
Amor salvaje.
- Genre: Romance
- Author: Chriss Valladares
- Chapters: 7
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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Annotation
Lucille Shepard siempre creyó que su futuro estaba en la ciudad... hasta que la vida la obligó a mudarse a un rancho gobernado por un hombre tan imponente como misterioso. Con sus sueños de moda en riesgo y una familia que intenta controlar cada decisión, Lucille descubrirá que la libertad -y el peligro- pueden encontrarse en los lugares más inesperados. Entre silencios del campo, secretos que duelen y una tensión que crece con cada mirada, su destino está a punto de cambiar para siempre.
Chapter 1
La ciudad había sido desde siempre un organismo vivo, inquieto, repleto de luces y de un caos que latía como un corazón gigantesco, sus rascacielos de vidrio mordían las nubes grisáceas teñidas por el smog de los autos; las calles, eternamente despiertas, vibraban con el eco de los motores, las risas nocturnas y la música que escapaba por puertas entreabiertas de bares y cafés que jamás cerraban. Era un escenario ruidoso, imperfecto y luminoso que, a pesar de sus defectos, millones llamaban hogar. Entre ellos, había nacido Lucille Shepard, la segunda hija del matrimonio Shepard-Miller, para ella, aquel paisaje urbano no era ruido: era su cuna, su refugio y la primera promesa de que el mundo podía ser inmenso y lleno de posibilidades.
Hija de William Shepard, un veterinario reconocido, y Amanda Miller, una doctora de medicina general cuya impecable trayectoria la había convertido en una figura respetada en su hospital, Lucille creció rodeada de disciplina, esfuerzo y expectativas. A su lado tenía también a Ninette, su hermana mayor, responsable y pulcra hasta en la forma de respirar; y a Alicia, la menor, la niña dulce y risueña que todos parecían cuidar con devoción. Los cinco formaban una familia bien establecida, admirada por vecinos y amigos, acostumbrada al bullicio de la metrópolis y al ritmo acelerado de una vida que jamás disminuía la marcha.
Durante su infancia y hasta bien entrada la adolescencia, Lucille pasó incontables horas en la clínica veterinaria de su padre. Desde los cinco hasta los doce o trece años, fue común verla con una bata improvisada, tomando notas con una seriedad enorme o intentando ayudar a los enfermeros a sostener a algún perro inquieto. El olor a desinfectante, el ruido metálico de las jaulas y el murmullo constante de animales ansiosos eran para ella tan familiares como el timbre de su propia casa. Allí aprendió a vendar patitas, a acariciar lomos temblorosos y a observar los ojos de las criaturas que su padre sanaba con paciencia infinita.
Uno de los recuerdos más intensos marcó un antes y un después; una pitón reticulada albina, bellísima, enorme, resplandeciente bajo las luces frías de la clínica. Lucille, fascinada por su piel iridiscente, se acercó demasiado, en un abrir y cerrar de ojos, la serpiente se le enroscó en el muslo derecho, apretando con fuerza al confundirla con una presa posible. El terror fue inmediato, paralizante, pero la voz firme de su padre, su calma profesional, la rescataron del pánico. William actuó con precisión quirúrgica, liberándola en segundos que se sintieron eternos, aquella experiencia, más que alejarla de los animales, le reafirmó la admiración por su padre, pero también le hizo entender que la vida que él llevaba no era necesariamente la que ella deseaba seguir.
Los años pasaron, las hormonas llegaron y, como suele ocurrir, los sueños infantiles comenzaron a romperse, reconstruirse y volverse más complejos. Lucille no quería ser veterinaria, como Ninette, tampoco doctora, como su madre, mucho menos enfermera, su mente, inquieta y creativa, gravitaba hacia otro mundo completamente ajeno a la tradición familiar; el diseño de modas.
A los quince años ya tenía claro que no había marcha atrás, pasaba horas dibujando bocetos en los márgenes de sus cuadernos, mezclando telas en su habitación, observando documentales de pasarelas y soñando con crear prendas que contaran historias. Para ella, la moda no era superficial; era arte, era identidad, era valentía, sin embargo, para sus padres, era exactamente lo contrario. William y Amanda compartían una misma visión rígida y pragmática; las Shepard-Miller no debían conformarse con nada menos que carreras "de verdad".
Cuando Lucille anunció su decisión con emoción desbordante, la casa se congeló, ambos padres reaccionaron con desaprobación inmediata. Su madre, con palabras suaves, pero firmes; su padre, con decepción visible, ninguno consideraba el diseño de modas como una opción "seria", llegaron incluso a insinuar que era un pasatiempo infantil, una fantasía sin futuro, un camino destinado al fracaso.
Pero Lucille era terca, desde que tuvo uso de razón siempre había sido así; una mezcla perfecta entre la determinación de Amanda y la testarudez silenciosa de William.
A pesar de las críticas, mantuvo su postura, Ninette, ya graduada como enfermera veterinaria y trabajando junto a su padre, se unió al coro de desaprobación, recordándole a Lucille que la familia tenía una reputación que mantener, su cuñado, un hombre que disfrutaba más de la burla que del consejo, hizo su parte también, mofándose de sus sueños cada vez que tenía oportunidad.
— Piénsalo mejor... — le dijo Amanda, dándole un ultimátum disfrazado de consejo — Puedes tomarte el tiempo que necesites... pero solo puedes elegir una rama; medicina, la que quieras, la decisión final debe honrar lo que somos como familia. — cuando Lucille cumplió dieciocho años, se graduó de la secundaria con honores.
Llenó carpetas con bocetos, investigó academias, preparó un proyecto detallado y, con el corazón en la garganta, pidió a sus padres el acceso al dinero que habían ahorrado durante años para su educación.
La respuesta fue un rotundo no.
William fue tajante; o estudiaba veterinaria, o ingresaba a medicina, de lo contrario, no habría ayuda económica alguna, peor aún, sabotearon sin remordimientos todas las becas que ella intentó obtener, argumentando en cada entrevista que Lucille sufriría si se desviaba del "camino correcto".
Dolida, frustrada y traicionada, Lucille decidió no rendirse, amenazó con irse a vivir con su abuela materna si no dejaban de presionarla, pero aquello solo aceleró la intervención de su padre. William, intentando mediar, propuso una "solución"; si su hija quería estudiar diseño de modas, tendría que costearlo absolutamente todo.
Para Lucille, aquello no fue un castigo, sino un desafío, consiguió un empleo como mesera en un restaurante de comida italiana. El sueldo era bajo, agotador y *p*n*s alcanzaba para empezar a ahorrar, pero era algo, mientras tanto, sus padres seguían recordándole que todo sería más fácil si cedía, Lucille, sin embargo, se negó rotundamente.
Ese primer año de trabajo fue duro, pero esperanzador, ella creía que, con algo de suerte, a los diecinueve tendría lo suficiente para comenzar, pero la vida, como siempre, tenía otros planes. La matrícula de la academia subió, su ahorro ya no alcanzaba y antes de poder reorganizarse, fue despedida junto a todo el personal por un error cometido por otra persona.
Desesperada por encontrar un nuevo empleo, se enteró de que su padre había recibido una oferta laboral que cambiaría la vida de todos. La clínica veterinaria estaba debilitándose por la crisis económica nacional, pero un hombre —Daniel Pemberton, dueño de un rancho inmenso— necesitaba un veterinario principal, ofrecía un salario alto, vivienda y estabilidad.
Amanda no tardó ni un día en convencerse, Ninette y Alicia aplaudieron la idea, la propuesta cayó sobre Lucille como un huracán, aquello destruiría no solo sus oportunidades laborales, sino la posibilidad de ingresar a cualquier academia de modas de la ciudad.
El rancho no era solo un cambio de casa; era un mundo completamente nuevo, un reino regido por la naturaleza, por la quietud, por el olor del pasto húmedo y la brisa campestre, Lucille investigó sobre el lugar con curiosidad amarga; tierras que se extendían más allá del horizonte, bosques espesos, arroyos como serpientes plateadas, animales salvajes y una vida sin ruido, sin luces, sin moda.
El tiempo allí parecía obedecer a las estaciones, no a los semáforos.
Y el dueño... Daniel Pemberton, en las fotografías lucía imponente, de mirada fría, postura rígida y expresión inamovible; soltero, poderoso, de reputación impecable y, a ojos de Lucille, exactamente el tipo de hombre arrogante que detestaba recordaba demasiados clientes ricos en el restaurante, hombres que creían que su dinero hacía girar al mundo.
William quería llevarse a su familia entera al rancho, incluso había pedido panfletos de la carrera de veterinaria en la pequeña ciudad cercana. Aquello solo reforzó la determinación de Lucille de independizarse, encontró otro trabajo, mal pagado, pero un trabajo al fin, el tiempo, sin embargo, avanzaba más rápido que sus posibilidades.
Para empeorar las cosas, su padre puso en venta la casa de su infancia.
Tuvieron que mudarse temporalmente con su abuela paterna. Allí, lejos de encontrar apoyo, Lucille recibió desprecio, la anciana le hizo pagar renta, alegando que su rebeldía necesitaba "corrección" y que desobedecer el camino de su padre era una falta grave.
Lucille se sintió más frustrada que nunca, sus sueños estaban siendo estrangulados por una familia que decía querer lo mejor para ella, pero que jamás la escuchaba.
Y fue entonces cuando comprendió que, quizás, su vida estaba a punto de ser arrancada de raíz y trasplantada a un campo desconocido, enorme, silencioso y lleno de un destino que jamás pidió, un destino que, sin saberlo, cambiaría su mundo para siempre.
Cambio de aire. 1
Lucille estaba sentada en el borde de la cama, observando su reflejo en el espejo de cuerpo completo que tenía enfrente. Mantenía las manos juntas, los dedos entrelazados con fuerza, como si así pudiera detener el torbellino de pensamientos que llevaba días persiguiéndola. Nueve horas, solo eso la separaba del aeropuerto y de una mudanza que no había elegido; cruzar el país para dejar atrás Georgia y empezar de cero en las montañas boscosas de Oregón.
Nueve horas para abandonar todo lo que conocía porque, a pesar de sus esfuerzos, no había podido mantener ni siquiera un pequeño apartamento, la crisis económica que asfixiaba al país había disparado los precios de las rentas a niveles absurdos, y su salario como dependienta *p*n*s alcanzaba para sobrevivir, menos aun cuando su abuela le quitaba la mitad en concepto de "renta familiar".
Marta Shepard, su abuela paterna, era una mujer cuyo cabello blanco por las canas contrastaba con un rostro sorprendentemente firme para su











