres y mujeres iban de prisa hacia sus trabajos, escuelas, o el sin fin de actividades diarias que siempre hay por hacer. Nadie tiene tiempo para ver la silueta femenina y juvenil que, por segunda ocasión en la semana, se desliza casi imperceptible a los ojos indiferentes, después de todo, nadie voltea su vista hacia aquellos que son menos afortunados.

Helena Morgan era una de tantos en una ciudad enorme. Se había criado en ese barrio marginado donde cada quien vivía metido en su propio mundo, y donde nadie se metía en los asuntos de otros. Aquella vieja y destartalada carnicería, era un blanco fácil para un robo fácil, hacía meses que Helena se infiltraba en ella con una habilidad prodigiosa; era como un ratoncito, silenciosa, imperceptible, por ello era que había corrido con suerte y había logrado robar en más de una ocasión sin ser descubierta por la policía, aunque, por supuesto, el viejo Tom sí que se daba cuenta de ello.

Su cabello rojizo se lo había sujetado en una cola alta que dejaba sus pecas completamente a la vista. Sus ojos verdes escudriñaban con suma atención cada movimiento dentro del viejo local esperando el momento más oportuno para escurrirse dentro y tomar la tan preciada carne que se guardaba en los congeladores. ¿Sería estofado o un filete? No había decidido aún que prepararía para comer esa noche junto a su hermano, pero se aseguraría de que fuese algo delicioso.

Solo tenía diecisiete años, era esa edad en la que las chicas como ella, dedicaban sus tardes a quejarse de la tarea que les dejaba el colegio o a platicar hasta dejar su boca seca con otras chicas sobre el candente capitán de futbol americano o el ultimo artista que estuviese de moda. Así debía ser, por supuesto, la juventud así era, sin embargo, no podía ser de ese modo para ella. Sus tardes eran todas idénticas a la de ese día; espiar al robusto y malhumorado carnicero para colarse y robar, y desde luego, no se quejaba, no tenía sentido hacerlo.

Después de algunos minutos, finalmente había encontrado su oportunidad; el viejo Tom había bajado la cortina, era momento de brincar hasta el techo y entrar por el ducto de aire. Sabía bien que el carnicero se metería en la parte trasera a contar el dinero del día y entonces, era su turno.

Tan ágil como una liebre, la hábil pelirroja brincó hasta alcanzar su objetivo y de nuevo se coló hacia el interior ya saboreando lo que cenarían para esa noche y los días siguientes. Todo estaba en silencio, solo el sonido exasperante de los congeladores hacía eco en la oscuridad que inundaba el pequeño cuartito, no había nadie, ni siquiera escuchaba el ruido que solían hacer las pesadas pisadas del viejo Tom, ¿Se habría marchado tan pronto? ¿Ese día habría decidido no contar las preciadas ganancias? No era su asunto después de todo, la vieja caja fuerte siempre estaba allí, podía contar al día siguiente si le pegaba la gana, después de todo, ella no tomaba dinero que no era suyo, aunque la comida…era otro asunto, más indispensable.

Dejándose caer desde el ducto hasta el suelo, las medias luces de los congeladores estaban como siempre, la carne también, pero en efecto, no había nadie, estaba completamente vacío.

— ¿En dónde te has metido viejo Tom? ¿Esta vez no vas a perseguir al intruso para evitar que robe la carne? — pregunto Helena en tono divertido y con intención de ser escuchada.

Aquello se había convertido en una especie de juego, por supuesto que Tom ya sabía que “alguien” del viejo barrio, se infiltraba a robar, pero curiosamente nunca se lo impedía completamente; solo la perseguía y solía llamarla “pequeño petirrojo” pero jamás la había denunciado. Ni siquiera ponía algún tipo de cancel sobre los ductos que solía usar para colarse dentro, no entendía la razón del proceder del viejo carnicero, pero tampoco lo cuestionaba; su situación no le daba el lujo de preguntarse el porqué, solo seguía el extraño juego y tomaba lo necesario para ella y su hermano, no quería saberlo ni tampoco cuestionar su suerte.

— Hey viejo, esta vez me llevare una buena tanda de filetes y verduras — dijo en voz alta, pero de nuevo no hubo respuesta.

Era un hecho, por primera vez en meses no había nadie. Helena se sacó la vieja mochila y la puso sobre el suelo. Comenzó a tomar frutas, verduras, sopas y todo cuanto creyó necesario, entonces lo pensó detenidamente, estaba sola. Sabía que los mejores cortes se guardaban en los congeladores traseros, se aproximaba el cumpleaños de su hermano y quizás, un buen corte de carne lo pondría de mejor humor. Caminando decidida hacia la parte trasera del recinto, pudo apreciar la caja fuerte, estaba abierta, y sin poder evitarlo, se preguntó seriamente ¿Porque en los nueve infiernos Tom no la había cerrado? Se acerco hasta ella y con sumo cuidado la cerró, mirando hacia las cámaras saco la lengua y camino hasta donde ella estaba segura, se encontraba reservada la mejor carne. La puerta del congelador era más grande y se veía oxidada, abriéndola, se introdujo dentro de que creía, sería un pequeño espacio, grande fue su sorpresa al darse cuenta de que solo había escaleras allí que conducían a lo que parecía ser un sótano.

— Que extraño, pero imagino que los congeladores deben estar abajo — se dijo así misma y comenzó a descender por aquellas escaleras.

El sonido de voces que parecían hablar una a la vez comenzó a llegar hasta ella, no estaba sola, había más gente abajo. Con sumo silencio y demasiada curiosidad, terminó de bajar para esconderse finalmente tras un par de viejos estantes. No la habían escuchado, de eso no cabía duda, observando, presto atención a cada extraña persona que se encontraba en ese lugar.

Eran al menos quince personas las que se encontraban allí y bastante mayores, a decir verdad, podría adivinar que todos ellos rebasaban los cincuenta años, quizás más, todos lucían ropas que se notaban pulcras y elegantes, era imposible que aquellos extraños fuesen carniceros. Él viejo Tom tampoco podía verse por ningún sitio, ¿Qué diablos era aquello? ¿Porqué de todos los posibles escenarios un montón de dandis se encontrarían en una carnicería en un viejo barrio pobre y problemático en la parte más remota de la ciudad? Aquello no podía ser bueno, ¿mafias? ¿Drogas?

Todos parecían molestos y mortificados, sea lo que fuese que estuviera pasando allí Helena no quería saber ni tener nada que ver, ese asunto, cualquiera que fuese, era más que obvio que resultaría en algo peligroso. Dando un paso hacia atrás, sus nervios la traicionaron, y esa vieja lata que golpeo sin querer, hizo el estrepitoso ruido que la delato y la había dejado al descubierto ante la mirada felina y amenazante de todos aquellos hombres.

Sus instintos le advirtieron del peligro y decidida trató de huir, sin embargo, aquellos robustos guardaespaldas se lo habían impedido.

— ¿Que tenemos aquí?, una pequeña rata se ha colado — dijo un hombre de apariencia intimidante, su piel morena y mal acento delataban que no era de por allí.

— Un lindo pajarito, un petirrojo, ¿Que haremos con ella? — preguntaba otro hombre de acento curioso, sus ojos azules la miraban con burla.

Helena sentía como cada musculo en su cuerpo temblaba descontroladamente. ¿Era su fin?, aun cuando no había escuchado mucho de su conversación obviamente secreta, sabía que no la dejarían marchar, no con vida. ¿Como seria? ¿Terminaría en el fondo del rio? ¿Atada y colgando de cabeza en un puente? ¿O solo un tiro rápido en medio de sus cejas? De todas las múltiples opciones sobre el cómo terminaría su vida prefería la última, un tiro certero y una muerte rápida.

— Dime muchacha, ¿Que escuchaste? — cuestiono el hombre moreno de acento extranjero sin dejar de mirarla a los ojos.

Helena sabía que no tenía ningún caso mentir, porque aun cuando no había escuchado gran cosa, ellos darían por hecho de que ella lo había escuchado todo.

— Aun cuando diga que no escuche nada igual no me dejaras marchar, así que, hazlo rápido — respondió Helena sin dejar de mirar a los ojos de miel del hombre moreno.

Risas inundaron la lúgubre habitación, sin embargo, Helena no las escuchaba. Solo pensaba en lo mucho que deseaba ver por última vez a su hermano, ¿Que sería de él? Ella estaba muerta y Mason solo en el mundo, sin poder valerse por sí mismo.

— Tienes carácter, pequeña, pero, ¿Porque supones que será rápido? — dijo una mujer de ojos rasgados y delicadas facciones asiáticas que la miraba con evidente molestia.

— Todos, silencio, nadie le hará nada — interrumpió los murmullos el hombre de piel morena.

— ¿Que tonterías estas diciendo?, esa mocosa pudo haber escuchado nuestra conversación, debemos eliminarla — dijo un hombre moreno de bonitos rasgos latinos.

— ¿Conoces a la niña? — finalmente preguntaba una mujer rubia de mirada feroz.

Helena los miraba a todos sin comprender nada. ¿Quiénes eran todas esas personas? ¿Porque no la liquidaban de una vez?

— Así es, la conozco — respondió el hombre moreno que parecía no querer matarla…aun.

— Disculpe, pero no lo conozco — dijo Helena comprendiendo menos aun la situación.

— No me digas viejo, no sabía que te gustaban tan jóvenes, sabía que no podías ser tan recto como aparentas ser, y definitivamente no hay como la carne tierna — dijo entre burlas el hombre latino.

Helena sintió que un escalofrió la recorría, un sinfín de escenarios peores que la muerte comenzaba a dibujarse en su mente, si le esperaba un destino tan atroz prefería morir.

De un salto y una ágil patada, logro zafarse del agarre de aquel robusto guardaespaldas y con la rapidez de una liebre, tomo la pistola que colgaba de los pantalones del mismo apuntando el arma sobre ella misma. Lo sabía, era imposible que aun con su agilidad saliera de esto, y si sería utilizada de maneras abominables su mejor opción era morir.

Todos los presentes en aquel lugar se quedaron anonadados al ver aquel acto que no sabían si juzgar como valiente o desesperado, solo una cosa era una verdad para admitirse, la jovencita de cabellos rojizos y de cuyos ojos verdes corrían lágrimas, tenía valor. Estaba lista para morir.

— No sé quiénes son todos ustedes ni me importa saberlo, pero prefiero morir antes que ser usada por cualquiera — dijo la chica decidiendo en ese momento disparar. Sin embargo, nada paso. No hubo disparo alguno.

Helena sintió que sus piernas fallaban, y mil preguntas la hicieron sentirse repentinamente mareada. ¿Así terminaría su vida? ¿Usada para la diversión del hombre moreno que no la quería muerta por oscuros propósitos? Aquel hombre caminó hasta ella y luego le quitó el arma de las manos. Gruesas lagrimas resbalaban de sus ojos mojando sus pecosas mejillas, tan solo habría querido ver a su hermano una vez más.

— Si quieres disparar, debes quitar el seguro primero — dijo el hombre moreno quitando el seguro y devolviéndole el arma.

Helena no supo si sentirse asqueada o sorprendida por la pequeña lección recibida.

— ¿Porque me das esto? ¿Porque me explicas como usarla? — cuestionó la pelirroja sin entender y en medio de una crisis de verdadera ansiedad.

— Estas decidida a morir aun cuando no se ha decidido lo que haremos contigo — respondió el hombre moreno.

¿Qué estaba pasando? ¿Aquello era una pesadilla? ¿Aún estaba durmiendo? Mirando el arma de nuevo en sus manos volvió a colocarla en su garganta, si disparaba sería el fin. La sonrisa de su hermano menor se dibujó una vez más en medio de sus turbulentos pensamientos. Cerro sus ojos y lo meditó; sería mucho mejor para Mason aceptar que murió por un disparo, que condenarlo a una vida sin saber cuál fue su destino final. Su dedo estaba sobre el gatillo, estaba decidida, dispararía.

— Eres la pequeña rata pelirroja que roba constantemente carne de aquí, debo admitir que tu habilidad para entrar y escapar es asombrosa, aun así, cuando nos visitas, no haces más que robar carne y víveres, no has hecho por tomar dinero ni una sola vez, no tomas más de lo necesario para unos días, dime pequeña, ¿Porque lo haces? ¿No sería mucho más fácil tomar el dinero? — cuestiono el hombre de piel morena.

Helena se sorprendió de lo dicho por aquel hombre intimidante, ¿Él sabía de sus constantes hurtos? ¿Quién era ese hombre? Estaba segura de que jamás lo había visto.

— No tomo dinero que no me gane, pero la comida es vital, por eso la robo, no es pecado tomar comida para saciar el hambre y si quiere una disculpa por robar su carne entonces me disculpo, pero no me arrepiento de haberlo hecho — respondió la joven pelirroja.

Una sonrisa se dibujó en los labios del hombre moreno.

— Esta decidido, tomare a este pequeño petirrojo ladronzuelo bajo mi cuidado, no se encuentran jóvenes con esta determinación todos los días, será una buena adquisición a mis filas, su habilidad de liebre me será de mucha utilidad — dijo el hombre moreno con determinación.

En los rostros de los demás, sin embargo, una mueca de disgusto de había mostrado.

— No estoy de acuerdo, no sabemos si saliendo de aquí no correrá a informar sobre nosotros, no tenemos garantía de que la mocosa permanecerá con la boca cerrada, por eso es mejor cerrársela para siempre — dijo el latino apuntando su arma sobre la chica.

El hombre moreno se posó protectoramente frente a la joven pelirroja que miraba con miedo a todos a su alrededor.

— He dicho que la tomo a mi cuidado, no le dispararas a un miembro de mi familia, si quieres una garantía te la daré — dijo el hombre moreno para después marcar un numero en su celular.

Casi al borde de la histeria, Helena se movió bruscamente.

— Un momento, yo no he aceptado ser parte de su familia, no me voy a convertir en una diversión para su uso personal — dijo la jovencita con voz quebrada.

— Ya dijo que no le interesa ser tu protegida, dejen que se mate y terminemos con esto de una buena vez, no tengo tiempo para estas tonterías — dijo molesta la mujer rubia.

Sin embargo, el hombre moreno alzo su celular, mostrándolo a todos los presentes, y al momento una conocida voz salió de allí.

— Estoy en la casa de la niña Morgan como me ordeno mi señor, el niño invalido parece estarla esperando, estoy apuntando a su cabeza, espero su orden —

El altavoz sonó y Helena tembló. Era el viejo Tom el que estaba hablando.

— No, por favor, no le hagan daño, hare lo que sea — dijo la pelirroja derrotada y dejándose caer sobre el suelo.

El hombre moreno la miro con complacencia.

— Regresa, no dispares al chico, el petirrojo ha aceptado nuestra amable invitación — dijo entre risas el imponente moreno.

Helena, enfurecida, y decidiendo imprudentemente cuestionarlo todo, habló.

— ¿En qué momento mando a Tom a ver a mi hermano? ¿Como es que sabe sobre él? — cuestiono la chica con rabia en su voz.

— No creías que no mandaría investigar a quien tan habilidosamente ha entrado a robarme los últimos meses ¿O sí? Desde la primera vez que entraste aquí te he observado, tienes potencial para servirme, Helena Morgan, quien roba para alimentar a su pequeño hermano Mason. Ambos huérfanos, viviendo en aquel viejo departamento abandonado por el que estoy seguro se cuela el frio por sus ventanas rotas, tu pequeño hermanito no puede caminar, pasa sus días hacinado sobre el viejo colchón que da hacía la ventana, a veces tus amables vecinos se apiadan de él y le dejan algo para comer, pero nunca es suficiente la mediocre piedad que se les tiene, por eso vienes a mi carnicería a hurtar para alimentarse, no tienes estudios, solo aprendiste lo básico cuando tuviste que abandonar el colegio, y por tu joven edad no te dan un trabajo decente que no sea hacer cosas indecibles. Lo sé todo de ti pequeña y tienes dos opciones, dispara esa arma que tienes en tus manos y acaba con tu miserable vida dejando al niño Mason solo para pudrirse en ese viejo colchón, o, trabaja para mí, te someteré a un entrenamiento adecuado para desarrollar el potencial que tienes y al mismo tiempo trabajaras para cubrir todo lo que me has robado, además tendrás un salario que te ayude a salir del agujero donde te encuentras, pero si no te gusta ninguna de las dos opciones que amablemente te brindo, y te aseguro que habrá una bala en medio de tus cejas y otra más estará una alojada en medio de las de tu pequeño hermano, no olvides que se dónde encontrarlos y que no tienes medios para escapar de mí, toma tu decisión ahora — Dijo el hombre moreno con determinación.

Helena no dudo en su respuesta, si tenía que trabajar para el mismo demonio para con ello mantener a salvo a su pequeño hermano lo haría sin dudar.

— Acepto, seré lo que quiera que sea, pero no lastime a mi hermano — respondió la chica decidida.

— Entonces está hecho — respondió el hombre moreno.

Los presentes asintieron satisfechos.

— Bien, entonces sigamos en lo que, si nos concierne, despide a tu pequeño petirrojo y terminemos con esto — dijo de nuevo impaciente la mujer rubia.

— Fue un gusto concerté pequeño petirrojo — se despedía un hombre de ojos azules y modales femeninos.

Ignorando a todos, Helena se paro firmemente ante el hombre moreno que la había reclutado para algo que desconocía por completo que era.

— ¿Cuándo empezare a complacerlo? — pregunto nerviosa la joven Helena.

La risa del hombre moreno resonó en el lugar.

— Oh no petirrojo, tu no me harás ningún servicio como los que estas imaginando, yo no soy capaz de manchar a una niña tan joven, puedo jurarte que este Manoel Da Silva no se involucra jamás con niñas jóvenes e inocentes, tienes mi palabra como tu líder, eres bienvenida a nuestra familia — dijo el hombre moreno logrando calmar a la chica que luego fue sacada de ese lugar.

Las calles estaban oscuras, la noche ya cubría con su manto cada rincón y recoveco en aquellas ya desoladas calles. A través del cristal del lujoso auto que la dejaba en el viejo apartamento donde vivía miraba lo mismo que sus ojos verdes observaban con tristeza siempre y desde hacía varios años. Delincuencia, vagabundos buscando en los botes de basura algo para llenar el hueco en sus estómagos, prostitución y demás. Miro la enorme despensa que su nuevo “líder” le había dado como pago adelantado por ser un miembro nuevo de sabrá dios que organización que se dedicaba a algo aún desconocido para ella. En su mochila había dinero, y solo recogerían a su hermano del triste lugar donde dormían y al que consideraban su hogar. Desde ese momento, vivirían en otro lugar también desconocido para ella. No sabía si había sido afortunada o desafortunada, no tenía idea de lo que pasaría con ella desde ese momento en adelante, pero el rostro con lágrimas de su hermano la hizo olvidarse por completo de todo aquello.

— ¿Dónde estabas? ¿Porque tardaste tanto? Pensé que algo malo te había ocurrido — Mason se abrazaba fuertemente a la cintura de la pelirroja, quien solo intento secar las lágrimas que caían desde los hinchados ojos verdes de su pequeño hermano.

— Es hora de irnos Mason — respondió con voz entrecortada la joven.

— ¿Irnos? ¿A dónde nos iremos? — cuestiono el pequeño que no rebasaba los trece años.

— A un nuevo hogar, he conseguido un nuevo empleo en la carnicería del viejo Tom, él ha sabido de nuestra situación y nos ha prestado un mejor lugar, ahí estaremos mejor — respondió Helena sintiendo un nudo que lastimaba su garganta, no quería mentir, pero debía hacerlo.

— ¿En verdad? ¡Eso es genial! Finalmente lograste obtener un empleo y ahora tendremos una mejor casa — respondió emocionado el pequeño.

— Si, todo ira mejor ahora…no volverá a faltarte que comer y no habrá más frio por las noches — dijo la pelirroja con su mirada perdida en la nada.

Sin más opciones, así se sentía Helena. Sin embargo, aunque sabía que se había metido en la cueva de los lobos, no daría un paso atrás para proteger a su hermano.

Caminos inesperados se presentaban frente a la jovencita pelirroja, mientras el hombre moreno de ojos de miel miraba aquella grabación de la chica pelirroja que cerraba su caja fuerte.

Chapter 2

El sol estaba en su punto más alto y esos eran los días más calurosos del verano. Toda alma en la ciudad buscaba con desesperación una buena bebida o un complaciente baño para lograr refrescarse. Ciertamente no eran los mejores días para hacer un extenuante entrenamiento.

El sudor recorría su cuerpo de tal manera que lograba hacerla sentir incomoda, Helena se sentía como un cerdo. Rogaba a Dios si es que realmente existía, que por el día su “maestro” le permitiera terminar el entrenamiento para inmediatamente correr a darse una ducha y eliminar todo rastro de inmundicia que hubiese en su piel. Habían transcurrido solo un par de semanas desde aquel incidente desafortunado donde se había visto obligada a unirse a aquella “familia” que aún no le decía exactamente cuál sería su trabajo y desde luego, un millón de escenarios ya se habían dibujado en sus pensamientos, ¿Seria droga? ¿Una banda dedicada a los robos? Fuera lo que fuese no podía ser bueno y lo detestaba, pero no había t

Heroes

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