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La pasion indomable

  • Genre: Romance
  • Author: Melodi
  • Chapters: 123
  • Status: Ongoing
  • Age Rating: 18+
  • 👁 60
  • 4.8
  • 💬 2

Annotation

"La Pasión Indomable" es una novela erótica que explora los límites del deseo y el amor, sumergiendo al lector en un mundo oscuro y apasionado. La historia se desarrolla en Tarifa un pequeño pueblo costero como el tercer pueblo costero más bonito de España, donde una joven tímida y reservada, llamada Mariana Jiménez, se encuentra atrapada en una monótona vida rutinaria. Sin embargo, todo cambia cuando conoce a Alexander Rodríguez, un enigmático y atractivo hombre de negocios que llega al pueblo. La atracción entre Mariana y Alex es instantánea y desbordante. A medida que se conocen más, descubren sus más íntimos y profundos secretos, desatando una pasión incontrolable y desenfrenada. Juntos se adentran en un mundo de juegos eróticos y experiencias prohibidas, explorando sus propios límites y descubriendo nuevas formas de placer. Sin embargo, su relación se ve amenazada cuando un antiguo amor de Alex regresa, Amapola Díaz, desatando celos y disputas que podrían destruir todo lo que han construido. Mariana y Alex se enfrentarán a sus miedos y sus deseos más oscuros, luchando por mantener viva su conexión sensual. En medio de la tensión y la pasión, deberán decidir si la atracción que sienten es suficiente para superar los obstáculos que se interponen en su camino. "La Pasión Indomable" es una historia intensa y explícita que desafía los límites de la moral y el amor. Sumérgete en esta apasionante novela erótica y descubre qué tan lejos están dispuestos a llegar Mariana y Alex en busca de su deseo más profundo.

Chapter 1.- Laberintos de Sal y Sombra

El viento de Tarifa no sopla; muerde.

Me azotaba el rostro mientras caminaba por esas calles que parecen venas de piedra antigua, estrechas y asfixiantes.

Mis pies golpeaban el empedrado irregular con una urgencia que no sabía explicar.

Por dentro, mi mente era un motor fuera de control. ¿Cuánto tiempo más?, me preguntaba. ¿Cuánto tiempo más puedo ser esta sombra que camina por un pueblo dormido?

Me estaba ahogando. No en el mar, que rugía a pocos metros, sino en la calma. En la maldita y perfecta rutina que te aprieta el cuello hasta que olvidas cómo gritar. El sol descendía, tiñendo el cielo de un rojo violento, casi como una advertencia.

Entonces lo vi.

En la plaza principal, el aire se sentía distinto. Había un grupo de gente, el tipo de curiosos que suelen chismorrear sobre el precio del pescado, pero esta vez guardaban una distancia prudencial.

En el centro de ese vacío estaba él. Alexander Rodríguez. Su aura no era solo misteriosa; era disruptiva. Era como una nota discordante en una melodía monótona.

Me detuve. El corazón me golpeó las costillas. Sabía que si daba un paso más, no habría vuelta atrás. Y lo di.

—¿Eres... Alexander Rodríguez? —solté.

Mi propia voz me desconcertó. No sonó como el susurro tembloroso de la Mariana que se queda callada en las cenas familiares. Sonó cargada de una seguridad eléctrica, una intensidad que parecía venir de otro cuerpo, de otra vida.

Él levantó la vista. Fue un movimiento lento, casi coreografiado. Cuando sus ojos azules chocaron con los míos, sentí una descarga física. No me miró la cara; me miró los miedos, las grietas, los deseos que guardo bajo llave. El aire se me escapó de los pulmones.

—El mismo —contestó. Su voz era como el terciopelo sobre el acero, firme y medida—. ¿Quién se atreve a preguntar con esa determinación inesperada en un pueblo tan pequeño y vigilado como este?

—Mariana... Mariana Jiménez —dije, luchando por mantener el mentón en alto. Sentía un temblor en las manos, pero cerré los puños—. He oído muchos rumores sobre ti. Dicen que has causado un revuelo. Que eres el tipo de incendio que este pueblo no sabe cómo apagar.

Alexander soltó una risa suave. No fue una burla, fue una chispa. El ambiente a nuestro alrededor vibró, como si el espacio entre nosotros se hubiera cargado de electricidad estática.

—¿Revuelo? —dijo con una sonrisa ladeada, cargada de un desprecio juguetón—. Mariana, este lugar es tan tranquilo que raya en lo patológico. Es predecible. Es un cementerio de gente viva. Para alguien que busca lo extraordinario, como yo, este pueblo es una celda. Pero dime, tú... ¿qué hace una mujer con fuego en los ojos buscando algo en este lugar olvidado por Dios?

Le sostuve la mirada. Sentí que el desafío me subía por la garganta como un trago de licor fuerte.

—Estoy harta de la calma, Alexander —confesé, y las palabras quemaban al salir—. Estoy cansada de esta rutina que aprieta como una trampa para lobos. Siento que la vida es una prisión invisible. Deseo... necesito que algo explote. Quiero sentir que la sangre me corre por las venas antes de que se convierta en lodo. Quiero despertar esa chispa que llevo años tratando de ignorar.

Él dio un paso hacia mí. Fue un movimiento calculado, eliminando la distancia de seguridad que los demás respetaban con miedo. Se inclinó y bajó la voz, convirtiéndonos en cómplices.

—¿De verdad quieres romper con todo, Mariana? ¿O solo estás teniendo uno de esos delirios febriles que se apagan cuando la realidad vuelve a pesar por la mañana? —Su aliento era frío y sabía a sal—. Me pregunto si tienes el coraje para dejar atrás el suelo firme, o si solo te consuelas con esa fantasía que todos guardan en el cajón de "algún día". Esa fantasía que se desvanece al primer golpe de la vida.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca, un desierto de nervios. Un miedo antiguo, el de mis antepasados, el de la mujer que se supone que debo ser, intentó congelarme. Pero no lo permití.

—He soñado con escapar cada noche de mi vida —susurré, tan cerca de él que podía ver el brillo metálico en sus pupilas—. Pero siempre me detengo. Justo antes de saltar, me miro los pies y el miedo me arrastra de nuevo al suelo. Es un ciclo. Deseo romper las cadenas, pero cuando siento que la llave gira en el candado, me paralizo.

Alexander me estudió en silencio. Su mirada cambió; ya no era curiosidad, era reconocimiento. Una invitación silenciosa.

—¿Y si te dijera que la puerta no solo está abierta, sino que se está cerrando detrás de ti? —dijo con un brillo depredador—. La aventura está ahí mismo, al otro lado de esta playa, esperándote. Hay un mundo donde las reglas son sugerencias y donde cada paso es una explosión. Podrías descubrir quién eres sin todas estas máscaras de "buena chica" y sin estas ataduras de piedra.

Sentí que el suelo de la plaza se abría. Era un torbellino. Temor, esperanza, adrenalina... una mezcla salvaje que me hacía cuestionar cada segundo de mis veintitantos años.

—¡Rodríguez! —Una voz áspera rompió el hechizo.

Un hombre robusto, con ojos vigilantes y un aura de autoridad peligrosa, se acercó a nosotros. No era un vecino cualquiera. Era alguien que cargaba el peso de secretos oscuros.

—Necesito hablar contigo —dijo el hombre, ignorándome o, peor aún, evaluándome como un estorbo—. Ya sabes que no te conviene hacer amistades como esta. No aquí. No ahora.

El ceño de Alexander se frunció. Su postura se volvió rígida, lista para el combate o la huida. Se giró hacia mí con una urgencia que me hizo dar un vuelco al corazón.

—Será rápido, Mariana —dijo, y su voz tenía un matiz nuevo, una invitación que quemaba—. ¿Quieres venir? Tu presencia aquí puede ser más importante de lo que crees. Podrías ser la pieza que falta.

No hubo duda. No hubo análisis. Mi cerebro se apagó y mi instinto tomó el control. Asentí.

—Voy —dije.

Caminamos rápido, alejándonos de la plaza, hacia la zona donde las sombras de los callejones son más densas. El corazón me latía tan fuerte que me dolían los oídos. Era una decisión irreversible. Lo sentía en el aire, en el olor a tormenta inminente.

—Esto no parece un simple paseo de cortesía, ¿verdad? —pregunté mientras intentaba seguirle el ritmo. Mis sentidos estaban en alerta máxima. El peligro se sentía como un hormigueo bajo la piel.

—No, Mariana. Al contrario —respondió él sin mirarme, con la vista fija en el horizonte—. Esto *p*n*s comienza. A partir de aquí vendrán riesgos que no puedes ni deletrear. Adrenalina que te hará odiar la calma para siempre y decisiones que te quitarán el sueño.

Se detuvo en seco bajo un arco de piedra y se giró hacia mí. Sus manos me tomaron por los hombros, anclándome al momento.

—Pero si te quedas atrás ahora —sentenció con una verdad cruda que me atravesó el pecho—, nunca sabrás lo que podrías haber sido. Te quedarás aquí, marchitándote en esta paz de cementerio, preguntándote qué había del otro lado de esa playa.

Le devolví la mirada. Extendí mi mano y apreté la suya con una fuerza que no sabía que tenía. En ese contacto, algo en mi interior se rompió para siempre. La vieja Mariana, la que temía al qué dirán y a la sombra de su propia voz, murió ahí mismo, en ese callejón de Tarifa.

—No pienso quedarme —dije, y mi voz ya no era mía, era el rugido del mar—. Estoy lista. Aunque no tenga idea de por dónde empezar, aunque esto termine en desastre. Prefiero quemarme en el incendio que morir de frío en esta calma.

Alexander sonrió de una forma que prometía peligro y salvación a partes iguales.

—Entonces, bienvenida amor, y sabes que Mariana?. Empecemos

 

 

Chapter 2.- El pacto de la sal y el fuego

—Sí, Alexander —le dije, y sentí cómo mis propias palabras me transformaban. Le sostuve la mirada sin parpadear, dejando que el desafío brillara en mis ojos como una declaración de guerra—. Estoy lista para mandar mi destino al c*r*j* y escribir una página nueva. Quiero aventuras, quiero esa felicidad que no tiene límites, de la que todo el mundo habla pero nadie se atreve a buscar. ¿Qué dices tú? ¿Nos lanzamos de cabeza a lo desconocido? Vamos a ver qué m**rd* loca nos tiene preparado este mundo, que es demasiado grande para quedarnos aquí encerrados.

Alexander soltó una risa seca, una mezcla de diversión y respeto. Me miró como si estuviera viendo, por primera vez, a la mujer real detrás de la máscara de Mariana Jiménez.

—Eso suena como un plan perfecto, Mariana. Perfecto y peligrosamente arriesgado. Imposible de ignorar, como tú ahora mismo —respondió, y su voz bajó de tono, volviéndose más densa—. Pero no te equivoques, mi amor. No creas que esto va a ser un paseo po

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