
Casate conmigo en esta vida
- Genre: Romance
- Author: Viridiana Pérez Chávez
- Chapters: 16
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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Annotation
Lady Elianne D'Valcour fue ejecutada injustamente por el hombre que amaba. Pero el destino le da una segunda oportunidad: renacer diez años antes de su muerte, en el cuerpo de una sirvienta sin nombre. Con sus recuerdos intactos y sed de venganza, ella enfrentará traiciones, conspiraciones y un amor que se niega a morir. ¿Podrán dos almas heridas reconciliarse o repetirán el trágico final?
Capitulo 1: La traición se viste de oro
La humedad de la piedra se le había pegado a la piel como una maldición silenciosa. Cada centímetro de su cuerpo dolía, un dolor sordo y constante que se había vuelto su compañero inseparable en las últimas lunas. El eco del gotear lejano, monótono y cruel, le recordaba que el tiempo no se detenía, ni siquiera para los que estaban a punto de morir. Cada gota era un segundo menos, un aliento más cerca del final.
Lady Elianne D'Valcour yacía en una esquina de la mazmorra imperial, el vestido de seda blanca que alguna vez fue un símbolo de su pureza y estatus, ahora raído, manchado de tierra y con jirones colgando. El cabello, antes una cascada de ébano cuidadosamente peinada, estaba apelmazado, enredado y cubierto de polvo.
Las muñecas, finas y delicadas, se mostraban marcadas por las cadenas de hierro que la habían sujetado a la pared durante días, dejando surcos violáceos en su piel. Ya no quedaban rastros de la nobleza que una vez la rodeó con un aura de intocable distinción, ni de la doncella elegante que todos envidiaban en los salones del palacio. Y sin embargo, allí, en la penumbra asfixiante de su celda, en medio del hedor a moho y desesperación, había algo más fuerte que la miseria y el miedo: orgullo. Un orgullo férreo, forjado en el crisper de la traición y el dolor.
No había llorado. Ni una sola lágrima había resbalado por sus mejillas desde que la arrastraron hasta este agujero. No gritaría. No imploraría. No le daría ese gusto al Imperio, ni a los perros que lo servían. Moriría de pie, con la cabeza alta, aunque su cuerpo estuviera roto.
El chirrido metálico de la puerta, áspero y prolongado, le obligó a incorporarse. El sonido resonó en la pequeña celda, haciendo que la piel se le erizara. La luz de las antorchas, rojiza y parpadeante, le quemó los ojos por un instante, acostumbrados ya a la oscuridad casi total, pero Elianne no parpadeó. Si iban a matarla, lo harían viéndola de frente, con sus ojos negros clavados en los suyos, sin una pizca de miedo.
Una figura se recortó contra la luz, y Elianne sintió un escalofrío de repulsión.
-Vaya, vaya... La flor de Vortigan convertida en carroña. -La voz era aguda, melosa, con un deje de satisfacción que la hizo apretar los dientes. Era veneno puro, destilado en cada sílaba.
Elianne reconoció el tono incluso antes de que la figura se adentrara lo suficiente en la celda para ser iluminada por las antorchas. Lady Maelia. Su antigua dama de compañía, la que le juró lealtad y la que ahora se pavoneaba con un vestido de seda bordada en hilos de oro que gritaba ascenso político y una fortuna recién adquirida. La hipocresía le revolvió el estómago. Detrás de ella, la sombra corpulenta del Duque Severand, el mismo b*st*rd* que había intentado comprar su lealtad meses atrás con joyas, tierras y favores, y que ella había rechazado con una risa burlona. Su rostro, antes lleno de codicia, ahora mostraba una satisfacción repulsiva.
-Pensé que las ratas no se arriesgaban a visitar la prisión -escupió Elianne con voz ronca, cada palabra un esfuerzo, pero cargada de desprecio-. ¿Qué os trae por aquí? ¿Curiosidad malsana? ¿Remordimiento, quizás? ¿O simplemente queréis ver cómo luce la mujer que os rechaza incluso al borde de la muerte? Porque si es por eso, ya veis: sigo siendo más digna que vosotros dos juntos.
Maelia se acercó con una sonrisa torcida, sus ojos pequeños y crueles brillando con malicia. Se detuvo a unos pasos de Elianne, lo suficiente para que el hedor a perfume caro y a hipocresía llegara hasta ella.
-Solo vine a verte una última vez, Elianne. Qué desperdicio... todo ese poder, esa influencia que tenías en la corte... y lo tiraste todo por un capricho. Por amor. Qué estupidez.
Elianne soltó una risa seca, que sonó más a un ladrido.
-¿Y tú qué hiciste, Maelia? ¿Lamer botas hasta que te subieran de rango? ¿Arrastrarte como una sabandija por los pasillos, vendiendo secretos y lealtades baratas? Qué noble te ves ahora... con la corona ajena aún chorreando sangre. La sangre de los inocentes, y la mía, por supuesto. ¿Te sienta bien? ¿Te pesa la conciencia, o ya la vendiste también?
La bofetada resonó fuerte en el silencio de la mazmorra. La mejilla de Elianne ardió, un dolor punzante que le hizo ver estrellas, pero su sonrisa no desapareció.
Al contrario, se hizo más amplia, más desafiante. La sangre le supo a victoria.
-¿Eso era todo? ¿Un golpe de mano, Maelia? ¿O también querías ver si me rogabas que te salvara la cara frente a los nobles que tanto te desprecian? Porque, créeme, incluso aquí abajo, sé que nadie te traga. Eres un parásito, y siempre lo serás.
-¡Maldita z*rr*! ¡Bruja! -escupió Maelia, con el rostro contorsionado por la ira, sus ojos inyectados en sangre. Levantó la mano para golpearla de nuevo, pero Severand la detuvo.
El duque, con su rostro gordo y su mirada fría, puso una mano pesada en el hombro de Maelia, calmándola con un gesto. Su voz era grave, con un tono de falsa superioridad que Elianne detestaba.
-Basta, Maelia. No vinimos a discutir con una condenada. No vale la pena. Solo a recordarte que esta historia pudo tener otro final. Caelum... -pronunció el nombre del príncipe con un deje de falsa compasión, que hizo que a Elianne se le revolviera el estómago- te habría perdonado si hubieras sabido mantener la boca cerrada. Si hubieras aceptado tu destino. Pero preferiste desafiarlo. Tú cavaste tu tumba, Elianne. Y ahora te toca acostarte en ella.
Elianne lo miró directo a los ojos, sin vacilar, sin un atisbo de miedo en su expresión. Su voz, aunque ronca, era firme y clara, resonando con una convicción que los silenció.
-Si defender la verdad es cavar mi tumba, entonces moriré con las manos limpias y la conciencia tranquila. Vosotros... -su mirada se posó en Maelia y luego en Severand, llena de un desprecio gélido- sois los que enterráis vuestras almas en la podredumbre de vuestras mentiras y vuestra codicia. Y eso, bastardos, es una condena mucho peor que la muerte.
Severand soltó una carcajada grave, una risa hueca que rebotó en las paredes de piedra.
-La misma lengua afilada hasta el final, D'Valcour. Qué desperdicio de mujer. Pudiste haber sido reina.
-Sí -murmuró Elianne con una sonrisa amarga que no llegó a sus ojos-, qué desperdicio de Imperio, si esta es la justicia que ofrece. Un Imperio que condena a los inocentes y eleva a las ratas. No es un reino, es un puto basurero.
Maelia giró sobre sus tacones con un bufido, el rostro aún crispado por la rabia, y salió de la celda sin decir más, su vestido de seda rozando el suelo sucio. Severand la siguió, pero antes de cruzar el umbral, se volvió hacia ella, su mirada un pozo oscuro de amenazas.
-Recuerda mis palabras cuando la soga te apriete el cuello, D'Valcour. El Imperio no llora por las piezas que descarta. Y tú, querida, eres solo una pieza rota más.
La puerta de hierro se cerró con un golpe seco, un sonido final que resonó como un gong en el alma de Elianne.
La oscuridad volvió a tragarse el calabozo, más densa que antes, más opresiva. Elianne se dejó caer de nuevo en la esquina, su cuerpo temblaba, no por miedo, sino por la adrenalina que aún corría por sus venas. Se permitió un suspiro, largo y tembloroso. No de derrota, sino de resignación. Una resignación teñida de una furia que ardía como un ascua en su pecho.
Ella sabía que estaba sola. Que nadie vendría a salvarla. Caelum había elegido su trono antes que a ella, antes que a la verdad, antes que al amor que una vez le juró. No le debía nada a este mundo. Y sin embargo... aún le quedaban unas pocas horas de vida. Horas que no desperdiciaría.
Horas suficientes para guardar rencores. Cada palabra hiriente, cada mirada de desprecio, cada traición.
Horas suficientes para grabar cada rostro en su memoria. Maelia, Severand, y sobre todo, el rostro impasible de Caelum.
Horas suficientes para jurarse a sí misma que si alguna fuerza en el universo le daba la más mínima oportunidad, si el destino, los dioses o el mismísimo infierno le ofrecían un resquicio... regresaría.
No como la prometida ingenua que alguna vez fue. No como la dama de alta cuna que creyó en la justicia y en el amor.
Sino como una sombra.
Una maldición.
Una pesadilla.
Una furia desatada que consumiría a todos los que la traicionaron.
El chirrido de la puerta volvió a quebrar el silencio opresivo de la mazmorra, pero esta vez fue diferente. No hubo risas estridentes ni burlas venenosas flotando en el aire. No hubo la burda insolencia de los carceleros o la malicia de sus enemigos. No hubo veneno en las palabras que lo anunciaban, porque no hubo palabras. Solo el sonido de pasos firmes, pesados, resonando en el suelo de piedra, haciendo eco como martillazos lentos y deliberados en el corazón de Elianne.
Elianne no necesitó alzar la vista para saber quién era. Sus entrañas lo supieron antes de que su mente lo procesara.
Ese andar. Ese ritmo solemne, tan característico, que una vez le pareció protector y ahora solo le resultaba macabro.
Ese silencio espeso, casi asfixiante, que siempre lo rodeaba, como si el propio aire se callara ante su presencia.
El aire se volvió más denso en cuanto él cruzó el umbral. La escasa luz de las antorchas que parpadeaban en el pasillo se proyectó en el interior de su celda, bañándolo en un halo irreal. Elianne sintió el cambio en la atmósfera, el frío que lo acompañaba, no el de la piedra húmeda, sino uno más glacial, más íntimo.
-Así que... has venido a ver en qué te convertiste -murmuró ella desde el suelo, su voz un hilo *p*n*s audible, ronca por la falta de uso, pero cargada de un veneno que no se molestó en ocultar. No lo miró. No le daría el gusto de ver sus ojos, ni la humillación de su posición. Prefería que la recordara rota, pero no rendida.
Caelum Alaric Vortigan no respondió de inmediato. Elianne sintió su presencia a unos pasos, como una sombra colosal. Se quedó allí, de pie, observándola desde las sombras, su figura imponente, recortada por la luz tenue del pasillo. Vestido con la túnica oscura de terciopelo, la misma que llevaban los jueces del Imperio, los que dictaron su sentencia. En su hombro, el broche de plata con el león de Vortigan brillaba con una ironía cruel. Ya no lucía como el hombre que la acariciaba bajo los cerezos del jardín sur, sus risas mezclándose con el zumbido de las abejas.
Ya no era su prometido, su amante, su confidente. Era el príncipe heredero, el futuro emperador. Y también su verdugo. Su m*ld*t* verdugo.
-Te ves... distinta -fue lo único que dijo, con esa voz baja y grave que ella aún recordaba con maldita precisión. Una voz que había susurrado promesas de amor eterno, y que ahora resonaba con la frialdad de una tumba. Había un eco de algo en sus palabras, quizás pesar, quizás asombro, pero Elianne no quiso descifrarlo. Era una trampa.
Elianne soltó una risa seca, hueca, que retumbó en las paredes de la mazmorra, carente de alegría, llena de amargura. Era una risa que ya no le pertenecía a la dama de la corte, sino a la mujer rota que yacía en el suelo.
-Y tú te ves igual de cobarde -replicó, levantando por fin la cabeza, sus ojos negros fijos en los de él, sin parpadear. Había una burla fría en su mirada, una provocación deliberada. Quería herirlo, quería ver una grieta en su armadura de indiferencia.
Un músculo en la mandíbula de Caelum se contrajo. Fue casi imperceptible, pero Elianne lo notó. Un pequeño temblor que delataba la tensión oculta. No se movió. No se defendió de la acusación. No negó nada. Permaneció allí, como una estatua de mármol, su rostro cincelado en la impasibilidad.
-He traído esto -dijo al fin, su voz carente de inflexión, como si hablara de una ordenanza real, no de la última vestimenta de una mujer condenada. Dejó caer algo a sus pies. El sonido de la tela al tocar el suelo sucio fue casi inaudible.
Elianne miró. Era un vestido blanco. Impecable. De un lino fino, inmaculado, como si nunca hubiera tocado el polvo. Los bordados dorados en el cuello y las mangas aún brillaban, aunque algo apagados por la penumbra de la celda. El mismo color que había usado en su compromiso. El mismo color con el que la condenaron.
-¿Esperas que muera con elegancia? -espetó ella, alzando una ceja, la burla evidente en su tono-. ¿Que suba al patíbulo vestida como una virgen sacrificada, para que las crónicas te retraten como un príncipe honorable que no quiso ensuciar el recuerdo de su prometida? ¿Para que el pueblo te aplauda por tu "magnanimidad"? ¡Qué p*t* farsa!
-Es tradición -dijo él, sin emoción, sus ojos fijos en un punto por encima de la cabeza de Elianne, como si ella fuera solo un objeto en la celda.
-Ah, claro... la tradición -masculló Elianne, sintiendo una punzada de rabia.
La tradición. Una excusa barata para la cobardía y la traición. Se puso en pie lentamente, sus músculos protestando, las cadenas en sus muñecas tintineando como una burla, una risa cruel en la penumbra. Cojeó un paso, luego otro, hasta que solo un metro, escaso, los separaba. Podía sentir el calor de su cuerpo, la leve brisa que movía el aire cuando él respiraba. Era casi insoportable tenerlo tan cerca.
-¿Y qué dice la tradición -continuó, su voz baja y cargada de un veneno más potente que el de Maelia- sobre los hombres que venden a las mujeres que aman por un trono? ¿Sobre los bastardos que no mueven un dedo cuando la verdad es estrangulada frente a ellos, mientras la mentira se pavonea como una reina? ¿Qué dice la p*t* tradición de eso, príncipe?
Caelum no retrocedió. Ni siquiera parpadeó. Su rostro seguía siendo una máscara de impasibilidad, pero Elianne notó cómo sus manos, que colgaban a sus costados, estaban apretadas en puños, los nudillos blancos bajo la piel. Un ligero temblor. Lo notó.
-Yo no podía detenerlo -murmuró él, su voz *p*n*s un susurro, con un dejo de algo que Elianne no quiso interpretar como culpa o pesar. No se lo permitiría. No ahora. No de él.
-Podías. Pero no quisiste. -Elianne levantó su mano encadenada y, con una fuerza que no sabía que le quedaba, escupió en su cara. Directo. Frío. Sin dramatismo, solo rabia cruda y concentrada. El escupitajo resbaló por su mejilla, un hilo de saliva que brilló bajo la luz de la antorcha. Caelum no se lo limpió. No hizo ningún movimiento. Solo se quedó allí, inmóvil, observándola con esos ojos que una vez la miraron con adoración y que ahora parecían vacíos.
Elianne lo observó con una mezcla de desprecio y una pena que le quemaba las entrañas. Ese hombre, el que tenía delante, con la túnica de juez y el rostro de piedra, no era el que le acariciaba el cabello mientras ella dormía en sus brazos. No era el que le prometía un Imperio compartido, una vida de felicidad y de paz. Ese hombre, su Caelum, estaba muerto. Asesinado por la ambición, por el miedo.
Y este era su cadáver, vestido de príncipe, una sombra del hombre que pudo haber sido.
-Pude haber sido reina -susurró ella, casi en tono melancólico, sus ojos recorriendo las cadenas, el vestido raído, la suciedad del suelo. Una vida que le fue arrebatada-. Pude haber llevado tus hijos en mi vientre, forjado una dinastía a tu lado. Pero preferiste matarme tú mismo, con esa maldita indiferencia. Con tu silencio. Con tu puto egoísmo.
-Si tuviera otra opción... -empezó él, su voz sonando extraña, como si se ahogara con las palabras.
-¡Te las di todas! -exclamó Elianne, por primera vez alzando la voz, rompiendo el control que había mantenido-. ¡Te ofrecí la verdad, b*st*rd*! ¡Te rogué de rodillas que me miraras a los ojos y vieras quién estaba mintiendo! ¡Te entregué mi vida, mi honor, mi puto corazón! Pero tú... solo miraste al trono. Solo miraste tu maldita corona. ¡Y me usaste como un escalón!
El silencio cayó entre ellos como un muro de piedra, pesado, asfixiante. Las palabras de Elianne resonaron en la mazmorra, una acusación ineludible. Caelum bajó ligeramente la mirada, solo por un instante, una fracción de segundo en la que Elianne creyó ver una sombra de algo, un atisbo de debilidad. Pero desapareció tan rápido como apareció. Luego, sin decir una palabra más, se giró y comenzó a caminar lentamente hacia la puerta de hierro, su espalda ancha ocultando su rostro.
-Te llevarán al alba -dijo, su voz de nuevo fría y distante, como si las palabras anteriores nunca hubieran sido pronunciadas. Era una sentencia final, un punto y aparte en una historia que no tuvo su final feliz.
Elianne apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula. Sus ojos ardían, pero no lloraría. No por él. No le daría el placer de verla quebrada.
-Dímelo, Caelum -dijo, con voz baja pero firme, cada palabra cargada de la última chispa de una esperanza moribunda-. Solo una vez. ¿Dudaste de mí? ¿Una sola p*t* vez se te cruzó por la cabeza que tal vez... te estaban mintiendo? ¿Que quizás no era yo la traidora?
Caelum se detuvo, su mano ya en el cerrojo de la puerta, de espaldas a ella. Hubo una pausa. Un largo, eterno momento en el que Elianne contuvo el aliento, esperando una respuesta, una verdad que la liberara o la hundiera por completo.
Capitulo 2:El fantasma en la servidumbre
-Sí -respondió él, casi en un suspiro, tan bajo que Elianne *p*n*s lo oyó, como un secreto arrancado a la fuerza de lo más profundo de su ser-. Dudé.
Elianne sintió que el corazón le golpeaba el pecho con fuerza, un redoble atronador en sus oídos. Una pequeña chispa, una diminuta y estúpida esperanza, se encendió en su pecho, fugaz como una luciérnaga.
Pero antes de que pudiera decir algo, antes de que esa insignificante chispa pudiera prender una llama, él añadió, con una voz que había vuelto a ser de mármol, despojada de toda emoción:
-Pero la duda no basta cuando el Imperio exige sangre.
Y con esas palabras, el último vestigio de esperanza se apagó. Se marchó.
La puerta se cerró tras él con un estruendo metálico que resonó en el calabozo, un sello final, definitivo. Elianne quedó sola otra vez, en la oscuridad creciente, con el vestido blanco inmaculado a sus pies, una burla cruel de lo que pudo ser.
Cayó de rodillas











