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Anhelos

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Annotation

Uno es conocido por todos en la ciudad. El otro es "nadie". Uno tiene su propio chófer. El otro apenas puede juntar dinero para un pasaje en autobús. Uno tiene varios coches últimos modelos. El otro casi siempre anda a pie. Uno vive en un prestigioso barrio privado. El otro sobrevive en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Uno fue el mejor estudiante de la universidad. El otro no alcanzó a finalizar los estudios secundarios. Uno es dueño de un Imperio hotelero. El otro no es dueño ni de su casa. Uno es jefe y señor, y hace que las personas trabajen para él. El otro tiene un trabajo de medio tiempo, con el que apenas le alcanza para comer y sobrevivir. Uno es millonario. El otro pobre. Dos mundos distintos, dividido por clases sociales. Dos personas que ignoran la existencia de la otra. Dos personas con algo en común: el anhelo de amar y ser amadas. →♥← Obra registrada en Safe Creative. No se permite copia total o parcial. Ante cualquier tipo de plagio, se tomarán las medidas necesarias. © Todos los derechos reservados.

Proemio.

Un día más. En la pobreza también se vive, en la miseria del día a día. La vida a veces es injusta con aquellos que luchan por salir adelante. Discriminación, soledad. Él lo sabía. Aun así, jamás perdió la esperanza de salir adelante, de seguir luchando por algo mejor, pero aquello que anhelaba y aquel sueño de poder superarse estaba lejos, y quizá nunca llegue. Tal vez sea mejor rendirse. Muchas veces lo pensó. Tantas noches de insomnio hurgando en su mente, ideando un plan para poder alcanzar sus metas; todo sacrificio valía la pena.

(No pudo concluir el colegio. Solo faltaba un año; un año que no pudo seguir costeando los materiales de educación. Con pesar y dolor, renunció. La necesidad de alimento fue más grande que gastar lo poco en libros y cuadernos).

(…)

Los nubarrones grises acechaban el cielo azul, cubriendo a su paso los rayos del sol; llovería, pero él se mantenía optimista.

Se bañó y buscó entre las escasas prendas algo decente. La ocasión lo ameritaba, porque empezaría a trabajar de medio tiempo en una conocida cafetería y —aún sabiendo que solo estaría en la cocina fregando los trastos— quería dar una buena imagen. Gracias a unas recomendaciones por parte de su antiguo jefe, consiguió rápidamente el trabajo. La paga era un poco más, alcanzaría y podría ahorrar algo de dinero.

Analizó su imagen en el espejo roto del baño; el cabello castaño oscuro prolijamente peinado, sus ojos color verde oliva destellaban seguridad.

Salió del pequeño cuarto y se dirigió a la cocina. No tenía mucho para desayunar, un par de manzanas y cereales. Optó por una fruta. Terminó de comer y se calzó las zapatillas. Unas vans que en sus mejores días fueron negras, ahora eran de un gris claro de tanto uso y lavado. Apagó las luces de la casa y salió, esbozando una sonrisa. A medida que avanzaba por las calles, se seguía sorprendiendo por cómo iba cambiando el paisaje. El barrio en el que vivía tenía algunas calles de tierra y era toda una proeza caminar cuando llovía. Unas cuantas calles más y el cambio era abrumador. Elegantes casas, edificios, las avenidas, pequeños y grandes comercios que aún mantenían las puertas cerradas al público. Todo parecía un espejismo. Miró hacia atrás, allá quedaba su humilde barrio.

Al cabo de andar caminando un buen rato, notó que algo le molestaba en uno de sus pies. Bufó por lo bajo. El agujero en la suela se hizo más grande y provocando un agudo dolor en la planta de su pie. Suspiró pesadamente. Había salido una hora antes para poder llegar a pie a su nuevo empleo. El dinero no alcanzaba para el autobús y las escasas monedas que tenía le servirían para comprar al menos algo para beber.

~*~

Laín Rosales, un chico de 21 años, huérfano. La mayor parte de su infancia pasó en un orfanato, pero al cumplir 16 años se escapó de aquel lugar. No quiso seguir sufriendo los abusos físicos y psicológicos por parte de algunos chicos mayores e incluso hubo ocasiones que hasta los mismos directivos abusaban de los menores¹. La calle no fue un paraíso comparado con aquel lugar. Fue un desafío salir adelante, pero con su gran optimismo y decisión, lo logró. Jamás lo buscaron, fue como si a nadie le importara su fuga, bueno, no tenía a nadie. Solo se tenía a sí mismo.

Al principio nada fue sencillo, nadie quería contratar a un menor de edad para trabajar. Sin embargo, no se rindió hasta conseguir un trabajo.

Trabajos de medio tiempo en distintos restaurantes y cafeterías. Con el paso de los meses, pudo conseguir alquilar una pequeña vivienda. Pese a no ser la gran cosa, pese a que vivía en uno de los barrios más pobres de la ciudad, él agradecía a quién sabe quién o qué por tener un techo donde refugiarse… Un hogar al cual volver.

~*~

El agotamiento era notorio. Prácticamente las piernas parecieran querer fallarle en cualquier momento. Se sentía algo mareado, quizá por falta de un buen desayuno. Siguió, restándole importancia a los pinchazos que recibía uno de sus pies.

Divisó la cafetería y los nervios lo invadieron por completo. No sabía qué tipo de personas serían las que, a partir de hoy, tendría que tratar.

Llegó hasta la entrada y no vio a nadie. Su mirada paseaba por cada recoveco de la cafetería, dándose cuenta de que evidentemente era un sitio de lujo y clase. Escuchó leves murmullos detrás de sí y, con algo de temor, giró sobre sí, viendo a un chico y una chica que no parecían mayores que él.

—¿Qué estás haciendo? ¿Perdiste algo, niño? —preguntó el chico desconocido.

Laín frunció el ceño en torno al muchacho que lo miraba despectivamente y gesticulando una mueca de asco.

—No estoy haciendo nada malo —replicó, manteniendo contacto visual con el muchacho—. Solo estoy esperando a que abran. Trabajaré aquí a partir de hoy.

Vio de soslayo cómo la chica esbozaba una sonrisa y lentamente se acercaba a él.

—Hola. Soy Fernanda, mucho gusto —saludó la chica. Laín miró fijamente a los ojos color miel de la chica y dudó un segundo, observando la mano tendida que esperaba por la suya, aceptó—. Por cierto, nosotros trabajamos aquí. ¿Cómo te llamas?

—Igualmente —espetó y deshicieron el leve apretón de manos—. Soy Laín Rosales.

Una risita captó su atención y reprimió un suspiro. Percibió la mirada del muchacho recorrer su persona. Estaba tan acostumbrado a que lo miraran de esa manera. Discriminación.

—Pues déjame decirte que no haces honor a tu apellido. — Laín bajó la cabeza—. De rosas no tienes nada.

—Déjate de estupideces, Jacob —intervino Fernanda, quién le regaló una sonrisa genuina—. Bueno, como lo acabas de oír, este idiota de aquí es Jacob. No le prestes atención, lo hace por tonto.

Laín asintió. Buscó la mirada de Jacob para luego saludar con un leve asentimiento de cabeza.

En el ínterin, mientras aguardaban a que abriera la cafetería, Fernanda lo puso al tanto del trabajo. Le explicó las diferentes normas que tenían todos los empleados, los lapsos de descansos, entre otros similares.

A medida que pasaban los minutos, Laín se dio cuenta de que la chica realmente era sincera y empática. Todo lo opuesto al chico, el cual solo se dedicó a mirarlo de arriba abajo.

Restó relevancia porque, para Laín, no importaba si sus ropas estuvieran viejas, no importaba si no calzaba unas zapatillas de marca. Podría estar usando ropas que se notaba a leguas el uso excedente, pero se encontraban limpias y sus zapatillas le permitían andar, aunque una de ellas tuviera un pequeño agujero en la suela.

Quitó todo tipo de pesadumbre y se concentró en lo que sería su nuevo empleo. Pese a que solo estaría en la cocina fregando los trastos, era un trabajo digno. Lo único que quería era que lo aceptaran.

(…)

A las afueras de la ciudad, en uno de los mejores barrios privados, alejado de todos los ruidos cotidianos, se vislumbraba imponente y majestuosa la mansión O’Donell. Se diferenciaba de las demás casas y mansiones por ser la única al estilo victoriano. Vastos jardines rodeaban el extenso terreno, haciendo resaltar la residencia de paredes blancas. Allí vivía una de las más distinguidas familias de clase social alta.

Hace dos años, la familia había sufrido una gran pérdida. El empresario Lewis O’Donell —luego de varios tratamientos médicos— falleció por causa de una insuficiencia cardiaca. Dos meses más tarde, su único hijo (con tan solo 23 años de edad) tomó el mando de la empresa.

Y hoy día, dos años después, Drazen O’Donell era el joven empresario más respetado y codiciado dentro de su círculo de élite. Su herencia había consistido en un imperio hotelero (empresa que construyó su padre desde los cimientos). En los últimos meses había alcanzado un nuevo nivel, siendo reconocido en todo el país gracias a su propio desempeño.

Nada es lo que parece a simple vista.

Desde niño, Drazen fue inculcado con estrictas doctrinas por parte de su padre. Recibió la mejor educación y siempre lo tuvo todo. Cada capricho se lo concedió. En la adolescencia, desarrolló una actitud de superioridad gracias a las enseñanzas y consejos de su progenitor. Y a medida que crecía, aquello incrementó. Formó un carácter frío, calculador y carente de todo tipo de sentimientos para con los demás, incluso con su madre.

Lo único realmente de interés era él mismo.

~*~

Terminó de vestirse, luciendo un costoso traje gris marengo hecho a medida. Acomodó la corbata, dejándola prolija; echó una mirada fugaz a su reflejo en el espejo de cuerpo completo.

Exhaló un suspiro y salió de la habitación.

Al llegar al comedor, dejó el maletín en una de las sillas y observó la mesa.

—No quiero nada de esto —imperó, señalando los diferentes platos de comida, desde frutas hasta quién sabe qué—. ¿Quién fue el responsable de preparar un desayuno para más de quince personas? —preguntó, mirando a las empleadas domésticas—. Desháganse de todo esto de inmediato, tírenlo a la basura. Solo quiero un café y tostadas.

Dos empleadas comenzaron a llevar las charolas de alimentos. Una total pena si lo analiza detenidamente. Era tan ajeno a lo que sucedía a su alrededor y pasaba lo mismo si lo mirara desde su posición.

Detrás de toda esa armadura álgida, detrás de esa mirada color celeste cielo sin brillo, yacía una persona totalmente opuesta a la que mostraba cada día. Allí, en algún recoveco de su alma, anhelaba ser él mismo.

Las apariencias son engañosas.

(…)

La ciudad es grande, habitan miles de personas. Cada quien siguiendo su vida, su rutina, más allá de la clase social y de cualquier obstác*l*. Sin embargo, existe algo poderoso y hasta misterioso: el amor.

El amor no hace diferencia de ningún tipo, es amor y ya. Y dentro de ese concepto único, dos personas están destinadas a encontrarse. Por más que sus vidas sean completa y absolutamente diferentes, sus caminos están unidos.

Solo será cuestión de tiempo para que estas dos personas se crucen, se encuentren y se lleven una gran sorpresa y un gran descubrimiento... Sus anhelos han sido escuchados.

****

¹Hace referencia a maltratos físicos (golpes y palizas) y psicológicos.

Regalo.

La suave brisa ingresó sin permiso por la ventana entreabierta y la cortina improvisada danzó. Sintió las caricias trémulas y tibias de los rayos del sol sobre su cuerpo. Giró sobre sí, quedando boca abajo, escondiendo el rostro debajo de la almohada.

No pasó mucho cuando el sonido de la alarma anunció que debía abandonar la calidez de su cama y bufó molesto. Con parsimonia, comenzó a removerse debajo de las mantas. Lentamente abrió los ojos, apreciando la luz natural en la reducida estancia.

Posterior a varios minutos, se levantó de la mullida cama y se dirigió al baño. Todo atisbo de desgana se esfumó luego de una confortable ducha tibia.

Hacía dos meses que había comenzado a trabajar en Sky Coffe, una cafetería conocida y muy concurrida en la parte céntrica de la ciudad. No tuvo mayores percances con sus compañeros, a excepción de uno de ellos. Aun así, su desempeño era óptimo por más que su labor se encontraba en la cocina, lavando los trastos. La paga

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