
Hilos de discordia
- Genre: Billionaire/CEO
- Author: Faraona
- Chapters: 9
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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- ⭐ 5.0
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Annotation
Adrián entra en el taller de Elena con una orden de liquidación en la mano. Ella, en medio de una sesión de diseño con alfileres en la boca y las manos manchadas de tiza, le prohíbe el paso. La chispa es instantánea: él intenta intimidarla con su altura y sus millones, y ella lo humilla demostrando que su traje de cinco mil dólares tiene un fallo en la costura que solo ella puede ver.
Chapter 1
Capítulo 1: El Carnicero de Trajes Caros
El taller de Valli Couture olía a una mezcla embriagadora de café cargado, vapor de plancha y tiza de sastre. Era un caos organizado de hilos de seda, maniquíes sin cabeza y bocetos clavados en las paredes de ladrillo visto. En el centro de todo ese universo, Elena Valli sostenía una aguja de plata entre los labios mientras ajustaba el drapeado de un vestido esmeralda sobre una modelo que *p*n*s respiraba.
—Dos milímetros más a la izquierda, Sofia. Si te mueves, te clavo un alfiler y no será un accidente —murmuró Elena.
Se apartó un mechón de cabello oscuro con el dorso de la mano, dejando una pequeña mancha de tiza en su sien. Sus labios, pintados de ese rojo carmín que era su marca de guerra, se tensaron en una sonrisa de satisfacción. El diseño era perfecto. Era arte. Era la última barrera contra la quiebra.
Entonces, el sonido de la puerta principal al abrirse de golpe rompió la armonía. No fue una entrada, fue una invasión.
El eco de unos zapatos de suela de cuero sobre el suelo de madera anunció la llegada de alguien que no pedía permiso. Elena no necesitó girarse para saber quién era; el aire en la habitación se volvió repentinamente frío, como si alguien hubiera encendido un aire acondicionado industrial en pleno invierno.
—¿Quién ha dejado entrar a la parca? —soltó Elena, quitándose la aguja de la boca y girándose con una lentitud insultante.
Allí estaba él. Adrián Volkov.
A sus treinta y dos años, el hombre que encabezaba los titulares de Forbes bajo el apodo de "El Tiburón" parecía sacado de una pesadilla de alta gama. Medía casi un metro noventa y su presencia llenaba el taller de una forma opresiva. Vestía un traje gris carbón que gritaba "Savile Row" y sostenía una tableta digital como si fuera una guadaña moderna. Sus ojos, de un azul gélido, recorrieron el taller con un desprecio que hizo que a Elena le hirviera la sangre.
—Doctora Valli —dijo Adrián. Su voz era un barítono profundo, suave pero con el filo de una cuchilla—. Supongo que ha recibido mi notificación. Vine a inspeccionar mis nuevos activos.
—Mis activos tienen nombre, Volkov —respondió Elena, dando un paso hacia él. A pesar de que le sacaba casi dos cabezas, no retrocedió ni un centímetro—. Y esto no es una inspección, es un allanamiento. ¿No te enseñaron a llamar antes de entrar en la propiedad ajena o en Wall Street solo aprenden a patear puertas?
Adrián arqueó una ceja, su mirada bajando por un segundo hacia los labios de Elena. El contraste del carmín contra su piel pálida era una distracción que no había previsto en su informe de riesgos.
—Esta propiedad ya no es suya, Elena —sentenció él, avanzando hasta quedar a escasos centímetros de ella. El aroma de su perfume, algo cítrico y caro, chocó con el olor a vainilla y tiza de ella—. Su padre firmó la cesión de la deuda a las ocho de esta mañana. Ahora mismo, cada centímetro de esta seda y cada aguja que sostiene me pertenecen. Incluido el tiempo que está perdiendo intentando parecer intimidante.
Elena soltó una carcajada seca, llena de veneno.
—Vaya. El carnicero ha venido con hambre —se cruzó de brazos, lo que hizo que el amuleto del dedal de plata tintineara contra su pecho—. Escúchame bien, Adrián. Puedes haber comprado los ladrillos y las máquinas de coser, pero mi talento no está en el inventario. No puedes auditar la creatividad.
—No necesito auditarla. Solo necesito eliminar los gastos superfluos —Adrián señaló con un gesto aristocrático el vestido esmeralda—. Esa seda italiana cuesta trescientos dólares el metro. Es un desperdicio para una casa que está en números rojos. A partir de mañana, usaremos proveedores locales y diseños más... eficientes.
—¿Eficientes? —Elena dio un paso más, invadiendo su espacio personal hasta que pudo ver las motas de plata en el azul de sus ojos—. Un vestido no es eficiente, Volkov. Un vestido es una armadura, es un sueño, es poder. Pero supongo que un hombre que solo ve números no puede entender algo que tiene alma.
Adrián guardó silencio. Por un instante, la tensión entre ellos fue tan física que Sofia, la modelo, se bajó del pedestal y se escabulló hacia el vestidor sin decir palabra. Adrián bajó la vista hacia el traje de Elena: una blusa de seda blanca que revelaba demasiado de su carácter y unos pantalones negros de talle alto.
—Lleva un hilo suelto en la solapa izquierda, Adrián —dijo ella de repente, con un tono de falsa preocupación.
Él frunció el ceño y bajó la vista hacia su impecable traje de cinco mil dólares.
—Imposible. Mis trajes son perfectos.
—Nada es perfecto bajo mi lupa —Elena se acercó aún más, sus dedos rozando la solapa de su chaqueta. Adrián se tensó, conteniendo la respiración mientras sentía el calor de la mujer—. ¿Ves? —ella tiró con suavidad de un hilo casi invisible—. Es lo que pasa cuando compras algo hecho por máquinas que no tienen corazón. Te ves imponente, sí. Pero un tirón en el lugar adecuado y te desmoronas igual que todos.
Adrián la sujetó de la muñeca. Su agarre no fue doloroso, pero sí firme, cargado de una electricidad que hizo que a Elena se le erizara la piel.
—No vuelvas a tocarme, Elena —susurró él, bajando la voz hasta que solo ella pudo oírlo—. He hundido empresas más grandes que esta por mucho menos de lo que acabas de hacer. No me tientes a liquidar este lugar hoy mismo solo para ver cómo desaparece esa sonrisa arrogante de tus labios rojos.
—¿Y perderte la oportunidad de ver cómo te demuestro que te equivocas? —desafió ella, humedeciendo sus labios, notando cómo la mirada de Adrián seguía el movimiento—. No lo harás. Eres un hombre de negocios, Adrián. Y sabes que si me echas ahora, solo tendrás un montón de telas viejas. Si te quedas y me dejas trabajar, tendrás un imperio.
Adrián soltó su muñeca lentamente, pero no se alejó. Sus ojos azules estaban fijos en los de ella, analizando, calculando... y algo más. Algo que olía a obsesión.
—Tienes una semana, Elena. Estaré instalado en la oficina de arriba. Quiero ver cada factura, cada boceto y cada minuto de tu tiempo. Y quítate ese labial —añadió él, recuperando su máscara de hielo—. Distrae el flujo de trabajo.
—Entonces prepárate para estar muy distraído, Volkov —respondió ella con una sonrisa triunfal mientras él se daba la vuelta—. Porque mañana pienso usar uno todavía más brillante.
Adrián salió del taller sin mirar atrás, pero sus puños estaban apretados. Elena se quedó sola en el centro de su caos, con el pulso acelerado y el sabor de la batalla en la boca. La guerra acababa de empezar, y el hilo que los unía era mucho más resistente de lo que ambos querían admitir.
Chapter 2
Capítulo 2: El Intruso en la Seda
A la mañana siguiente, el taller de Valli Couture no amaneció con el habitual sonido de la radio italiana de fondo. En su lugar, el silencio era interrumpido por el tecleo frenético de un equipo de contables que Adrián había instalado en la planta superior. Él mismo había tomado posesión de la oficina de cristal de la abuela de Elena, un espacio que ella consideraba sagrado.
Elena entró por la puerta principal a las ocho en punto. Llevaba unos vaqueros ajustados, una camisa de seda negra ligeramente desabrochada y, cumpliendo su promesa, un labial rojo carmín aún más vibrante que el del día anterior.
—¡Buenos días, equipo de demolición! —exclamó ella, dejando sus llaves sobre la mesa de corte con un golpe seco.
Desde la oficina de cristal, Adrián levantó la vista de su portátil. Su mandíbula se tensó al verla. Se levantó, ajustándose los puños de su camisa blanca impecable, y ba











