
Estúpida Tradición
- 👁 68
- ⭐ 5.0
- 💬 3
Annotation
Mi vida era sencilla pero un nuevo comienzo en la secundaria con mi hermano cambia toda mi realidad. Una estúpida tradición de los chicos más populares me hace su presa favorita. Su propósito es quitarme mi virginidad, es su rito de iniciación en su tonto club de playboys. Pensé que se aburrirían tan pronto perdían su tiempo en convencerme de meterme a su cama y resultó todo lo contrario, mis continuos rechazos solo prendieron un fuego inquebrantable en cada uno de ellos. A pesar de mi resolución, no puedo evitar sentir atracción. Cada encuentro es una lucha interna entre mis deseos y convicciones. A medida que el juego avanza, las emociones se intensifican y los chicos se ven atrapados en un dilema moral que desafía su percepción de la amistad y el amor. Lo que comenzó como una simple competencia se transforma en una experiencia que cambiará sus vidas para siempre. ¿Quién será el que logre conquistar el corazón de Juls y romper con la tradición?
Odio volar
El rugido de los motores del avión resonaba en mis oídos, y mi cuerpo se tensaba cada vez que el aparato temblaba ligeramente. Mi mano se aferró instintivamente al reposabrazos, pero en mi nerviosismo, terminé sujetando el brazo de la mujer sentada a mi lado. Ella me lanzó una mirada helada, como si acabara de cometer el peor de los pecados. Su ceño fruncido y su boca apretada me decían que no era el tipo de persona con la que podía bromear sobre el miedo a volar.
—Lo siento— murmuré, liberando su brazo y volviendo a agarrar el reposabrazos con fuerza, esta vez asegurándome de no invadir el espacio ajeno. Mi corazón latía con fuerza, y sentí que las turbulencias se convertían en un reflejo de mi propio interior.
Justo entonces, la azafata anunció que entraríamos en una zona de turbulencias. Mi mente comenzó a jugarme malas pasadas, imaginando todo tipo de escenarios catastróficos. Me obligué a respirar profundamente, recordando que estaba aquí por un motivo importante. Mi papá. Todo esto era por él.
Mis padres se habían separado hace años, y aunque me había acostumbrado a la idea, la verdad era que algo dentro de mí seguía roto. Había aprendido a vivir sin él, pero no había un solo día en que no sintiera su ausencia. Mi madre siempre fue mi mejor amiga, pero no podía llenar el vacío que dejó mi padre al irse. Así que cuando recibí su llamada, pidiéndome que lo visitara, la decisión fue fácil. El miedo a volar no podía compararse con la necesidad de verlo de nuevo.
Intenté distraerme con pensamientos más agradables, pero un tirón en mi cabello me devolvió a la realidad. Un niño pequeño, de no más de cinco años, estaba detrás de mí, usando mi adorno para el cabello como si fuera su juguete personal. Tragué saliva, intentando contener la irritación.
—¿Tienes algún problema? —dije en voz baja, girándome ligeramente—. ¿Por qué no juegas con tu papá y me dejas en paz?
El niño me miró con ojos grandes y desafiantes, antes de gritar a todo pulmón:
—¡Papá! ¡Papá! ¡Esta chica fea me está gritando y quiere llevarme!
El grito atrajo la atención de los pasajeros cercanos, y sentí el calor subir a mis mejillas. El padre del niño, un hombre que parecía más interesado en su teléfono que en su hijo, levantó la vista lo justo para darme una sonrisa que más bien parecía una disculpa vaga y sin compromiso.
—Señor, su hijo… —empecé, pero el hombre ya había vuelto a su pantalla, ignorándome por completo.
Decidí no insistir. Ya estaba bastante alterada, y no quería empeorar las cosas. Apoyé la cabeza en el respaldo del asiento y cerré los ojos, intentando encontrar algo de paz. Sin darme cuenta, me quedé dormida, y me encontré en un lugar extraño, una habitación oscura y húmeda. El aire estaba cargado con el olor a moho, y las paredes estaban cubiertas de papel tapiz desgarrado y amarillento.
En medio de la habitación, una mujer mayor, vestida con ropa raída, sostenía una bola de cristal. Su apariencia era tan inquietante como sacada de una película de terror.
—Hola —dije, sintiéndome extrañamente tranquila mientras me sentaba en una almohada frente a ella.
—Juls, querida, ¿qué haces aquí? —su voz era baja y melosa, pero algo en su tono me puso los pelos de punta.
—¿Nos conocemos? —pregunté, aunque estaba segura de que nunca antes la había visto.
—Soy Morticia —respondió, su sonrisa ensanchándose de una manera que no me inspiraba mucha confianza—. ¿Cómo pudiste olvidarlo?
Morticia… el nombre me sonaba, pero no lograba ubicarlo en mi mente. Sin embargo, algo en su presencia me resultaba inquietantemente familiar.
—Puedo adivinar tu futuro, si lo deseas —ofreció, extendiendo una mano arrugada hacia mí.
—Está bien —respondí, algo en mí quería saber qué diría, aunque otra parte de mí estaba aterrorizada.
Morticia cerró los ojos y empezó a murmurar palabras en un idioma que no entendía. Mientras lo hacía, mis ojos se fijaron en un gran lunar negro en su mejilla, cubierto de pequeños vellos que me provocaron un escalofrío.
—Deja de mirar a Luly —dijo, abriendo un ojo y mirándome con irritación.
—¿Luly? —pregunté, confundida.
—Mi lunar, estúpida —respondió con una mueca.
Me quedé en silencio, demasiado desconcertada para reaccionar. ¿Quién nombra a su lunar? Pero no quise indagar más; la sensación de peligro que emanaba de ella me decía que era mejor seguir su juego.
—Serás elegida cinco veces —dijo finalmente, en un tono de voz profundo y misterioso—. No todos te amarán, pero unos cuantos te conquistarán rápidamente. Solo uno permanecerá… aunque será el más difícil de todos.
La frase resonó en mi mente como un eco mientras la imagen de Morticia se desvanecía y una voz, la de la azafata, me despertaba de golpe.
—Gracias por viajar con nosotros. Por favor, desembarquen en orden
Abrí los ojos al sentir un golpe, desorientada y con el corazón acelerado. La anciana a mi lado me miraba con una expresión de diversión, como si supiera exactamente lo que había soñado.
—Pensé que tenías una pesadilla, por eso te abofeteé —dijo de repente, su voz gélida pero burlona.
Parpadeé, sorprendida, y me di cuenta de que mis mejillas estaban levemente adoloridas. Me levanté rápidamente, queriendo salir de ese avión lo antes posible.
Cuando finalmente estuve en tierra firme, un alivio profundo me invadió. Miré a mi alrededor, buscando a mi papá entre la multitud. Sabía que debía estar aquí, esperando con ansias tanto como yo. Pero antes de que pudiera encontrarlo, el mismo niño de antes apareció corriendo, chocando contra mis piernas.
—¡No me atrapes, fealdad con espuma! —gritó, antes de salir corriendo de nuevo.
Sentí una mezcla de frustración y agotamiento, pero me obligué a ignorarlo. Este era un momento importante, y no iba a permitir que un niño malcriado lo arruinara. Además, era muy mala en deportes, no podría alcanzarlo y mi dignidad se iría a la basura, no valía la pena.
Hace 7 años que no veía a mi padre, aún tenía una imagen vaga de él que compensaba su ausencia. Siempre lo considere el mejor del mundo, mi ejemplo a seguir y quería premiarlo, quería ser perfecta y aunque no fuera así, estaría para él. También estaba mi hermano mayor, Kevin. Recuerdo nuestra relación única, siempre juntos, eramos muy unidos y estábamos en los momentos difíciles del otro, nuestra familia era perfecta hasta que llegó ese día en el que ambos se fueron dejándome confundida.
Y finalmente, lo vi. Mi papá estaba de pie a lo lejos, escaneando la multitud de forma impaciente. Cuando nuestros ojos se encontraron, una sonrisa iluminó su rostro, y todo lo demás dejó de importar.
—¡Juls! —exclamó, avanzando rápidamente hacia mí.
Antes de que pudiera decir algo, me envolvió en un abrazo cálido y seguro, como si quisiera compensar todos los años que habíamos estado separados.
—Déjame ayudarte con tus cosas —dijo, tomando mi equipaje con facilidad—. ¿Cómo estás? Ha pasado tanto tiempo…
—Estoy bien, papá —respondí, mi voz un poco temblorosa por la emoción—. Te he extrañado demasiado.
Nos dirigimos hacia el coche, caminando en silencio. Había tanto que quería decirle, pero no sabía por dónde empezar. Sentía que estaba viviendo un sueño, uno que había esperado durante años. Mientras nos acercábamos a su auto, el aire fresco de Virginia me envolvía, tan diferente al árido calor de Arizona. Había algo en esta ciudad que me hacía sentir… en casa.
—¿Cómo está tu madre? —preguntó, rompiendo el silencio mientras ponía mi maleta en el maletero.
—Está bien. Se ha inscrito en un curso de bellas artes. Dice que es su nueva pasión —respondí, sonriendo un poco.
—Me alegra escuchar eso. Siempre fue buena con sus manos —dijo, con un toque de nostalgia en su voz—. Me alegro de que esté bien.
—Ella te manda saludos… y me pidió que no te dejara cocinar —dije, bromeando—. Está convencida de que podrías incendiar la casa.
Papá soltó una carcajada, y el sonido me llenó de calidez. Sabía que las cosas no habían sido fáciles para él tampoco, pero aquí estábamos, tratando de reconectar.
El trayecto hacia su casa fue corto, pero lleno de significado. Cuando llegamos, me sorprendí al ver lo familiar que me parecía todo. La casa era similar a la de Arizona, pero había algo diferente en ella, algo que la hacía sentir más acogedora.
—Te he preparado tu habitación —dijo, llevándome al interior—. Espero que te guste.
Cuando abrió la puerta, me encontré con una habitación que parecía sacada de mis recuerdos de infancia, pero con toques modernos. Las paredes eran de un suave tono rosa, y los muebles de un lila delicado. Posters de bandas y una caja de música antigua adornaban el espacio, haciendo que todo se sintiera personal y solo mío.
—Es perfecto, papá —dije, emocionada—. Gracias.
—Lo hice para que te sintieras como en casa —respondió, sonriendo.
El cansancio del viaje empezaba a hacerse sentir, pero no quería dormir. No todavía. Me senté en la cama, y papá hizo lo mismo.
—Estoy contento de que estés aquí, Juls. Realmente lo estoy —dijo, con una seriedad que me conmovió.
—Yo también, papá —respondí, sintiendo un nudo en la garganta.
Nos quedamos en silencio por un rato, simplemente disfrutando de la compañía mutua. Me di cuenta de que, sin importar lo que el futuro trajera, siempre tendría a mi papá a mi lado. Decidí dejar de preocuparme por lo que vendría después y, en cambio, disfrutar del momento presente.
Porque, después de todo, estaba en casa.
Mi padre se fue y empecé a prepararme para dormir hasta que sentí dos manos rodeando mi cintura, me asusté hasta que sentí quién era. Mi tonto hermano me estaba sonriendo de forma encantadora, estaba mucho más alto y guapo, se parecía a mi papá y no dude en abrazarlo fuertemente.
—¿Cómo estás Juls?— dijo tirándose en la cama
—Excelente, estaba por ir a dormir, pero mírate... te has vuelto todo un galán, tienes músculos y todo
—¡Tu igual! Tienes curvas— dijo riendo
Hablamos un poco más y nos pusimos al día, el cansancio pudo más y ambos nos fuimos a dormir ya que mañana empezaba el año escolar y queríamos estar de buenas esta vez.
Verdad o desafío
De repente, estaba en la misma habitación que la vez anterior, al lado de Morticia, la cúal estaba adivinando algo en sus libros. No quería interrumpirla, pero sabía que no tenía mucho tiempo para terminar nuestra última conversación.
—Y este chico que mencionaste, ¿cómo es? ¿Es lindo?
—Hay algo especial en él. Ya lo verás.
—¿Por qué debería ser su elegida?
—No serás solo la de él.
Fruncí el ceño y suspiré exhausta.
—Tengo la impresión de que me estás mintiendo
—¿Te he mentido alguna vez?
Cuando quise responder a la pregunta antinatural de la mujer, sonó la alarma despertándome de forma inevitable. Eran las siete y tenía que prepararme para la secundaria. Estaba emocionada, sin saber lo que me depararía el destino. Mi teléfono vibró, mostrándome que mi madre me estaba llamando.
—¿Qué estás haciendo, pequeña?— Llegó su tierna voz.
—Acabo de despertar. ¿Cómo estás?
—Estoy sentada con tu cachorro, te extraño, querida.











