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Anhelos (2)

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Annotation

Uno es conocido por todos en la ciudad. El otro es “nadie”. Uno tiene su propio chófer. El otro *p*n*s puede juntar dinero para un pasaje en autobús. Uno tiene varios coches últimos modelos. El otro casi siempre anda a pie. Uno vive en un prestigioso barrio privado. El otro sobrevive en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Uno fue el mejor estudiante de la universidad. El otro no alcanzó a finalizar los estudios secundarios. Uno es dueño de un Imperio hotelero. El otro no es dueño ni de su casa. Uno es jefe y señor, y hace que las personas trabajen para él. El otro tiene un trabajo de medio tiempo, con el que solo le alcanza para comer y sobrevivir. Uno es millonario. El otro pobre. Dos mundos distintos, dividido por clases sociales. Dos personas que ignoran la existencia de la otra. Dos personas con algo en común: el anhelo de amar y ser amadas. →♥← Obra registrada en Safe Creative. No se permite copia total o parcial. Ante cualquier tipo de plagio, se tomarán las medidas necesarias. © Todos los derechos reservados.

Introducción: Anhelos, parte 2

Si llegaste hasta aquí, muchas gracias por leer la primera parte de Anhelos. Si no lo has hecho y llegaste aquí por error, te sugiero que leas la primera parte, por el contrario, no entenderas la trama de esta historia.
BW1777

Nostalgia.

El día transcurrió como cualquier otro. La rutina diaria del trabajo, el aroma a café y pasteles, reinaban en la atmósfera de la tarde.

Los esporádicos momentos libres los pasó entre charlas y risas con sus compañeros. Incluso Don Joaquín se detuvo a beber un té en la barra. Sin embargo, dentro de todo el ajetreo cotidiano, detectó algo inusual: la mirada enternecida de su jefe para con él. Al principio no prestó interés, pero la curiosidad estaba latente. Ya no sentía esa distancia respecto al trato que tenía con su jefe. Don Joaquín ganó su confianza y él... bueno, él solo quería tener...

—Don Joaquín, es raro verlo beber su té aquí. —No le sorprendió que Fernanda fuera tan... —. Pero es bueno que usted pase tiempo con nosotros y no esté encerrado en su oficina.

—Fernanda —musitó entre dientes.

Su amiga pasó de él, encogiéndose de hombros. Contra cualquier pronóstico, la risa de su jefe fue lo menos que esperó oír en respuesta a la confianza de su amiga. Bueno, era Fernanda después de todo. Ella podía hacer y decir lo que quisiera sin tener un filtro. Por momentos, admiraba esa capacidad de ella y a veces, quería huir lejos. No estaba seguro de cómo sentirse ahora mismo porque…

—Sí, también lo creo —espetó su jefe—. Sin embargo, quiero una charla con todos ustedes.

—¿Qué pasó? ¿No me diga que cerrará Sky Coffe y se irá de vacaciones?

Una vez más, Laín quedó pasmado con la facilidad que tenía su amiga de hablar sin tamizar las palabras.

—No, nada de eso. —Escuchar la respuesta de su jefe lo tranquilizó. Miró de Don Joaquín a Fernanda mientras acomodaba las bandejas a un lado del mostrador—. Supongo que les diré a ustedes y luego se encargaran de comentar con los demás..

—Usted dirá, Don Joaquín —habló por fin, aunque *p*n*s pudo articular las palabras.

—Chicos, a partir de mañana vendrá mi nieto. —Y Laín recordó las charlas que tuvo con su jefe y cuando le comentó sobre su nieto—. Pero lo conocerán hoy. Hace un rato hablé con él y me dijo que está viniendo hacia aquí.

—Recuerdo que me comentó algo sobre su nieto —imperó. Los nervios afloraron sin lógica aparente. Echó una fugaz mirada a su amiga—. Bueno, usted es el jefe y...

—¿Trabajará con nosotros? —interrumpió Fernanda, muy entusiasta.

—Aún no lo sé —replicó Don Joaquín—. No hablé con él al respecto. Pero supongo que podría ser una opción, sí. Quiero que lo conozcan, luego se verá qué hacer.

—Hey, Li, tendremos un nuevo compañero —alegó Fernanda, todavía muy entusiasta —. Bueno, aunque no es nada seguro. Aun así, me gustaría mucho que su nieto trabaje aquí. Pero, Don Joaquín, hoy solamente somos Dominik, Thomas, Li y yo.

—Me gusta ese entusiasmo, Fernanda. Sé que no están todos, así que dejaré en tus manos la tarea de decirle a los demás sobre mi nieto. — ¿Por qué Laín sentía una extraña sensación apoderándose de su ser? Restó relevancia, sea lo que fuera, luego tendría tiempo de analizarlo—. Sin embargo, ustedes lo conocerán hoy. Me encantaría que se llevaran bien, sobre todo tú, Laín.

—¿Y-yo? —titubeó, un poco avergonzado.

—Sí, así es. En más de una oportunidad, te dije que tú me habías hecho recordar a mi nieto —le recordó su jefe.

Laín bajó la cabeza, no pudo soportar la mirada inquisitiva de Fernanda, mucho menos la de su jefe. Había algo en la mirada de Don Joaquín, algo que le provocaba una profunda ansiedad y nostalgia como si... No sabría definirlo con exactitud.

—Es más, te confieso que al ver a mi nieto, después de algunos años, quedé sorprendido cuando me acordé de ti. En serio, te pareces mucho a él.

—¿De verdad, Don Joaquín? —preguntó Fernando, de manera escéptica.

—Así es —alegó su jefe—. Solo esperen a conocerlo, se llevarán una sorpresa y… —Sea lo que sea que iba a decir Don Joaquín, fue interrumpido por el sonido de la campanilla.

Un nuevo cliente ingresó, dando por concluida la charla. El trabajo volvía a su cauce. Inhaló y exhaló hondo mientras retomaba su tarea. Se percató que tanto Fernanda como Don Joaquín quedaron en la misma posición. Restó interés y agarró un paño para limpiar el mostrador.

—L-laín. —Oyó—. Li, esto no... —Levantó la mirada, viendo  el perfil de Fernanda—. ¿Qué...? ¿Quién es él?

Laín no entendió a qué se refería su amiga, ya que no...

—Lukas, justo hablaba de ti. —La voz jovial de Don Joaquín acaparó su atención—. Ven, quiero que conozcas a estos chicos.

—Abuelito. —Un espasmo sacudió su cuerpo, ¿quién era...?—. ¿Qué tal están las cosas? Cierto. La abuela mandó a decirte que nos espera con una exquisita cena. Mamá también irá a cenar y…

—Bien, luego hablamos de eso, Lu. —No, no, no... ¿Por qué sentía una profunda sensación de aflicción en su pecho?—. ¿Recuerdas que te hablé de alguien que quiero que conozcas?

—Sí, lo recuerdo. Ya quiero conocerlo, abuelo.

Algo no estaba bien, pero ¿qué? Sintió la mirada de Don Joaquín sobre su persona y Laín logró juntar valor y miró a su jefe. Ojos grises que lo observaban enternecido, sonrisa afable.

—En serio se parecen —musitó su jefe, más para sí mismo.

—¿Abuelo?

Y entonces, Laín desvió la mirada de su jefe, encontrándose con el dueño de esa voz.

Un escalofrío trepó por su espalda justo en la fracción de segundo en que sus ojos vieron otros ojos, tan similares a los suyos. Todo a su alrededor desapareció, todo dejó de existir y solo permaneció ese chico parado al lado de su jefe.

—Laín, él es Lukas, mi nieto.

Lejano, tan lejano provenía la voz de Don Joaquín.

La nostalgia lo envolvió y solo permaneció el deseo de comprender lo que estaba pasando porque, sencillamente, era... imposible.

Pecado.

El jurado finalizó con un veredicto unánime: culpable.

La conmoción atiborró a todos los presentes, aplausos, gritos y llanto, aplacaron el silencio sepulcral que, hasta hace minutos atrás, reinaba en la sala. El Juez golpeó el mallete varias veces.

—¡Silencio! —espetó—. Orden en la sala. Abogados, acérquense al estrado, por favor.

Fue, quizá, la voz adusta o el semblante tosco del Juez lo que hizo que todos callaran. Ambos letrados (defensor y acusador) cruzaron una mirada mordaz como si quisieran iniciar una guerra entre ellos. Pese a eso, se pararon frente al estrado del Juez. Nadie oyó lo que hablaron entre ellos. Luego de unos minutos, cada abogado volvió a situarse en su lugar correspondiente.

Sonrió mentalmente, orgulloso de sí mismo. Ningún abogado era tan prestigioso, solemne y con un ego hasta por las nubes como lo era él: Ignacio Delclaux.

Un hombre con más de veinticinco años de trayectoria, más de veinte casos ganados y ahora uno más que se

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