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La obsesión del director general

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Annotazione

Un corsé lo cambia todo. Damian Steele no se lo esperaba. Nicole es su asistente, la definición misma de «prohibida». Pero en un momento dado ella está bien y, al siguiente, él le está cortando un m*ld*t* corsé para quitárselo del cuerpo. Lleva años deseándola, pero ya no puede seguir ignorándolo. La quiere. La necesita. Y no dejará que nada se interponga en su camino. A Nicole Avery parece que no hay forma de desligarse por completo de su horrible exmarido. Lo último que necesita es enamorarse de otro hombre tóxico. Pero cuando el deseo que su jefe siente por ella se vuelve imposible de ignorar, ella se deja llevar por su tacto. Quizá su amiga tenga razón. ¿Qué mejor manera de calmar su ego maltrecho y hacerle un corte de mangas a su ex que tener una pequeña aventura inofensiva? Sabe cómo es el señor Steele, así que no es como si fuera a ser como las otras mujeres y caer en su encanto… ¿verdad?

Capítulo: 1: Capítulo 1

Nicole Avery respiró hondo mientras apretaba más los cordones del corsé moldeador. No parecía haber servido de mucho. No veía la figura de reloj de arena que prometía el anuncio; seguía pareciendo un poco demasiado curvilínea.  

No importaba. Iba a hacerlo.

Se apartó del espejo y cogió su conjunto. Para variar, era un traje de negocios ajustado, así que sabía que no estaría cómoda con él todo el día. Era un traje de negocios negro a rayas con una falda lápiz que le llegaba hasta la pantorrilla. No estaba segura de las rayas porque siempre había leído que eran un error si se tenía sobrepeso, pero la dependienta le había asegurado que eso no era más que un mito. Como se había gastado en ese conjunto más de lo que jamás había gastado en ninguna prenda, había hecho caso a la mujer.  

Hoy iba a dar un paso al frente, y el nuevo conjunto era imprescindible… si es que podía respirar con él puesto. Mientras se metía por dentro la impecable blusa de seda azul claro, se dio cuenta de que no podía respirar a fondo. ¿Era así como se suponía que debía ser? Sin duda, ese corsé iría en contra de todas las recomendaciones médicas, ¿no?

Quizá sería mejor que se ciñera a su ropa habitual de oficina. ¿Por qué había hecho caso a Casey otra vez? Su amiga tenía una forma de arrastrarla a sus planes, y al principio siempre parecían los mejores. ¿Por qué tenía que hacer esto solo para demostrar a todo el mundo que los recientes acontecimientos no le habían afectado lo más mínimo? Antes nunca le había importado lo que la gente pensara de ella.

Sonó la alarma, lo que la sobresaltó y la impulsó a actuar al darse cuenta de que solo le quedaban diez minutos para salir del piso. Ni siquiera había desayunado todavía. Quizá, con esa trampa mortal puesta, lo mejor fuera saltarse esa comida. Tendría que quitárselo después de la reunión para poder volver a respirar con normalidad.

Cogió el móvil y lo desbloqueó para volver a mirar la foto que había desencadenado toda esta estupidez.

Su exmarido.

Sentado en el jardín trasero de la casa que sus padres le habían dejado, mientras ella había gastado sus ahorros y su herencia para pagarle los estudios, como una idiota. Se le hervía la sangre al pensar en lo difícil que le había resultado desprenderse de aquella casa cuando tuvieron que venderla por el divorcio. Ese c*brón se había negado a dejar que ella le comprara su parte, a pesar de que él no había aportado nada. Había llorado más por aquella casa que por él.

Quizá por eso se había apresurado a volver a comprarla en cuanto había ganado suficiente dinero para adquirirla al contado. Su mitad del dinero seguía en su cuenta bancaria. La pareja que había comprado la casa se había negado a vendérsela de nuevo, incluso con su oferta inflada. Andrew debía de haberles ofrecido mucho más de lo que valía para que lo aceptaran a él en su lugar.

Se limitó a echar un vistazo a la mujer que estaba a su lado, su último juguete, delgada como un palo. E ignoró por completo el artíc*l* que acompañaba a esa foto, que seguía recibiendo tantos comentarios. Si volviera a leerlo, probablemente le daría un puñetazo a alguien, preferiblemente al propio Andrew. Lo único que conseguiría sería confirmar sus mentiras.

Arrojó el móvil a la cama entre palabrotas murmuradas.

Con cierta dificultad, se agachó y sacó los zapatos de debajo de la cama. Otro gasto inútil de dinero. Para trabajar prefería tacones más bajos o zapatos planos, pero hoy iba a lucir glamurosa, aunque se rompiera el m*ld*t* cuello en el intento. Podían decir o escribir todas las mierdas que quisieran sobre ella, pero iba a mantener la cabeza alta como si le importara un comino.

Tras echarse un último vistazo en el espejo —con su maquillaje discreto y sus largos rizos rojos brutalmente domados en su habitual moño pulido—, se abrió paso a duras penas junto a la cama en aquel espacio tan estrecho para buscar su bolso y el portátil. Sus papeles estaban esparcidos por todo el único sofá del apartamento tipo estudio, así que los recogió y buscó las llaves.

No es que hubiera muchos sitios donde buscar. Este estudio era más pequeño que los baños del trabajo. *p*n*s cabían su cama doble y el pequeño sofá. Su pequeño televisor estaba colgado en la pared para ahorrar espacio, y la poca ropa que tenía allí estaba en el pequeño armario junto a la cama. Y tenía que abrirse paso a duras penas para entrar en el minúsculo baño contiguo al dormitorio. Su «cocina» no era más que una encimera a un lado, donde tenía unos minielectrodomésticos para apañárselas.

Encontró las llaves en la encimera y salió. Tuvo que tirar con fuerza de la puerta para abrirla porque, como tantas otras cosas allí, no funcionaba bien. Ni siquiera estaba segura de cómo habían podido considerar que todo aquel lugar era apto para ser habitado. Además, el edificio no tenía ascensores, por lo que la accesibilidad era un problema. Gruñendo, empezó a bajar los seis tramos de escaleras con esos tacones ridículos y, para cuando llegó abajo, ya se estaba arrepintiendo tanto de su elección de calzado como del estrecho corsé. Pero de ninguna manera iba a volver a subir esas escaleras para cambiarse.

Y de ninguna manera se iba a acobardar ante nadie.

—¿Un taxi para la señorita Avery?

Miró sorprendida al taxi negro que esperaba frente a su bloque de pisos.

—Yo no he llamado a ningún taxi.

—Lo ha pedido una tal señorita… Casey Adams —dijo el taxista tras echar un vistazo a su móvil.

Nicole sonrió mientras se subía al taxi. Al menos no tendría que abrirse paso entre el caótico tráfico de peatones con esos tacones. La dificultad para respirar hacía que el trayecto le resultara mucho más duro de lo habitual. Para cuando llegaron al alto edificio acristalado que albergaba Steele Enterprises, estaba segura de que se estaba muriendo. Era imposible que aguantara mucho tiempo con ese artilugio puesto. ¿Cómo lo hacían las demás mujeres?

Steele Enterprises era la empresa matriz de varios de los negocios del señor Steele: construcción, seguridad, tecnología y servicios financieros. Todo el edificio era una exageración. De cristal y acero, elevándose por encima de todos los demás edificios, era una de las mejores obras arquitectónicas de Londres. Lo odiaba. Gritaba «pretencioso», igual que el hombre a quien pertenecía. Ser su asistente ejecutiva requería muchas habilidades, y la mayoría de las personas contratadas antes que ella no habían sido capaces de estar a la altura. Implicaba muchos sacrificios, como ser la primera en llegar y la última en marcharse.

Solo pensar en él la irritaba. Damian Steele y Andrew eran del mismo palo. Ambos eran unos cabrones arrogantes e infieles que se creían el centro del universo, pero el señor Steele era multimillonario y le pagaba el sueldo, así que al menos eso le favorecía.

El taconeo de sus zapatos resonaba al entrar en el vestíbulo. Aún no había nadie allí, salvo el guardia de seguridad nocturno. Daba pequeños pasos por el suelo de piedra con los zapatos nuevos que le apretaban los dedos de los pies, manteniendo la cabeza gacha para no tener que ver las miradas de los guardias de seguridad. Acabaría en el suelo antes de que acabara la mañana.

—Buenos días —dijo, sintiendo cómo sus labios esbozaban una sonrisa incómoda mientras pasaba junto a ellos y pasaba su tarjeta de seguridad.

Se dirigió a los ascensores y eligió el más cercano. Cuando las puertas se abrieron en la planta ejecutiva, volvió a mirar al suelo y luego a sus tacones altos. Se maldijo de nuevo por haber hecho caso a Casey. ¿A quién quería engañar? Era una mala idea. Ya no podía cambiarse de ropa, pero al menos tenía los zapatos planos en su despacho. Tendrían que valer para todo el día. Ni siquiera iba a fingir que podía caminar con tacones más tiempo del que ya lo había hecho.

Caminó con cautela por el vestíbulo, pasando junto al mostrador vacío de recepción. Todavía no había nadie en la sala de espera, y las paredes acristaladas de la sala de reuniones mostraban que, afortunadamente, aún estaba vacía. La reunión no empezaría hasta dentro de un par de horas.

Por fin llegó al final del pasillo y entró tambaleándose en su despacho. Probablemente el señor Steele ya estuviera allí porque, además de ser un mujeriego infiel, también era un adicto al trabajo. Se cambiaría los zapatos antes de entrar a decirle que ya estaba allí. Con eso tendría un problema resuelto. Lo único que tendría que hacer después sería aprender a respirar con el corsé puesto. Pan comido.

Al menos nadie la había visto.

Pero ese pensamiento se le pasó por la cabeza demasiado pronto, porque el mismísimo diablo eligió ese momento para entrar por las puertas comunicadas.

Se detuvo en seco al verla.

Impecablemente arreglado, como siempre. Un cabello castaño perfecto con un peinado a la última. Una barba de diseño perfecta que resaltaba esos labios perfectos. Un rostro perfectamente esculpido sin una sola imperfección a la vista. Medía más de seis pies tres o cuatro; ella tuvo que estirar el cuello para mirarlo a la altura de los ojos, ya que solo medía cinco-dos, mientras que él tenía la complexión de un camión.

Las mujeres se le lanzaban encima allá donde iba, pero ella no le veía el atractivo. Claro, era guapísimo, y su voz… Había algún tipo de vudú en ella, estaba segura. Era tan profunda y dominante que probablemente solo tenía que susurrar: «Quítate las bragas», y se le caerían solas aunque ella no quisiera. Pero esas mujeres podían quedárselo. Sus ojos color avellana carecían de alma y nunca sonreía. Solo los demonios eran así.

Una vez más, iba vestido como un modelo de la cara marca de trajes que llevaba: hoy, un traje azul oscuro con una camisa blanca impecable, y su corbata oscura estampada no estaba torcida ni siquiera unos milímetros.

¡Dios, cómo lo odiaba! Siempre tan perfecto.

—Buenos días, señor Steele —dijo ella, enderezándose mientras se situaba junto a su escritorio y al cajón abierto donde estaban sus zapatos planos.

No había forma de que pudiera intentar sentarse ahora; el corsé parecía haberse apretado hasta lo imposible.

El señor Steele se adentró en la habitación y dejó la carpeta que llevaba sobre su escritorio.

—Buenos días, señorita Avery.

Y luego se dio la vuelta y regresó a su despacho. Habría soltado un suspiro de alivio si hubiera podido.

Capítulo: 2: Capítulo 2

Damian se detuvo nada más entrar en su despacho y cerró los ojos. ¿Qué intentaba hacerle esa mujer? Ya era bastante malo que soñara con ella todas las noches como un adolescente con las hormonas revolucionadas y que, además, tuviera que venir a trabajar para soportar su mirada crítica, como si ella supiera que se la follaba en sus sueños cada noche. Pero verla con ese aspecto de bombón salido directamente de esos mismos sueños...

Tenía un día muy ajetreado por delante, pero sabía que ahora se había ido todo a la m**rd*. ¿Cómo se iba a concentrar ahora?

Nicole llevaba más de dos años siendo su asistente. Dos años de tortura. Pero en todo ese tiempo, estaba seguro de que nunca la había visto con falda. La falda realzaba a la perfección su trasero perfecto y sus caderas anchas, y le permitía vislumbrar por primera vez sus piernas. Sus sueños nunca habían hecho justicia a esas piernas. Solo las había mirado unos segundos, pero esa imagen quedaría grabada en su mente para sie

Heroes

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