
Jefe paralítico
- Genre: Billionaire/CEO
- Author: Giss Dominguez
- Chapters: 42
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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- ⭐ 7.5
- 💬 8
Annotation
Daniel es un hombre joven, atractivo, pero paralítico, confinado a una silla de ruedas tras un accidente que cambió su vida para siempre. Vive solo con su hija de seis años, Emma, en una casa que mantiene cerrada al mundo. Frío, malhumorado y renuente a aceptar ayuda, se ve obligado por los servicios sociales a contratar una enfermera o perdería la custodia de su hija. Así llega Sofía, una mujer fuerte, empática y madre soltera, que no solo carga con su propio pasado, sino también con la esperanza de empezar de nuevo. Desde el primer momento, Daniel no soporta la presencia de Sofía. La rechaza, la empuja emocionalmente y mantiene un muro inquebrantable entre ellos. Pero ella, con paciencia, dulzura y una conexión natural con Emma, se vuelve una presencia constante en sus vidas. A pesar de la tensión, algo entre ellos comienza a transformarse: discusiones que se tornan en confidencias, miradas que se alargan más de la cuenta, y silencios que dicen más que mil palabras. Todo se complica cuando reaparece Javier, el guapo y encantador hermano de Daniel, quien no solo conoce a Sofía del pasado, sino que parece decidido a reconquistarla. Daniel se descubre sintiendo celos, rabia y dolor, emociones que lo enfrentan con sus propios sentimientos por Sofía. Entre enredos emocionales, heridas del pasado, besos robados y silencios dolorosos, Sofía y Daniel transitan un camino lleno de tropiezos y confesiones. El destino los separa durante meses, hasta que un reencuentro inesperado en otra ciudad lo cambia todo. Daniel ya no está en silla de ruedas, y Sofía ya no es la misma mujer que llegó como empleada a su casa. Una historia de amor lenta, profunda y humana. De segundas oportunidades, sanación y valentía para volver a creer.
Chapter 1
Capítulo 1 – Una invasión innecesaria
No me gusta que me digan lo que tengo que hacer. Mucho menos en mi propia casa.
Pero ahí estaba ella, parada en la puerta con una maleta en la mano y una sonrisa que me dio ganas de cerrar la puerta en su cara.
—Buenas tardes. ¿El señor Daniel Martínez? —preguntó con voz suave.
—Sí. Ya sabe lo que tiene que hacer, ¿no? —le respondí sin moverme un centímetro de la silla. No tenía ganas de ser amable.
Ella asintió, como si no le molestara el tono seco con el que le hablé.
—Me llamo Sofía. Soy la enfermera que envió el Servicio Social.
Claro que lo sabía. Ellos mismos me amenazaron con quitarme a Emma si no contrataba a alguien que pudiera “ayudarme”. Ridíc*l*. Llevaba seis años cuidándola solo. Seis años sin nadie. Y ahora, de golpe, decidían que ya no era suficiente.
—No necesito que me ayuden. Estoy obligado a que estés acá, no a que me caigas bien —aclaré, girando la silla para darle la espalda.
—Lo entiendo —dijo, todavía con esa voz tranquila que empezaba a irritarme—. Solo estoy aquí por Emma.
—¿Y quién no? —bufé—. Parece que todos vienen con la excusa de preocuparse por mi hija.
Emma salió corriendo del pasillo, con su cabello revuelto y su muñeca favorita en brazos.
—¿Papá, quién es ella? —preguntó con esa mezcla de miedo y curiosidad que solo los niños pueden tener.
—Una señora que va a estar aquí por un tiempo —respondí sin mirarla—. No tiene importancia.
Sofía se agachó para ponerse a la altura de Emma, pero no me gustó cómo la miraba. Como si ya la quisiera demasiado.
—Hola, Emma. Es un gusto conocerte —le dijo sonriendo.
Mi hija le devolvió una sonrisa tímida. Yo aparté la mirada.
No quería que Sofía se quedara. No me interesaba que fuera amable, ni bonita, ni simpática. Esta era mi casa, y ella no era bienvenida.
Pero claro, nadie me había preguntado lo que quería.
Porque cuando sos un paralítico en silla de ruedas, todos creen que tienen derecho a decirte cómo vivir.
Sofía
Llegué diez minutos antes de la hora. Siempre lo hago. No por ansiedad, sino por necesidad. Desde que soy madre, aprendí que llegar temprano significa respirar antes de que todo empiece. Aunque esta vez, ni respirar me ayudó.
Cuando Daniel me abrió la puerta, su mirada me traspasó como una puñalada. Fría. Dura. Casi hostil.
Sabía que no sería fácil. El informe lo decía claro: “Reacio a la ayuda, carácter fuerte, situación de riesgo por negativa a colaborar”. Pero nada te prepara para los ojos de un hombre roto que ya no confía en nadie.
Me presenté con la mejor sonrisa que pude ofrecer. Él me ignoró casi por completo.
—No necesito que me ayuden. Estoy obligado a que estés acá, no a que me caigas bien —me lanzó, sin filtros.
Asentí. No porque no me doliera, sino porque entendía. Muy en el fondo, entendía ese tipo de enojo. Uno que viene del miedo, no de la maldad.
Emma apareció como una bocanada de aire fresco. Chiquita, con los ojos grandes y tristes, apretando una muñeca desgastada. Me agaché a su altura.
—Hola, Emma. Es un gusto conocerte.
Me sonrió, tímida. Me recordó a mi hijo, Tomi, la primera vez que lo llevé a la guardería. Su carita pegada a mi pierna, su miedo a los desconocidos. Y yo, igual que ahora, fingiendo firmeza mientras por dentro me deshacía.
Daniel se dio vuelta, marcando su distancia.
Estaba claro: no quería mi presencia, no confiaba en nadie y menos aún en una extraña que venía a “vigilarlo”. Para él, yo no era una enfermera, era una intrusa enviada por el sistema. Lo supe desde el primer segundo.
Entré al departamento y me encontré con el caos normal de una casa donde hay un niño y un adulto que *p*n*s sobrevive. Juguetes en la alfombra, platos sin lavar, una silla de ruedas al lado del sillón, papeles acumulados en la mesa. Olía a encierro, a rutina estancada. A dolor.
—No necesito que limpies nada. No toques mis cosas —dijo desde la cocina, sin mirarme.
—Entendido —respondí con suavidad—. Estoy aquí por Emma.
Eso pareció molestarlo aún más. Como si decir su nombre fuera cruzar un límite.
Por dentro, yo también me sentía fuera de lugar. La enfermería domiciliaria no era mi opción ideal. Pero después de que el padre de Tomi nos dejara y me quedara sola, agarré lo que pude. El sueldo era bajo, las horas eran muchas, y la incertidumbre todavía más.
Tomi tenía cinco años. Lo dejé esa mañana en casa de mi vecina con una mochila llena de ropa, un tupper de milanesas, y una promesa que no estoy segura de poder cumplir: “Hoy vuelvo temprano, mi amor”.
Mentí.
Porque en este trabajo, “temprano” no existe. Y porque cuando te convertís en mamá sola, todo lo demás pasa a segundo plano. Incluso vos.
—¿Emma va a la escuela? —pregunté mientras acomodaba algunas cosas en la cocina.
—Sí. Entra a las ocho. Sale a la una. No necesito que la lleves —me dijo cortante.
—Está bien. Solo pregunto para saber los horarios. Para ayudar —aclaré sin confrontar.
Silencio. Silencio espeso, incómodo, como una pared.
Me senté en la mesa y saqué una libreta. Iba a anotar algunas cosas: rutinas, medicamentos, alergias, lo básico.
—No tomo medicación. Emma tampoco. —Él se me adelantó, con el mismo tono seco de siempre.
—¿Querés que te prepare algo de comer? —intenté otra vez. No porque me sintiera su criada, sino porque necesitaba romper esa barrera.
—No tengo hambre.
Otra pared.
Entonces, dejé de intentar hablarle y me concentré en Emma. Ella jugaba sentada en la alfombra, armando un rompecabezas con la mitad de las piezas perdidas. Me acerqué despacio.
—¿Querés que te ayude?
Asintió con entusiasmo. Y por primera vez, sonrió de verdad.
Pasamos media hora armando lo que pudimos del dibujo. Era un paisaje: un lago, unos patos, y un sol amarillo enorme. Su risa era suave, tímida, como si tuviera miedo de ser escuchada por alguien que no aprueba la alegría.
Daniel nos observaba de lejos. Con los brazos cruzados, el ceño fruncido. Pero no dijo nada.
—¿Tenés hijos? —me preguntó de golpe.
Levanté la cabeza, sorprendida por la pregunta.
—Sí. Un nene. Se llama Tomás. Tiene cinco años.
No respondió. Pero algo en su expresión cambió. Mínimo. *p*n*s una grieta. Tal vez porque, por un segundo, dejó de verme como una empleada pagada por el sistema, y empezó a verme como una mujer. Como una madre.
—¿Sola? —preguntó sin suavidad.
—Sí. Desde que tenía dos años. —Fui honesta. No tengo por qué esconderlo.
Asintió con lentitud, sin mirarme directamente. Y luego, como si le pesara cada palabra:
—Emma no tiene madre. Se fue cuando tenía tres.
Y ahí entendí. Ese enojo no era solo contra mí. Era contra la vida. Contra todas las mujeres que se habían ido. Contra las ausencias que dolían más que la silla de ruedas.
—Lo siento mucho —dije despacio, sin compasión forzada.
No respondió. Pero se levantó de la silla, giró en dirección al pasillo y murmuró:
—No me gusta que hablen mucho en esta casa. No hace falta.
Asentí. Lo entendí.
Acá no se hablaba. Acá se resistía. Se sobrevivía. Y eso, en silencio.
Pero yo sabía que a veces, solo a veces, el silencio también se puede cuidar.
Chapter 2
Sofía
El segundo día llegué con un paquete de galletitas en la cartera. No era parte de mis tareas ni algo que estuviera en el manual, pero pensé en Emma. En esos ojitos enormes que me miraban como si tuviera que pedir permiso hasta para respirar. No quería que sintiera que yo era otra persona más que venía a imponer reglas. Quería que supiera que alguien estaba ahí para ella, sin pedirle nada a cambio.
Golpeé la puerta dos veces. Daniel tardó en abrir. Cuando lo hizo, su expresión era la misma del día anterior: dura, incómoda, molesta por mi sola presencia.
—Llegás temprano —murmuró sin saludar.
—Siempre lo hago —dije con una sonrisa, intentando no tomármelo personal.
Pasé y lo primero que noté fue que la mesa estaba más ordenada. No limpia, pero sí menos caótica. Como si alguien hubiera intentado, sin admitirlo, que el lugar se viera más presentable.
Emma salió en pijama, descalza, restregándose lo











