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Los monstruos también pueden amar.

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Annotation

Vampiros. Lucifer. La Muerte. ¿Qué tienen ellos en común? Ah, sí… Son considerados “monstruos”, ¿verdad? Humanos. Ángeles. Arcángeles. ¿Y ellos qué tienen en común? Oh, por supuestos. Ellos son los “buenos”, ¿cierto? Sin embargo, aquí todo puede pasar. Porque los monstruos tienen corazón y se pueden enamorar. Y se pueden enamorar de los buenos. Después de todo, el amor transciende más allá de las creencias y mitos populares. El amor traspasa cualquier barrera e incluso hasta los monstruos también pueden amar. Y cuando aman, lo hacen con todo el poder de su oscuro y negro corazón... ***** Obra registrada en Safe Creative. No se permite copia total o parcial. Ante cualquier tipo de plagio, se tomarán las medidas necesarias. Todos los derechos reservados ©.

El llanto de La Muerte.

Oyó el llanto de la madre que aclamaba piedad por la vida de su hijo, oyó el llanto del hombre que la acompañaba y oyó la sentencia final. La respiración se volvió lenta mientras el líquido ambarino ingresaba al torrente sanguíneo por medio de una intravenosa, hasta que el vaivén pausado del pecho... cesó.

—Hora del deceso —preguntó un hombre, vestido de blanco.

Oyó la respuesta por parte de una mujer, quien verificó la hora en su reloj de pulsera. Él ladeó la cabeza hacia un lado, tratando de entender la caligrafía del hombre de blanco que seguía garabateando rápidamente en una carpeta-documento. Se encogió de hombros y observó a las demás personas dentro de la habitación. El llanto de la madre acrecentó y ella se abalanzó sobre el cuerpo sin vida de su hijo, el hombre que la acompañaba no pudo contenerla y la dejó desahogarse.

Analizó el rostro indiferente del hombre de blanco y supo que, simplemente, aquello era una mera máscara de profesionalismo. Los sentimientos nunca deben interferir con el trabajo y eso lo tenía más que nítido.

Negó con la cabeza y musitando una melodía, abandonó la habitación.

Su trabajo también estaba hecho.

(…)

El hedor a encierro reinaba dentro de la enorme sala. Deslizó un dedo por la barandilla de las escaleras mientras sus pasos lo guiaron hacia su próximo destino.

Una puerta se abrió y una mujer —de rostro demacrado— salió de la habitación cargando una charola, pasó por su lado y siguió por el pasillo. Asomó la cabeza por la ranura de la puerta, vio más que oyó el llanto de un joven que yacía sentado en una solitaria silla cerca de la cama donde pudo divisar el cuerpo inerte de un anciano.

Entró a la habitación hasta que estuvo a los pies del lecho. Su mirada nunca abandonó el semblante surcado por arrugas del longevo.

—Oh, ya es hora —murmuró el hombre mayor.

La voz moribunda del anciano hizo que el joven alzara la cabeza.

Miró minuciosamente aquel ritual que pareciera repetirse sin cesar, aquel suplicio silencioso que decía mucho más que las palabras recitadas al aire. No le provocaba... nada.

—Abuelito. —Oyó y observó al muchacho acercarse más al borde de la cama—. Tienes que descansar, abuelito.

Se permitió rodear el lecho, situándose en el extremo opuesto al joven.

Analizó cada rasgo del rostro senil, ladeó la cabeza hacia un lado y el anciano exhaló el último aliento. Oyó los sollozos del muchacho, aquellos que escapan con palabras enredadas e indescifrables; notó cómo las manos del joven encarcelaban una de las manos huesudas del longevo y entre los lamentos y lágrimas, oyó un grito seguido de un estruendoso sonido de cristales rotos. Volteó hacia dicho sonido y se percató de la presencia de la misma mujer con quien se cruzó por el pasillo. Le regaló una neutra mirada mientras se dirigía hacia la puerta y la mujer terminaba de ingresar, sin importarle el desastre que provocó al dejar caer la charola en medio del cuarto.

Antes de abandonar la habitación, volteó la cabeza por encima de los hombros y vio al joven y a la mujer llorar desconsoladamente sobre el cuerpo sin vida del anciano.

Canturreando una melodía, salió de la casa.

(…)

Su andar tranquilo lo hacía ver como un contraste a las personas que pululaban frenéticamente a su alrededor, yendo de un lado al otro, como si estuvieran en una carrera… Bueno, si tenía en cuenta el sitio en el que se encontraba, eso era algo habitual de ver.

Pronto estuvo caminando a la par de dos hombres que hablaban sobre las posibles complicaciones que arraigaría hacer la intervención quirúrgica a un paciente con presión arterial alta.

—Debemos mantenerlo estable —informó uno de ellos—. Podemos aplazar la cirugía hasta mañana.

—No, eso no será posible. —Se detuvo cuando ambos hombres lo hicieron frente a una puerta—. La presión arterial alta fue producto de un mal suministro de medicamentos por parte de una de las enfermeras de turno. Ella no sabía que el paciente era alérgico al acetaminofén¹ —explicó el otro hombre.

Ingresaron al cuarto y se encontró caminando parsimonioso hasta quedar frente a la pequeña ventana, miró el paisaje gris a través del cristal. El cielo lloraría en cualquier momento.

—Buenas tardes. ¿Cómo está mi paciente favorito? —preguntó uno de los hombres.

Escuchó la réplica que le brindó el muchacho en un leve susurro. Volteó y se centró en cada detalle de la habitación. Una sencilla cama revestida con impolutas sábanas blancas que cubrían la mitad del cuerpo del paciente, una olvidada silla en un rincón, una pequeña mesa situada al costado derecho de la cama y en la superficie, un jarrón con flores casi marchitas. Miró con detenimiento al joven, percatándose de que este mantenía los ojos cerrados mientras respondía con simples monosílabos a los interrogantes de uno de los hombres.

—La buena noticia es que la intervención se hará en una hora —explicó el hombre que lucía unos años mayor que el otro, quizá rondaría entre los cincuenta y tanto—. Una enferma vendrá a prepararte en unos minutos. Tienes que permanecer lo más relajado posible, ¿de acuerdo?

—S-sí —replicó el joven.

Ladeó la cabeza y dio unos pasos hasta alcanzar la silla del rincón. Observó a los hombres y notó como estos murmuraban algo por lo bajo.

—El procedimiento no durará más de dos horas y no requerirá anestesia completa. —Se sentó en la dura silla de plástico y se permitió simplemente contemplar el rostro pálido del muchacho—. Estarás despierto durante todo el procedimiento y, por supuesto, esto no quiere decir que sentirás algún malestar. Estás en las mejores manos.

—G-gracias —balbuceó el chico.

Los hombres volvieron a murmurar algo por lo bajo, quizás aprovechando que el paciente mantenía los ojos cerrados y, de esta manera, evitaba que viera sus rostros adustos de miradas impasibles.

Los hombres le explicaron algo más sobre la intervención al paciente, empleando un léxico bastante complejo para una persona normal, pero el joven pareció no darle mayor relevancia y solamente asintió a cada palabra. Una vez ambos hombres concluyeron, él les regaló una mirada indiferente mientras estos abandonaban el cuarto.

Posterior a media hora, una enfermera ingresó, imperando un vocabulario apacible en torno al joven. No reprimió dar otra minuciosa mirada al entorno y terminó por salir de la habitación, oyendo el balbuceo interminable de la mujer.

(…)

El silencio era acogedor en los solitarios pasillos del ala oeste del pabellón, aunque solo estuvo unos cinco minutos caminando hasta llegar a su destino, una habitación con unas veinte incubadoras donde yacían los neonatos prematuros.

Divisó a tres mujeres vestidas con trajes color rosa pálido, una de ella interactuaba con un diminuto recién nacido, intentando cambiarle el pañal. De inmediato se dio cuenta de la falta de experiencia de la joven cuando otra se acercó, dándole instrucciones de cómo hacerlo sin provocar ningún daño al bebé…

***

¹Paracetamol.

Ironía.

Cuando por fin estuvo dentro de la habitación, oyó nítidamente las disculpas de la mujer inexperta; se situó frente a una de las pequeñas cámaras transparente y analizó detalladamente el pueril cuerpecito. Levantó un dedo hasta deslizarlo sutilmente por la superficie translúcida de la incubadora y entonces esta comenzó a emitir cierto sonido.

Una de las mujeres atravesó de prisa por la habitación; frenética y espetando órdenes, manipuló la incubadora hasta que sus manos alcanzaron el cuerpito del neonato.

—¡No respira! Llamen urgente al Dr. Alexander, por favor —demandó.

Observó a la mujer experta maniobrar con apartados de respiración artificial y luego con manos decididas, manipulaba el indefenso cuerpito del recién nacido.

Un llanto acaparó la habitación seguido de otro y otro más, pero ninguno provenía del diminuto bebé que yacía entre las manos de la mujer.

Abandonó la habitación, dejando atrás aquel mar de llantos y lamentos de las otras mujeres q

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