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La víbora de la herradura

  • Genre: Romance
  • Author: Mavi
  • Chapters: 6
  • Status: Ongoing
  • Age Rating: 18+
  • 👁 2
  • 5.0
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Annotation

Una traición la dejó plantada en el altar. La venganza la convirtió en leyenda. Plantada frente a trescientos invitados en la catedral de la capital y despojada de su herencia por Rodrigo, el hombre que juró amarla, Alessandra Sandoval huye del escarnio público para reclamar lo único que le queda: La Herradura, una hacienda árida y endeudada en el corazón del valle. Decidida a no volver a mostrar fragilidad ante nadie, Alessandra cambia los vestidos de seda por botas de piel y un sombrero cordobés, dispuesta a gobernar sus tierras con mano de hierro. En el pueblo no tardan en temerle y apodarla con desprecio: «La Víbora». Pero el peligro no está solo en los chismes de San José del Valle. A su puerta toca Valeria, su prima hermana, quien regresa llorando un falso arrepentimiento y escondiendo en el pecho el frasco de veneno con el que planea terminar el trabajo que dejó a medias en la capital. Mientras Alessandra cobija a la traidora bajo su propio techo creyéndola su única sangre leal, las intrigas familiares amenazan con destruirla desde adentro. En medio de la tormenta, dos hombres sacudirán el muro de hielo alrededor de su corazón: Gabriel Villaseñor, su parco e imponente capataz, dispuesto a dar la vida por protegerla en la sombra; y Mateo Villaseñor, el apuesto, sarcástico y provocador hijo del hacendado vecino, un muchacho risueño que se ha propuesto la peligrosa tarea de desarmarla con coquetería y sacarla de sus casillas. Entre intrigas mortales, secretos no revelados y una pasión que amenaza con consumirlo todo, Alessandra deberá descubrir a tiempo a los verdaderos enemigos antes de que el veneno corra por sus venas. En La Herradura, el amor puede ser tan mortífero como la traición... y solo la víbora más astuta logrará sobrevivir.

Chapter 1

Capítulo 1

El fuerte olor de azahares frescos, lirios blancos y cera de velas importadas llenaba cada rincón de la gran casa Sandoval. En las últimas tres semanas, el salón principal de la propiedad, una gran construcción colonial en el centro de la capital, con arcos de cantera y techos de caoba tallada, se había convertido en un taller animado de alta costura y de organización social.

Modistas francesas, floristas, banqueros y notarios entraban y salían todos los días bajo la atenta mirada de la alta sociedad local. Alessandra Sandoval, la única heredera del fallecido don Roberto Sandoval, se casaba. El evento se anunciaba como la boda del siglo.

Alessandra estaba de pie sobre un pequeño banquillo de caoba en el centro del vestidor principal. Llevaba puesto el primer armazón de lo que sería su vestido de novia. Eran metros de seda italiana, encaje de Bruselas y docenas de pequeñas perlas cultivadas cosidas a mano a lo largo del corsé.

A sus veintidós años, tenía una belleza tranquila. Sus ojos eran oscuros y expresivos. Mostraba una calidez natural que la hacía muy querida por toda la servidumbre de la casa. Después de la repentina muerte de su padre hace dos años, un hombre fuerte que había hecho una fortuna enorme con la minería, el ganado y la compra de tierras, Alessandra buscó consuelo emocional en Rodrigo Montenegro.

Rodrigo era el ejemplo del caballero perfecto. Era un hombre de aspecto impecable, con modales aprendidos en Europa y una forma de hablar tranquila que podía convencer al comerciante más escéptico. Pertenecía a una de las familias más antiguas de la región. Sin embargo, su situación económica había empeorado debido a décadas de malas decisiones financieras tomadas por sus antepasados.

—No te muevas ni un milímetro, sobrina —pidió la tía Eugenia, ajustándose los lentes de montura dorada mientras examinaba la caída de la cola del vestido desde el sofá de terciopelo verde. Este encaje fue traído a pedido especial desde Bruselas. Tu pobre madre, que en paz descanse, habría soltado una lágrima al verte así. Los Montenegro son una familia de apellido intachable. Aunque la fortuna de ellos haya decaído, el roce social que te dará Rodrigo es algo que a tu padre, con todo su dinero y sus botas llenas de barro, jamás le reconocieron en los clubes de la capital.

Alessandra suspiró con suavidad. Trató de mantener la espalda recta, como le pedían las modistas. Miró su reflejo en el gran espejo ovalado con marco de pan de oro.

—A mí no me interesa el roce social ni los clubes, tía —respondió Alessandra con voz firme pero dulce. A mí solo me importa que Rodrigo sea un hombre honesto y que me quiera. Él ha prometido hacerse cargo de la parte contable de La Herradura para que yo no tenga que cargar sola con los abogados. Sabe perfectamente cuánto amo esa hacienda y ha jurado respetar la memoria de mi padre.

—Por supuesto que sí, mi niña —intervino Jacinta, la anciana nana que había criado a Alessandra desde que era una bebé, entrando a la habitación con una bandeja de té. —Aunque si me dejas dar mi opinión, ese muchacho últimamente anda con demasiado misterio. A veces parece que le importan más los libros contables y las reuniones con los apoderados del banco que venir a sentarse a tomar el té contigo en la terraza.

—Está abrumado con los preparativos, Nana —la defendió Alessandra de inmediato, girando un poco la cabeza para mirarla. —Organizar la boda, coordinar las invitaciones para trescientas personas y revisar las finanzas de la transición no es tarea fácil. Rodrigo se ha encargado de todo con los juristas para que yo no tenga que preocuparme por los trámites pesados. Es natural que esté estresado.

Jacinta no contestó. Dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar. Solo miró a la joven con una mezcla de ternura y preocupación que *p*n*s disimulaba. La anciana conocía la mirada de los hombres que amaban la tierra y a la mujer que tenían delante. En los ojos de Rodrigo, cuando miraba a Alessandra, Jacinta solo veía el brillo frío y calculador del comerciante que evaluaba una mercancía costosa.

Mientras las modistas fijaban los pliegues de la falda con alfileres en el piso de arriba, el ambiente en el piso de abajo de la mansión era muy diferente.

El despacho principal de don Roberto Sandoval seguía casi igual a como lo dejó el viejo hacendado. Las paredes estaban cubiertas de caoba. Las estanterías seguían llenas de libros sobre agronomía y contabilidad. Un enorme escritorio de roble contenía los sellos de la familia. Pero ahora, detrás del escritorio, ya no estaba la memoria del patriarca. Estaba Rodrigo Montenegro.

Rodrigo vestía un traje de tres piezas que le quedaba perfecto. Revisaba por tercera vez una pila de documentos notariales en papel sellado. Comprobaba las firmas y los sellos secos. A su lado, Valeria, la prima hermana de Alessandra, se servía una copa de brandy de la licorera de cristal tallado.

Valeria tenía dos años más que Alessandra. Cuando perdió a sus padres en la adolescencia, don Roberto la recibió en la casona y la crió con los mismos lujos y comodidades que a su propia hija. Pero Valeria no sentía gratitud. Al contrario, un resentimiento antiguo crecía cada vez que veía a Alessandra recibir la atención, la fortuna y los elogios que ella creía merecer gracias a su propia inteligencia.

—¿Poderes de administración total? —preguntó Valeria en un susurro grave, dando un sorbo a la copa y acercándose a la mesa para deslizar los dedos por el borde del saco de Rodrigo.

—Todavía no —contestó Rodrigo sin levantar la mirada de los papeles, manteniendo la voz baja para que el sonido no saliera por la pesada puerta de madera. —Mañana, justo después de la firma del acta matrimonial en la sacristía, el notario pondrá los documentos de La Herradura sobre la mesa de redacción. Con el bullicio de la fiesta, los abrazos de los invitados y la emoción del momento, Alessandra firmará la cesión de derechos de explotación comercial y bancaria sin detenerse a leer la cláusula de desmembramiento de bienes.

Valeria soltó una risa burlona. Caminó alrededor del escritorio hasta quedar frente a él.

—¿Estás seguro de que no te temblará la mano a última hora, Rodrigo? La niña te mira como si fueras un santo bajado del altar. Si te empieza a dar lástima, tu dulce prometida, dímelo de una vez y tomo el tren de las cinco yo sola hacia el norte con el efectivo que logramos desviar el mes pasado de la venta del ganado.

Rodrigo levantó la vista. La frialdad en sus ojos grises era total. No había en ellos ni una pizca de duda ni de remordimiento. Extendió la mano, tomó a Valeria por la cintura con firmeza y la atrajo hacia él con brusquedad.

—Alessandra es una criatura mimada e ingenua que no tiene la menor idea de lo que cuesta mantener un apellido o mover dinero en el mundo real. Cree que la vida es una novela romántica y que la Tierra se rige por buenas intenciones. Y las escrituras de La Herradura habrán pasado a la sociedad que constituimos la semana pasada.

—¿Y la dejamos esperándote en la catedral frente a doscientos invitados de la alta sociedad? —Inquirió Valeria con una sonrisa maliciosa.

Chapter 2

Capítulo 2

A las seis de la mañana, la casona Sandoval era un hervidero de actividad. Las peinadoras ajustaban las peinetas de carey, el sastre acomodaba los últimos pliegues del velo de seda de tres metros y la tía Eugenia corría de un lado a otro verificando que los arreglos de orquídeas blancas estuvieran listos para el carruaje. Alessandra, sentada frente al tocador, lucía radiante pero serena, con esa belleza atemporal que solo da la ilusión de un amor sincero.

A las nueve en punto, los carruajes de gala avanzaron por la avenida principal hacia la catedral metropolitana. A lo largo del trayecto, la gente del pueblo y miembros de la sociedad salían a las aceras para ver pasar a la joven heredera. El repicar continuo de las campanas retumbaba en el aire, anunciando la ceremonia que uniría dos de las familias más prominentes de la ciudad.

El carruaje de Alessandra se detuvo frente a las escalinatas de piedra de la catedral. El piso estaba alf

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