
NUNCA MAS TUYA
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Annotation
Encerrada, humillada y acusada injustamente, vio morir en sus brazos a su hijo de cinco años. Desgarrada por el dolor, maldijo al hombre que alguna vez amó: Luciano, su esposo, un magnate frío y despiadado que nunca le creyó… y que la condenó a una muerte trágica. Cuando Alejandra abrió los ojos descubre que ha vuelto seis años al pasado, con su memoria intacta de una vida destruida por Luciano. El creador le dio una nueva oportunidad y esta vez no pensaba repetir la historia. Con la oportunidad de reescribir su vida, decide romper con el pasado y enfrentarlo con inteligencia, nuevos aliados. Esta vez no cometerá los mismos errores, su resiliencia la hace brillar bajo un nuevo sol, se torna exitosa y una mujer digna de admiración. Lo que nunca imaginó fue que Luciano, acostumbrado a su devoción, se obsesionaría con la nueva mujer en que se ha convertido: fuerte, brillante e inalcanzable. Lo que antes fue indiferencia se tornará en una persecución peligrosa. Lo que antes fue desprecio se transformará en una obsesión que puede consumirlos a ambos. “Nunca más tuya” combina segundas oportunidades, romance protector, intriga y una heroína que convierte el dolor en poder.
Capítulo 1: El final de una vida
Alejandra, arrodillada en el suelo, estrechaba contra su pecho el cuerpo inerte de su hijo de cinco años. Lo acunaba con desesperación, aferrándose a un calor que ya no existía. Había pasado un día desde que su esposo la encerró, exigiéndole “reflexionar” sobre unos actos que jamás cometió.
El tercer piso de la mansión siempre había sido un lugar frío, pero aquella noche parecía una tumba. Las gruesas cortinas de hierro cubrían el balcón, sellando cualquier posibilidad de escape. La habían encerrado allí como si fuera una criminal, aislada del mundo y del auxilio que su niño necesitaba desesperadamente.
Sus dedos se crisparon alrededor del cuerpecito inmóvil, como si con la fuerza de su abrazo pudiera devolverle el calor perdido. Cristopher ya no respiraba, y aun así Alejandra no dejaba de susurrarle palabras quebradas, como si en algún rincón de la eternidad él todavía pudiera escucharla.
El recuerdo de las horas anteriores aún la atormentaba. La fiebre de Cristopher había comenzado la tarde anterior. Ella había golpeado la puerta hasta sangrarle los nudillos, suplicando por un médico, por un poco de agua fresca, por alguien que escuchara. Arañó la madera hasta perder uñas, dejó marcas de sangre en el suelo. Nadie acudió. Todos obedecían las órdenes del amo de la mansión.
Nevenka. Siempre Nevenka. Aquella mujer intrigante que desde la escuela había hecho de su vida un infierno, se las había arreglado para convertir una mentira en condena. Juró que Alejandra la había abofeteado y Luciano no dudó en encerrarla como castigo. “Para que aprendas”, fueron sus palabras, frías, sin mirar siquiera al niño que ardía de fiebre.
—Resististe tanto, mi amor… —murmuró Alejandra, apoyando la frente contra la del pequeño—. Pero ya no pudiste más.
Sus lágrimas cayeron sobre la piel fría de Cristopher.
La cerradura metálica se activó de pronto. El chirrido del mecanismo hizo eco en la habitación. La puerta se abrió y allí estaba Luciano Galleguillos. Impecable, como siempre: traje oscuro perfectamente ajustado, rostro severo, mirada que cortaba como acero. A sus espaldas, la cortina metálica del balcón se elevó lentamente, dejando entrar una ráfaga de aire gélido.
—¿Ya recapacitaste? —su voz era baja, cargada de desprecio—. ¿O seguirás con tus dramas para librarte de las consecuencias?
Alejandra alzó el rostro con los ojos rojos de tanto llorar.
—¿Dramas? —su voz salió ronca, rota—. ¡Cristopher estaba enfermo! ¡Estaba muriéndose y tú lo llamas un drama!
Luciano caminó unos pasos hacia el interior. Ni siquiera miró al niño. La observaba solo a ella, como si fuera un insecto pegado contra la pared.
—Toda tu vida es un teatro, Alejandra. Me drogaron aquella noche, ¿recuerdas? Y convenientemente, apareciste en mi cama. Luego, milagrosamente, estabas embarazada.
Ella cerró los ojos, el pecho apretado por la rabia.
—No fui yo —susurró, conteniendo un grito—. Yo también fui una víctima. Quise huir, Luciano, quise huir… Te amaba demasiado para hacerte daño de esa forma. Pero nadie me creyó.
Luciano apretó la mandíbula.
—Si tanto dices amarme, ¿por qué me seguiste como un perro faldero todos estos años?
Alejandra tragó saliva, levantándose con dificultad mientras sostenía el cuerpo inerte de su pequeño niño. El cabello le caía sobre el rostro, pero sus ojos brillaban con una furia desesperada.
—Ojalá nunca te hubiera amado —escupió—. Ni siquiera el matrimonio fue mi elección. Nos obligaron, nos encadenaron a una mentira.
Las palabras resonaron como látigos en la habitación. Pero lo que realmente congeló la sangre de Luciano fue lo que vino después.
Cristopher, sostenido entre los brazos de su madre, dejó caer la cabeza hacia atrás. Su rostro pálido y labios morados quedaron expuestos bajo la luz mortecina.
Luciano se quedó inmóvil. El aire se le atascó en la garganta. Por primera vez en años, la máscara de frialdad se resquebrajó.
—No… —susurró, dando un paso adelante.
Alejandra lo miró fijamente, con una calma que helaba los huesos.
—Eres el culpable de la muerte de nuestro hijo. ¿Era eso lo que querías?
Él abrió la boca, pero ninguna palabra coherente salió.
—Te odio, Luciano. —Las lágrimas volvieron a correr, pero su voz era firme, cargada de veneno—. Y espero que jamás crucemos camino en una próxima vida.
Luciano extendió la mano hacia ella, como si de pronto quisiera detener lo inevitable.
Pero ya era tarde.
Alejandra corrió hacia el balcón, apretando a Cristopher contra su pecho. La cortina metálica se había retraído del todo y la noche la esperaba con los brazos abiertos. Por un instante, besó la frente de su hijo, y sin voltear, saltó al vacío.
El impacto fue inmediato. Oscuridad. Silencio absoluto.
***
Cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba en la mansión.
Se incorporó sobresaltada, llevando las manos a su rostro. Ya no estaban ensangrentadas. Ya no tenía las uñas arrancadas. Sus manos eran suaves, jóvenes, intactas.
De pronto la asalto alguien, un rostro demasiado cercano para su gusto, el de un Luciano seis años más joven, ocupaba todo su horizonte. La sujeto por la nuca con fuerza, arrastrándola hacia su boca. El olor a alcohol y algo más le golpeó la cara. Tardó un segundo en entender y el recuerdo la atravesó como un rayo: había renacido retrocediendo seis años al pasado y estaba parada, de nuevo, justo en el momento que cambio completamente su vida.
—Luciano… suéltame —la voz le salió rota y desesperada—. ¿Qué haces? ¡No quiero esto! ¡Suéltame!
Luciano ardía, la piel le quemaba como fiebre, respiraba pesado y sus dedos eran fuertes como un candado. Le habían dado un afrodisíaco, el calor lo devoraba y la excitación le nublaba la vista. El impulso lo guiaba más que la voluntad.
—Por favor, reacciona —gritó—. Soy Alejandra, no una cualquiera. ¡Detente!
Se retorció con uñas, rodillas y empujones. El corazón le golpeaba en los oídos. Luciano jadeó y, arrastrado por la droga, alcanzó sus labios en un beso posesivo. Alejandra rehuyó el beso con un giro brusco de la cara; él no la soltó. La apretó más contra su pecho. Entonces Alejandra mordió su boca con rabia, sintiendo el gusto metálico de la sangre. Él gruñó sorprendido, y aflojó solo un poco su agarre. Ella se escurrió de su lado, con los ojos nublados por lágrimas y el pecho ardiendo con terror.
Capítulo 2: Desesperación
Corrió a la puerta, pero el picaporte no cedió. Estaba bloqueada. Golpeó una y otra vez, pero su intento por abrirla fue en vano.
—¡Ayuda! —grito con fuerza y llena de desesperación—. ¡Auxilio! ¡déjenme salir, por favor!
Alcanzo a oír pasos en el pasillo. Voces: “¿Escucharon eso?”. “¡Llamen a seguridad!”.
Alejandra golpeó más fuerte con sus puños y pies con un hilo de esperanza.
—¡Estoy aquí! ¡Abran!
La cama rechinó detrás. Luciano se levantó como un resorte con los ojos vidriosos, el afrodisíaco encendido bajo la piel.
—Ale… me quemo —balbuceó—. Ayúdame… por favor.
—Aléjate —dijo ella, la voz hecha trizas—. No voy a dejar que me toques.
La alcanzó por la muñeca y tiró. El tirón le arrancó un grito. Pataleó, le dio en la espinilla, se torció para soltar su agarre. Él la empujo chocando su espalda contra la pared y el aire se le cortó por el dolor. Luciano enajenado, rasgó su blusa de un tirón. El chasquido le atravesó los nervios. Sint











