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EsclusivoAggiornato

DESEO INMORTAL

  • Genere: Fantasy
  • Autore: Nelpin
  • Capitoli: 11
  • Stato: In corso
  • Classificazione per età: 18+
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Annotazione

En los pasillos neogóticos del poder y la alta sociedad de París, los hilos de la República no los mueven los hombres, sino los monstruos. Éléonore Mercier, la independiente e indómita hija del alcalde de la ciudad, vive atrapada en una jaula de cristal, siendo el peón perfecto para la campaña presidencial de su ambicioso padre. Sin embargo, su realidad se desmorona la noche en que, huyendo del sofocante protocolo de una gala benéfica, descubre el secreto más oscuro de la élite: Aurélien de Dumont, el brillante y gélido estratega político de su padre, es un vampiro secular. Y se está alimentando en un salón a oscuras. Aterrorizada, Éléonore huye bajo el diluvio parisino, pero el depredador la alcanza. Para proteger la mascarada de su especie, Aurélien intenta borrar sus recuerdos usando su implacable control mental. Es entonces cuando ocurre lo imposible: por primera vez en cuatro siglos, el poder de una inmortal falla. La mente de Éléonore es un muro de acero infranqueable; ella es inmune a su coacción. Obsesionado por el único enigma mortal que no puede dominar y presionado por un consejo de vampiros que empieza a sospechar de su debilidad, Aurélien mueve sus influencias políticas y exige la mano de Éléonore. Extasiado por el inmenso poder de los Dumont, el alcalde acepta de inmediato, vendiendo a su propia hija y obligándola a firmar un compromiso nupcial forzado. Atrapados en un matrimonio que es una fachada pública y una guerra psicológica privada, Aurélien y Éléonore se ven arrastrados a un juego letal de traición, chantaje político y erotismo visceral. En la intimidad cruda de su ático con vistas a la Torre Eiffel, el desprecio mutuo muta en un deseo carnal salvaje e indomable, donde el roce de los colmillos y la entrega de la piel se convierten en el único lenguaje real. “En el juego del poder, el monstruo no siempre es el que lleva colmillos. A veces, es la mente que se niega a ser dominada”.

Chapter 1 SABE QUE NO ES HUMANO

**ELEONORE**

 

El aire del palacete de los Inválidos apestaba a hipocresía barata, champaña tibia y al perfume empalagoso de las esposas de los diplomáticos. No soportaba un segundo más la risa impostada de mi padre. Su campaña para la reelección de la alcaldía de París requería que yo sonriera, que luciera el vestido de seda esmeralda y pretendiera que este circo político me importaba. Aproveché que un grupo de ministros lo rodeó para escabullirme hacia el ala oeste, donde los pasillos neogóticos devoraban el bullicio de la orquesta.

Buscaba aire fresco. Encontré tinieblas.

Me adentré en un salón privado cuya puerta *p*n*s permanecía entornada. La luz de la luna filtrándose por los ventanales altos dibujaba sombras alargadas sobre el suelo de parqué. Entonces, un sonido me congeló la sangre. Un gemido ahogado, seguido de un crujido húmedo, viscoso.

—Por favor... —susurró una voz femenina, debilitada, quejumbrosa.

Di un paso al frente, resguardada por una columna de mármol. Mis ojos se adaptaron a la penumbra. El horror me atenazó la garganta.

Aurélien de Dumont, el joven y brillante estratega político que mi padre idolatraba, estaba de rodillas sobre un diván de terciopelo. No sostenía a la mujer entre sus brazos para amarla; Su rostro estaba hundido en el cuello de la víctima, cuyos dedos se abrían y cerraban espasmódicamente sobre la tapicería. El fluido escarlata resbalaba por la garganta de ella, tiñendo el encaje blanco de su blusa. Aurélien succionaba con un ritmo frenético, un canibalismo estético que me revolvió el estómago. Se apartó un milímetro, relamiéndose los labios carmesíes, y la luz lunar destelló en dos colmillos afilados, inhumanos, que goteaban.

"Un monstruo. Es un monstruo."

El pánico me devolvió el movimiento. Retrocedí, pero mis tacones chasquearon contra la madera.

La cabeza de Aurélien giró hacia mí con una velocidad antinatural. Sus ojos, habitualmente grises, ardían en un tono rubí demoníaco.

Corrí.

Olvidé la elegancia, olvidé el decoro. Crucé el corredor gótico arrastrando la falda de mi vestido, escuchando el eco de mis propios latidos desbocados en las paredes de piedra. Mis pulmones ardían. Crucé el umbral hacia el patio de armas, donde la tormenta parisina acababa de estallar. La lluvia helada me golpeó el rostro, empapándome en segundos, mezclándose con mis lágrimas de puro terror. El suelo de adoquines resbalaba, pero continué avanzando hacia las rejas de la salida.

Una mano de hierro se cerró sobre mi brazo.

El tirón fue tan violento que me giró por completo. Choqué contra un pecho sólido como la roca. Dumont me tenía atrapada. Su respiración ni siquiera se había alterado; el agua corría por sus pómulos aristocráticos y su cabello oscuro, pegándose a su frente. El olor a ozono, lluvia y la pestilencia cobriza de la sangre fresca me invadió los sentidos.

—Suéltame —rogué, mi voz un hilo roto—. ¡Suéltame, por Dios!

—Silencio —ordenó él. Su tono poseía una vibración magnética, una gravedad que helaba las entrañas.

Me acorraló contra la pared húmeda del palacio. Con una lentitud sádica, sujetó mi barbilla, obligándome a alzar el rostro. Sus dedos estaban congelados, desprovistos de cualquier rastro de calor humano.

—Mírame, Éléonore —dictaminó, fijando sus pupilas en las mías—. Vas a olvidar esto. Saldrás a la calle, subirás al auto de tu padre y mañana despertarás creyendo que tuviste un mareo por el calor de la gala. No viste nada. No recuerdas nada.

El aire pareció densificarse. Sentí una presión invisible intentando perforar mi mente, una intrusión violenta que buscaba aplastar mis pensamientos. Apagón. Eso era lo que él buscaba. Pero la barrera de mi psique no cedió; al contrario, una calidez repentina brotó en mi pecho, repeliendo su ataque mental como un escudo de acero.

Lo miré con desafío, tragando saliva, sintiendo el frío de la lluvia y la adrenalina pura.

—Sé lo que eres —escupí, temblando pero firme—. Te vi matarla. Eres un demonio.

Aurélien se tensó. Sus pupilas se dilataron al límite, oscilando entre el rojo y el gris. La estupefacción desencajó sus facciones perfectas. Intentó presionar de nuevo; lo sentí en la frente, una pulsación inútil que rebotó contra mi conciencia sin dejar un solo rasguño. El shock en su rostro fue absoluto, una grieta de vulnerabilidad en su máscara de perfección secular.

"No puede controlarme. Su magia no funciona conmigo."

—¿Qué eres tú? —murmuró él, su voz quebrándose por primera vez en siglos, mientras sus dedos apretaban mi mandíbula con una mezcla de fascinación y pavor.

 

**AURELIEN**

Inmune.

La palabra resonaba en mi cráneo como un eco m*ld*t* mientras contemplaba los techos altos de la residencia del alcalde Mercier. En cuatrocientos años de existencia, jamás una mente mortal había resistido mi coacción. Reyes, emperadores, generales... todos se habían arrodillado ante mi mirada, entregándome sus secretos y sus voluntades. Pero anoche, bajo el diluvio de París, los ojos de esa chiquilla aristócrata repelieron mi don como si fuera un simple truco de circo.

No podía dejarla libre. Era un peligro biológico para mi especie, y a la vez, el enigma más adictivo que había cruzado en mi eternidad.

—Mi querido Aurélien, esto es un honor inesperado —declaró el alcalde Mercier, entrando al opulento salón dorado mientras se abotonaba el saco—. Mi secretario me dijo que urgías una reunión privada. ¿Hay problemas con los fondos de la campaña?

—Ninguno, Jean —respondí, esbozando mi sonrisa más diplomática y ensayada—. De hecho, vengo a proponerte una alianza que asegurará tu posición en el Elíseo de por vida.

El hombre se acomodó en el sillón de piel, frotándose las manos con la codicia brillando en sus ojos maduros.

—Te escucho. Sabes que tu juicio político es ley para mí.

—Quiero casarme con tu hija. Quiero la mano de Éléonore.

Mercier parpadeó, estupefacto. Luego, una carcajada de incredulidad y gozo escapó de su garganta. La fortuna de los Dumont, nuestras propiedades en Europa y mi influencia en los ministerios eran el boleto dorado que él anhelaba.

—¿Éléonore? ¡Por supuesto! Es una bendición. Una unión perfecta para la prensa. Ella... bueno, a veces es un poco rebelde, pero entenderá la magnitud de esto.

La puerta del salón se abrió de golpe. Éléonore entró como una ráfaga de viento, pálida, con ojeras sutiles que delataban su insomnio, pero con el orgullo intacto. Al verme, se detuvo en seco. Sus manos se cerraron en puños, arrugando la tela de su falda matutina.

—¿Qué hace este asesino aquí, papá? —siseó, apuntándome con un dedo tembloroso.

—¡Éléonore! ¡Modera esa lengua! —rugió Mercier, poniéndose en pie con el rostro enrojecido—. Estás ante tu futuro prometido. El señor de Dumont acaba de pedir tu mano, y he aceptado.

Ella retrocedió un paso, mirando a su padre como si acabara de perder el juicio. El pánico real, crudo, pintó sus facciones, pero no flaqueó.

—No. No lo haré. Papá, escúchame, anoche en el palacete... él atacó a una mujer. Es un monstruo, te lo juro por mi vida, ¡no es humano!

—¡Basta de histerias! —intervino el alcalde, tomándola del brazo con brusquedad—. Estás delirando. El cansancio de la gala te afectó. Te casarás con él el próximo mes, y limpiarás tu nombre de esta calumnia absurda. Es mi última palabra.

Observé la escena desde mi asiento, deleitándome con el conflicto. Disfrutaba el contraste entre su terror interno y la firmeza de su postura. Éléonore me clavó una mirada cargada de odio puro, una promesa de guerra silenciosa que me encendió la sangre muerta.

—No te tengo miedo —articuló ella, mirándome directamente a los ojos, desafiando mi naturaleza una vez más.

"Deberías tenerlo, mi dulce Éléonore. Porque ahora me perteneces."

Chapter 2 INDESIFRABLE

**ELEONORE**

 

El ático de Aurélien era una jaula de cristal y oro flotando sobre un París nocturno y estrellado. La Torre Eiffel destellaba a lo lejos, un faro de luz que parecía burlarse de mi cautiverio. La cena sobre la mesa de caoba seguía intacta; el aroma al filete miñón me resultaba repulsivo en medio de esta opresión psicológica insoportable.

Él no comía. Solo sostenía una copa de cristal con un líquido demasiado denso, demasiado oscuro para ser vino, moviéndola en círculos concéntricos.

—No has tocado el bocado —comentó él, rompiendo el silencio con esa cadencia pausada y peligrosa.

—No voy a ingerir nada que venga de tus manos —respondí, manteniendo la espalda recta, sosteniendo mi orgullo como el único escudo disponible—. ¿Cuándo vas a matarme, Aurélien? ¿O estás esperando a que mi padre gane las elecciones para vaciar mis venas?

Él dejó la copa sobre la mesa. El sonido del

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