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Mi Novio Oscuro

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Annotation

Hay amores que iluminan, y otros que solo saben habitar en la sombra. Elena, una estudiante de arte con un pasado marcado por la pérdida, vive una vida calculada en grises. Hasta que conoce a Dante. Él es intenso, magnético, con una inteligencia afilada y una mirada que parece ver más allá de las capas que ella construyó para protegerse. Su atracción es inmediata, eléctrica, pero también… perturbadora. Dante no habla de su vida, sus apariciones son impredecibles y sus silencios esconden ecos de algo oscuro. Lo que empieza como una relación apasionada y secreta se transforma en un juego de sospechas. Elena descubre contradicciones en sus historias, recibe llamadas anónimas que solo susurran “aléjate de él”, y encuentra objetos personales que sugieren que Dante la observaba mucho antes de que se conocieran oficialmente. Cuando la policía comienza a investigar la desaparición de una joven en el campus, y todas las pistas indirectas parecen apuntar hacia Dante, Elena se enfrenta a una terrible disyuntiva: ¿es el hombre del que se ha enamorado un alma atormentada que necesita ser salvada, o un maestro de la manipulación que la ha elegido como su próxima víctima? “Mi Novio Oscuro” es una historia de obsesión, secretos y traición, donde el límite entre el amor posesivo y el peligro mortal se desdibuja. Elena tendrá que adentrarse en las profundidades de la mente de Dante para descubrir la verdad, incluso si eso significa perder su cordura… o su vida.

Chapter 2

Capítulo 1: El Eco de lo Ordinario

El aroma a pintura al óleo y a café rancio era la esencia misma de mi existencia los martes por la mañana. El Estudio 4B, mi refugio y mi celda, estaba sumido en el caos ordenado que solo un proyecto de fin de carrera puede generar. Rodé la espátula entre mis dedos, observando con frustración cómo el gris en el lienzo se negaba a captar la textura de la lluvia sobre el asfalto que veía en mi mente. Todo mi portafolio giraba en torno a la melancolía urbana, a la belleza desgastada. Mi tutora, la profesora Valdez, lo llamaba “una obsesión saludable”. Yo solo lo llamaba realismo.

—Vas a quedarte ciega, Elena —la voz de Sofía, mi roommate y ancla a la normalidad, irrumpió desde la puerta. Llevaba dos tazas de humeante café de la máquina del pasillo, el salvavidas de los estudiantes de Bellas Artes—. Son las diez. Llevas aquí desde las siete.

—La luz de la mañana es la única honesta —respondí, aceptando la taza con un gesto de gratitud. El líquido amargo me quemó la lengua, un pequeño castigo por la falta de sueño—. Todo lo demás es… teatro.

Sofía rodó los ojos. Con su cabello teñido de un rosa desafiante y su perpetuo optimismo, era mi antítesis viviente. Un sol de plástico en mi cielo nublado.

—El teatro es divertido. Deberías probarlo. En vez de, ya sabes, obsesionarte con la textura del musgo en los ladrillos —señaló con la barbilla hacia el lienzo, apoyado contra la pared—. Hablando de teatro… ¿vas a ir a la inauguración de la muestra de fotografía en la Galería Norte esta noche? Dicen que habrá vino barato y gente pretenciosa. Tu hábitat natural.

Una sonrisa se escapó de mis labios. Sofía era la única persona a la que permitía ese tipo de comentarios.

—No creo. Tengo que…

—…perfeccionar tu sombra número cuarenta y siete de gris, lo sé —cortó, exhalando con dramatismo—. Elena, tu vida social tiene la consistencia de un fósil. Vas a clase, vienes aquí, vas a casa. Tu mayor aventura la semana pasada fue descubrir una nueva marca de fijador.

Tenía razón, por supuesto. Mi rutina era una armadura. Desde la muerte de mi madre dos años atrás, un accidente de tráfico tan absurdo como devastador, el mundo se había vuelto un lugar demasiado ruidoso, demasiado brillante. El orden y la previsibilidad eran los ladrillos con los que reconstruía mi existencia, día a día. El desorden, la sorpresa, el dolor… eran colores que había decidido dejar fuera de mi paleta.

—Tal vez tenga razón —admití, sorprendiéndome a mí misma—. Pero el vino barato me da dolor de cabeza.

—¡Eso es el espíritu! Un problema a la vez —Sofía aplaudió, victoriosa—. Te paso a buscar a las ocho. Si no estás lista, entraré y te pintaré rayas de cebra con acrílico permanente. Lo juro.

Antes de que pudiera protestar, salió del estudio con un revoloteo de su chal de colores. Me quedé sola otra vez, pero su energía revoltosa parecía seguir vibrando en el aire. Miré el lienzo. El gris seguía siendo plano, desabrido. Quizás Sofía tuviera un poco de razón. Quizás necesitaba… un cambio de perspectiva.

---

La Galería Norte era un cubo de cristal y acero incrustado en el corazón del distrito histórico, una juxtaposición que siempre me había parecido pretenciosa. Aquella noche, sin embargo, bullía de vida. El sonido de las conversaciones, las risas forzadas y el tintineo de las copas formaban una cacofonía que me rozaba los nervios como una lija. Sofía, en su elemento, ya había desaparecido en la multitud, saludando a conocidos con efusividad.

Me refugié en una esquina, cerca de una serie de fotografías en blanco y negro que capturaban detalles arquitectónicos de la ciudad. Eran buenas, técnicas, frías. Me sentí en casa. Con una copa de vino blanco mediocre en la mano, me dediqué a observar a la gente, un pasatiempo que prefería a interactuar con ellos. Vi a profesores con corbatas de lazo, estudiantes que intentaban parecer sofisticados, algunos coleccionistas con miradas evaluadoras.

Y entonces, lo vi.

Estaba al otro lado de la sala, de pie frente a una fotografía grande que mostraba la puerta oxidada de un ascensor industrial. No miraba la foto. Parecía absorto en la textura de la pared a su lado. Llevaba un simple suéter negro de cuello alto y jeans oscuros, pero había algo en su postura, en la quietud absoluta que lo rodeaba, que lo apartaba del murmullo del resto. Era como si hubiera un campo de silencio a su alrededor.

No era notablemente alto ni esculturalmente perfecto. Su atractivo era más sutil, más peligroso. Tenía el cabello castaño oscuro, ligeramente desordenado, y una palidez que sugería noches de insomnio o preferencia por la penumbra. Mientras observaba, un conocido de la facultad, un tipo entusiasta llamado Roberto, se le acercó para hablar. Él asintió cortésmente, dijo unas pocas palabras, pero su mirada, incluso desde la distancia, parecía atravesar a Roberto, como si estuviera viendo el esqueleto de sus intenciones bajo la piel. Roberto pronto se marchó, algo desconcertado.

Sentí un escalofrío. No de miedo, sino de… reconocimiento. Era la misma mirada que yo a veces sentía en mí misma cuando me miraba al espejo después de una larga noche de trabajo: la de alguien que ve el mundo a través de un filtro distinto, uno que resalta las costuras y las grietas.

Aparté la vista, sintiendo que era una intrusa. Cuando miré de nuevo, él ya no estaba frente a la foto del ascensor. Un extraño vacío ocupaba su lugar.

—¿Interesante, verdad? —dijo una voz a mi lado, haciéndome dar un leve respingo.

Era la profesora Valdez, con su inseparable pañuelo de seda morada.

—La fotografía, digo —aclaró, con una sonrisa astuta, como si hubiera captado mi distracción—. Es de un artista nuevo. Anónimo, de hecho. Solo firma con las iniciales ‘D.V.’

—Es… técnica impecable —musité, recuperando la compostura—. La textura del óxido está muy lograda.

—Hmm —la profesora dio un sorbo a su vino—. Técnica sí. Pero lo que la hace vibrar es la sensación de abandono. De que algo importante ocurrió detrás de esa puerta, o de que está a punto de ocurrir. Esa ambigüedad es marca de un artista con una mente… compleja. Como la tuya, querida.

Antes de que pudiera responder, su mirada se desvió por encima de mi hombro y su expresión cambió ligeramente.

—Hablando de mentes complejas… ahí tienes a uno. El autor de esa pieza, de hecho.

El corazón me dio un vuelco. Me giré.

Él estaba allí, a *p*n*s dos metros de distancia, hablando ahora con el curador de la galería. De cerca, su impacto era aún más intenso. La luz de los focos acentuaba los pómulos altos y la línea firme de su mandíbula. Tenía unas manos largas y finas que gesticulaban con parsimonia. Y sus ojos… eran del color de la pizarra mojada, gris oscuro con destellos azules profundos. No reflejaban la luz; la absorbían.

—¿Lo conoces? —pregunté, sin poder apartar la vista de él.

—De nombre. Dante Valtierra. Un talento extraño. Llegó a la ciudad hace unos meses. Se rumorea que viene de una familia con dinero y problemas, la combinación clásica para el arte interesante —dijo Valdez, con un deje de ironía—. Es brillante, pero evasivo. Un fantasma. Interesante sujeto de estudio, supongo.

Dante, como el poeta que descendió a los infiernos. El nombre le encajaba.

En ese momento, él terminó su conversación y, como si una brújula interna lo guiara, su mirada se deslizó por la habitación y se posó directamente en mí. No fue una mirada casual, de reconocimiento o de interés superficial. Fue una colisión. Un reconocimiento instantáneo y absoluto que me dejó sin aliento. Sentí que esa mirada desnudaba cada capa de mi persona, la estudiante aplicada, la hija en duelo, la artista atormentada, y veía directamente el núcleo de inquietud que habitaba en mí. No era invasivo; era afirmativo. Como diciendo: Ahí estás. Ya te estaba buscando.

Todo el ruido de la galería se desvaneció. Solo existíamos los dos, conectados por ese hilo invisible de comprensión mutua. Sofía, los cuadros, el vino barato, todo se fundió en un borrón. Él no sonrió. Solo inclinó ligeramente la cabeza, un gesto casi imperceptible de reconocimiento.

Luego, alguien se interpuso entre nosotros, rompiendo el hechizo. Cuando la persona pasó, Dante había desaparecido de nuevo, como un espejismo.

—Parece que ha captado tu interés más que la puerta oxidada —comentó la profesora Valdez, con una ceja arqueada.

—No, es que… —tragué saliva, sintiendo un calor inusual en mis mejillas—. Me recordó a alguien.

Una mentira torpe. No se parecía a nadie que hubiera conocido jamás.

El resto de la velada fue una niebla. Sofía me encontró distante, atribuyéndolo al aburrimiento. Prometió llevarme a un bar “con mejor ambiente y peor iluminación” para compensar. Mientras caminábamos por las calles adoquinadas del barrio antiguo, la imagen de esos ojos grises y aquella quietud imperturbable no abandonaba mi mente. Era como si hubiera visto un color nuevo, uno para el que no tenía nombre en mi paleta, y ahora todo lo demás parecía desvaído.

---

Los días siguientes transcurrieron con una normalidad que ahora me resultaba irritante. Intenté sumergirme en el trabajo, pero el gris del lienzo seguía sin convencerme. Comencé a notar cosas. Pequeñas anomalías en mi rutina férrea.

El lunes, al llegar al estudio, encontré mi silla de trabajo ligeramente girada hacia la ventana, en un ángulo que yo no solía usar. Lo atribuí a la señora de la limpieza.

El martes, el libro que estaba leyendo para una clase de teoría del arte —un tomo denso sobre el simbolismo en el Romanticismo oscuro— apareció con una esquina de la página doblada en un pasaje sobre la “atracción hacia el abismo”. Estaba segura de no haberlo doblado.

El miércoles fue el café. Siempre compraba el mismo, de la misma máquina, a la misma hora: las 9:15 AM, después de mi primera clase. Ese día, la máquina estaba fuera de servicio. Un letrero escrito a mano, con una caligrafía extrañamente elegante y angulosa, decía “Temporalmente inoperativa. La disrupción a veces es necesaria para el arte. D.V.”

Las iniciales. D.V. Dante Valtierra.

Un hormigueo recorrió mi espina dorsal. No podía ser una coincidencia. Pero, ¿por qué? ¿Qué quería? ¿O era solo mi mente, ávida de un estímulo que rompiera la monotonía, proyectando significados donde no los había?

Decidí investigar. En la biblioteca de la facultad, busqué su nombre. No había mucho. Un par de menciones en catálogos de exposiciones colectivas menores en Europa, un premio de fotografía en Berlín hacía tres años. Nada de biografía, ni entrevistas, ni redes sociales. Un verdadero fantasma, como había dicho Valdez. La única imagen que encontré fue una foto de grupo borrosa de una inauguración en Praga. Él estaba al fondo, desenfocado, pero incluso así, su postura aislada era reconocible.

Esa noche, en el pequeño apartamento que compartía con Sofía, me sentía inquieta.

—¿Estás obsesionada con el tipo de la galería, verdad? —preguntó Sofía desde el sofá, sin levantar la vista de su teléfono—. Lo vi mirarte. Fue… intenso.

—No estoy obsesionada —protesté, demasiado rápido—. Es solo que… es curioso. Un enigma.

—Los hombres misteriosos son como paquetes regalo envueltos en alambre de púas, Elena. Parecen emocionantes hasta que te cortan —dijo, con una sabiduría inusual para ella—. Pero, ¿sabes qué? Estás viva. Por primera vez en meses, tienes esa chispa en los ojos. No es por un nuevo pigmento. Es por una persona. Así que, si quieres indagar en tu enigma, hazlo. Solo ten cuidado con el alambre de púas.

Tenía razón, de nuevo. Había una chispa, pero también un roce de inquietud. Una sensación de estar en el borde de algo, a punto de caer.

El jueves por la tarde, decidí tomar un camino diferente para volver a casa desde la universidad. Pasé por el parque que bordeaba el campus, un lugar que normalmente evitaba por ser demasiado concurrido. La luz del atardecer teñía todo de dorado, pero yo buscaba sombras. Y allí, sentado en un banco de hierro forjado bajo un roble centenario, con un cuaderno de dibujo en las manos, estaba él.

Dante.

Iba a pasar de largo, fingir que no lo había visto, replegarme en la seguridad de mi rutina. Pero entonces levantó la vista. No pareció sorprendido de verme. Era como si hubiera estado esperando.

Nuestras miradas se encontraron otra vez. El parque, los niños jugando, los paseadores de perros, todo se difuminó. Esta vez, no había una multitud que nos separara. Solo unos metros de césped otoñal.

Una sonrisa, pequeña y casi triste, apareció en sus labios. No era una sonrisa de triunfo o de seducción fácil. Era la sonrisa de alguien que comparte un secreto melancólico.

Y entonces, hizo algo inesperado. Levantó ligeramente el cuaderno, mostrándome la página abierta. Desde la distancia, no podía ver los detalles, pero distinguí trazos rápidos y seguros, sombras profundas. Parecía el perfil de una persona, mirando hacia una ventana.

Luego, cerró el cuaderno, se levantó con un movimiento fluido, y sin decir una palabra, se dio la vuelta y se alejó por el sendero que se adentraba en la parte más boscosa del parque.

No me llamó. No hizo ningún gesto para que lo siguiera. Simplemente se fue, dejando atrás la posibilidad y el desafío.

Me quedé allí, clavada en el sendero de gravilla, el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas. El aire olía a tierra húmeda y a hojas caídas. El mensaje era claro: la próxima movida era mía.

La rutina había muerto. Algo más, algo oscuro, fascinante y profundamente problemático, había tomado su lugar. Y yo, contra toda lógica y el consejo de Sofía, sentía una urgencia irrefrenable de seguirlo, de adentrarme en ese bosque, tanto literal como metafórico.

El primer capítulo había terminado. La historia, la verdadera y peligrosa, estaba a punto de comenzar.

Chapter 3

Capítulo 2: El Desafío del Bosque

La imagen del cuaderno abierto, mostrando ese dibujo fugaz, me persiguió durante toda la noche. Daba vueltas en la cama, los trazos de carbón de Dante danzando detrás de mis párpados cada vez que cerraba los ojos. ¿Era mi perfil? ¿O solo la proyección de mis deseos, tan desesperada por ser vista de verdad, incluso por un extraño? El silencio con el que se había ido era más elocuente que mil palabras. Un guante arrojado a mis pies. Una invitación a un juego cuyas reglas desconocía.

Al día siguiente, mi rutina —esa armadura de hierro— se sentía como un disfuste incómodo. Las clases de Historia del Arte y Teoría del Color, que normalmente me absorbían, hoy eran un murmullo lejano. Mi mano, en vez de tomar notas precisas, garabateaba en los márgenes de la libreta: líneas angulosas, siluetas bajo árboles, ojos que lo veían todo. La profesora Valdez, en su seminario de tarde, notó mi dispersión.

—Elena, tu análisis d

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