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LA SUSTITUTA PARA EL MAFIOSO

  • Genre: Romance
  • Author: CINVAN
  • Chapters: 94
  • Status: Ongoing
  • Age Rating: 18+
  • 👁 23
  • 7.5
  • 💬 1

Annotation

La Sustituta del Mafioso Camila siempre fue la hija invisible, la sombra perfecta de su hermana gemela. Hasta que un acuerdo entre familias la obliga a ocupar un lugar que nunca quiso: convertirse en la esposa del hombre más temido de la ciudad, Elías Doménico, heredero de una de las mafias más poderosas. Lo que debía ser un matrimonio de conveniencia se convierte en una guerra íntima. Él la quiere dócil. Ella llega rota. Él no confía en nadie. Ella no sabe confiar. Él vive entre enemigos. Ella vive atrapada entre su pasado y un destino impuesto. Pero Elías descubre pronto que Camila no es la niña frágil que creía. Y Camila empieza a ver que bajo la violencia y el control, hay un hombre marcado por cicatrices más profundas que las de su piel. Mientras la atracción entre ambos se vuelve imposible de contener, el enemigo se acerca desde la sombra: Adrián Galli, rival histórico de los Doménico, dispuesto a destruirlo todo, empezando por ella. Una infiltración. Un ataque directo a la mansión. Un secreto enterrado. Una traición que no proviene del enemigo, sino del pasado. En medio del fuego cruzado, Camila aprende a pelear, a resistir y a matar… y Elías descubre que ya no puede protegerla manteniéndola lejos, porque la única forma de sobrevivir es luchar juntos. Cuando el amor nace en escenarios donde la muerte respira al lado, nada es simple. Ni el deseo. Ni la lealtad. Ni la verdad. Un romance oscuro y adictivo, cargado de poder, violencia, redención y un amor que arde incluso bajo las balas. Camila no nació para ser víctima. Y Elías no permitirá que nadie la toque. Ni siquiera el destino.

Chapter 1

Capítulo 1.

 

La lluvia caía con furia sobre los techos oxidados, un torrente que lavaba las paredes agrietadas y arrastraba consigo la miseria del barrio: bolsas de basura reventadas, botellas rotas, hojas muertas. Bajo ese aguacero implacable, todo parecía deshacerse. Allí, precisamente, habían nacido y crecido Camila y Claudia, gemelas idénticas en apariencia, pero opuestas en esencia.

Desde niñas, esa diferencia se había marcado como una herida. Claudia acaparaba las miradas orgullosas, los elogios fáciles, la atención de todos. Tenía un carisma arrollador, una sonrisa que iluminaba cualquier espacio, y una audacia que le abría puertas donde otros solo veían muros. "Claudia nació para grandes cosas", decía su madre, con un brillo en los ojos que jamás dedicó a Camila.

Camila, en cambio, era la silenciosa, la torpe, la que siempre parecía sobrar. Cuando la comida escaseaba, Claudia recibía la porción más generosa. Si había un vestido nuevo, era Claudia quien lo estrenaba. A Camila le quedaban las sobras y el silencio. Aprendió, demasiado pronto, que el amor podía ser tan desigual como la vida misma, incluso dentro de una familia.

A los nueve años, entendió que reclamar era inútil. Su papel era ser invisible: ayudar, callar, no molestar.

Hasta que todo se hizo añicos.

El secuestro ocurrió a la salida de la escuela, de manera brutal. Un coche frenó en seco, hombres armados irrumpieron en la calle y manos toscas las arrastraron al interior. Todo fue confusión: gritos ahogados por pañuelos, el hedor a gasolina, un viaje que pareció eterno. Las encerraron en un cuarto húmedo y sin ventanas, donde el aire olía a óxido y orina. Claudia lloraba desconsoladamente; Camila, aferrada a su mano con los dedos entumecidos, se obligaba a mantener la calma.

Allí escucharon palabras que se grabarían a fuego en su memoria: "mercancía", "compradores". Comprendieron, con horror, que ya no eran niñas, sino objetos con un precio.

El rescate fue tan violento como inesperado. Gritos, disparos, pasos apresurados. La puerta se abrió de golpe y alguien las sacó a rastras. Nunca supieron quién. Solo recordaban la bocanada de aire fresco después de días de encierro.

Ese episodio las marcó de manera diferente. Camila quedó con el miedo incrustado en la piel. Desde entonces, vivía alerta a cada sonido, evitando las miradas ajenas, con la certeza de que la vida podía desmoronarse en un instante.

Claudia, en cambio, decidió convertir el miedo en combustible. Enterró el recuerdo bajo capas de ambición y se juró que jamás volvería a ser una víctima. Desde entonces, buscó destacar, conquistar, tener el control absoluto.

Los años no hicieron más que confirmar esa distancia. Camila trabajaba en lo que podía encontrar: limpiaba casas, servía café, remendaba ropa usada. Siempre en las sombras, siempre en silencio. Claudia, por su parte, aprendió a usar su belleza y su descaro para abrirse camino en círculos que jamás hubieran imaginado. Su madre la celebraba; su padre la defendía como si fuera un tesoro. "Claudia nos sacará de la miseria", repetía él, convencido.

A Camila solo le quedaba asentir y callar. Nadie esperaba nada de ella. Solo anhelaba, en secreto, una pizca de afecto que nunca llegaba.

La noticia del compromiso explotó como una bomba. Elías Doménico, el hombre más temido de la ciudad, había pedido la mano de Claudia. El líder de un clan mafioso, dueño de una fortuna incalculable y de incontables enemigos, estaba dispuesto a casarse con ella. Para sus padres, aquello era la gloria: la salida de la pobreza, un futuro asegurado.

Pero Camila notó algo inquietante en su hermana después de conocerlo en persona. Claudia regresó con un gesto de desprecio que no se molestó en ocultar.

—Es un hombre raro —dijo, desplomándose en la cama—. Camina con bastón, tiene una cicatriz que le cruza la cara.

Camila la miró con seriedad.—Eso no lo hace menos digno.

Claudia soltó una risa amarga.

—¿Digno? ¿Te imaginas? Yo, casada con un hombre marcado, lisiado… Sería el hazmerreír de todos.

—¿Y qué vas a hacer?

El brillo en los ojos de Claudia no dejaba lugar a dudas.

—Lo que sea necesario. No pienso casarme con él.

Camila sintió un vuelco en el estómago. Su hermana hablaba en serio.

La casa se llenó de preparativos. Flores blancas, parientes serviles, vestidos prestados. Todos fingían entusiasmo, excepto Claudia, que se mostraba cada vez más distante.

La víspera de la boda, la bomba estalló. Claudia desapareció. El vestido de novia colgaba inerte en su percha. Sobre la cama, una nota escrita a toda prisa:

"No me busquen. No pienso casarme con un lisiado."

El silencio que invadió la casa fue asfixiante. La madre se derrumbó; el padre se dejó caer en una silla, con el rostro descompuesto. La humillación era palpable. ¿Cómo enfrentarse a un hombre como Elías Doménico después de semejante afrenta?

Todas las miradas se volvieron hacia Camila.

Ella comprendió de inmediato lo que estaban pensando. Retrocedió, con la voz temblorosa:

—No… no me pidan eso. Yo no soy Claudia.

El padre se levantó de golpe.

—¿Quieres que nos maten a todos? ¿Quieres que el clan Doménico arrase con esta casa?

La madre la agarró de los hombros, desesperada.

—Camila, escúchame. Por una vez en tu vida, haz algo que nos salve. Tienes la misma cara, la misma voz. Nadie notará la diferencia.

Camila sintió que el mundo daba vueltas. Toda su vida había sido "la otra", la sombra, la hija invisible. Ahora querían convertirla en un sacrificio. No por amor, sino porque era útil.

Intentó resistirse, quiso huir. Pero cuando los hombres de Elías llegaron esa misma noche, vestidos de negro y con miradas que no admitían un no por respuesta, ya era demasiado tarde.

La arrastraron al coche bajo la lluvia torrencial. El agua azotaba su rostro, pero *p*n*s lo sentía. Al mirarse en el reflejo de la ventanilla, vio la imagen de Claudia. El vestido, el peinado… ahora era idéntica a ella.

Desde esa noche, sería solo una sustituta.

 

Chapter 2

Capítulo 2.

 

POV – CAMILA.

 

Me subieron al coche como si fuera un saco, sin delicadeza alguna. Sin cortesías. Sin preguntas. Mis padres permanecieron impasibles, mientras los hombres de traje cumplían su cometido. Yo era la pieza faltante, la que cerraba un trato que jamás me perteneció.

Miré mi reflejo en el vidrio: el rostro de Claudia, los labios pintados de rojo, su color predilecto. Sentí náuseas. Era como si me arrancaran la piel y me obligaran a enfundarme en otra. Odiaba tener su misma cara. Nadie me preguntó si quería hacerlo. Nadie preguntó siquiera si Camila existía.

La mansión surgió imponente, como sacada de una película de acción: muros altísimos, rejas amenazantes y guardias armados hasta los dientes. Al bajar del coche, tuve la sensación de que todos me observaban como si fuera mercancía. El aire era gélido y cargado de un aroma a incienso rancio. En el interior, la opulencia era aún más abrumadora.

El vestíbulo respiraba r

Heroes

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